El error

El sopor inunda mi cabeza. La vista se torna borrosa, delicuescente. Las cartas sobre la mesa “…no quiero sufrir, ni que nadie por mí… es el destino que se impone…”

Estoy entumecido. Se pierden mis manos, los brazos, y …

Tocan a la puerta. Insisten. Una voz reclama: “Muy urgente para usted, señor López…”

Apenas puedo andar. Trato. Viro el vaso con el resto de los psicofármacos. Trastabillo hasta el mensaje:

“DIAGNÓSTICO
EQUIVOCADO…”

Roberto Vázquez Pérez
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 77