El usurero


Un loco entró a la casa de un avaro; éste contaba sus monedas y las acumulaba y las acumulaba en pilas.

—Mi buen señor —dijo el loco— vengo a empeñarle un sueño.

—¿Un qué? —dijo el avaro, guardando sus pilas de monedas en forma apresurada.

—¡Un sueño! —repitió el loco.

—¡Sal de aquí! Tu debes estar loco —respondió el avaro.

El loco salió tranquilamente, pero retornó en seguida.

—¿Y ahora qué quieres? —preguntó el avaro, mientras contaba sus monedas.

—¿Cuánto me das por mi sueño?

—¿Otra vez? —gritó el avaro, volviendo a guardar sus monedas.

El loco volvió a salir, y de nuevo regresó.

—¡Señor! Mi sueño le interesa…

—¿Me interesa? ¡Vaya! ¿Por qué?

—En mi sueño vi donde guardaba usted su dinero, y también la forma de robarlo. Además, en mi sueño, descubrí el lugar seguro donde podrá esconderlo sin peligro.

—Bueno, acepto, tu sueño, ¿Cuánto quieres?, ¡Pide!

—Pero… ya no lo empeño —repuso el loco socarronamente…

—¡Te lo compro! —dijo con desesperación.

—Tampoco lo vendo —concluyó con una sonrisa de malicia.

Al día siguiente; volvió a la casa del avaro.

—¿No sabe usted? —le explicaron—. Anoche enloqueció.

Moisés Plata Becerril
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 179

Moisés Plata Becerril
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 372

Una moneda


Un hombre tenía entre sus manos una moneda; la miraba atento, mientras rodaba en el malabarismo que le imprimía con sus dedos.

Me atreví a preguntarle: ¿Qué tiene su moneda?

—Esta moneda encierra mi futuro —y me la mostró.

La moneda era rara, en una de sus caras tenía el símbolo de la ilusión; en la otra el signo de la prosperidad.

—¿Por qué guarda su porvenir? — inquirí de nuevo.

—Porque soy indeciso, la lanzaré al aire y ella me lo dirá.

Frotándose las manos con entusiasmo, lanzó la moneda con tal fuerza, que la vimos subir, subir… despidiendo destellos de luz.

La cara del hombre se fue descomponiendo…

La moneda nunca bajó.

Moisés Plata Becerril
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 143

El místico

Asceta, el místico, vivía en una especie de celda, ante la imagen de un Cristo tallado en madera. Se extasiaba, olvidando por completo al mundo. Oraba.

—¡Apártame de todos los pecados!

El Cristo lo veía.

—¡Que no escuche la voz mundana de la existencia!

—¡Señor, no quiero ver nada, sólo a Ti!

El Cristo lo escuchaba.

Un día, olvidó cerrar la ventana de la celda, que se abría a la luz.
Sus demandas eran cada vez más fervorosas, síntesis de su miedo.

El Cristo no dejaba de mirarlo.

De pronto, por la ventana abierta, penetraron voces: rumor de las cosas, esencias, lluvia, viento, sol… vida.

—¡Señor, perdón, he dejado la ventana abierta…

Y alzó los ojos para implorarle.

La cruz estaba sola ¡Vacía!

El Cristo había escapado por la ventana.

Moisés Plata Becerril
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 294

En un manantial


Un loco bebía agua de roca en un manantial.

—¿Qué haces? —le preguntó un individuo.

—Aprisiono el agua entre mis dedos —dijo el loco.

—Sólo a un loco como tú se le ocurriría eso —contestó el hombre con burla.

—¿Y tu que haces? —interrogó a su vez el loco.

—Voy a ver qué cogen mis dedos —repuso crispando las manos como garras.

Y se retiró apresuradamente.

Al pasar por el mismo lugar, interrogó de nuevo al loco.

—¿Sigues aprisionando el agua entre tus manos?

—¡Sí! —afirmó el loco sin mirarlo.

—¿Lo has logrado? —interpeló el hombre.

—¡No!, pero mis manos están limpias…

Moisés Plata Becerril
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 759

Un alfarero


El alfarero modelaba el barro.

—¿Qué haces? —le preguntó Dios.

—Un hombre.

—¿Llevas mucho tiempo trabajando?

—¡Mucho!

—¿Mucho?

—Años —repuso el alfarero.

—Te faltará tiempo.

—Tal vez, y Tú. ¿Qué haces?

—¿Yo?…

Dios no contestó; se puso a trabajar con el alfarero.

Moisés Plata Becerril
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 745

En un consultorio

Cuatro mujeres aguardaban.

Fueron entrando…

La primera muy joven, decía:

—Doctor, quiero vivir mucho; le tengo miedo a la muerte.

El médico la consoló.

Entró la segunda, una mujer adulta.

—Doctor, pienso que me voy a hacer pronto vieja, quiero que me conserve; tengo miedo a la muerte.

—No tema nada —afirmó el doctor— viva su vida y esté tranquila.

Se introdujo la tercera.

—Doctor estoy muy anciana, el tiempo ha hecho estragos en mí; tengo miedo a la muerte.

—Aparte esa idea, aún tiene vida por delante —concluyó el médico.

La enferma salió para dar paso a la última mujer, callada, enjuta y triste.

—Doctor…

—¿Usted, también le tiene miedo a la muerte?

—¡No, doctor, le tengo miedo a la vida…! ¡Yo soy la muerte!

Moisés Plata Becerril
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 733

El titiritero


Le pregunté al titiritero:

—¿A dónde vas tan alegremente?
—A darles alegría a los hombres —respondió acariciando a una de sus marionetas.
—¿Con tus títeres?
—Mis muñecos son buenos, —me dijo con satisfacción.
—¿Por qué?
—Tienen alma y vida —volvió a decir con orgullo.
—Así pensé amigo mío.

Y partimos por el camino…

Cuando regresé, en el mismo punto de nuestro encuentro, le dije:

—¡Que tal!, amigo titiritero.
—Que tal —me respondió tristemente.
—¡Tú!… ¿Triste?
—Sí, —dijo, rasgándose el vestido de titiritero.
—¿Qué haces?
—Lo que ves —respondió llorando— encontré otros titiriteros.
—¿Y…?
—Sus títeres eran hombres.

Moisés Plata Becerril
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 672