El templo

Redoblan las campanas, que majestuosas dan aviso del ofertorio próximo a celebrarse. El pueblo queda sumergido un instante en el eco del dulce sonido, a la vez, cientos de palomas abandonan el campanario, envolviendo el cielo con sus cuerpos frágiles.

El día iba a transcurrir como siempre, los señores es sus respectivos trabajos y las mujeres en el mercado, o comadreando en la esquina, al mismo tiempo que vigilan a sus hijos quienes juegan en el laberinto de callejuelas empedradas. Esta normalidad fue bruscamente interrumpida al desencadenarse un terremoto. La gente empezó a correr desesperadamente sin sentido hasta que alguien gritó:

—¡A la iglesia! ¡Vamos a la iglesia!

Las personas que pasaban por ahí, se detuvieron y exclamaron:

—¡Sí!. ¡protejámonos en la casa de Dios! —y así, todos se dirigieron al templo, mientras pensaban:

—¿Qué se atrevería a tocar el hogar de Cristo?, ¡nada! Tal vez Dios hizo que temblara para salvar únicamente a los buenos, ya que el bueno se refugia en su casa y ésta jamás será destruida. ¡Ay! Padre nuestro… ¡sálvanos!. —La gente corrió hacia la iglesia. En un momento todo el pueblo yacía orando dentro del templo, la tierra aún rugía. Minutos después un silencio aterrador se apoderó de las calles, vacías e intactas al igual que todas las construcciones del poblado excepto la iglesia, pues ésta quedó reducida a escombros y todos murieron.

Un grupo de hermosas palomas blancas se posó en los cuerpos ensangrentados… Dios se hizo presente.

Rex Felipe De la Concha
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 66

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Un buen melón

Tres muchachas encontraron en el huerto de su casa una canasta con tres melones. Uno de ellos era grande y espléndido, los otros dos eran simples melones. La chica más codiciosa tomó el gran melón y dijo: —Para una hermosa y agraciada mujer como yo, una bella fruta como esta—. Así, partió cada quien su fruta. El gran melón estaba podrido y agusanado, pero ella lo vio jugoso y comenzó a saborearlo. Las otras dos jóvenes huyeron horrorizadas ente el gozo de la agraciada.

Rex Felipe de la Concha
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 33