23—”Edmundo Valadés y la minificción” por Queta Navagómez en La Jornada Semanal.

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Edmundo Valadés y la minificción

Por Queta Navagómez

 

Considerada como creación menor, híbrido, o cruce entre el relato y el poema, la minificción no tenía un nombre específico. Conocida también como minicuento, microcuento, cuentito, cuento instantáneo, revés de ingenio,cuento rápido, cuento en miniatura, síntesis imaginativa, ardid narrativo, ambage, revolera, artificio narrativo, artilugio prosístico, golpe de gracia o trallazo humorístico, tuvo auge a partir de que el maestro Edmundo Valadés, por medio de El Cuento, Revista de Imaginación, la colocara en primer plano, dándola a conocer a fondo en América Latina y difundiéndola hasta lograr su profusión y hacer que captara el interés de grandes escritores latinoamericanos que la enriquecieron, para convertirla en la expresión literaria del siglo XX.

La revista El Cuento surge en 1939 debido al interés de Edmundo Valadés y Horacio Quiñones, que desean crear una revista donde puedan publicarse cuentos de todo el mundo. Logran publicarla cuando convencen a don Regino Hernández Llergo para que corra con los gastos. Aparecen sólo cinco números en los que Horacio Quiñones se encarga de traducir los cuentos que toman a su vez de la revista Squire.

Por cuestiones económicas y de escasez de papel se suspende su publicación, pero el sueño sigue vivo en la mente de Valadés. Es hasta mayo de 1964 que logra publicarla de nuevo, ahora con el apoyo económico del librero Andrés Zaplana. En ella aparece Valadés como director y en el Consejo Editorial está Andrés Zaplana; en el Consejo de Redacción quedan Gastón García Cantú, Henrique González Casanova y Juan Rulfo. Como gerente figura Bertha a. de Valadés y como director artístico Federico Carlos Muciño. “La revista que tiene usted en sus manos, lector, es prolongación de la que, con el mismo nombre, se publicó por primera vez hace más de veinte años, con un éxito que sólo pudo truncar la escasez de papel que produjo la Segunda Guerra Mundial. Los mismos propósitos que animaron a los primeros editores de EL CUENTO –Horacio Quiñones y Edmundo Valadés–, son los que nos impulsan ahora para reanudar la publicación de una revista única en su tipo y más necesaria ante cierta abundancia de literatura morbosa, vulgar e insubstancial: ofrecer mensualmente una selección de cuentos cortos cuya lectura signifique, además de un viaje fascinante por el mundo de la imaginación creadora, una posibilidad amena de familiarizar a grandes núcleos de lectores con la mejor literatura”, puede leerse en ese primer número.

Es importante recalcar que en esta nueva etapa la revista incluye cuentos brevísimos que el maestro Valadés extrae de cuentos más extensos, sobre todo orientales. Debido al interés que estas minificciones despiertan en los lectores, en abril de 1969 la revista lanza una convocatoria para un concurso en que se piden minificciones con una extensión de una línea hasta máximo una cuartilla, ofreciendo mil pesos de aquellos tiempos al ganador. Como resultado se recibe una avalancha de participaciones de países latinoamericanos, sobre todo de Argentina, Uruguay, Brasil, Venezuela y México. La ganadora del concurso es la mexicana Mariana Frenk con el cuento “Cosas de la vida”. A partir de entonces, el concurso de cuento brevísimo se vuelve permanente y la revista tiene que crear un espacio para las minificciones que se reciben en cada número.

Otra cuestión importante es que para satisfacer la necesidad de los concursantes que desean saber si aciertan o no al escribir minificciones, Valadés incorpora a la revista la sección “Correo del concurso”, en la que se da a la tarea de criticar cada envío, marcando al autor errores y virtudes de sus historias y escoge las mejores para publicarlas. De esta forma, el maestro Valadés, sin tener esa intención, crea un taller literario dentro de la revista.

Siguiendo este ejemplo, las revistas sudamericanas como Marcha, en Montevideo, y Humor y Juegos, en Argentina, lanzan también convocatorias a concursos de cuentos breves. En Colombia se crea Ekuóreo y en Argentina surge Puro Cuento, dedicadas al cuento breve.

Por todo este apogeo de la minificción, el maestro Valadés se ve en la necesidad de definir sus características, dejando claro que no debe exceder los diecisiete renglones o tres cuartos de cuartilla. En ella, las situaciones deben ser tramadas con malicia y contener historias vertiginosas que desemboquen en un golpe de ingenio.

En la minificción las temáticas más frecuentes son la contraposición a historias conocidas, incidentes o personajes famosos, prolongaciones del juego sueño-realidad, creación de seres fabulosos o incursión en dimensiones donde se violentan todas las reglas de lo posible.

México y la minificción deben mucho al maestro Valadés, que logró que este tipo de cuentos tuviera un auge extraordinario a partir de su difusión y la motivación permanente para crearlos. La figura de Edmundo Valadés crece a medida que conocemos su esfuerzo por dar a conocer y motivar su creación en Latinoamerica. Muy a su manera, la define así: “La minificción es la gracia de la literatura.”

 


 

 

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Clik para ir a la semblanza y textos de Queta en Minificciones de El Cuento

 

Queta Navagómez (Bellavista, Nayarit) Licenciada en Educación Física, atleta de alto rendimiento que ha representado a México en competencias internacionales, records nacional y mexicano en carreras de 800 y1500 metros. Desde 1990 empecé a escribir cuentos, luego asistí a talleres literarios donde tuve la suerte de tener como maestros a Guillermo Samperio y Edmundo Valadés. Premio Nacional de Cuento “Álica de Nayarit” 1995 y después el Premio Nacional Bienal de Poesía “Alí Chumacero” 2003-2004.En 2005 concluí el Diplomado en Creación Literaria, en la Escuela de Escritores, de la SOGEM.

 

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21—EDMUNDO VALADÉS: mester de orfebrería brevística minificcional, por el Dr. Omar David Ávalos en Revista Tardes Amarillas dirigida por Antonio Jesús Cruz.

21—EDMUNDO VALADÉS mester de orfebrería brevís

 

EDMUNDO VALADÉS: mester de orfebrería brevística minificcional

 Por Omar David Ávalos Chávez

(Especial para Tardes amarillas)

 

El componedor de cuentos

Los que echaban a perder un cuento bueno o escribían uno malo lo enviaban al componedor de cuentos. Éste era un viejecito calvo, de ojos vivos, que usaba unos anteojos pasados de moda,  montados casi en la punta de la nariz, y estaba detrás de un mostrador bajito, lleno de polvosos libros de cuentos de todas las edades y de todos los países.

Su tienda tenía una sola puerta  hacia la calle y él estaba siempre muy ocupado. De sus grandes libros sacaba inagotablemente palabras bellas y aun frases enteras, o bien cabos de aventuras o hechos prodigiosos que anotaba en un papel blanco y luego, con paciencia y cuidado, iba engarzando esos materiales en el cuento roto.

Cuando terminaba la compostura se leía el cuento tan bien que parecía otro.

De esto vivía el viejecito y tenía para mantener a su mujer, a diez hijos ociosos, a un perro irlandés y a dos gatos negros.

Mariano Silva y Aceves

(Lauro Zavala, Minificción mexicana, UNAM, México, 2003)

 

1.- Concepción

 

La orfebrería del cuento breve, del brevísimo, radica su ciencia no sólo en la conformación y elaboración de mezclas entre materiales de distinta naturaleza, sino también en el trabajo que implica, sobre todo el corte, el recorte, la corrección, la sustitución, el perfeccionamiento en el lugar que ocupa cada palabra en la oración, el sentido que llega a conformar el conjunto que estallará en una o varias direcciones.

Este trabajo, la búsqueda del perfeccionamiento, se supedita sobre todo a la extensión textual. La orfebrería literaria cuenta entre sus filas a artesanos como Jack Kerouac, Ezra Pound, Efrén Rebolledo, Francisco Monterde, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Mario Benedetti, Eduardo Elizalde, Juan José Tablada e incluso Alfonso Reyes y Julio Torri, mucho antes de que la extensión entrara al crisol y determinara en gran parte al género de la minificción, también llamado “cuento brevísimo”.

Cultivado por Edmundo Valadés (Guaymas, Sonora, 1915 – Ciudad de México, 1994), el nuevo género requiere de la palabra concisa, particular, y quien gesta la ficción súbita debe contemplar también el gobierno de los significados que cada palabra contiene.

Concebir un cuento es primordialmente cogitizar las palabras que semantean el tema, el argumento. Valadés lo consideró en El buen cuento, un decálogo apócrifo que Javier Perucho presenta en El cuento jíbaro. Antología del microrrelato mexicano (Ficticia-Universidad Veracruzana, 2006) sobre la escritura de cuentos, donde advierte que “un buen cuento se tantea y se arrea desde las piernas de una temprana y atractiva muchacha”.

Además de la historia “un buen cuento no debe incluir elementos innecesarios” y pide al cuentista: “sea usted breve”.

Valadés, quien practicó también el periodismo (es autor de Excerpta, que contiene columnas suyas seleccionadas, publicadas previamente en el periódico Excélsior durante tres años), determina también como consideración que “un buen cuento debe ser conciso”.

2.- Evolución

 

Lauro Zavala, en “El cuento mexicano en el siglo XX”, publicado por Círculo de poesía. Revista electrónica de literatura (2010), expone que para 1970 aparece el cuento posmoderno, particularmente en el periodo 1967 – 1971 cuando se publican los “primeros libros donde el humor y la ironía permiten jugar con las fronteras genéricas tradicionales, y alejarse del tono solemne característico hasta entonces al tratar los grandes temas sociales y los problemas del intimismo desolador de los años 50”, generación en la que se contempla a Valadés junto con Inés Arredondo, Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Sergio Pitol, Salvador Elizondo, José Revueltas, Juan Rulfo y Juan José Arreola, entre otros.

Por eso no es de extrañar que Valadés también incluya cuentos que por su brevedad y concisión logran un alcance internacional al ser publicados en El Cuento. Revista de imaginación, publicación que dirige en sus dos épocas (1939 y 1964-94). De acuerdo con Zavala, es en la década de los años 90 cuando la minificción, “este género de la brevedad extrema, ha sido desarrollado de manera más notoria, y cuando ha empezado a recibir mayor atención por parte de lectores y editores”, entre los cuales se encuentra Valadés con su revista, que a la postre se convertiría también en taller literario.

La labor del autor sonorense no se circunscribe sólo al periodismo y a la escritura de textos breves, como denota su interés por dicho género, sino que nace, también, su labor como editor: se convierte en orfebre, en editor de otros escritores y escritoras, de autores que se decantan por la brevedad.

Esto se confirmaría en El libro de la imaginación (1970), Los grandes cuentos del siglo XX (1979), Con los tiernos infantes terribles (1988), Ingenios del humorismo (1988), 23 cuentos de la Revolución Mexicana (1985), Cuentos mexicanos inolvidables (1994) y cinco tomos con los mejores textos publicados en la revista El Cuento, entre otras publicaciones.

 

3.- Revolución

 

Valadés es heredero de la tradición narrativa de la Revolución mexicana. Es también, desde nuestro punto de vista, albacea de Julio Torri y de Alfonso Reyes en particular, quienes trabajaron también con las formas breves, el primero con De fusilamientos (1915) y el segundo con “Briznas” (Anecdotario, 1968). Además de sus cuestionamientos sobre la incidencia de la Revolución mexicana en la sociedad posterior a dicho acontecimiento, Valadés, como los escritores y escritoras de la llamada Generación del 50, contempla en su narrativa sus obsesiones: “los conflictos urbanos, la soledad, la violencia, el sexo, en el hombre, el ser humano que habita como en el caso mío la Ciudad de México, porque yo soy de ahí”, según describe Pedro Ángel Palau en “Sólo el Cuento y tus cuentos son eternos, Edmundo”, artículo publicado en el número 564-565 de la revista Universidad de México (1998). En sí, la entrada de la modernidad en el país.

Sin embargo, su mester de orfebrería es también una poética revolucionaria: estiliza y da forma al género de la minificción tanto a nivel nacional como internacional al perfilar, como ya dijimos, la característica medular de este género: la brevedad.

Valadés, junto con Augusto Monterroso, Julio Torri y Juan José Arreola, otros insignes orfebres de la palabra, revolucionó a la narrativa, a la literatura, utilizando “un lenguaje cincelado, escueto, a veces bisémico, palabras certeras. Éste es uno de los recursos más obvios para lograr la brevedad, y uno de los más difíciles”, como explica Dolores Koch en “Diez recursos para lograr la brevedad en el micro relato” en la revista El Cuento en Red (Número 2, 2000).

Así, el oficio prosístico de Valadés integra todo trabajo con el lenguaje, la elección atinada de género y palabra, y un tipo y modo en la expresión de los hechos así como su orden; un trabajo autoral que lo ubica como un maestro de la orfebrería brevística minificcional.


 

David

 

Dr. Omar David Ávalos Chávez: profesor de tiempo completo de la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de colima.

Licenciado en Letras y Periodismo por la Universidad de Colima y Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Concepción, Chile, con la tesis Un mito con agallas: la Odisea de la sirena en el microrrelato mexicano.

Profesor invitado a los cursos Obras Clásicas de la Humanidad, Obras clásicas de Pedagogía en Español de la Facultad de Humanidades y Arte, Universidad de Concepción, Chile, así como profesor invitado a los cursos de Traducción e Interpretación de Textos de la Literatura Universal en lengua española de esa misma institución.

Es encargado del Nodo México de la revista Litterae Internacional, Chile.

Autor de Zapping (cuentos) editado por Secretaría Estatal de Cultura de Colima.

Ha publicado artículos y análisis literarios en la revista Interpretextos, de la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima; en Fix100, revista hispanoamericana de ficción breve, del  Centro Peruano de Estudios Culturales; la revista Atenea, de la Universidad de Concepción, Chile; en Litterae internacional, también de Concepción, en la revista electrónica El cuento en red, de la UAM Xochimilco, y en Señales: revista editada en México para Latinoamérica.

 

Antonio Jesús

Antonio Jesús Cruz (Frías, Santiago del Estero, Argentina) Médico, escritor, investigador y periodista argentino. Ha publicado, hasta ahora, catorce libros de poesía, cuento y microrrelato. Recibió numerosos premios y distinciones y ha publicado artículos de opinión. Integra numerosas antologías y ha dictado conferencias y charlas sobre diferentes aspectos de la literatura. Ha sido jurado en varios concursos y certámenes literarios y sus textos han sido publicados por revistas culturales gráficas y virtuales de varios países. Actualmente dirige la revista Tardes amarillas (http://www.tardesamarillas.com/) y mantiene su blog Simbiosis http://antoniocruz-se.blogspot.com.ar/.

 

Trades Amarillas

Tardes Amarillas (Revista de Cultura):“Somos un grupo de amantes del arte. Nos gustan la literatura, el cine, la pintura, la fotografía… es decir nos gusta el arte. La revista es fruto del esfuerzo de tanta gente, que hablar de Staff sería un despropósito. En este grupo hay escritores (la mayoría de ellos trabajan en otra cosa para sobrevivir), profesores de literatura, otros de nivel primario y secundario, médicos, abogados, empleados de la Administración Pública, algún periodista y hasta algunos psicólogos (al menos dos) que pintan o escriben pero, por sobre todas las cosas, hay muchos amigos, que colaboran desinteresadamente en esta aventura.”

 

20—El destello de lo breve. Por Patricia Otero en la revista Siempre!

20 años sin Valadés en Siempre!

 

El destello de lo breve

A 20 años de la muerte de Edmundo Valadés

Patricia Gutiérrez-Otero

Al destello continuo de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Narrado en un lenguaje coloquial o poético, siempre tiene un final de puñalada.
Edmundo Valadés

 

Mi encuentro con el minicuento o la minificción fue a través de una revista que cayó en mis manos hace más de treinta años. El diseño mismo de El cuento. Revista de imaginación era atractivo, entre ingenuo y lúdico. La revista abría un espacio chispeante en el que caías de una sorpresa a otra a través de las lianas que eran los minicuentos. Casi me atrevería a decir que era como el viaje de Alicia en un país en el que no sabías con qué podías toparte. Admito que no era la densa literatura a la que estaba acostumbrada y que tanto amo, pero su centelleo me cautivó. Nunca conocí personalmente a su creador, salvo a través de sus miniaturas. Ahora, a veinte años de su muerte le dedico este espacio en que el destello de lo breve puede abrir un camino para una buena parte de la sociedad y unos dirigentes que se han cerrado al asombro a la que otros y otras aún están abiertos.

La literatura, como todo arte verdadero, incluso la verdadera literatura, es en sí misma disruptiva del orden social, de cualquier tipo que éste sea; entre menos sea una literatura de tesis más subversiva será. Es decir entre más literatura sea, más destruirá esquemas sociales o imaginarios colectivos que sustentan organizaciones predeterminadas pues más acercará a la inefable realidad del ser mismo que se entrega. Quizá sólo durante un fugaz instante. Instante en el que la conciencia se habrá abierto a otra realidad que subvierte la realidad construida y sostenida por creencias comunes y, muchas veces, absurdas. Aunque ese efecto puede lograrlo la realidad misma, el arte es un catalizador.

Esta experiencia del orden de lo intuitivo puede durar un segundo para el sujeto que la experimenta, pero se queda grabada como un aguijón en él y puede ir abriéndose camino a su propio ritmo para crear una ruptura epistémica, una ruptura en su visión del mundo que pasa por una inquietud y un desazón, que se manifiesta en una búsqueda. Algo en él se ha puesto en movimiento.

Ese destello que pasa a través de la literatura puede producirse a lo largo todo un texto o a través de alguna de sus líneas. Puede ser una novela que nos abre y nos deja pasmados y nos persigue a lo largo del tiempo como una gran cucaracha o como el hijo que asesinó a su padre y poseyó a su madre, o, puede ser, en un instante, un párrafo, una estrofa, o un verso, una frase que nos cautiva y nos pierde en ella. Nos queda en la memoria: “el presente es perpetuo”. No importa quién lo dijo (Revueltas, Valadés, Paz…) ni dónde. No estamos analizando. Algo nos corroe.

Esto que sucede con una obra larga puede suceder con una miniatura. Como señalaba el maestro Valadés: en poesía con un haikú; en cuento con un minicuento, con una minificción o como quiera llamársele, que no es aquí el objetivo. También don Edmundo señaló el origen oriental de ambas creaciones artísticas. Es curioso que en la tradición oriental sea tan importante centrar la atención en lo presente a través del cuerpo, en particular a través de la respiración. Occidente se ha caracterizado por el uso de la razón que ha dominado y eclipsado el uso de la intuición, y ahora vive la inclinación de mucha gente hacia prácticas orientales que invitan a regresar hacia la interioridad, como en busca de un equilibrio extraviado en el camino. Así también, en el siglo pasado los poetas occidentales descubrieron el haikú y lo adoptaron para practicarlo.

El haikú muestra el destello de la naturaleza, que muchas veces ignoramos, a través de una versificación fácil de cinco, siete y cinco sílabas, y muy breve:

Lluvia de mayo.

Una noche furtiva,

luna en los pinos.

Riota

 

El uso del haikú en Occidente mantuvo el destello de la brevedad, pero lo desligó de la contemplación de la naturaleza y lo adaptó más a sus intereses subjetivos:

 

Hoy no me alegran

los almendros del huerto.

Son tu recuerdo.

Jorge Luis Borges

 

Por su parte, los minicuentos, género que, como señaló Valadés, nació tarde en la historia de la narración occidental, se centra en la acción a contar, “La minificción no puede ser poema en prosa, viñeta, estampa, anécdota, ocurrencia o chiste. Tiene que ser ni más ni menos eso: minificción. Y en ella lo que vale o funciona es el incidente a contar” (todas las citas de Valadés provienen de lo que considero su manifiesto del minicuento: “Ronda por el cuento brevísimo”, https://minisdelcuento.wordpress.com/edmundo-valades/). Un hecho, una anécdota, algo que sucede, y que tiene un final sorpresivo, en donde se centra precisamente lo destellante, lo que rompe lo previsto, lo que debería suceder según el orden prestablecido: “Apoyándose en pistas certeras se ha ido despojando de las expansiones y las catálisis, creando su propia unidad (!) lógica, amenazada continuamente por lo insólito que lleva guardado en su seno”. Aunada a la incertidumbre que remata la trama, está la brevedad de sus recursos que lo vuelven una flecha dirigida a la mente del lector o auditor quien no puede esquivarla en su desnudez: “el ritmo y lo desconocido se albergan en su vientre para asaltar al lector y espolearle su imaginación”. Es un asalto que deslumbra y deja inerme, y ante el cual la razón trata de reaccionar y defenderse para reconstruir el complejo mundo que amenaza con requebrajarse. Ese dardo flamígero es una amenaza a la certeza de difíciles equilibrios construidos con palabras que revelan su fragilidad, porque la minificción, a diferencia de los haikús originales se han desprendido de la naturaleza pero se encarnan en el mundo urbano y subjetivo al que pertenecen sus creadores, y ahí socavan las bases de esas estructuras. El mismo Valadés no niega la cercanía del poema y la minificción: “Su estructura se parece cada día a la del poema”, pero insiste en que la distinción estriba en que el minicuento se ciñe a la acción. En ambos la maestría se demuestra en el uso ceñido del lenguaje, sin palabras de más, sólo las justas para causar el destello: “exige inventiva, ingenio, impecable oficio prosístico y, esencialmente, impostergable concentración e inflexible economía verbal, como señala José de la Colina, para los que él llama ‘cuentos rápidos’”.

A veinte años de que dejó este paraíso infernal, quiero dar la palabra en este espacio a un microcuento de aquel que abrió espacio en una revista para que tantos y tantas publicaran los suyos; un cuento que espero sea profético:

“El marionetista, ebrio, se tambalea mal sostenido por invisibles y precarios hilos. Sus ojos, en agonía alucinada, no atinan la esperanza de un soporte. Empujado o atraído por un caos de círculos y esguinces, trastabillea sobre el desorden de su camerino, eslabona angustias de inestabilidad, oscila hacia el vértigo de una inevitable caída. Y en última y frustrada resistencia, se despeña al fin como muñeco absurdo.

La marioneta —un payaso en cuyo rostro de madera asoma, tras el guiño sonriente, una nostalgia infinita— ha observado el drama de quien le da transitoria y ajena locomoción. Sus ojos parecen concebir lágrimas concretas, incapaz de ceder al marionetista la trama de los hilos con los cuales él adquiere movimiento”.

Además, opino que hay que respetar los Acuerdos San Andrés, anular las reformas a la Constitución, bajar los salarios a los grandes burócratas y aparecer a los 43 normalistas de Ayotzinapa.

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Siempre! es una revista que se publica en la Ciudad de México, fundada por José Pagés Llergo en 1953. Desde sus comienzos, Siempre! ha sido una revista esencialmente de información y análisis políticos, no especializada en ciencia política, sino que con las herramientas del periodismo -crónica, entrevista, reportaje y artículo de opinión- ha dado cuenta del acontecer político, lo mismo mexicano que latinoamericano y de otros confines del mundo.

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Patricia Gutiérrez-Otero escribe regularmente en la revista Siempre!, ha publicado poesía en diversas revistas y en una antología de poesía, es traductora principalmente del francés, es editora, ha sido maestra en la Universidad Iberoamericana y en otras instituciones. Estudió la licenciatura y la maestría en teología en el Institut d’Etudes Théologiques de Bruxelles de la Compañía de Jesús. Anteriormente había estudiado la licenciatura en comunicación, y, actualmente, por puro gusto, estudia la maestría en literatura. Fue miembro fundador y subdirectora de la revista Ixtus. Sus intereses y pasiones son variados y diversos. Por el momento es editora de una colección de filosofía política en el Colegio de Puebla.

16—Presentación del Taller Literario de José Luis Velarde y homenaje a Edmundo Valadés. En Cd. Victoria. Tamaulipas.

José Luis Velarde. y taller Culiacan, 26NOV

 

Magaly Monserrat Balderas, Ailed Álvarez, Pamela Durán, Pedro Hernández Wilson, Alfonso Porras, Desiderio García, Amador González de la Cruz, Énder Velarde, Toño Chavira y Arturo Castrejón, integrantes del Taller Literario de José Luis Velarde, compartieron el escenario del Salón de Convenciones del Centro Cultural Tamaulipas de Ciudad Victoria el pasado 26 de noviembre. Tras leer lo mejor de su producción rindieron homenaje al maestro Edmundo Valadés. Pedro Hernández Wilson tuvo a su cargo la lectura de La muerte tiene permiso; una obra fundamental de las letras mexicanas

Las imágenes del homenaje y las de notas periodísticas hablan por si solas del éxito e importancia del evento.

José Luis Velarde. Culiacan, 26NOV José Luis Velarde. y cartel Culiacan, 26NOV José Luis Velarde. y Castrejón Culiacan, 26NOV José Luis Velarde. Castrejón y cartel Culiacan, 26NOV José Luis Velarde. nota periodistica Culiacan, 26NOV Nota periodística


José Luis Velarde, preparó este texto como un homenaje al maestro Valadés.

La corrigenda y algunas líneas inspiradas por Edmundo Valadés

Finalizaba 1972 cuando entré a un estanquillo de Monterrey, sin pensar que iba a descubrir El Cuento, revista de imaginación, pues alguien la había dejado entre las publicaciones dedicadas al futbol que yo solía comprar. Me refiero a Gol, de hechura mexicana y El Gráfico procedente de Argentina. Quizá las portadas mostraban a Enrique Borja, Carlos Bianchi y a Rubén Ayala entre tantos otros futbolistas destacados de la época. No sé porqué las ignoré para revisar El Cuento, cuya presentación era diferente a las utilizadas por los editores nacionales, pues se parecía al formato pulp estadounidense. Los textos no eran muy largos; algunos sólo precisaban unas cuantas líneas para contar una historia. La sección de correspondencia señalaba los errores y aciertos de quienes se atrevían a enviar relatos para publicar. Nunca imaginé que Edmundo Valadés era el autor de casi todas las respuestas. Quizá las leí de principio a fin gracias a la gentileza de un empleado más atento al Jajá que por importunar a quienes tomábamos el negocio como sala de lectura. Quizá también leí dos o tres textos hasta que me decidí a comprar El Cuento, a pesar del futbol y el Jajá —una revista de chistes y mujeres en traje de baño— que ahora puedo referir, sin pena, como otra lectura preferida en mi adolescencia.

Compré el número 53 de la publicación de Edmundo Valadés. Hoy recuerdo la portada, porque la vi en el sitio Minificciones de El Cuento, donde Alfonso Pedraza atesora todo lo relacionado con una saga que alimentó la cuentística, sobre todo en Latinoamérica, durante la segunda mitad del Siglo XX.

El Cuento era el espacio didáctico donde Valadés dictaba cátedras sobre un género empeñado en modernizarse con requerimientos estrictos sin perder la originalidad y el interés de los lectores. La redacción recibía textos sin cesar de cualquier parte del mundo. Era el sitio donde convivían maestros de la escritura y aspirantes deseosos de encontrar espacio junto a los consagrados. Ya se hablaba de cuentos mínimos al finalizar la década de los sesenta. Cada propuesta se analizaba y recibía contestación. Valadés reiteraba la necesidad de la corrigenda. Así llamaba a la revisión que depura los textos y revela el arte de los escritores si es que lo tienen. La corrigenda es un trabajo íntimo que nadie debería desdeñar. Era un taller literario por correspondencia en aquellos días en que el servicio postal era incierto e impuntual como de costumbre.

En aquella sección descubrí personajes como la Señora de Nueva York. Dama de incontables apariciones y cartas divertidas, aunque no ofreciera cuento alguno sólo el gusto de platicar con el editor. Otro visitante reiterado era El Cuentista del Tráiler; un chofer que mandaba los cuentos escritos mientras recorría el país en jornadas interminables. Hoy puedo saber que se llamaba Ricardo Cortez Zapata, gracias a Pedraza y Minificciones de El Cuento.

El pasado abril estuve en la Ciudad de México. Asistí a una conferencia de Juan Antonio Ascencio, dedicada a Edmundo Valadés. Ahí nos dijo que el maestro nació en 1915, en Guaymas, Sonora. Fue maestro rural a los dieciocho años en Tamaulipas y en el Estado de México. Un año después emigró a la capital del país donde trabajó como periodista en diarios, revistas e incontables misiones culturales.

Aun resuenan en mis oídos estas palabras de Valadés, rescatadas por Ascencio.

“Éste quien les habla, padece la filtración de las palabras. Al escritor que no se bate todos los días con ellas, el idioma se le achica. Por eso le será difícil expresar cómo le conmueve este acto, que le suscita sinceras reservas sobre si lo merece. Calcula que no ha podido acabalar sus posibilidades creadoras. En el recuento que hace, buscando estar en paz con sus alternativas, le duelen las páginas no escritas, y no lo levanta la parquedad de las que ha pergeñado.”

El Cuento tuvo una primera época donde sólo aparecieron cinco ejemplares. Eso ocurrió en 1939, pero renació en 1964 para alcanzar más de 140 números donde prevalecía el buen gusto tanto en los textos publicados como en el diseño gráfico. La revista enfrentaba los problemas de distribución y respaldo financiero que suelen enfrentar las publicaciones literarias de nuestro país. El Cuento fue semestral o trimestral o irregular en diversos periodos, pero no disminuían las ganas de leerla y uno la buscaba en todos los expendios posibles incluso en las librerías de viejo de la calle Donceles y en las banquetas inmediatas al Zócalo capitalino. Encontrarla era una recompensa multiplicada al adentrarse en las lecturas.

Fue en 1985 cuando Guillermo Lavín me invitó a participar en un taller literario que impartiría Edmundo Valadés, en Ciudad Victoria, mediante el Instituto Tamaulipeco de Bellas Artes. Aún ahora me resulta difícil recrear aquel encuentro con un personaje querido y admirado a la distancia. Atestiguamos sus comentarios con avidez y a partir de esa fecha pude saludarlo en repetidas y afortunadas ocasiones. Un día Guillermo y yo nos topamos con él en un vagón del metro capitalino en una coincidencia milagrosa. Otra vez acompañé a Toño Huerta y a Juan José Amador para llevar a Valadés al aeropuerto victorense, apenas a tiempo, para que abordara el avión de las siete de la mañana tras una velada interminable suscitada en la casa del mismo Guillermo mencionado al iniciar este párrafo.

En 1986 asistí a mi primer encuentro de escritores. Lo organizaba el Museo Pape, de Monclova, Coahuila, para reunir a los aspirantes de la época en un homenaje brindado a Valadés, quien además presentaría un libro: Sólo los sueños y los deseos son inmortales, Palomita. Edmundo Valadés. Hoy quise traer mi libro autografiado para presumir, pero no lo encontré en mis libreros.

Hoy estamos aquí para recordar a un ser humano de trato sencillo y amable. Un personaje que por estas fechas recibirá homenajes en diversas ciudades del país y el extranjero. Nadie los ordenó. Surgen del cariño que supo ganar como pocos escritores lo han hecho. El próximo 30 de noviembre se cumplirán veinte años de su ausencia. Nos empeñamos en recordarlo, porque fue un maestro verdadero en tiempos donde hay más pedagogos que maestros. Hoy mi querido amigo Pedro Hernández Wilson, integrante del taller literario, leerá para nosotros. La muerte tiene permiso. Uno de los cuentos entrañables de Edmundo Valadés.

Gracias por su atención.

                                                                                               “

12— Homenaje a Edmundo Valadés en Internacional Microcuentista VII. Soliloquio en deferencia a Valadés. Por Alfonso Pedraza.

Homenaje a Valadés VII Internacional

 

NOV 29

Soliloquio en deferencia a Valadés

Por Alfonso Pedraza

¿Conociste “El Cuento, revista de imaginación”?

Muchos jóvenes dirán que no, y tendrán total justificación, pues la revista, después de treintaicinco años de mostrar cuentos y minificciones de todos los países y épocas, dejó de publicarse al terminar el siglo pasado y solo se podían revisar en bibliotecas, colecciones particulares y adquirir algún ejemplar en las librerías de segunda mano.

¿Sabías que el fundador, director y alma de esa legendaria revista de influencia continental fue Edmundo Valadés?

Y tan era su alma, que tras el tránsito de este mundo del maestro, hace 20 años, y a pesar del esfuerzo de un grupo de escritores que siguieron su trabajo dejó de publicarse cinco años después, en 1999.

¿Te has enterado que el maestro Valadés dio especial difusión a los textos breves, y les llamó minicuentos?

Fue la introducción de esos textos en la revista, en épocas en que no eran aún reconocidos como un género literario, lo que atrajo numerosos lectores activos. Lectores dinámicos pues muchos de ellos no solo leían los cuentos y minicuentos publicados, sino empezaron a practicar la creación de ellos, interactuando con el maestro Valadés por los medios posibles en esa época.

¿Cuál era ese método usado por los lectores?

El correo postal. Ese medio de comunicación llevaba textos de los escritores en ciernes, (aunque muchos de ellos ahora son importantes poetas y escritores) a la revista, y Edmundo, en el Correo del lector, les retornaba comentarios, consejos y alientos. Esa sección de la revista llegó a ser un taller literario que aún no ha recibido el estudio formal que nos muestre toda su importancia e influencia en la canonización del género “minificción”.

¿Cómo atrajo a los lectores-escritores a participar en la revista?

Por medio de un concurso permanente, que premiaba con dinero contante y sonante y con subscripciones de la revista. Los autores premiados por la revista tomaban tal fama interna, que hasta nuestros días les dan satisfacción y orgullo.

¿Dónde puedo leer esos textos breves de la revista “El Cuento”?

En el blog citado en el título, que como se puede observar, es un sitio sin dominio propio ya que se ha elaborado sin patrocinio ni subsidio alguno. A tres años de trabajo se pueden leer los más de cuatro mil textos que se publicaron en los 145 números de la revista, indexados por autor (hay algunos autores que reúnen verdaderas antologías), por número de la revista y diferenciándolos entre los textos que concursaban o no. También pueden revisarse más de ochocientas biografías de los más de mil seiscientos autores de todas las épocas y nacionalidades.

¿Qué logros ha obtenido el blog en esos tres años de vida?

El nacimiento del libro “Minificcionistas de El cuento, revista de imaginación” libro exclusivo para escritores publicados en la revista, que logró reunir textos inéditos de ciento tres autores y que fue editado por Ficticia Editorial, para conmemorar cincuenta años de minificciones en “El Cuento”. También mantiene con sus actividades una página de Facebook que hasta el momento cuenta con mil doscientos cincuenta seguidores. Ha logrado agrupar a más de noventa autores para que interactúen, se conviden, experiencias, publicaciones y oportunidades de trabajo, en un grupo secreto, y que es la materia humana que ha hecho posible muchos de los eventos de este homenaje.

¿Qué espera el blog en el futuro, si ya han cesado sus publicaciones, al culminar el cometido de mostrar al mundo la totalidad de las minificciones de la revista?

El blog ha tomado vida propia, aún sin nuevas publicaciones sigue recibiendo más de ochocientas lecturas diarias, y se agregan a diario nuevos “fans” en las redes sociales de Facebook y Twitter. Al grupo de cuentistas brevísimos se han agregado más de cuarenta escritores que no fueron incluidos en el libro y que sueñan con lograr una reedición aumentada del libro. Tiene la esperanza que alguna dependencia o grupo editorial haga el sueño de revivir esta legendaria publicación y que finalmente, también tome la experiencia de este blog, para hacer lo mismo con los cuentos de extensión “normal” y los muestren al mundo.

 Coloquio Alfonso Lectura

Alfonso Pedraza, administrador del blog expresa, en el silencio de este soliloquio, gratitud a los que le acompañaron en esta empresa y tiene la esperanza de que este homenaje que hacen amigos, alumnos y admiradores de Edmundo Valadés, sirva de desafío para que las dependencias oficiales pertinentes, preparen festejos más a la altura del maestro en febrero próximo, en que se celebrará el centenario de su natalicio.

12— Homenaje a Edmundo Valadés en Internacional Microcuentista VI. Edmundo Valadés y los diamantes perdidos. Por Roberto Abad.

Homenaje a Valadés VI Internacional

 

NOV 28

Edmundo Valadés y los diamantes perdidos

Por: Roberto Abad

Este libro te va a gustar, me dijo un compañero de trabajo que era mucho mayor que yo, pero que sabía de mi gusto por la lectura, y me regaló El libro de la imaginación. Años más tarde, en una librería de viejo, encima de un montón de ejemplares de bajísimo costo, encontré La muerte tiene permiso y sin saber exactamente lo que tenía en mis manos, lo compré. Luego vino Las dualidades funestas que hallé de manera extraña en un mercado. Pero el verdadero hallazgo fue Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita, la edición prologada por José Emilio Pacheco, encontrada, como una gema brillante, entre una montaña de cientos de títulos que eran parte de una campaña independiente de fomento a la lectura, que consistía en regalar libros en lugares públicos. Todos mis encuentros con Edmundo Valadés fueron una coincidencia y, al mismo tiempo, una revelación.

 A veinte años de su muerte, nos encontramos con el mayor promotor del cuento que México ha tenido. Su obra y labor, repercuten en las publicaciones, premios y escritores mexicanos y latinoamericanos actuales. El premio que lleva su nombre ha laureado a escritores que se han convertido en dignos representantes del género. El blog Las historias del escritor Alberto Chimal —quien ha desarrollado la idea de una literatura de la imaginación—, funge como un homenaje a El cuento y también motiva a los usuarios a escribir textos breves. Es innegable la influencia de Valadés que tiene la literatura hispana en la actualidad.

No tuve la fortuna de leer la revista de la imaginación en su momento. De hecho, llegó a mis ojos después, mucho después de que dejaran de publicarla. Lo primero que pensé fue que era muy rara una publicación especializada en el cuento; luego, al adentrarme en sus páginas, pude vislumbrar la paciencia, dedicación y amor a la literatura con la que estaba hecha. Me sorprendió, específicamente, que el director dedicara tantas páginas en contestar la correspondencia de los lectores y que –además de todo– lo hiciera con tal maestría en pocas líneas. Descubrí que entre ellas había algo muy valioso: la voz de un lector crítico, que veía en la literatura la explicación del resto de las cosas. “Uno de los problemas”, respondió Valadés a uno de los autores que había enviado un cuento onírico, “y no son pocos, que tiene el transcribir al papel un sueño, es que los sueños son siempre fragmentarios y por demás inasibles”.

  Pero también daba opiniones directas, sin filtros ni eufemismos, lo cual era muestra de la objetividad y carácter: “Sus cuentos aún no funcionan como tales, porque usted pone la literatura al servicio de una idea. Lo contrario podría ser eficaz”. O el siguiente, que es de mis favoritos: “Aunque los textos que nos envías no son aún publicables –seguramente sí en una revista para lectores imberbes–, tienen desde luego un mérito inicial: la ortografía, tan escasa ahora en adolescentes como tú”. La correspondencia se convertía en una especie de taller a larga distancia. Al terminar de leer el primer ejemplar que tuve de El cuento comprendí que ese diálogo era indispensable para Valadés y para los mismos lectores. Era una forma de llevar los textos a otro nivel de lectura. Y eso no lo he vuelto a ver en ninguna de las revistas vigentes.

Lo que creo que desconocía Valadés es que, al contestar tantas cartas, hacía una especie de manual para el cuentista perfecto, mediante aforismos o frases que, si las miramos reunidas, toman la forma de un “decálogo” (aunque por la sabiduría abundante que contienen, habría que considerar más de diez mandamientos). Para comprobar mi hipótesis –y a la vez conmemorar su paso por la Tierra–, comparto algunas de las líneas que encontré en el número 105-106, publicado en el periodo de enero a junio de 1988 (semestre y año en el que nací), que me parecieron notables y que presento con la intención de convocar a todos los lectores de Edmundo Valadés a que se conviertan en exploradores y busquen, entre las páginas de El cuento, esos diamantes perdidos que el escritor sonorense dejó regados. Quizás ahí esté otro libro más, en espera aún de ser descubierto por los lectores.

 

***

Usted es el único autor del cuento; incorpore lo que convenga y suéltelo de una pieza.

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Uno de los grandes secretos para escribir mejor es eliminar, podar, tachar lo innecesario…

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Lo que ha de procurarse es que el lector tenga un placer estético y una vivencia –no un trabajo– inolvidables.

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Creemos lícito jugar con el lector, siempre que él advierta que hay un juego.

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El cuento ha de ser cuento antes que nada, y para ello deben tomarse los renglones o páginas que requiera para quedar claro y completo.

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Lo que usted no crea, tampoco lo creerán sus lectores.

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Quítele (al texto) todo lo que no tenga que ver con los verdaderos deseos del personaje. No mezcle usted lo suyo con lo de él, pues no se trata de autobiografía, sino de la creación, nada menos, de un personaje con sus experiencias propias.

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La ruptura de la realidad, de lo posible, para establecer otra en la que no impera la lógica, exige o una gran belleza e imaginación idiomáticas o gran ingenio para hacer válida la mera invención.

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En todo cuento, en toda obra literaria, algo subyacente y no por ello imperceptible, es la intencionalidad del escritor, esa voluntad, expresa o tácita, de conducción de ese todo rotundo que es el cuento, hacia un fin predeterminado.

***

Un minicuento exige elaborarlo cuidadosamente, hasta no atrapar una historia relampagueante, ingeniosa, irónica, certera, con su golpe de gracia o imaginación que sorprenda al lector totalmente.

 

Roberto

Roberto Abad (1988, Cuernavaca) escribe, lee y hace música. Estudió educación en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Fue incluido en la antología Alebrije de Palabras. Escritores Mexicanos en Breve (BUAP, 2013) y en Los regresos de Zapata (Cimandia, 2014). Ha publicado en diversos medios impresos y virtuales. Recientemente, algunos de sus microrrelatos fueron traducidos al francés en la antología Lectures d’ailleurs, y al portugués en la revista Samizdat.

12— Homenaje a Edmundo Valadés en Internacional Microcuentista V. Breve entrevista a Adriana Quiroz.

Homenaje a Valadés V Internacional

 

NOV 27

Breve entrevista a Adriana Quiroz

 

Adriana Quiroz es originaria del Distrito Federal, México. Muy joven se trasladó a Utah, Estados Unidos, para su formación académica. De regreso a México trabajó como maestra y a los 22 años, contrajo matrimonio con Edmundo Valadés. Así, se puede decir que la semblanza de Adriana es una paralela a la de Edmundo. Con el escritor Valadés, Adriana tuvo sus primeras incursiones en la literatura.

IM: Se cumplen 75 años de la primera época de la revista El Cuento, 50 del primer ejemplar de su segunda época y 15 del último número, así como 20 años del fallecimiento del maestro Edmundo Valadés. ¿Qué significa todo esto para usted?

AQ: En términos de tiempo, que éste es relativo. Tres cuartos de siglo han transcurrido y el mundo de las letras mexicanas sigue lleno de Valadés y de su obra. El cuento es el más extraordinario programa de difusión de las letras desde Vasconcelos.

 

IM: ¿Cómo era el maestro Edmundo Valadés? Como persona, como escritor, como esposo.

AQ: Valadés era un hombre generoso, profundo, tranquilo, que se conducía en la vida conyugal igual que en su vida pública: con respeto, paciencia y amor.

 

IM: ¿Qué significaba para el maestro Valadés la revista El cuento?

AQ: Era una parte de su vida. A Valadés no se le puede entender sin El cuento. Tenemos desde luego sus libros, pero no se debe olvidar que Edmundo no sólo fue un creador literario, sino un periodista excepcional, en su momento quizá el primero en abordar a lo literario como una especialidad periodística. En El cuento vemos un reflejo de esto: un periodista –escritor al servicio de un propósito noble: compartir con todos los públicos posibles su propia visión. Esto es lo que hacen los periodistas.

 

IM: ¿Cómo llegó Edmundo Valadés a la minificción?

AQ: Como llegan los creadores a su terreno de mayor fertilidad: a través de la obra misma. Valadés no fue novelista –aunque en su legado hay por lo menos un intento de abordar el género- quizá porque su vida fue de una intensidad notable. No tenía en lo personal ni en lo profesional el largo aliento o el gusto por la reclusión que exige la creación novelística, sino la intensidad vital que caracteriza al cuento.

 IM:¿Cómo era el maestro Valadés como tallerista?

AQ: El taller fue una continuación de El cuento. Si en la revista nos lleva de la mano por los gozosos caminos de la creación cuentística de todo el mundo, en los talleres orientaba a los futuros creadores para que encontraran su “norte”. Si se revisa la colección de la revista, algo que salta de inmediato a la vista es que a lo largo de los años Edmundo reunió el más amplio catálogo de técnica literaria, por así decirlo, de reflexiones sobre la estructura profunda del género, que se conozca. Es realmente asombroso.

 

IM: Como promotor de la minificción que era, nos llama mucho la atención que el maestro Valadés no tenga una obra minificcional más generosa.

AQ: Ciertamente la obra de Valadés puede considerarse breve… pero de una profundidad e intensidad singulares. A cambio de ello abrió las puertas y guió con enorme generosidad a muchos autores, y propaló el género mediante la revista. Hay muchas anécdotas al respecto. Una que me gusta en particular refiere cómo dos adolescentes se presentaban los domingos por la mañana en su casa para mostrarle sus escritos y pedirle orientación. Valadés los recibía aunque hubiera estado trabajando hasta la madrugada. Los nombres de esos adolescentes eran Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco.

 

IM: ¿Cuáles eran los libros de cabecera del maestro Valadés?

AQ: Creo que todo libro que caía en sus manos se convertía en un libro de cabecera. Contaba cómo había perdido El faro del fin del mundo  y cómo durante años buscó reponer ese volumen inhallable. Un día, un sobrino suyo fue puesto al frente de una agrupación de contables y en sus primeras tareas se puso a reordenar la biblioteca de la organización, en donde además de textos especializados había algunos ejemplares literarios. Edmundo se presentó en el local y al entrar, ahí a mitad de los montones de libros, vio El faro… “Con permiso”, le dijo a su sobrino, “pero ¡éste es mío!” Solía decir que cuando alguien desea un libro con pasión e intensidad, ese libro se abre camino hacia uno.

 

IM: El libro de la imaginación es una lectura imperdible para los lectores de minificción. ¿Cómo fue que se gestó?

AQ: Fue el producto natural de su actividad como divulgador del género cuentístico. No hay que pasar por alto que en esta tarea Edmundo no tenía ayudantes o equipos de trabajo (ni en su trabajo como periodista literario): todos los cuentos publicados en la revista fueron recopilados por él; algunos se los referían otros lectores, otros los descubría por sus propias lecturas o por noticias que le llegaban, de tal suerte que en un momento de su vida tuvo dentro de sí un reservorio de textos que naturalmente se vertió en El libro de la imaginación.

 

IM: ¿Cómo ve Adriana Quiroz el panorama actual de la minificción? ¿Qué pensaría el maestro?

AQ: Lo que él pensaba del género está en su obra. Hay una biografía escrita por Miguel Ángel Sánchez de Armas, En estado de gracia, en donde Edmundo se refiere en detalle al género y que desde luego representa una visión demasiado extensa, profunda y, diría metafóricamente, agitada, como para ser referida en el espacio de una entrevista, aunque no es muy riesgoso apuntar que sin duda Edmundo se hubiera fascinado con las posibilidades actuales de explorar otras literaturas a través de los nuevos medios. Recuerdo que una de sus metáforas favoritas para referirse al métier del escritor era que éste es un gambusino que va cavando con intensa energía –pero a la vez con armonía y ritmo- para descubrir las vetas literarias. Yo me atengo a ese pensamiento.

 

IM: Las siguientes serán preguntas dobles, una para Adriana y la otra para el maestro Valadés. ¿Qué le apasiona a Adriana? ¿Qué le apasionaba a Edmundo Valadés?

Un libro: En busca del tiempo perdido.

Una película: Casablanca.

Una canción: La barca de Guaymas.

Una comida: Carne de Sonora.

Una ciudad: Buenos Aires.

Una confesión: No haber escrito más libros.

Un amor platónico: Madame Bovary.

Un epitafio: En estado de gracia.

Un deseo: Una novela.


Adriana Quiróz

Adriana Quiroz. Minificcionista de El Cuento y de Valadés, Haga Clik aquí para ir a su semblanza y textos.

 

12— Homenaje a Edmundo Valadés en Internacional Microcuentista IV. Minificcionistas de El Cuento, revista de imaginación. Por José Manuel Ortíz Soto.

Homenaje a Valadés IV Internacional

 

NOV 26

Minificcionistas de El cuento. Revista de Imaginación

 Por José Manuel Ortíz Soto

Para el lector enterado, el libro Minificcionistas de El Cuento. Revista de Imaginación, compilado por Alfonso Pedraza y editado por Ficticia Editorial (2014), volumen 45 de la colección Biblioteca de Cuento Contemporáneo, es un libro de expectativas, porque aun antes de abrirlo ya promete un banquete de minificciones selectas. De ello, quizá no culpemos en primera instancia a Alfonso Pedraza, autor del proyecto, y, en cambio, el crédito, bien merecido, se lo lleve don Edmundo Valadés y los editores de la revista El Cuento (Andrés Zaplana, Juan Rulfo, Juan Antonio Ascencio, Agustín Monsreal, José de la Colina y Eraclio Zepeda), quienes en su momento seleccionaron  y publicaron a estos autores en la sección “Caja de Sorpresas” y el “Concurso de Cuento Brevísimo”. Sin embargo, a Alfonso Pedraza y Marcial Fernández, director y editor de Ficticia, debemos felicitarlos por su acierto de este que se une a los festejos por los 20 años de ausencia de don Edmundo Valadés.

   ¿Habrá entre los lectores de Minificcionistas de El cuento… quien ponga en tela de juicio la selección de autores? Es posible y estaría en su derecho, pues la minificcion que vislumbraban los editores referidos es quizás otra muy distinta a la que se vive actualmente. En todo caso, la selección de textos o el acuse de los mismos es responsabilidad de Alfonso y Marcial, ya que en este proyecto fueron convocados autores a los que se les publicó en la citada revista, pero las minificciones que integran el libro son de nueva creación o al menos no aparecieron en El Cuento. Esto quizá pueda desilusionar a quienes buscan en las dos minificciones de cada autor la “receta mágica” que los llevó a ser considerados por los editores citados, las observaciones que los grandes maestros dieron a sus alumnos, muchos de ellos entonces prospectos de escritores, y hoy, a la distancia, maestros consagrados en el difícil mundo de las letras. Para aquellos lectores que aceptan la verdad sin tener que meter la mano en la herida, que no dudan en aceptar el criterio y la palabra de los maestros de antes, ahora les toca el turno de estar del otro lado de la barrera y erigirse como críticos de las nuevas creaciones que Alfonso Pedraza compiló; a ellos corresponderá juzgar cada uno de los textos presentados y decidir -imaginemos que están en la piel de Valadés, Rulfo, Monsreal, etc- su publicación. Y si las 185 historias pasaron el tamizaje, no debe sorprendernos, pues se trata ya no de escritores noveles, sino de autores en plena madurez creativa, que a la invitación de Pedraza se dieron  la oportunidad de recordar un momento aquella etapa de su vida en que daban sus primeros pasos en la minificcion. Por su parte, Edmundo Valades, crítico humanista, allá desde donde se encuentre seguramente se tomará su tiempo para expresar si sus otrora alumnos alcanzaron la lucidez creativa a la que todos aspiramos alguna vez. Para ello, queridos lectores, ustedes son sus ojos, su lengua, sus dedos, su juicio.

 portada de Minificcionistas

Alfonso Pedraza (antólogo), Minificcionistas de El cuento, Revista de imaginación, Ficticia Editorial, 2014.

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Raúl Aceves, Alejandro Aguilar Sierra, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Adolfo Alonso, Triunfo Arciniegas, Arminé Arjona, René Avilés Fabila, Susana Avitia Ponce de León, Lucero Balcázar, Roberto Bañuelas, José Barnoya, María Jesús Barrera, Carlos Bastidas Padilla, Raúl Brasca, Luis Brito García, Marco Antonio Campos, Eliseo Carranza Guerra, Roberto Castillo Udiarte, Arturo Castrejón, Martha Cerda, Ricardo Chávez Castañeda, Luis A. Chávez, Ana Clavel, Eric Conde, Jorge Cubría, Claudio de Castro, Elena Dreser, Liliana Elphick, María Amparo Escandón, Germán Espino Sánchez, Guillermo Fárber, C.M. Federici, Marcial Fernández, Rafael Fernández Flores, Martha Figueroa Von Hersberg, Homero Flores, Jorge Antonio García, Felipe Garrido, Mempo Giardinelli, Mario Goloboff, Mónica Gómez, Raúl Hernández Viveros, Jorge Alberto Herrán Salvatti, Virinia Herrera Castro, Salvador Herrera García, Pedro Guillermo Jara, Enrique Jaramillo Levi, Paola Jaufred Gorostiza, Gabriel Jiménez Emán, Rodolfo Aquiles Jiménez Guzmán, Harold Kremer, Guillermo Lavín, José Luis López Goytia, Carmen López, Roberto López Moreno, Wilfredo Machado, Gustavo Masso, Guillermo Meléndez, Leo Mendoza, Agustín Monsreal, J.A. Morasán, Lilia Morales y Mori, Carlos Roberto Morán, Damaso Murua, César Navagómez, Queta Navagómez, Omar Espinosa García, Jorge P. Guillén, Edmée Pardo, Federico Patán, Luis Bernardo Pérez, Fernando Perezcárdenas, Roberto Perinelli, Günter Petrak, Matilde Pons, Alfonso Prado Soto, Antonio Puertas, Adriana Q. de Valadés, Jeremías Ramírez Vasillas, Rogelio Ramos Signes, Agustín Ramos, Luis Arturo Ramos, Raúl Renán, Rolando Revagliatti, Juan Romagnoli, Norberto Luis Romero, Jorge Ruiz Dueñas, Guillermo Samperio, Rocío Santamaría Ambriz, Adriana Serdán Vázquez, Ana María Shua, María Elena Solórzano, Renato Tinajero, Federico Traeger, Guadalupe Vadillo, Edmundo Valadés, Luisa Valenzuela, Juan Manuel Valero, María Esther Vázquez, Esther Vázquez-Ramos, José Luis Velarde, Mario Luis Vigueras, José Luis Zárate.

12— Homenaje a Edmundo Valadés en Internacional Microcuentista III. Vigía de la minificción. Por Armando Alanís Canales.

Homenaje a Valadés III Internacional

 

NOV 25

Vigía de la minificción

Por: Armando Alanís Canales

Edmundo Valadés fue el primero en impulsar en México la creación de comprimidos narrativos a través de su mítica revista El Cuento. Fue también el primero, o uno de los primeros, en teorizar en nuestro medio sobre este género repentino y fatal. Citando a otro autor, apuntó que la minificción “siempre tiene un final de puñalada”. Agregó, por su parte, que estas brevedades “contienen una historia vertiginosa que desemboca en un golpe sorpresivo de ingenio”. Y concluyó señalando que “la minificción es la gracia de la literatura”. Él mismo compuso espléndidas ficciones súbitas en las que están presentes la imaginación y el pinchazo irónico, no exentos de una calibrada dosis de poesía, como la siguiente, que tituló “La búsqueda”:

 “Esas sirenas enloquecidas que aúllan recorriendo la ciudad en busca de Ulises.”

El cuento y, en particular, la minificción, tuvieron en Valdés a su más entusiasta, certero y sabio vigía.

 Armando Alanís

Armando Alanís Canales (Saltillo, 1956) ha escrito, entre otros libros, el volumen de microrrelatos Fosa común (Ediciones Fósforo, 2008). Su novela más reciente es Las lágrimas del Centaturo, sobre el mítico Pancho Villa (Planeta, 2010). Tiene inédito un segundo volumen de brevedades, La vida difícil del hombre invisible, y prepara una nueva novela. Forma parte de la antología de minificción mexicana Alebrije de palabras: Escritores mexicanos en breve (BUAP, 2013) Como buen norteño, es hombre de pocas palabras. Y uno de los fans del blog más activos en lecturas y comentarios. Gracias Armando.

12— Homenaje a Edmundo Valadés en Internacional Microcuentista II.Valadés en su estudio. Por Luis Bernardo Pérez.

Homenaje a Valadés II Internacional

 

NOV 24

Valadés en su estudio

 

Por: Luis Bernardo Pérez

 

Una tarde fui a ver a don Edmundo Valadés. Tenía la esperanza de que me publicara una de mis primeras narraciones en El Cuento, la estupenda revista que fundó y que habría de dirigir hasta su muerte, ocurrida en 1994. Dicha publicación, la cual incluía mensualmente textos de distintos autores, épocas y países, era un verdadero banquete para los amantes de las historias cortas.

Aquel día el maestro Valadés estaba rodeado de papeles y lucía ocupado. Pero como era un hombre de una enorme generosidad, accedió a dedicarle un poco de su tiempo a aquel estudiante de secundaria flaco y desgarbado que se encontraba ante su mesa de trabajo. Tomó las cuartillas mecanografiadas que le entregué y comenzó a leerlas. He olvidado de qué trataba exactamente aquel cuento. Lo que sí recuerdo es que a la segunda página don Edmundo interrumpió la lectura y se quedó pensativo. Al principio supuse que mi narración era tan extraordinaria que lo había dejado estupefacto. Seguramente estaba impresionado por la elegancia de la prosa, la originalidad del tema y la audacia de las metáforas.

Esperé durante varios minutos a que continuara leyendo, pero él permaneció inmóvil. Finalmente me devolvió las cuartillas. “Mire, joven –me dijo–, ¿se ha preguntado alguna vez por qué la gente lee lo que escribimos? La vida humana es muy breve y la cantidad de cuentos espléndidos que existen son tantos, que ninguna persona tendría tiempo de leerlos todos. A ver, dígame, ¿por qué alguien habría de interesarse en una historia inventada por usted o por mí, si tiene a su disposición las narraciones de Chejov, de Poe, de Maupassant y de Las mil y una noches?”

No supe qué responder. Dudaba entre mostrarme ofendido y salir de allí dando un portazo o preguntarle si lo que había dicho significaba que no publicaría mi cuento. Él continuó: “¿Sabe por qué a pesar de que hay tanto que leer, la gente va a preferir lo que nosotros escribamos? ¿Lo sabe? Pues porque cada línea de un buen cuento es una promesa, porque una narración que vale la pena engancha al lector y lo impulsa al siguiente párrafo y al siguiente para saber qué va a pasar. Escriba un relato así y se lo publico.”

Salí a la calle con mis cuartillas en la mano. Me sentía confuso. En ese momento no me di cuenta de que había recibido una de las mejores lecciones literarias de mi vida. Tuvieron que pasar algunos días para comprender lo que me había querido decir el maestro Valadés: que el signo distintivo de una buena narración consiste, en primer lugar, en su capacidad para encantar al que lee. Ésta es una verdad universal con la que prácticamente todos los escritores están de acuerdo, aunque no todos son capaces de llevarla a la práctica con éxito.

 Luis Bernardo Pérez

Luis Bernardo Pérez (Ciudad de México, 1962). Narrador y crítico literario, licenciado en filosofía por la UNAM. Es autor de los libros de cuentos Retablo de Quimeras (2002), Cuentos para los días de lluvia (2002), Fin de fiesta (2008), El extraño regalo y otros cuentos (2010), entre otros. En 1998 ganó el Concurso de Cuento brevísimo, convocado por don Edmundo Valadés.

12— Homenaje a Edmundo Valadés en Internacional Microcuentista I. Presentación.

Homenaje a Valadés I Internacional
Era yo muy niño, pero le recuerdo de aquella mañana, en el juzgado, cuando acudimos a demandar justicia contra los crímenes del Presidente Municipal.
De pie en la sala, observaba y tomaba notas. Sin decantarse ni a favor ni en contra de nuestra petición. En silencio.
Más tarde, en la escuela, me dieron a leer su cuento. La muerte tiene permiso, se titulaba.
Recuerdo que monté en cólera: describía, casi con exactitud, lo acontecido. Pero disfrazaba a nuestro pueblo y a sus habitantes. Incluyendo a mi papá, que fue el que se atrevió a tomar la palabra en el tribunal y que nunca tuvo por nombre el de Sacramento.
Tal fue mi indignación que se lo leí enterito a papá, esperando que corriera de nuevo al tribunal, a reclamar justicia contra el vil fabulador. Pero a medida que avanzaba en la lectura —cuyos símbolos él no sabía descifrar— papá retorcía sus bigotes con gusto y entrecerraba los ojos en una ranura brillante y feliz.
Aplaudió al final. Dijo que era una de las mejores historias que había escuchado en su vida. Y, cuando vio que me extrañaba y me desorientaba, añadió: “¿no lo entiendes, hijo? No son los hombres quienes hacen a los cuentos: son los cuentos quienes hacen a los hombres”.
El próximo 30 de noviembre se cumplen 20 años del fallecimiento de Edmundo Valadés, hacedor de cuentos y de hombres. Desde la Internacional Microcuentista nos proponemos rendirle un pequeño homenaje y contamos con colaboradores de lujo: Roberto Abad, Armando Analís Canales y Luis Bernardo Pérez nos ilustrarán sobre distintos aspectos de su vida y de su obra.

Internacional

Comité Editorial de Internacional Microcuentista

 

Esteban Dublínesteban

Bogotá, Colombia, 1983. Lector, antes que nada. Publicista. Ha realizado talleres de microliteratura y microrrelato en la Escuela de Escritores. Sus microrrelatos han sido elegidos para componer antologías latinoamericanas, publicados en diferentes revistas impresas y digitales, y premiados en Chile, Argentina y España. Tiene publicados los libros Preludios, Interludios y Minificciones (Adéer Lyinad, 2010) y Tácticas contra el olvido (TBWA Colombia, 2014). Sus textos han sido traducidos al italiano, al francés y al portugués. Publica periódicamente en su blog, Los cuentitos. Daniel Ávila es su nombre de pila.

Martín GardellaMartín

La Plata, Argentina, 1973. Vive en Buenos Aires. Es abogado y profesor universitario. Como lector, le gusta lo breve. Como escritor, publicó Instantáneas (Andrómeda, 2010) y compiló Brevedades: Antología argentina de cuentos re-breves (Manoescrita, 2013). Además, varios de sus cuentos y minificciones han sido incluidos en diversas antologías y revistas literarias. Participó como expositor en numerosos congresos y jornadas relacionadas con la microficción, y ha sido jurado de varios concursos relacionados al género. Escribe en el blog El Living sin Tiempo, y es colaborador activo en otros sitios y portales dedicados a la minificción. Desde el 2013, conduce el ciclo radial semanal “El Living sin Tiempo” dedicado a la microficción, por FM Noventa de Devoto.

Víctor LorenzoVictor

Lleida, España, 1980. Licenciado en Filología Hispánica. Es director y redactor de una revista local. Publica sus microrrelatos en blogs y webs dedicados a la minificción y en diversas publicaciones periódicas, tanto digitales como en papel. Algunos de sus textos han sido recogidos en antologías. Alimenta las Realidades para Lelos. Lee, luego escribe.

Fernando Remitente.fernando

Madrid, España, 1978. Escritor, guionista y bien espiritual, ha publicado en diversas antologias, revistas y bitácoras. Cuando nadie le mira, vuelca sus textos en Teoría del Mínimo Relato. El resto del tiempo se esfuerza en mantener entrelazados sus átomos.

José Manuel Ortiz SotoManolo

México, 1965. Médico pediatra y cirujano pediatra. Ha publicado los poemarios Réplica de viaje y Ángeles de barro. De formación predominantemente autodidacta, ha tomado talleres de narrativa con Agustín Cadena y Alberto Chimal, y de minificción en la Marina de Ficticia. Participa en la web con los blogs Ángeles de barro (poesía), Cuervos para tus ojos (minificción), Un pingüino rojo (narrativa y poesía para niños) y Médicos mexicanos por la cultura y el arte, sitio que incentiva y da a conocer el quehacer artístico de la comunidad médica mexicana. Coordina la Antología virtual de minificción mexicana.

Rony Vásquez GuevaraRony

Lima, Perú, 1987. Cursó estudios de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM-Perú). Ha publicado minificciones y artículos en diversas revistas. Ha publicado en Los comprimidos memorables del siglo XXI. Antología de minicuento y Ficción mínima. Ponente en temas de minificción en diversos congresos nacionales e internacionales. Director de la revista Plesiosaurio. Primera revista de ficción breve peruana. Miembro de la Asociación Literaria Dr. David Lagmanovich (Argentina) y Miembro Honorario del Grupo Literario Micrópolis (Perú). Recientemente publicó Cuadernillo de pulgas. Colección personal (Lima, Editorial Micrópolis, 2001). Fundador y Editor de Editorial Micrópolis.

27— Aniversario luctuoso de Edmundo Valadés. Texto “La muerte tiene permiso” en Revista Crítonis de Aguascalientes

Crítonis homenaje a Valadés

 

 

Reportero, director editorial, crítico literario, cuentista; ganador de la medalla Nezahualcóyotl otorgada por la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), el Premio Nacional de Periodismo de México en 1981 y el Premio Rosario Castellanos.

La primera obra de Edmundo Valadés, La muerte tiene permiso, es publicada bajo el sello de Fondo de Cultura Económica, misma que lo sitúa dentro de la Generación del Medio Siglo.

Fundador de la revista El cuento que se dedica a la difusión tanto, de la obra de los nuevos cuentistas, como de aquellos poco conocidos (aunque contó con la colaboración de escritores reconocidos) y la traducción de obras clásicas. El cuento es conocido, por sus 140 números, como una de las obras más extensas de la cuentística universal y latinoamericana.


La muerte tiene permiso

 

Sobre el  estrado, los ingenieros conversan, ríen.  Se golpean unos a otros con bromas incisivas.  Sueltan chistes gruesos cuyo clímax es siempre áspero.  Poco a poco su atención se concentra en el auditorio.  Dejan de recordar la última juerga, las intimidades de la muchacha que debutó en la casa de recreo a la que son asiduos.  El tema de su charla son ahora esos hombres, ejidatarios congregados en una asamblea y que están ahí abajo, frente a ellos.

-Sí, debemos redimirlos.  Hay que incorporarlos a nuestra civilización, limpiándolos por fuera y enseñándolos a ser sucios por dentro. . .

-Es usted un escéptico, ingeniero.  Además, pone usted en tela de juicio nuestros esfuerzos, los de la Revolución.

-¡Bahl Todo es inútil.  Estos jijos son irredimibles.  Están podridos en alcohol, en ignorancia.  De nada ha servido repartirles tierras.

-Usted es un superficial, un derrotista, compañero.  Nosotros tenemos la culpa. Les hemos dado las tierras, ¿y qué?  Estamos ya muy satisfechos.  Y el crédito, los abonos, una nueva técnica agrícola, maquinaria, ¿van a inventar ellos todo eso?

El presidente, mientras se atusa los enhiestos bigotes, acariciada asta por la que iza sus dedos con fruición, observa tras sus gafas, inmune al floreteo de los ingenieros.  Cuando el olor animal, terrestre, picante, de quienes se acomodan en las bancas, cosquillea su olfato, saca un paliacate y se suena las narices ruidosamente. Él también fue hombre de campo.  Pero hace ya mucho tiempo.  Ahora, de aquello, la ciudad y su posición sólo le han dejado el pañuelo y la rugosidad de sus manos.

Los de abajo se sientan con solemnidad, con el recogimiento del hombre campesino que penetra en un recinto cerrado: la asamblea o el templo.  Hablan parcamente y las palabras que cambian dicen de cosechas, de lluvias, de animales, de créditos.  Muchos llevan sus itacates al hombro, cartucheras para combatir el hambre.  Algunos fuman, sosegadamente, sin prisa, con los cigarrillos como si les hubieran crecido en la propia mano.

Otros, de pie, recargados en los muros laterales, con los brazos cruzados sobre el pecho, hacen una tranquila guardia.

El presidente agita la campanilla y su retintín diluye los murmullos. Primero empiezan los ingenieros.  Hablan de los problemas agrarios, de la necesidad de incrementar la producción, de mejorar los cultivos.  Prometen ayuda a los ejidatarios,  los estimulan a plantear sus necesidades.

-Queremos ayudarlos, pueden confiar en nosotros.

Ahora, el turno es para los de abajo.  El presidente los invita a exponer sus asuntos.  Una mano se alza, tímida.  Otras la siguen.  Van hablando de sus cosas: el agua, el cacique, el crédito, la escuela.  Unos son directos, precisos; otros se enredan, no atinan a expresarse.  Se rascan la cabeza y vuelven el rostro a buscar lo que iban a decir, como si la idea se les hubiera escondido en algún rincón, en los ojos de un compañero o arriba, donde cuelga un candil.

Allí, en un grupo, hay cuchicheos.  Son todos del mismo pueblo.  Les preocupa algo grave.  Se consultan unos a otros: consideran quién es el que debe tomar la palabra.

–Yo crioque Jilipe: sabe mucho

-Ora, tú, Juan, tú hablaste aquella vez…

No hay unanimidad.  Los aludidos esperan ser empujados.  Un viejo, quizá el patriarca, decide:

-Pos que le toque a Sacramento…

Sacramento espera.

-Ándale, levanta la mano…

La mano se alza, pero no la ve el presidente.  Otras son más visibles y ganan el turno.  Sacramento escudriña al viejo.  Uno, muy joven, levanta la suya, bien alta.  Sobre el bosque de hirsutas cabezas pueden verse los cinco dedos morenos, terrosos.  La mano es descubierta por el presidente.  La palabra está concedida.

-Órale, párate.

La mano baja cuando Sacramento se pone en pie.  Trata de hallarle sitio al sombrero.  El sombrero se transforma en un ancho estorbo, crece, no cabe en ningún lado.  Sacramento se queda con él en las manos.  En la mesa hay señales de impaciencia.  La voz del presidente salta, autoritaria, conminativa:

-A ver ése que pidió la palabra, lo estamos esperando.

Sacramento prende sus ojos en el ingeniero que se halla a un extremo de la mesa.  Parece que sólo va a dirigirse a él; que los demás han desaparecido y han quedado únicamente ellos dos en la sala.

-Quiero hablar por los de San Juan de las Manzanas.  Traimos una queja contra el Presidente Municipal que nos hace mucha guerra y ya no lo aguantamos.  Primero les quitó sus tierritas a Felipe Pérez y a Juan Hernández, porque colindaban con las suyas.  Telegrafiamos a México y ni nos contestaron.  Hablamos los de la congregación y pensamos que era bueno ir al Agrario, pa la restitución.  Pos de nada valieron las vueltas ni los papeles, que las tierritas se le quedaron al Presidente Municipal.

Sacramento habla sin que se alteren sus facciones.  Pudiera creerse que reza una vieja oración, de la que sabe muy bien el principio y el fin.

-Pos nada, que como nos vio con rencor, nos acusó quesque por revoltosos.  Que parecía que nosotros le habíamos quitado sus tierras.  Se nos vino entonces con eso de las cuentas; lo de los préstamos, siñor, que dizque andábamos atrasados.  Y el agente era de su mal parecer, que teníamos que pagar hartos intereses.  Crescencio, el que vive por la loma, por ai donde está el aguaje y que le intelige  a eso de los números pos hizo las cuentas y no era verdá: nos querían cobrar de más. Pero el Presidente Municipal trajo unos señores de México con muchos poderes y que si no pagábamos nos quitaban las tierras.  Pos como quien dice, nos cobró a la fuerza lo que no debíamos. ..

Sacramento habla sin énfasis, sin pausas premeditadas.  Es como si estuviera arando la tierra.  Sus palabras caen como granos, al sembrar.

-Pos luego lo de m’ijo, siñor.  Se encorajinó el muchacho.  Si viera usté que a mí me dio mala idea.  Yo lo quise detener.  Había tomado y se le enturbió la cabeza.  De nada me valió mi respeto.  Se fue a buscar al Presidente Municipal, pa reclamarle… Lo mataron a la mala, que dizque se andaba robando una vaca del presidente Municipal.  Me lo devolvieron difunto, con la cara destrozada. . .

La nuez de la garganta de Sacramento ha temblado. Sólo eso. Él continúa de pie, corno un árbol que ha afianzado sus raíces. Nada más. Todavía clava su mirada en el ingeniero, el mismo que se halla al extremo de la mesa.

-Luego, lo del agua. Como hay poca, porque hubo malas lluvias, el Presidente Municipal cerró el canal. Y corno se iban a secar  las milpas y la congregación iba a pasar mal año, fuimos a buscarlo; que nos diera  tantita agua, siñor, pa nuestras siembras.  Y nos atendió con malas razones, que por nada se amuina con nosotros.  No se bajó de su mula, pa perjudicarnos…

Una mano jala el brazo de Sacramento. Uno de sus compañeros le indica algo. La voz de Sacramento es lo único que resuena en el recinto.

-Si todo esto fuera poco, que lo del agua, gracias a la Virgencita, hubo más lluvias y medio salvamos las cosechas,  está lo del sábado. Salió el Presidente  Municipal con los suyos, que son gente mala y nos robaron dos muchachas: a Lupita, la que se iba a casar con Herminio, y a la hija de Crescencio. Corno nos tomaron desprevenidos, que andábamos en la faena no pudimos evitarlo. Se las llevaron a fuerza al monte y ai las dejaron tiradas. Cuando regresaron las muchachas, en muy malas condiciones, porque hasta de golpes les dieron, ni siquiera tuvimos que preguntar nada.  Y se alborotó la gente de a de veras, que ya nos cansamos  de estar a merced de tan mala autoridad.

Por primera vez, la voz de Sacramento vibró.  En ella latió una amenaza, un odio, una decisión ominosa.

-Y como nadie nos hace caso, que a todas las autoridades hemos visto y pos no sabemos dónde andará la justicia, queremos tornar aquí providencias.  A ustedes -y Sacramento recorrió ahora a cada ingeniero con la mirada y la detuvo ante quien presidía-, que nos prometen ayudarnos, les pedimos su gracia para castigar al Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas.  Solicitamos su venia para hacernos justicia por nuestra propia mano…

Todos los ojos auscultan a los que están en el estrado.  El presidente y los ingenieros, mudos, se miran entre sí.  Discuten al fin.

-Es absurdo, no podemos sancionar esta inconcebible petición.

-No, compañero, no es absurda.  Absurdo sería dejar este asunto en manos de quienes no han hecho nada, de quienes han desoído esas voces.  Sería cobardía esperar a que nuestra justicia hiciera justicia; ellos ya no creerán nunca más en nosotros.  Prefiero solidarizarme con estos hombres, con su justicia primitiva, pero justicia al fin; asumir con ellos la responsabilidad que me toque.  Por mí, no nos queda sino concederles lo que piden.

-Pero somos civilizados, tenemos instituciones; no podemos hacerlas a un lado.

-Sería justificar la barbarie, los actos fuera de la ley.

-¿Y qué peores actos fuera de la ley que los que ellos denuncian?  Si a nosotros nos hubieran ofendido como los han ofendido a ellos; si a nosotros nos hubieran causado menos daños que los que les han hecho padecer, ya hubiéramos matado, ya hubiéramos olvidado una justicia que no interviene.  Yo exijo que se someta a votación la propuesta..

-Yo pienso como usted, compañero

-Pero estos tipos son muy ladinos, habría que averiguar la verdad. Además, no tenemos autoridad para conceder una petición corno ésta.

Ahora interviene el presidente. Surge en él el hombre de campo. Su voz es inapelable

-Será la asamblea la que decida. Yo asumo la responsabilidad.

Se dirige al auditorio. Su voz es una voz campesina, la misma voz que debe haber hablado allá en el monte, confundida con la  tierra, con los suyos.

Se pone a votación la proposición de los compañeros de San Juan de las Manzanas.  Los que estén de   acuerdo en que se les dé permiso para matar al Presidente Municipal que levanten la mano…

Todos los brazos se tienden a lo alto. También las de los ingenieros. No hay una sola mano que no esté arriba, categóricamente aprobando.  Cada dedo señala la muerte inmediata, directa

– La asamblea da permiso a los  de San Juan de las Manzanas para lo que solicitan.

Sacramento, que ha permanecido de pie, con calma, termina de hablar.  No hay alegría ni dolor en lo que dice. Su expresión es sencilla, simple.

-Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas está difunto.


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Crítonis es una revista de difusión cultural que busca cautivar a las personas que se encuentran lejos de ámbitos como el arte, la filosofía y la cultura, todo por medio de un lenguaje sencillo. La revista es editada en formato electrónico y es de carácter gratuito; además, contamos con un blog que funge como complemento, pues en él agregamos información útil que ayuda al lector a tener una mejor experiencia.

El equipo de Crítonis está conformado por Cesar Maza, Geraldine Jiménez, Jahaziel Cervantes, Marissa Mata y Montserrat Macías; nosotros cinco nos encargamos del proceso editorial, el proceso creativo, corresponde a aquellos que participan en nuestras convocatorias trimestrales.

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11—“20 años sin Edmundo Valadés” por Marcial Fernández en El Economista.

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20 años sin Edmundo Valadés

El escritor sonorense nacido en Guaymas, en 1915, fue el mayor promotor del cuento literario del siglo XX.

Marcial Fernández

En la antigüedad —y en algunas religiones contemporáneas que se valen de la fe ciega o ignorancia de sus feligreses—, el mito cumplía una función de goce intelectual y conocimiento: desde la ficción contaba un suceso particular, una anécdota en la que participaban personajes imaginarios —con algún asidero en la realidad— para el entendimiento universal de tal o cual situación específica. Hoy, ese nicho de pensamiento mágico le pertenece a la literatura.

En tal equivalencia, una mitología vendría a ser lo que ahora es una novela como, por ejemplo, Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, o El tambor de hojalata de Günter Grass, o El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez, que, mediante una narrativa ficticia, propician certezas sobre los universos del poder, de la niñez y del amor, respectivamente.

Pero si bien la mitología o la novela son, en lo general, la creación de una cosmogonía o de un personaje y sus circunstancias, tejidas de varias historias, en la fragmentación de cada una de éstas surgen los mitos o lo que llamamos cuentos.

La relatoría de la vida de Afrodita, por ejemplo, la inicia Hesiodo al escribir que la diosa “surge de la espuma del mar” y, dicha mitología se enriquece no sólo con las leyendas de la época en torno a la diosa, ya con su nombre o con otros, sino que se prolonga en invenciones modernas que, o bien aluden al personaje de referencia, o narran historias en las que prevalece el amor sexual, o físico, que es los que los griegos antiguos conceptualizaban como tal.

E, incluso, dentro de esos cuentos, existen otros que hoy se conocen como cuentos brevísimos (el termino es de Edmundo Valadés), jíbaros, bonsái, microcuentos, minificciones, etcétera, que ya es considerado un género literario en sí en el mundo de la palabra.

Un ejemplo de tales microhistorias podría ser: “Afrodita, quien nació antes que su hermana, era ambiciosa, cruel y tenía celos de la hermosura de su gemela. Por eso la mutiló y le hizo un retrato en mármol para que las generaciones venideras sólo recordaran la belleza de la primogénita. Hoy, sin embargo, la única fascinante es la Venus de Milo”.

Así, estos discursos que en la actualidad parecen obvios entre quienes practican el goce de la lectura, específicamente la de la narrativa de ficción breve, no lo serían tanto si en el siglo XX hispanoamericano no hubiera existido un escritor y promotor literario de la talla de Edmundo Valadés, quien el 30 de noviembre cumple 20 años de fallecido y en el 2015 se conmemora el centenario de su nacimiento.

Gran parte del canon cuentístico de México se debe a la divulgación que hizo de dicho género este autor nacido en Guaymas, Sonora, que, a la vez de ser un cuentista técnico y puntual, creó junto con Horacio Quiñones —sí, el padre de los artistas plásticos Néstor y Héctor Quiñones, dueños de la casa de la cultura La Quiñonera—, la revista El cuento, que logró mantenerse a la vanguardia y convertirse en un punto de encuentro para los gustadores anécdotas sacras, ya por la milagrería mitológica que contienen, ya por sus epifanías literarias.

Por ello no es atrevido afirmar que Edmundo Valadés, gracias a su revista, se convirtió en un Homero contemporáneo que, a la vez que publicaba a los mejores cuentistas de Hispanoamérica y daba traducción puntual a cuentos de otras latitudes, acuñó y se adelantó a su tiempo al concebir al cuento brevísimo como el género por excelencia de un siglo, el XXI, que ya no le tocó vivir.

Ah, y si usted va a la librería y se encuentra El libro de la imaginación, que es una antología de literatura fragmentaria que Valadés hizo de sus múltiples lecturas para el FCE, cómprelo y lea una historia breve cada noche. Le prometo que al cabo de una semana su humor mejorará.

Publicado el 23 de Noviembre de 2014

 


 

el economista

 

El Economista es un periódico mexicano publicado en la Ciudad de México, fue fundado en el año 1988 por Luis Enrique Mercado y Martín Casillas de Alba, es un diario enfocado a la información financiera y política.

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Marcial Fernández nació en la Ciudad de México en 1965. Posee estudios en Filosofía por la UNAM. Con el pseudónimo de Pepe Malasombra tiene publicados siete libros de tauromaquia. Con su nombre es autor de la novela Balas de salva (2003), del microrrelatario Andy Watson, contador de historias (varias reediciones) y el cuentario Los mariachis asesinos (2008). Un colibrí es el corazón de un Dios que levita (2014). Es fundador y editor de Ficticia Editorial, sello especializado en cuento hispanoamericano contemporáneo.

(http://eleconomista.com.mx/marcial-fernandez)

17—Homenaje a Edmundo Valadés, en “Letras en la plazuela”. Con la Dra. Dina Grijalva.

 

 

Dina Grijalva, Plazuela de Culiacan3 27nov

 

En el marco del Programa Letras en la Plazuela, organizado por el Instituto Sinaloense de Cultura,  se realizó un homenaje a Edmundo Valadés.

El evento literario se llevó a cabo el  27 de noviembre de 2014, a las 10 de la mañana, hora habitual de Letras en la Plazuela.

Durante el homenaje en memoria del creador de la revista El cuento. Revista de Imaginación. Dina Grijalva leyó minificciones de la revista y parte de su colección particular de ejemplares de esa célebre publicación circularon de mano en mano entre el público asistente.

Quienes asistieron a la lectura, mostraron interés por conocer sobre la minificción, ante ello, se leyó parte del lúcido ensayo “Ronda por el cuento brevísimo”, publicado en el número 119-120, del segundo semestre de 1991.

El homenaje literario por el XX Aniversario de la muerte del artífice de El libro de la imaginación se realizó en la Plazuela Álvaro Obregón, situada en el corazón de Culiacán, Sinaloa. El Programa Letras en la Plazuela es coordinado por César Ibarra y busca contribuir a la lectura en ese espacio público por excelencia.

Dina Grijalva, Plazuela de Culiacan 27nov


Letras en la plazuela

Letras en la Plazuela. Con la finalidad de llenar de vida un espacio como la Plazuela Álvaro Obregón de la capital sinaloense, se inició una actividad más a favor del fomento a la literatura, Letras en la Plazuela, bajo la coordinación de César Ibarra.

 Se trata de un programa semanal de lecturas públicas con un invitado especial, tratándose de reconocidas personalidades del ámbito cultural y literario de la entidad, quienes podrán leer obra propia o de escritores reconocidos.

Letras en la Plazuela, busca crear un vínculo cercano entre los artistas sinaloenses y la sociedad civil, para de esta manera llevar las obras literarias a espacios públicos que forman parte del día a día de las personas.

Esta actividad es gracias a la coordinación del programa Salas de Lectura Sinaloa, del Instituto Sinaloense de Cultura, y los grupos ciudadanos Culiacán; Culiacán, un grito a tiempo y El viejo Culiacán.

 

DINA

 

Dina Grijalva Monteverde nació en Ciudad Obregón, Sonora hace ya varios febreros. En tiempos recientes ha adoptado por voluntad propia una nueva ciudadanía: fue aprobada su solicitud y es actualmente ciudadana de ficticia. Conoció de la minificción en los cursos de Lauro Zavala en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en el primer año de este milenio. So pretexto de su tesis de doctorado viajó a Buenos Aires el 2008 y durante esa estancia, en el jardín de la casa de Belgrano de Luisa Valenzuela, nació como minificcionista.

Goza la gula y Las dos caras de la luna son sus dos libros de minificción.

9—Edmundo Valadés: La vida tiene permiso. Por Ana Clavel

Ana Clavel homenaje a Valadés

EDMUNDO VALADÉS: LA VIDA TIENE PERMISO

La pasión que le dio Valadés es una muestra de lo que la vida y los deseos pueden hacer cuando también les damos permiso.

 

Ana Clavel

“En las horas críticas, sólo salvará su cabeza el que la haya perdido”, dijo alguna vez Chesterton. El poeta de “voz quemadura” que fue Xavier Villaurrutia recuerda la frase al dirigirse a un joven atribulado por el deseo de convertirse en un escritor original. Villaurrutia le pregunta entonces: “¿Ha perdido usted la suya? Mi enhorabuena. Piérdala en los libros y en los autores, en los mares de la reflexión y de la duda, en la pasión del conocimiento, en la fiebre del deseo, y en la prueba de fuego de las influencias que, si su cabeza merece salvarse, saldrá de esos mares, buzo de sí misma, verdaderamente viva”. El joven que había solicitado consejo era entonces un desconocido llamado Edmundo Valadés Mendoza.

Con el correr de los años Edmundo Valadés (1915-1994) cumplió su destino literario. A menudo se le reconoció por sus esfuerzos como divulgador de un género literario específico, gracias a la publicación de una revista ya canónica: El Cuento. Revista de imaginación. No en balde Juan Rulfo confesó: “A él le debo la semilla, la raíz de donde partí para empezar a escribir. Leer la revista El Cuento para nosotros fue algo asombroso: nos abrió unas puertas que desconocíamos”. Tesoro de la cuentística de todos los tiempos, en las páginas de sus 145 números podían encontrarse autores tan variados como Nicolai Gogol, Jorge Luis Borges, Pär Lagerkvist, Katherine Mansfield o Inés Arredondo, un auténtico catálogo condensado donde abrevar de los más grandes cuentos de la literatura universal.

Tuvo también Valadés un inigualable olfato para percibir el horizonte de posibilidades de la minificción cuando pocos hablaban de ella. Así, en las columnas laterales de El Cuento aparecían breves joyas, cuentos mínimos, “textículos” de autores consagrados y nuevos. Ahí se publicaba al ganador del Concurso de Cuento Brevísimo como una valoración anticipada de un género que hoy en día, con la exigencia de 140 caracteres de Twitter, ha causado verdadero revuelo. Hace muy poco Alfonso Pedraza reunió a 103 microficcionistas de la revista en un volumen conmemorativo, editado por Ficticia: Minificcionistas de El Cuento. Revista de imaginación, una delicia de brevedades fulgurantes para quienes, con el maestro Valadés, consideran a la minificción “la gracia de la literatura”.

Como hacedor de relatos, fue un autor exigente consigo mismo pues prácticamente publicó un solo libro: La muerte tiene permiso (1955), al que fue añadiendo nuevos cuentos en cada aparición: Las dualidades funestas (1967) y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita (1986). Sus historias van del drama existencial de personajes urbanos atribulados por la angustia a los abusos generados por el poder autoritario en el campo mexicano. Un caso ejemplar es el cuento que da título a la colección y que se ha antologado innumerables veces: “La muerte tiene permiso”, una lección de voluntad popular que nos haría falta recordar en estos días de autoridades inicuas e inmorales: la acción que el pueblo de San Juan de las Manzanas toma en contra de un alcalde tirano que ha despojado de tierras a sus pobladores, matado a opositores, violado a sus muchachas ante la indiferencia del gobierno. El lenguaje directo, la acción escueta, inciden en la ironía final tras la votación en asamblea que da a la muerte permiso para tomar cartas en el asunto.

Además de la relevancia que dio al género cuentístico, de los talleres que coordinó, las antologías memorables que compiló —como el clásico Libro de la imaginación (1970)—, la pasión que le dio cabeza al maestro Edmundo Valadés en nuestras letras es una muestra de lo que la vida y los deseos pueden hacer cuando también les damos permiso.

 


 

domingo

Domingo – El Universal – Revista semanaldel periódico líder en noticias y clasificados. Domingo es una revista de periodismo narrativode investigación que aborda temas de actualidad, cultura, sociedad y entretenimiento. (http://www.domingoeluniversal.mx/)

Ana Clavel

Ana Clavel nació en la Ciudad de México en 1961. Escritora. Maestra en letras latinoamericanas por la UNAM. Es autora de: Fuera de escena (1984), Amorosos de atar (1992), Paraísos trémulos (Alfaguara 2002), y del volumen: Amor y otros suicidios (2012). Premio Nacional de Cuento “Gilberto Owen” 1991. Medalla de Plata 2004 de la Société Académique “Arts-Sciences-Lettres” de Francia. Sus novelas: Los deseos y su sombra (Alfaguara 2000) y Cuerpo náufrago (Alfaguara 2005) se han traducido al inglés, y El dibujante de sombras (Alfaguara 2009), al francés. Las Violetas son flores del deseo (Alfaguara 2007, traducida al francés y al árabe) obtuvo el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional. Las ninfas a veces sonríen (Alfaguara 2013) es su novela más reciente por la que obtuvo el Premio Iberoamericano de novela Elena Poniatowska. Sus libros han dado origen a proyectos multimedia que conjuntan video, fotografía, instalación, intervención artística, performance. Escribe la columna “A la sombra de los deseos en flor” en Domingo, revista semanal de El Universal. (www.anaclavel.com)

6— Juan Romagnoli hará evocación de Valadés. En Buenos Aires

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El día 18 de Noviembre a las 19:30 hrs.(hora de Bs As) Juan Romagnoli hizo evocación de Valadés. En la presentación de “Borrando fronteras. Antología Trinacional de Microficciones” Teatro del pueblo. Av Roque Sáenz. Buenos Aires Argentina.

El 18 de noviembre pasado, en el encuentro literario realizado en el Teatro del Pueblo de Buenos Aires, se llevó a cabo el programado breve homenaje a Don Edmundo Valadés, a 20 años de su fallecimiento. El escritor Juan Romagnoli leyó una breve reseña bio bibliográfica del escritor mexicano, en la cual se destacó su relación con el cuento brevísimo de tantos años y la gran tarea de difusión que llevó adelante desde su prestigiosa revista El Cuento. Finalmente, se leyeron minificciones de su autoría: “La marioneta”, “Pobreza”, “Sueño” y “La incrédula”. Entre los presentes, estuvieron los escritores publicados tanto en la revista como en la antología “Minificcionistas de El Cuento, revista de imaginación”(además del propio Juan Romagnoli), Raúl Brasca, Ana María Shua y Roberto Perinelli.

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El podium

Juan Romagnoli en Buenos Aires 18NOV14

 La feliz concurrencia

 


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El Teatro del pueblo Introito

Teatro del Pueblo es el primer teatro independiente de Argentina y América latina. Nace a fines de noviembre de 1930, en un contexto socio-cultural donde la crítica al teatro comercial se evidenciaba mediante la propagación de grupos de teatro independiente.

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Juan Romagnoli (La Plata, Buenos Aires, Argentina) Entusiasta investigador e impulsor de la Onirología. Ha cultivado el género del cuento y del microrrelato. Algunos de sus micros han sido publicados en la revista mexicana El cuento y en antologías como “Dos veces bueno 3”, “De mil amores”, “Antología de microrrelatos
amorosos”  y “4 voces de la microficción argentina”, “Ciempiés”. “Los microrrelatos de Quimera” “Microrrelatos en el mundo hispanoparlante” y en “El límite de la palabra”. Ha reunido sus microficciones en “Universos Ínfimos”.

19—Edmundo Valadés y el libro “Minificcionistas de El Cuento” en El Living sin tiempo Radio, con Martín Gardella

el living

Capítulo 81 (29/11/2014): Pablo Melicchio y Edmundo Valadés

El día 29 de Noviembre de 2014, a las 09;00 a 10:00, hora de Buenos Aires, 06:00 a 07:00, hora de México. Martín Gardella, junto con Marina Filippi y Paula Demarco, dedicaron varios minutos a comentar sobre el homenaje 20 años sin Valadés y el libro “Minificcionistas de El Cuento”, junto con una entrevista a Alfonso Pedraza desde México, en El Living sin tiempo Radio, FM 90.1, desde Buenos Aires, Argentina.

El Living sin Tiempo Radio, un espacio que comenzó en la web de la mano del escritor Martín Gardella y que ahora encontrará su complemento en este nuevo formato. Entre otras sorpresas, el programa ofrece lecturas y análisis de microrrelatos, comentarios sobre libros y autores, y todas las novedades del género, intercaladas con canciones seleccionadas especialmente para cada ocasión. Se podrá escuchar todos los sábados, de 9 a 10 hrs. (Hora Argentina), México – 07:00 a 08:00 a.m., sintonizando la FM 90.1 Mhz., o directamente desde la web: http://www.fmnoventa.com.ar. O (http://streema.com/radios/play/49822 )

Martín
Martín Gardella, La Plata, Argentina, 1973. Vive en Buenos Aires desde 1984. Es abogado y profesor universitario. Como lector, le gusta lo breve. Como escritor, publicó Instantáneas (2010). Además, varios de sus cuentos y minificciones han sido incluidos en diversas antologías y revistas literarias, publicadas en Argentina, España, México, Perú, Colombia, Chile e Internet. Recibió menciones y premios en varios concursos nacionales e internacionales, y ha sido jurado de varios concursos relacionados al género. Escribe en el blog El Living sin Tiempo, y es colaborador activo en otros sitios y portales dedicados a la minificción.

3—No solo los sueños y los deseos son inmortales, también Edmundo Valadés.

NO SOLO LOS SUEÑOS Y LOS DESEOS SON INMORTALES, TAMBIÉN EDMUNDO

*La memoria del escritor mexicano sigue vigente a 20 años de su desaparición física

*El cuento, revista de imaginación cumplió este año 5 décadas de iniciar su 2ª época

 

Amelia Domínguez

 

El próximo 30 de noviembre se cumplirán veinte años de la desaparición física del escritor mexicano Edmundo Valadés, tiempo durante el cual nuestro país se ha venido precipitando a un abismo de violencia y muerte, una situación que de estar vivo, tendrían profundamente preocupado al autor de La muerte tiene permiso, como a la mayoría de los que aquí nacimos. En ese marco, y pese a la importancia de su legado literario, los homenajes a tan grande promotor del género cuentístico brillan por su ausencia, por lo menos en la memorabilia oficial, porque un pequeño sector de la comunidad literaria mexicana ha emprendido una serie de acciones para recordar y al mismo tiempo demostrar que el creador de El cuento, revista de imaginación, no ha muerto, sigue presente entre los lectores con su breve pero intensa obra.         Si es cierto que, como él mismo anotó hace tiempo en un ensayo, “escribir es existir en una dimensión más profunda”, Valadés no ha muerto del todo, ha logrado la inmortalidad a través de sus libros, que se siguen leyendo, como aquél cuyo título retomé para dar nombre al presente artículo: Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita.

                La labor difusora del género cuentístico hispanoamericano, que el Premio “Rosario Castellanos” 1983 realizó durante años, perdura todavía, pues aunque la revista El Cuento que creó en 1939, y reeditó en 1964 dejó de publicarse hace 15 años, para fortuna de todos el hidalguense Alfonso Pedraza recogió la estafeta hace dos años y tuvo la iniciativa de crear el blog Minificciones de El cuento, revista de imaginación y subir ahí los textos breves publicados en los primeros 20 números de la revista en su 2ª época,  para que los lectores jóvenes que no la conocieron, lo hagan ahora apoyados por la tecnología.

                A raíz del blog y de los aniversarios que se cumplían este año, 50 años de la segunda época de la revista, 20 años de la muerte de Valadés y en febrero del próximo año el centenario de su nacimiento, a Pedraza se le ocurrió también editar una antología, con textos inéditos de los autores de ficciones breves que habían publicado en la revista. Como resultado de esta compilación, el libro Minificcionistas de El cuento, revista de imaginación, de 103 coautores de México, Argentina, Chile, Colombia, El Salvador, Guatemala, Cuba, Panamá, Uruguay y Venezuela fue presentado en mayo de este año en el Palacio de Bellas Artes, bajo el sello de Editorial Ficticia, con la asistencia de un grupo numeroso de los incluidos.

                En su interés porque el cuento como género fuera abordado y reconocido, el escritor sonorense galardonado con la Medalla Nezahualcóyotl en 1978 por la SOGEM, fue forjador de cuentistas de la talla de José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis, a quienes a fines de la década de los 50 impartía un taller literario en su  propia casa de la colonia del Periodista. El propio Pacheco reconoce en el prólogo al libro Sólo los sueños y los deseos… (Editorial Océano 1986), la generosidad y la paciencia de Valadés “para escuchar los primero borradores de nuestro aprendizaje interminable” en sus sesiones de taller las mañanas de los domingos,  por cierto su único día de descanso, porque en ese entonces hacía la página de espectáculos del periódico Novedades  y publicaba tres días por semana su columna “Tertulia literaria”.

                La huella del autor de Las dualidades funestas, se imprimió también en Puebla, en donde el gobierno del estado a través de la Dirección de Promoción Cultural creó en 1972 el aún hoy más importante concurso literario en la entidad: el Premio Latinoamericano de Cuento al que puso su nombre “Edmundo Valadés”, del cual el aludido fungió como jurado, junto con otros enormes escritores, Juan Rulfo y Juan José Arreola, durante siete años consecutivos.

                En los primeros años del concurso no se tuvo mucha respuesta por parte de los cuentistas, pero una vez que se empezó a publicitar en la revista El Cuento, empezó a atraer la atención e interés en Centro y Sudamérica, y a partir de 1976 fue creciendo el número de participantes. En 1981, la Casa de Cultura de Puebla y la Editorial Premiá publicaron la primera antología del concurso con los textos ganadores de los primeros ocho años, bajo el título de El presente es perpetuo.

                Al cumplir 22 años el concurso, en 1994, la Secretaría de Cultura estatal publicó la compilación de los trabajos ganadores hasta entonces, bajo el nombre Antología del Cuento Latinoamericano “Edmundo Valadés”, que alcanzó a incluir un prólogo del narrador, periodista y ensayista sonorense, signado en el mes de octubre, un mes antes de su fallecimiento.  

                Este año, a tres meses del centenario de su nacimiento, el legado de Edmundo Valadés y su obra permanece en la memoria de los escritores participantes en la XLIII convocatoria del Premio Latinoamericano de Cuento que lleva su nombre, cuyo monto de 50 mil pesos se entregó el 18 de noviembre pasado a quien resultó ganador(a).  (Cabe aclarar que el nombre y país del galardonado se conoció después de haber enviado el presente artículo para su publicación).

                En este vigésimo aniversario de su muerte, en México sus seguidores y lectores celebraremos a Edmundo Valadés con la relectura de su obra en diversos foros culturales, con la publicación de diversos artículos como éste en medios impresos y digitales, y recordando sus palabras en torno al oficio: “Escribir es también un coraje, un arrojo, una cálida y ansiosa desesperación por poder transmitir el reflejo de la realidad o el sueño acumulados en la conciencia”. Larga vida maestro…


 

El presente artículo se publicó en el diario Zas! Madrid, el día 16 de Noviembre de 2014.

Zas!! Madrid

 

Zas! Madrid Publicación de Periodismo Social y Cultural. Sus redactores dicen: Emilia Lanzas Cobacho: “Es posible que haya llegado el momento de crear un nuevo periodismo. La Red lo permite. Un periodismo libre que no esté a expensas de ningún tipo de poder. Un periodismo cercano y social. Los ciudadanos somos los verdaderos protagonistas del día a día. Reformulemos la práctica periodística” Ainhoa Blanco-Dúcar: “Los ciudadanos tenemos mucho qué decir y hace tiempo que la red lo permite que seamos algo más que espectadores de lo que sucede a nuestro alrededor” Esperanza Dúcar: “Buscaremos en nuestra ciudad aquellos rincones donde reside esa cultura que se ve menos y que tanto dice de nuestro hoy en día. También la ciudad de otros tiempos que ya ha perdido protagonismo y que apenas la percibimos, aunque esté ahí” Francisco Blanco: “Mostrar la imagen según la vemos y la sentimos. Sin trabas de instituciones ni moralidades mal interpretadas. La fotografía en Zas Madrid tiene el sentido del Arte y de la Realidad” Misael García L.:”Sí, puede que aún estemos a tiempo. Los colores son  brillantes, como siempre”.

(http://www.zasmadrid.es/ )

Amelia Domínguez

Amelia Domínguez, narradora y periodista cultural, autora de los libros Después de tanto silencio y En la boca del incendio (2ª. edición, BUAP 2011), su obra ha sido incluida en diversas antologías de escritores. Obtuvo el Premio Estatal a la Crítica Teatral en el estado de Puebla, México. Ha colaborado en diversas revistas literarias, entre ellas: El cuento, revista de imaginación (1997) y la digital Círculo de Poesía. Aparece en la página Escritoras Contemporáneas de la Universidad de Utah, (EU): spanport.byu.edu/faculty/GarciaM/new/entrevistas/dominguez.html

(Más sobre Amelia Dominguez aquí)

2—Edmundo Valadés, creador excepcional

Edmundo Valadés por Rene Avilés

(Clik en la imagen para ir al artículo original)

Edmundo Valadés, creador excepcional

René Avilés Fabila

Me recuerda Alfonso Pedraza, uno de sus más fieles discípulos, que Edmundo Valadés está por cumplir años. Nació en Sonora, 1915, y falleció en la ciudad de México, en 1994, luego de una intensa vida dedicada al cuento y al periodismo cultural. Imposible olvidar su bibliografía y su trayectoria generosa y cordial. Leí por vez primera La muerte tiene permiso, alrededor de 1957, todavía en medio de la emoción que le produjo a críticos literarios y lectores, la aparición del volumen de relatos en 1955. Junto con Arreola, Rulfo y Revueltas, pasó a convertirse en un autor obligado. Lo conocí personalmente en 1965, luego de  mi paso por el legendario Centro Mexicano de Escritores. Su trato gentil y su amplia cultura me cautivaron.

Su revista El Cuento, que hoy es pasión de coleccionistas y ha tenido descendencia en México y en Argentina, a través de Mempo Giardinelli, fue fundada en 1964, y quienes aspirábamos a ser escritores de textos breves la buscábamos ansiosamente. Allí estaban los mejores relatos y algo más, frases muy bellas extraídas de novelas, obras dramáticas, y ensayos que por sí mismas eran cuentos perfectos. La revista se enriqueció cuando Edmundo invitó a sus seguidores a participar en concursos cuya recompensa era el consejo literario del director y la publicación del mejor cuento breve. Ahora, gracias a la tenacidad de Alfonso Pedraza, nos damos cuenta de la titánica tarea de Valadés, al recoger en volumen todos los cuentos que muchos publicamos en sus páginas.

En los últimos treinta años de su fructífera vida, me acostumbré a los encuentros con Edmundo. Coincidíamos en tareas del INBA, tales como jurados en algunos de sus muchos concursos literarios (por cierto el de cuento de Puebla lleva su nombre y es un éxito notable), en conferencias y presentaciones de libros. La parte social era la más grata. Platicar con él era escuchar a un hombre con miles y miles de lecturas, bien reflexionadas, que desgranaba con voz plácida, tranquila. Tenía devoción por Marcel Proust a quien le dedicó un libro: Por caminos de Proust, publicado en 1974, me parece. Recuerdo un Año Nuevo en su casa, en compañía de su esposa, Adriana, y el poeta y prosista Jorge Ruiz Dueñas, con Arcelia, en la que conversamos largamente del novelista francés.

Mi deuda personal con Edmundo Valadés es muy inmensa. Baste decir que él presidía el Premio Nacional de Periodismo cuando lo obtuve en 1991, por el suplemento cultural El Búho, entonces en Excélsior. Otros de los jurados fueron, Rafael Solana y Margarita Michelena.

La influencia de Edmundo Valadés es más amplia de lo que a primera vista parece. Hace un año en Bellas Artes, el citado Alfonso Pedraza y un grupo de amigos de la obra del cuentista, presentó ante una sala repleta, un volumen conteniendo muchos de las minificciones que en la revista El Cuento algunos narradores publicamos allí. Días después, fui a Buenos Aires, a la Feria del Libro, y participé en un recordatorio a la revista y el trabajo infatigable de Edmundo en pro del texto breve. Me llamó la atención que muchos narradores ahora famosos, como Ana María Shua, habían publicado sus relatos breves iniciales.

El grupo de admiradores de Edmundo Valadés ha crecido merced a las redes sociales. Ahora están organizados y sin apoyos han avanzados mucho. Me alegra, Edmundo Valdés merece eso y más. Por lo pronto cuenta con el apoyo de cientos de sus más devotos lectores y el número crece. Felicidades, querido Edmundo. Tu herencia está en buenas manos.

http://www.reneavilesfabila.com.mx

Este artículo apareció en el diario La Crónica el día 27 de Noviembre de 2014 como parte del homenaje 20 años sin Valadés.

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(Semblanza de René Avilés )

1—Edmundo Valadés: Una caja de sorpresas

Edmundo Valadés:  Una caja de sorpresas

Por Eugenia Flores Soria

En el cuento, decía Edmundo Valadés, hallaremos fantasmas, apariciones, dramas que caben en una pecera. El escritor calificaba este género de bellísimo e inagotable, y sostenía que los libros ofrecen a las personas la ilusión de no morir del todo. Quizá por eso abrazó su inquietud por la literatura como un destino y a la vez como un refugio ante la pena.

Este 30 de noviembre se cumplirán 20 años de la muerte del autor sonorense, consagrado ya entre las figuras clásicas de la literatura mexicana. Muchos de sus seguidores lo recordarán en homenajes y actividades culturales, entre ellos el entusiasta Grupo de Cuentistas Brevísimos de Edmundo Valadés. Pero a pesar de que las fechas se han convertido en un atinado pretexto para regresar a la obra de los grandes escritores, el tiempo no ha sido tan justo con Valadés. Al menos eso piensa Adriana Quiroz, su viuda, quien estuvo al lado del también periodista durante dos décadas.

Adriana evoca con nostalgia los momentos más significativos junto a su esposo. En una charla amena vía telefónica, que organizamos gracias al escritor Alfonso Pedraza, la cuentista habla de Valadés como un hombre gentil y versátil, que tenía esa astucia notable en su cuento más famoso, “La muerte tiene permiso”, a la par de la ternura que apreciamos en “Se solicita un hada”. En otras palabras, un autor que sigue abierto al diálogo, que nos conduce del erotismo a la gracia o la tristeza, y que cumple, como literato, con el requisito que él mismo formuló: un gran escritor es aquel capaz de describirlo todo.

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La publicación que Valadés fundó en 1964. Foto tomada del blog Minificciones de El Cuento.

-¿Cómo era Edmundo Valadés?

Era un hombre sumamente generoso. Muy, muy generoso. Yo veía a los demás escritores que no aceptaban entrevistas, no aceptaban ayudar a los chavos, ni aceptaban esto o lo otro. Valadés estaba siempre abierto con la juventud, creía mucho en ella y la apoyaba en talleres, en todo lo que se ofrecía. Siempre muy generoso. Esa es la palabra con la que yo podría describir a Valadés.

-¿De dónde nace esta cualidad? Durante muchos años Valadés se dedicó a promover la obra de numerosos autores en su revista El Cuento…

Siento que él descuidó su propia obra para dedicarse a El Cuento. Eso le absorbió mucho tiempo porque El Cuento se hacía en casa, era artesanal totalmente: pegar los numeritos, que el pie de página, las viñetas, todo. Así era cuando lo conocí. Respondía todas las cartas que recibía de la revista, a lo mejor cinco años después, pero tenían una respuesta los que habían escrito.

-¿Esa inclinación por la literatura y la imaginación surge desde la infancia difícil de Valadés?

Pierde a su madre a muy temprana edad y va a vivir con unas tías muy secas que no lo impulsaban. Le decían que qué pena ser escritor, que eran sueños de bohemio, que pusiera los pies en la tierra. Aún así él se aferró. Muy joven saca un periódico en la escuela, obtiene un premio y las tías le decían que de qué iba a vivir. La pérdida de su madre fue muy fuerte para él, empezó a andar como pelota por todas partes, el desarraigo de sacarlo de Sonora y traérselo a la Ciudad de México lo afectó. La literatura le abrió no un mundo, sino muchos mundos para escapar de esta realidad que tenía. Se dedicaba a leer, a devorar los libros.

-Entre sus autores favoritos estaba Proust, ¿verdad?

Cuando él trabajaba en la revista Hoy lo mandan a buscar el avión Cuatro Vientos que se perdió de Cuba a México. Él compra los primeros tomos de En busca del tiempo perdido y se enamora de la obra de Proust. En la selva me lo puedo imaginar leyendo entre el calor y el aullido de los changos. No sé por qué se identificaba tanto con él, pero era un admirador ferviente. Todavía tengo aquí en el estudio la foto de Proust, me niego a quitarla.

-¿Por qué Valadés trabajó con el cuento, un género que no tiene tanto apoyo como la novela?

Todo mundo dice “soy novelista”, pero cuando alguien dice “soy cuentista” no lo toman a uno en serio. Él se lanzó por escribir cuento porque eso le llamaba la atención. Al principio quiso ser poeta y Xavier Villaurrutia le dijo “no es por ahí”. Valadés le enseñó un poema y Villaurrutia le escribió una carta aconsejándole que siguiera buscando. Nunca más escribió poesía.

Adriana Quiróz

La cuentista Adriana Quiroz. Foto tomada del blog Minificciones de El Cuento.

-¿Cómo era la relación de Valadés con sus contemporáneos? En una ocasión Juan Rulfo declaró que a él le debía la publicación de sus primeros cuentos…

¡Qué declaración! La dice en un homenaje que hicieron a Valadés, Juan, que nunca iba a ningún lado y que también era un ser tan lindo, tierno y adorable. Fue un gesto muy generoso. Eran amigos. Juan era algo tan cotidiano en mi casa, siempre estaba invitado a comer, a leer libros, a discutir cuentos. Sabía sobre tantas cosas. Cuando estaba de novia de Valadés comíamos en un restaurante y él de ahí se iba a Novedades. Juan vivía cerca de mi casa y me daba un aventón en un carrito, creo que una Brasilia azul. Todo el camino me trataba de convencer de que no me casara. Decía que tenía mucho miedo de la diferencia de edades, no sé, creyó que me iba a llevar al baile a Valadés. Luego me decía, “me equivoqué totalmente contigo”.

-¿Cómo se conocieron?

Muchos años antes de conocer a Valadés yo ya leía El Cuento… nadie sabe para quién trabaja. Después una tía me invita a Querétaro y yo, por miedo de decirle que no, le dije que sí. Y ahí voy en camino. La poeta Paula de Allende le comentó a mi tía que en la noche iba a venir Edmundo Valadés. Pelé oído y pensé, “Edmundo Valadés, el de El Cuento”. Yo no sabía de La muerte tiene permiso ni nada, sólo lo conocía por la revista. Valadés pasó por nosotros, cosa muy extraña porque íbamos a una cuadra del hotel. Mi tía me presentó con él como su hija y Valadés le contestó: “Virginia, qué bonitas cosas haces”. Me pidió mi teléfono y se lo di por debajo de la mesa. Cuando me iba a subir al carro me dio la mano y su teléfono. Te puedo decir que fue el primer hombre al que yo le llamé. A los 15 días estábamos comprando los muebles de la sala y en seis meses nos casamos. Todo mundo pensaba que yo estaba embarazada o algo, pero no. Duramos 20 años juntos. Nos decían que estábamos locos por casarnos.

-¿Qué fue lo más especial de esa experiencia?

No tuve conciencia de con quién me estaba yo casando. Tampoco tuve conciencia de Juan Rulfo ni de Valadés ni de todos los personajes que conocí. No tenía idea a lo que me estaba enfrentando. ¿Cómo una muchacha de 22 años entra a eso? Valadés para mí era mi marido y punto. Venía gente importante a mi casa pero tampoco estaba yo consciente de que fueran tan importantes o de que un día el Presidente le diera el Premio Nacional de Periodismo. Aquí no era el figurón, era el marido. Creo que eso es lo que mantuvo el matrimonio. Quizá por eso Juan Rulfo me quería tanto, porque no lo veía como Juan Rulfo, sino como el amigo que venía a comer.

-A distancia, ¿cómo se ve esa vida?

A veces pienso, ¿estaré inventando que estuve casada con él? Porque no lo puedo creer. Lo veo tan distante, tan lejano, como un cuento hecho realidad. Tal vez yo soñé casarme con Valadés. Él me decía que a los 38 años pidió un deseo en el cielo de Hermosillo y que en ese momento yo estaba naciendo para él. Fue algo muy intenso y bonito.

-¿Qué pasa con la figura de Edmundo Valadés? ¿Es recordado o no se le hace justicia?

No se le ha hecho justicia. Creo que es un escritor muy, muy olvidado. Es más, hace 15 días escribí a Guaymas diciendo que se iban a cumplir 20 años de su muerte y el otro año su centenario. No me han respondido. Es olvidado y eso es muy triste.

-¿Alguna recomendación para conocerlo o reencontrarse con él?

Muchos escritores empezaron a escribir en El Cuento. Era un taller abierto al que uno tímidamente se acercaba y de repente pegaba un cuento. Qué mejor homenaje a Valadés que leerlo, es lo mejor que uno puede darle a un escritor. Valadés tiene algo para cada uno, es como una cajita de sorpresas.

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El número 33 de la revista que se publicó durante 35 años: de 1964 a 1999. Foto tomada del blog Minificciones de El Cuento.

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 Este Artículo se publicó en la revista digital Letras explícitas el 24 de Noviembre de 2014. 

Letras explicitas- Valades

Letras Explícitas es una revista digital mexicana, que cada lunes ofrece contenidos sobre rock y cultura. Somos un grupo de reporteros que difunde información con una visión distanciada de la industria o lo que se conoce como mainstream. Esperamos que Letras Explícitas sea una referencia para los seguidores del rock que quieran conocer historias inéditas de bandas y músicos. Contamos con la colaboración de destacados escritores, artistas, ilustradores y fotógrafos que nos ayudan a comprender mejor la escena musical y
literaria del país. (http://letrasexplicitas.com/)

eugenia Flores

Eugenia Flores Soria (Coahuila, México) Egresada de la Facultad de Ciencias de la Educación en la Licenciatura en Letras Españolas, recibió la Medalla al Mérito Juan Antonio de la Fuente, presea entregada a quienes obtienen los más altos promedios en la UA de C. Ganadora del Premio de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre”2014, por artículo periodístico. Colabora en diarios impresos y electrónicos.

…de José Luis Velarde 2

La corrigenda y algunas líneas inspiradas por Edmundo Valadés 

Por José Luis Velarde

Finalizaba 1972 cuando entré a un estanquillo de Monterrey, sin pensar que iba a descubrir El Cuento, revista de imaginación, pues alguien la había dejado entre las publicaciones dedicadas al futbol que yo solía comprar. Me refiero a Gol, de hechura mexicana y El Gráfico procedente de Argentina. Quizá las portadas mostraban a Enrique Borja, Carlos Bianchi y a Rubén Ayala entre tantos otros futbolistas destacados de la época. No sé porqué las ignoré para revisar El Cuento, cuya presentación era diferente a las utilizadas por los editores nacionales, pues se parecía al formato pulp estadounidense. Los textos no eran muy largos; algunos sólo precisaban unas cuantas líneas para contar una historia. La sección de correspondencia señalaba los errores y aciertos de quienes se atrevían a enviar relatos para publicar.

Nunca imaginé que Edmundo Valadés era el autor de casi todas las respuestas. Quizá las leí de principio a fin gracias a la gentileza de un empleado más atento al JaJá que por importunar a quienes tomábamos el negocio como sala de lectura. Quizá también leí dos o tres textos hasta que me decidí a comprar El Cuento, a pesar del futbol y el JaJá —una revista de chistes y mujeres sicalípticas en traje de baño— que ahora puedo referir, sin pena, como otra lectura preferida en mi adolescencia.

Compré el número 53 de la publicación de Edmundo Valadés. Hoy recuerdo la portada, porque la vi en el sitio Minificciones de El Cuento, donde Alfonso Pedraza atesora todo lo relacionado con una saga que alimentó la cuentística, sobre todo en Latinoamérica, durante la segunda mitad del Siglo XX.

El Cuento era el espacio didáctico donde Valadés dictaba cátedras sobre un género empeñado en modernizarse con requerimientos estrictos sin perder la originalidad y el interés de los lectores. La redacción recibía textos de cualquier parte del mundo. Era el sitio donde convivían maestros de la escritura y aspirantes deseosos de encontrar espacio junto a los consagrados. Ya se hablaba de cuentos mínimos al finalizar la década de los sesenta. Cada propuesta se analizaba y recibía los comentarios pertinentes.

Valadés reiteraba la necesidad de la corrigenda. Así llamaba a la revisión que depura los textos y revela el arte de los escritores si es que lo tienen. La corrigenda es un trabajo íntimo que nadie debería desdeñar. Era un taller literario por correspondencia en aquellos días en que el servicio postal era incierto como de costumbre. En aquella sección descubrí personajes como la Señora de Nueva York. Dama de incontables apariciones y cartas divertidas, aunque no mostrara cuento alguno sólo el gusto de platicar con el editor. Otro visitante reiterado era El Cuentista del Tráiler; un chofer que mandaba los cuentos escritos mientras recorría el país en jornadas interminables.
Hoy puedo saber que se llamaba Ricardo Cortez Zapata, gracias a las Minificciones de El Cuento.

El pasado abril estuve en la Ciudad de México. Asistí a una conferencia de Juan Antonio Ascencio, dedicada a Edmundo Valadés. Ahí nos dijo que nació en 1915, en Guaymas, Sonora. Fue maestro rural a los dieciocho años en Tamaulipas y en el Estado de México. Un año después emigró a la capital del país donde trabajó como periodista en diarios, revistas e incontables misiones culturales. Aun resuenan en mis oídos estas palabras de Valadés, rescatadas por Ascencio.

“Éste quien les habla, padece la filtración de las palabras. Al escritor que no se bate todos los días con ellas, el idioma se le achica. Por eso le será difícil expresar cómo le conmueve este acto, que le suscita sinceras reservas sobre si lo merece. Calcula que no ha podido acabalar sus posibilidades creadoras. En el recuento que hace, buscando estar en paz con sus alternativas, le duelen las páginas no escritas, y no lo levanta la parquedad de las que ha pergeñado.”

El Cuento tuvo una primera época donde sólo aparecieron cinco ejemplares. Eso ocurrió en 1939, pero renació en 1964 para alcanzar más de 140 números donde prevalecía el buen gusto tanto en los textos publicados como en el diseño gráfico. La revista enfrentaba los problemas de distribución y respaldo financiero que suelen enfrentar las publicaciones literarias de nuestro país. El Cuento fue semestral o trimestral o irregular en diversos periodos, pero no disminuían las ganas de leerla y uno la buscaba en todos los expendios posibles incluso en las librerías de viejo de la calle Donceles y en las banquetas inmediatas al Zócalo capitalino. Encontrarla era una recompensa multiplicada al adentrarse en las lecturas.

Fue en 1985 cuando Guillermo Lavin me invitó a participar en un taller literario que impartiría Edmundo Valadés, en Ciudad Victoria, mediante el Instituto Tamaulipeco de Bellas Artes. Aún ahora me resulta difícil recrear aquel encuentro con un personaje querido y admirado a la distancia. Atestiguamos sus comentarios con avidez y a partir de esa fecha pude saludarlo en repetidas y afortunadas ocasiones. Un día Guillermo y yo nos topamos con él en un vagón del metro capitalino en una coincidencia milagrosa. Otra vez acompañé a Toño Huerta y a Juan José Amador para llevar a Valadés al aeropuerto victorense, apenas a tiempo, para que abordara el avión de las siete de la mañana tras una velada interminable suscitada en la casa del mismo Guillermo mencionado al iniciar este párrafo.

En 1986 asistí a mi primer encuentro de escritores. Lo organizaba el Museo Pape, de Monclova, Coahuila, para reunir a los aspirantes de la época en un homenaje brindado a Valadés, quien además presentaría un libro: Sólo los sueños y los deseos son inmortales, Palomita. Edmundo Valadés. Hoy quise traer mi libro autografiado para presumir, pero no lo encontré en mis libreros.

Hoy estamos aquí para recordar a un ser humano de trato sencillo y amable. Un personaje que por estas fechas recibirá homenajes en diversas ciudades del país y el extranjero. Nadie los ordenó. Surgen del cariño que supo ganar como pocos escritores lo han hecho. El próximo 30 de noviembre se cumplirán veinte años de su ausencia. Nos empeñamos en recordarlo, porque fue un maestro verdadero en tiempos donde hay más pedagogos que maestros.
Hoy mi querido amigo Pedro Hernández Wilson, integrante del taller literario, leerá para nosotros. La muerte tiene permiso. Uno de los cuentos entrañables de Edmundo Valadés.
Gracias por su atención.

 José Luis Velarde y ValadésValadés y José Luis Velarde

…de Ángel Homero Flores

Los regalos de Edmundo

Ángel Homero Flores a

Edmundo Valadés  En su aniversario luctuoso.

-Nació en Guaymas, Sonora en el 15.

-¿Quién? –Pregunté, metiéndome en la plática como un intruso.

-Edmundo Valadés -fue la respuesta-, el cuentista.

El nombre trajo a mi mente a un señor calvo y bigotudo que le hacía al periodismo y que nos regaló tantos cuentos.

Yo también soy de Sonora, pero no del puerto, sino de Nogales, en la frontera. Y también salí de aquel estado a temprana edad, pero no hacia la Ciudad de México, como Edmundo, sino a la ciudad de Guanajuato; y hasta aquí llega la similitud. Aunque se puede decir que compartimos el gusto por la literatura y el cuento en especial. Sobre todo aquellos que, como dijo Cortázar, asestan al lector golpe tras golpe hasta que cae noqueado. Lo curioso es que no recuerdo ninguno con esas características.

Pensé en el cuento más famoso de Edmundo, La Muerte Tiene Permiso. Pero no creo que sea un historia como la que dice Cortázar, más bien es cómo una pelea en la que uno de los boxeadores se la pasa midiendo al rival-lector y en el momento oportuno da el golpe que lo deja pasmado, sin habla. El cuento lo leí cuando estaba en secundaria y todavía recuerdo, más o menos el final: “Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas está difunto”.

Me puse a revisar en mi catálogo mental si conocía algún cuento que golpeara al lector hasta dejarlo sin sentido y no encontré ninguno. Pero la forma más sencilla de hacer esa indagación sería recurrir a la revista que el mismo Valadés publicó durante tanto tiempo, El Cuento: revista de imaginación.

Por suerte en casa todavía conservo algunos ejemplares de la segunda época; así que decidido a buscar el cuento noqueador, esa misma noche descorché una botella de vino tinto y copa en mano y revistas en mesa me puse a leer.

Cuentos con final sorpresivo había muchos, como el de Bukowski, Los Asesinos, en el que dos ladrones matan a sus víctimas sin robarles nada; pero nada de golpes noquedores después de una paliza. Más adelante me encontré un soliloquio amargado de un tal Jesús Gardea que destila, como su nombre lo indica, un torrente de miel amarga: Trabajo me cuesta tomarme el jugo de naranja en la cocina. Es como si se me hubiera coagulado la tristeza en la garganta…

Pensé que tal vez estaba errando la búsqueda, así que me di a la tarea de revisar el texto de una mujer, pero sólo encontré un desfile de palabras en un relato un tanto surrealista cuyo final no tenía nada de sorpresivo ni golpeador, sólo un dejo de desazón y desconcierto: ¿qué tenía que estar haciendo San Sebastián desnudo, destilando sangre, en un café? De acuerdo, La Cita de Emma Armendariz tampoco fue un buen ejemplo.

La botella estaba a medias y hacía rato que el silencio imperaba en el cuarto: las 23 horas y todo sereno. El último vecino no tardaba en llegar, como todos los días. En breve escucharía el chancleteo en el cielorraso. Puse algo de música para acompañar mi búsqueda; me serví otro poco de vino y con la ronca voz de Leonard Cohen en el fondo me sumergí de nuevo en la lectura.

Me topé con un cuento viejísimo y bellísimo de un noruego, Cary Kerner, que databa de la primera época de El Cuento (el número 4) y que fue publicado de nuevo en el ejemplar conmemorativo de los 50 años de la revista. El relato de Olaf oye a Rachmaninoff  me enterneció hasta las lágrimas. Me imaginé al pianista ruso aporreando las teclas mientras Olaf rememoraba los avatares de un una tormenta en mar abierto, el viento entre los velámenes desgarrados y las manos de Rachmaninoff persiguiéndose una a la otra repicando como granizo en la cubierta. Tal vez fue el efecto del vino o mi mente atrapada en la historia y en la música salvaje del piano (tan lejos de la voz pausada y lenta de Leonard y sus acordes tristes de guitarra), pero de pronto me vi viendo a Olaf como veía y escuchaba al músico deshacerse ante su instrumento y, como Olaf, escuché con toda claridad dos tonadas como el graznido de una gaviota contra el mar encrespado. Y de repente [Rachmaninoff] alzó las manos y las detuvo en el aire. ¡Por Dios que uno podía oír la melodía escurriendo de sus dedos en alto! Al final, me quedaron las palabras de la sobrina de Olaf, goteando como restos de lluvia desde las gavias, cuando responde a la pregunta de si ella podía tocar la misma pieza que tocó el pianista ruso: ¡Pero no como él, tío Olaf!

¿El cuento de Kerner me golpeó hasta noquearme? Me hizo llorar, tuve que interrumpir la lectura un par de veces para reponerme; hasta ahora era lo más parecido a esa pelea de box que andaba buscando. Para continuar con la búsqueda tuve que abrir la otra botella (¡sólo tenía dos!).

Estuve leyendo un par de horas más, la lista de cuentos fue más o menos larga.

Cuentos ingeniosos como Una piedra para dormir, de Waldo Frank; de terror rayando en el romanticismo como el de Lovecraft, La música de Eric Zann; o el de El pozo y el péndulo de Poe. Hallé poesía en un cuento de Mastreta: Lo encontré en la esquina de un salón lleno de gente. No hablaba pero me llamó con la amargura de sus ojos miserables…

Pero no encontré la tan buscada historia, tal vez si nos embarcamos en una tercera época de la revista…

La segunda botella se acabó. Seguí hurgando en los regalos de Edmundo y no me di cuenta cuándo me quedé dormido, la mejilla sobre la mesa. Es cierto, los cuentos no te dejan sin sentido, pero la combinación con vino tinto y Leonard Cohen, ¡puede ser fatal!

Ángel Homero Flores SamaniegoHomero

A VEINTE AÑOS DE QUE LA MUERTE SE DIO EL PERMISO DE DEJARNOS SIN EDMUNDO VALADÉS

valades

Por Jaime Adolfo Muñoz Torres
Este extraño laberinto de testimonios y tiempos, obedece a la
búsqueda de datos sobre Edmundo Valadés y su revista,
que en su totalidad son extraídos de esta misma revista: El Cuento:

1984. A 20 años de la segunda temporada. En el Centro Cultural José Guadalupe Posada, en la culminación de las Jornadas de divulgación bibliográfica del Correo del Libro, en su boletín 54, con sesión dedicada a la revista El Cuento. Agustín Monsreal, Rafael Ramírez Heredia y Edmundo Valadés, charlaron con el público sobre la importancia que la revista ha tenido en nuestro medio literario. Valadés contó cómo junto con Horacio Quiroga en 1939, se le ocurrió la idea de editar una revista dedicada únicamente a la publicación de cuentos, género que a los dos apasionaba. Esta idea fue acogida y patrocinada por Regino Hernández Llergo y se editó por primera vez El Cuento. En su primer número, casi la mitad del material de la revista, recordó Valadés, procedía de traducciones que Quiñones había hecho.[1]

1939. Cuando Lázaro Cárdenas mudó la residencia oficial de Chapultepec a los Pinos y el arco de su-gestión se alargó de cuatro a seis años, surgió en México un periodismo nuevo. Lo trajo del norte don Regino Hernández Llergo. Compañeros de trabajo y de poca diferencia de edades, Horacio y Edmundo formaron amistad en su aprendizaje a la sombra de Don Regino. Ocasionalmente los interrogaba sobre sus proyectos como periodistas. Comenzaban a soñar despiertos su proyecto de publicitar una revista literaria. Querían compartir al mundo sus mejores lecturas.

—Ustedes dos pierden tanto tiempo con esa afición a los cuentos que me van a descuidar  el trabajo ¿Cuánto necesitan para su revista?

—Pues así al tanteo, calculamos unos mil pesos.

—¿Quién va a ser el director?

—Pues, si usted acepta, don Regino, sería un honor para nosotros.

—Muchas gracias, pero a mi no me sobra tiempo.

—Pues entonces, Horacio, o yo, o los dos, o un año cada uno.

—Los veo verdes. ¿En que oficina van a hacer su revista?

—Pues, en eso sí que no habíamos pensado.

—Pongan este domicilio y también los teléfonos ¿Quién va a administrar?

—Pues, nosotros mismos. Cuando tengamos qué.

—No, así no. Están desorganizados. Consíganse un gerente y pongan a Lucía como administradora.

El número uno salió en junio de 1939. Lo bautizaron “El Cuento. Los grandes cuentistas contemporáneos”. Editorial Relox. Directores: Edmundo Valadés-Horacio Quiñones. Oficinas generales: Vallarta Núm. 1. Teléfonos: Mexicana L-60-22 y Ericsson 2-85-64. Gerente: Luis Alcayde. Administradora: Lucía D. de Hernández Llergo. “$10.00 es lo que cuesta la suscripción anual de El Cuento, envíelos sin demora al apartado postal 10405, México, D.F. y obtendrá 12 números de la publicación más amena hecha en México. El número 2 llegó con la misma puntualidad que julio. En la tercera de forros un anuncio llamaba a los señores comerciantes a anunciarse en El Cuento. Esfuerzo inútil. No habría número seis. “Con eso de la guerra en el mar, el papel sueco y alemán que llegaba a México, ya no llegó”[2]

1964. La población de la capital se ha cuadruplicado, la televisión es dueña de la mayor parte del tiempo libre de quienes en 1939 leían. El amigo y coeditor Horacio Quiñones ha muerto. En la calle San Juan de Letrán, un tanto alejada del centro de la ciudad abrió librería don Andrés Zaplana, un tipo muy audaz, el primero que ha quitado el mostrador entre el cliente y los libros. El cliente puede tocarlos sin pedir permiso, mirar precios por sí mismo, hojear y ojear antes de decidirse a comprar. Hay tertulia. Don Andrés la anima.

— Oiga, Edmundo ¿Por qué no vuelve a hacer El Cuento?

—Pues mire usted, señor Zaplana, yo que más quisiera. He acariciado esa ilusión más que a las mujeres. Pero hace falta más dinero que con ellas.

—¿Le sirven tres mil pesos para empezar? … ¿Sirven cinco mil?… Aquí están diez mil pesos. No se hable más. Si es negocio me paga, y si no es lo olvidamos.

—Pues no sé qué decirle, señor Zaplana, pero ya me convenció usted. Se lo agradezco. Espero pagarle pronto.

En mayo de 1964 renace “El Cuento”. Publicación mensual. Director: Edmundo Valadés. Consejo editorial: Andrés Zaplana. Consejo de redacción: Gastón García Cantú, Henrique González Casanova y Juan Rulfo. Suscripción anual treinta pesos.

1995. La sección “Cartas y envíos” se convirtió en un taller de creación literaria por correspondencia. Y no son pocos los autores que han visto por primera vez sus trabajos en letra de imprenta en las páginas de El Cuento. Un camino de siembras, labor fecunda dejó don Edmundo a lo largo de 127 números de la revista, 1968 cuentos de una página o más. Y casi 3,000 de menos de una página.[3]

Su sección de cartas. Que trata de alentar o aconsejar a cuentistas espontáneos, inéditos o nuevos, que en mucho deciden escribir empujados por la lectura de la revista, y que envían sus primeros trabajos, se ha convertido en un taller abierto de cuento.[4]

Valadés, no como un mero recopilador de relatos, sino como un honesto transmisor de experiencias sustantivas, de indagaciones que dejan huellas perdurables, ha sabido combinar certeramente divulgación y estímulo, mezclando con laboriosidad y pericia, con rigurosa deliberación seleccionadora, las narraciones cortas más representativas de los grandes autores de todos los tiempos, con las de aquellos escritores jóvenes y desconocidos en su mayoría, que muestran determinadas cualidades en la práctica del oficio literario. El éxito de la revista se debe precisamente al talento con que han sido manejados sus contenidos. Y también otro rasgo de generosidad inusual, a que no necesita ser ahijado, compadre, sobrino, amigo, cómplice o lacayo de su director para publicar en ella. El Cuento no se reserva el derecho de admisión, no condiciona sus páginas al empleo de la dudosa corbata intelectual, no advierte que los faltos de consagración se abstengan de tocar a su puerta.

Otro acierto ha sido la publicación de escritos teóricos y de crítica literaria. Otro más, su concurso de El Cuento Breve, un hallazgo derivado de los recuadros dedicados a fragmentos, citas, aforismos que proporcionan una riqueza siempre sorpresiva y fluctuante a las páginas de la revista.[5]

1964. Aquellas lecturas me transportaron a un reino mucho más bello y amable de lo que era la Ciudad de los Palacios que empezaba a empuercarse con un aire negro y un vaho de conciencias podridas que lo asfixiaban a uno, a uno de provinciano, pues. “Tus dibujos le gustaron al señor de la revista. Quiere conocerte. Esta es la dirección: División del Norte 501, despacho 106” “Pase usted de la Torre. Si usted quisiera, ilustraríamos tres o cuatro cuentos por número, pero con un estilo diferente en cada uno, para darle cierta variedad ¿me entiende? Aquí le he escogido estos. Yo creo que con su pluma y su talento…” Ni tiempo de decirle que yo no era ilustrador; que apenas era monero, caricaturista. El estaba recortando y pegando galeras en hojas diseñadas como “caja” de El Cuento.

—Usted hace todo eso, don Edmundo?

—Pues sí, de la Torre. Un diseñador me cobra por hacerme este trabajo que yo he simplificado al máximo. Mire…

Y me fue explicando en qué consistía la elaboración de originales para la imprenta.

—Yo puedo hacer eso, don Edmund.

—¿De veras? Oiga, de la Torre, no sabe cuánto se lo agradecería. Por supuesto, cuente con una modesta remuneración. Pero si usted me ayuda a formar El Cuento yo podré leer y contestar mayor correspondencia…

Y así, sin saber formación o diseño, ni ser el dibujante que yo quisiera, apareció mi nombre en el directorio de El Cuento a partir del número 6. Formación y dibujo, Luis de la Torre.[6]

Valadés ejerce las funciones de hombre orquesta en la confección de la revista, o sea, Valadés diseña, forma las planas, selecciona ilustraciones, traza recuadros, corrige galeras y pruebas finas, compagina, arma, decide la portada, cuida la selección de color, lleva a la imprenta, trae de la imprenta, y luego recorre librerías para checar la distribución y cuando es necesario distribuye el mismo, y más luego, en sus ratos libres, lee la correspondencia de sus lectores de toda América y la contesta personalmente, siempre de una manera objetiva, precisa, amable, alentadora. Rasgo de generosidad, dicho sea entre paréntesis, que hasta donde sé no tiene el director de ninguna otra revista.

La historia de la revista El Cuento es la de un hombre que ama definitivamente a la literatura. El Cuento es su creador, su amante puntual y generoso, su artesano: Edmundo Valadés. Muchos hemos descubierto en sus páginas esos mundos mágicos que se nos enredan en el alma para siempre.[7]

La revista El Cuento y el maestro Edmundo Valadés ¿no son lo mismo una y otro, a fuerza de padre previsor y provisor e hijo bien mandado?[8]

Es cierto que su producción literaria es poca, pero también es verdad que un escritor de la exactitud de Valadés tiene por fuerza que ser un escritor de ritmo lento. Basta leer cualquiera de sus narraciones para darse cuenta de que no escribe a lo fácil, no describe: crea; no calca la realidad: la inventa, la transforma, la integra, morosa y amorosamente, pensando, pesando, midiendo la validez, la autenticidad, la credibilidad, la certidumbre de cada estructura, de cada atmósfera, de cada personaje, de cada diálogo, dotando a cada tema de su propia anécdota incanjeable, su propia temporalidad, su respiración propia, su propio vocabulario, amarrando severa, estrictamente cada uno de los elementos que componen el relato para que no haya la menor fisura, para que el lector no se encuentre de improviso con ningún desamparo, para que transcurra sin tropiezos desde la primera línea hasta el punto final.[9]

 

 

[1] N° 91, Pag. 338 (Editorial)

[2] N° 131 Pag. 15-18. Algo de historia sobre la revista El Cuento. Juan Antonio Ascencio.

[3] N° 131. Pag. 20-24 Algo de historia sobre la revista El Cuento. Juan Antonio Ascencio.

[4] Nº 109. Pag. III  Editorial.

[5] Nº  131 Pag. 10-11  El cuentista de los cuentos de El Cuento. Agustín Monsreal

[6]  (6)Nº 131. Pag. 25-27 De amistad y lecturas con Edmundo Valadés. Luis de la Torre

[7] Nº 131 Pag. 9 El cuentista de los cuentos de El Cuento. Agustín Monsreal

[8] Nº 111-112 Pag. XLII  Alejandro González Acosta. Academia Cubana de la Lengua

[9] Nº 131 Pag. 11-12  El cuentista de los cuentos de El Cuento. Agustín Monsreal

Nota de las notas: Cabe mencionar que Edmundo Valadés realiza personalmente hasta el número 127, y deja inconcluso el 128, cuando la muerte lo sorprende. Por lo que antes de ellos, los datos sobre valadés se hacen de difícil pesca. No así sus amoríos que es la misma revista. Y el 131, es en sí un homenaje, que le hacen los mismos colaboradores.

Jaime Adolfo Muñoz Torres

Jaime y el cuento

Jaime Adolfo Muñoz Torres y su colección de El Cuento. Los tiene siempre a la mano,  entre su dormitorio y el WC, pues los revisa a diario.

 

El 27 de septiembre de 1958, ya muy noche, debió nacer, pero solo atinó a sacar su brazo derecho, él dice que porque el hombre debe ser tantiao, lo cierto es que la partera se asustó y en lugar de nacer en la cama donde habían nacido sus seis hermanos anteriores y que había levantado el pedido de los siete, fue a nacer a una clínica en donde lo voltearon y sacaron con fórceps, cosa que le dejó la cabeza boluda. Para entonces ya había comenzado el día 28. Sin embargo se llama Adolfo y no Cosme o Wenceslao.

Jaime significa: El que mete zancadilla. Adolfo: Lobo noble ¿Afán de equilibrio, tal vez?

Nació bajo la influencia de Libra, y sí, apenas la libra.

Es nacido en Aguascalientes, sus piernas miden 110 centímetros, con ese tamaño de pasos, debía ser un vago. Él dice que sí lo es, pero aún radica en su tierra natal, de la que casi no sale.

Estudió una carrera de ventas, pero nada vende, apoya a artistas.

Se casó y enviudó. Se volvió a casar y se divorció.

Fue bautizado en la fe católica y no va a misa los domingos.

Nació hombre y… sigue machín, eso sí, es admirador de shorcitos y escotes

Se siente guapo y manda su foto para el desengañe.

A sus 18 años, sufrió crisis de llanto, manos dormidas y dolores de cabeza, debido a que su sangre no llegaba a al cerebro con la suficiente presión. Trabajaba, estudiaba, era seleccionado en basquetbol, entrenaba fut bol americano, se ponía borracho en discotecas y no comía verduras ni empanizados porque no le gustaban. A los 25 años se recuperó de este mal.

Miope desde los 10, a los 25 recupera 3 dioptrías y a los 47, otra media.

Padeció de hipertensión y desgaste en las rodillas, ambas las erradicó haciendo teatro (2006) Nunca lo pensó así. Atinó, por casualidad.

Morirá a los 84 años, babeando delante de personas (que pena. Lo ha soñado) entre el 7 y el 27 de diciembre del 2042.

Postdata, a pesar de todo, es feliz, tiene cuatro hijos y tres nietas, aún cinco hermanos y su mamá.

Posdata dos: La cama en la que no nació, llegó a ser su cama, cuando sus padres la desecharon por vieja y guanga. Seis polines le dieron nueva macices. Ahora después de 70 años de uso, por fin la jubiló, convirtiéndola un librero y mesa de trabajo. La cama actual de Jaime (Mueran de envidia) es alta, de 1880, con patas torneadas y un águila en la cabecera. Bastante firme.

Posdata tres: Su platillo personal es; huevo estrellado, cocinado con la receta de huevo revuelto, más queso y totopos. Una delicia.[1]

[1] Semblanza enviada por el propio Jaime Adolfo Muñoz, vía e-mail