¡Puff!

El morocho, con fervor mal disimulado, pugna por encontrar, entre sus pobres recursos, una frase mágica para evitar la desaparición de la muchacha rubia y contundente. Sabe que si no la encuentra probará, como última posibilidad, con la remanida y grosera (no se engaña al respecto) “Qué trasero tenés”, seguida de algún adjetivo o sustantivo como: rubia, yegua, guacha; y ahí se acaba su creatividad. Debe, rápidamente, suplir sus carencias; de otro modo el hechizo se romperá y ese minón infernal desaparecerá para toda la eternidad o, en el mejor de los casos, sufrirá una horrible transformación en ama de casa o madre de familia o anciana senil o (lo que él más teme) incansable productora de hombres. Un encantamiento tiene lugar en ese momento y sólo en ese momento. Frente a sus ojos está una muchacha obviamente no de este mundo o, cuando menos, no de su mundo. No se pregunta cómo apareció, pero sabe, está seguro, que sólo la frase mágica podrá retenerla. Tendría que haber leído más y mejor. ¡Maldito fobal! Señorita, por favor… Lo mirará de arriba abajo, encogerá los hombros y puff…, se hará humo, ofendida para colmo.

La muchacha llega a su lado; va a sobrepasarlo. Él abre la boca dispuesto a decir cualquier barbaridad. Ella mira con ojos grises y asoma entre los labios la punta de la lengua y detiene su andar de felino mimoso y sus muslos rozan los pantalones de él y una mano, infinitamente delicada, le roza las partes nobles y una voz, suave y aterciopelada, como la de un ángel, le dice “¿Quieres hacer el amor, morocho?”.

Y es entonces cuando puff…; el morocho se hace humo.

Miguel Becher
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 73