Los conquistadores

El padre Hortelano y el adelantado Francisco Fuscano se encontraron frente a una escultura azteca. El padre comenzó a reír descaradamente ante semejante monstruo profano. Dijo: —Mira qué ídolo más ridículo adoran estos salvajes.

—Padre… ¡es de oro! —dijo el adelantado.

El padre Hortelano se arrodilló y comenzó a besar los pies de la esfinge dorada.

Rudy Gerdanc
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 17

Rudy Gerdanc

Rudy Gerdanc

Buenos Aires, 1956. Estudios de Ciencias Económicas y Ciencias Antropológicas. En 1986 se instaló en Francia. Sus cuentos fueron leídos en la radio y publicados en diferentes revistas en Argentina, México, Francia y España. En 1998, publicó su primer libro de cuentos Pasiones compartidas, Editorial Grafain, Barcelona, en francés, Passions Partagées, Editorial Barde la Lézarde. Suúltimo libro El Pacto Carnal/Le pacte charnel apareció en el Mercado de la Poesíaen 2008, Editorial Barde la Lézarde. París.Trabaja como bibliotecario y animador literario en el Centro de Formación Benoît-Frachon de la CGT. Finalistadel XI Certamen Internacional de Narrativa Corta “Jara Carrillo”, Murcia, (España) y 1er Premio en el Concurso de Cuentos Voces del Chamamé, Oviedo, (España). 1995. Sus cuentos aparecen en las antologías: Cuentos Migratorios. Linajes Editores, México, 2000. Siete latinoamericanos en París. Editorial Popular, España, 2001[1].

Los solitarios

Entré al café y como es habitual miré a mi alrededor. Conté los solitarios, diez, incluyéndome a mí. Conforme pasaba el tiempo empezaron a llegar las personas esperadas, unos se iban, otros venían, pero proporcionalmente la cifra de diez se mantenía.

El bar era un horizonte de humo, difícil de distinguir los rostros. Los cigarrillos, sistemáticamente consumidos, y nuestros fieles recuerdos eran nuestra única compañía.

Yo tenía pánico pero no me iba, siempre a la espera de vaya a saber quién. Cada tanto me hacía ilusión cruzando la mirada con alguien pero mi timidez jugaba en contra haciéndome el que esperaba una cita, mirando sucesivas veces el reloj o bajando la vista en el libro abierto al azar. Se cerraban mis ojos de fatiga, mi estómago de hambre, mi corazón de angustia y mis pensamientos de intoxicaciones. Sin embargo, seguía ahí, estoico, boludamente estoico. En verdad buscaba, como quien dice, un levante pero con técnica poco productiva puesto que era incapaz de tomar la iniciativa.

Rudy Gerdanc
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 51