Penumbras

La semiobscuridad de una sala de cine. Momentos antes de finalizar la película de aventuras, el ocupante de un asiento se incorpora y vuelve a la fila de atrás un rostro barbado, el brillo de unos lentes, una porción de cabello negro y una mano que arroja en la falda de Clara una tarjeta; después se aleja apresuradamente. Al regresar la luz, Clara se entera de lo escrito en la tarjeta: “Eres muy atractiva, conocerte será amarte; llámame cualquier tarde, de cuatro a siete”. El nombre de Luis y un número de teléfono.

Cada sombra, cada zaguán remetido y a oscuras le producen a Clara leves sobresaltos en el camino a su casa; de vez en cuanto sonríe; piensa que no podrá atreverse a llamarlo, siente un ligero pesar. Termina el recorrido sin incidentes. Entra a la casa, su mamá está preparando la cena. De pronto suena el timbre de la puerta. Atareada, la mamá ve el reloj y exclama: “Las ocho en punto; ve a abrir, Clara… Por cierto que se me olvidó decirte que…”.

En la penumbra de la entrada: un rostro barbado, el brillo de unos lentes, una porción de cabello negro y una voz: “Soy Andrés, el nuevo huésped”.

Ella saca la cara a la luz de la calle. “número equivocado”, dice y en forma terminante cierra la puerta.

“¿Quién era, Clara?”. “Un hombre llamado Luis”. “¿Cómo dijiste?”. “ya se fue, mamá buscaba otra casa”.

Patricia Gómez Palacio
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 87

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