Los párpados narcóticos

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Bodhidarma, fundador del budismo zen, un día que estaba meditando, se durmió – es decir, volvió a caer, por inadvertencia, en el estado de conciencia habitual en la mayoría de los hombres-. Esta falta le pareció tan horrible que se cortó los párpados. Estos, según la leyenda, cayeron al suelo, y en seguida nació de ellos la primera planta de té. El té, que preserva del sueño, es la flor que simboliza el deseo de los sabios de mantenerse despiertos, y por esto se dice: “el gusto del té y el gusto del zen son parecidos”.

Pouwels y Bergier, en EL RETORNO DE LOS BRUJOS
No. 10, marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 194

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Vida extraña

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“… como Marte tiene algo de oxígeno, un poco de agua y una temperatura que no es demasiado baja, es posible que haya vida. Si llegamos, pues, a Marte –y llegaremos-, y si nos topamos con vida, me arriesgaría a hacer una predicción: la vida en Marte será tan extraña, tendrá un aspecto tan poco común, que el primer observador no la reconocerá en absoluto como vida.

Edward Teller
No. 10, marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 191

La criatura

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Como era un planeta de arena muy fina, dorados acantilados, agua esmeralda y recursos nulos, los hombres decidieron transformarlo en centro turístico, sin pretender explotar su suelo, estéril por otra parte.

Los primeros desembarcaron en otoño. Edificaron algunos balnearios y, cuando llegó el verano, pudieron recibir varios centenares de veraneantes. Llegaron seiscientos cincuenta. Pasaron semanas encantadoras dorándose a los dos soles del planeta, extasiándose con su pasaje, su clima y la seguridad de que ese mundo carecía de insectos molestos o peces carnívoros.

Pero hacia el 26 de julio, de un solo golpe y al mismo tiempo, el planeta se tragó a todos los veraneantes. El planeta no poseía más forma de vida que la suya: era la única criatura viva en ese mundo. Y le gustaban los seres vivos, en particular los hombres. Sobre todo cuando estaban bronceados, pulidos por el viento y el verano, calientitos y cocidos.

J. Sternberg
No. 10, marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 179

Satélite de los otros

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Varios sabios dignos de crédito opinan que el satélite de Marte, Phobos, es hueco. Se trataría de un asteroide artificial colocado en órbita alrededor de Marte por inteligencias exteriores a la Tierra. Tal era la conclusión a que llegaba un artículo de la seria revista DISCOVERY, de noviembre de 1959. Tal es también la hipótesis del profesor soviético Chatlavski, especialista en astronomía.

Louis Powels y Jacques Bergier, en EL RETORNO DE LOS BRUJOS
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 184

Androide

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En Chicago los datos de cada crimen que se comete se introducen en la poderosa memoria de una calculadora, la cual puede predecir a veces dónde ocurrirá el próximo crimen de una serie de ellos, al analizar los habituales modos de actuar de distintos delincuentes; como su memoria almacena datos de hechos sucedidos años atrás, la eficacia de la calculadora aumenta de modo creciente.

G. Rattray Taylor
No. 10, marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 177

Seres extraterrestres

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En nuestra propia galaxia tenemos más de cien mil millones de estrellas. Muchas de ellas tendrán por fuerza planetas, y algunos de éstos estarán habitados. Y más allá de nuestra galaxia hay miles de millones de otras galaxias. No somos, ciertamente, los únicos seres vivientes. Sería muy extraño creer que lo somos. Dudo también que seamos los únicos seres inteligentes. Pero es de veras tan viejo como se ha dicho –casi diez mil millones de años- y la vida humana abarca sólo el último millón o medio millón de años, ha de haber otros que llegaron antes; me gustaría saber dónde están todos esos otros.

Edward Teller
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 170

Silogismo bicornuto

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Demócrito jura que los abderitanos son mentirosos; pero Demócrito es abderitano: luego Demócrito miente; luego no es cierto que los abderitanos son mentirosos; luego Demócrito no miente; luego es verdad que los abderitanos son mentirosos; luego Demócrito miente; luego…

Recordado por Jorge Luis Borges
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 168

La palabra

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Caminé unos trescientos metros contra el viento helado y la niebla amarillenta, sólo para encontrar cerrado el estanco. Dirigí mis pasos hacia un café próximo, en donde estaba seguro de hallar un poco de calor, de música y, sobre todo, de cigarrillos, objeto de mi salida. Recorrí dos calles más, tiritando cuando de pronto sentí –no, no sentí, pasó-, rauda, la palabra. Lo inesperado del encuentro me paralizó por un segundo, bastante para darle tiempo a la noche. Repuesto, alcancé a cogerla por las puntas del pelo flotante. Tiré desesperadamente de esas hebras que se alargaban hacia el infinito, hilos de telégrafo que se alejan irremediablemente con un paisaje entrevisto, nota que sube, se adelgaza, se estira, se estira… Me quedo sólo en mitad de la calle, con un pluma roja entre las manos amoratadas.

Octavio Paz, en ¿ÁGUILA O SOL?
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 164

Teléfono mágico

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Mi amigo Pobers, catedrático de parapsicología de Utrech, fue enviado a las Antillas con la misión de estudiar el papel de la telepatía, muy frecuente entre los hombres sencillos. Cuando una mujer quiere comunicarse con el marido y el hijo, que han ido a la ciudad, se dirigen a un árbol y el marido y el hijo le traen lo que les ha pedido. Un día asistió Pobers a este fenómeno y le preguntó a la campesina por qué se servía de un árbol; su respuesta fue sorprendente y capaz de resolver todo el problema moderno de nuestros instintos atrofiados por las máquinas, a las cuales se confía el hombre. He aquí, pues, la pregunta: “¿Por qué se dirige usted a un árbol?” Y he aquí la respuesta: “Porque soy pobre. Si fuese rica, tendría teléfono.”

Jean Cocteau
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 156

Tres verdades

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El universo fue creado para que se digan tres verdades, y nuestra mala suerte ha querido que su certeza se probase cinco siglos antes de esta noche. Heráclito comprendió al mundo; Parménides desenmascaró el alma; Pitágoras midió a Dios; a nosotros nos corresponde sólo callar.

Pierre Louys, en AFRODITA
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 150

La venia

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Una dama de calidad se enamoró con tanto frenesí de un tal señor Dodd, predicador puritano, que rogó su marido que les permitiera usar de la cama para procrear un ángel o un santo; pero concedida la venia, el parto fue normal.

Carlos Drummond
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 139

Diógenes Laercio

Diógenes Laercio

Diógenes Laercio

(Diógenes Laercio o de Laertes; Laertes, primera mitad del s. III)

 

Escritor griego, autor de las Vidas de los filósofos. Acerca de él no ha llegado hasta nosotros noticia biográfica alguna. Se cree que vivió en los primeros años del siglo III, por cuanto no cita filósofos posteriores al II. Incluso su mismo nombre ha sido objeto de controversias: normalmente se le denomina Diógenes Laercio, o sea natural de Laertes, en Cilicia; pero a veces en los manuscritos aparece invertido el orden de aquellas dos palabras, y algunos (Wilamowitz) han aducido la posibilidad de que Laercio fuera un sobrenombre, de reminiscencia homérica; con todo, no se ve claro por qué ello habría de explicar su anteposición al nombre.

El título de su principal obra también es inseguro: Sopatro lo cita como Vidas de los filósofos, Esteban Bizantino como Historias filosóficas, mientras en el manuscrito de París está titulada Vidas y sentencias de los más ilustres filósofos y compendio breve de las opiniones que predominan en cada secta. Dividida en diez libros, la obra está dedicada a una mujer erudita en filosofía platónica, tal vez la emperatriz Julia Domina o Arria, la amiga de Galeno, y va precedida de una introducción en la cual el autor trata del origen y del nombre de la filosofía, de sus diversas partes, de las principales escuelas filosóficas y de sus fundadores.

En los libros sucesivos están contenidas las biografías de los filósofos antiguos con datos más o menos abundantes acerca de sus doctrinas; se distingue en la obra a los filósofos propiamente dichos de los sabios, de los cuales trata el primer libro, y que son Solón, Tales, Quilón, Pitágoras, Biante, Cleóbulo, Periandro, Anacarsis, Misión, Epiménides y Ferecides. El segundo libro trata de los filósofos de la escuela jónica, Anaximandro y Anaxímenes; después, de Anaxágoras, Arquelao y Sócrates; el tercer libro está dedicado a Platón; el cuarto a sus discípulos, de Speusipo a Clitímaco; el quinto a Aristóteles y a los peripatéticos; el sexto a Antístenes y a los cínicos; el séptimo, cuyo final se ha perdido, trata de los estoicos, desde Zenón a Crisipo. Con el octavo libro se pasa a la escuela itálica, con Pitágoras y los pitagóricos, entre los cuales son contados Empédocles, Epicamio y el matemático Eudoxio; el noveno libro trata de varios filósofos: de Heráclito, de los eleatas, de los escépticos; el décimo está todo dedicado a Epicuro. Este último y Platón son, pues, los filósofos que se tratan más ampliamente.

La obra de Laercio reúne de forma heterogénea distintas doctrinas filosóficas, biografías, anécdotas, leyendas y catálogos de libros. Se trata de una recopilación de fragmentos que van desde la más irrelevante chismografía a la valiosa información biográfica y bibliográfica, y que contiene tanto resúmenes de doctrinas como reproducciones de documentos significativos, por ejemplo testamentos o escritos filosóficos. Aunque cita a cientos de autoridades, de la mayoría de ellas el autor sólo tuvo noticia de segunda mano y, excepto en unos pocos casos, sus verdaderas fuentes no se han determinado.

Escritor mediocre, sin estilo ni pensamiento propios, Diógenes Laercio se revela espíritu ávido de curiosidad, pero superficial y dominado por la ambición de ofrecer al público una obra fácil y completa de divulgación con la cual dar a conocer a la generalidad de los lectores la filosofía griega en sus distintas escuelas. Más que las doctrinas, sucinta y a menudo deficientemente expuestas, le interesan las relaciones personales, las biografías, las anécdotas, las leyendas y las agudezas. En ocasiones Laercio parece considerar la filosofía tan sólo como ocioso pasatiempo. No obstante, puede vislumbrarse un interés más profundo en el libro X, dedicado a las teorías filosóficas de Epicuro y en el que figuran las tres famosas cartas del filósofo. La circunstancia de que la obra se cierre con la fiel exposición de esta doctrina permite pensar en una propensión, aunque sólo intelectual y de aficionado, del autor hacia el epicureísmo.

La cuestión de las fuentes de las Vidas de los filósofos es muy compleja: Diógenes Laercio se basó en autores diversos, sin distinción entre los más y menos solventes, mezclando libremente noticias derivadas de fuentes diversas, alargándolas con otras o abreviando lo que otros habían escrito; se sirvió particularmente de las listas en las cuales estaban enumerados los filósofos de cada escuela, de compendios de sus doctrinas, de colecciones de anécdotas y dichos célebres, y añadió a veces trozos originales de varios escritores, preciosos para nosotros. Por lectura directa Diógenes conoció el compendio de los filósofos de Diocles de Magnesia (100-50 a. de C.) y tal vez los manuales de Sócrates de Rodas y de Hipólito, escritores que a su vez se habían servido de las obras mas antiguas de Aristóteles, Teofrasto, Apolodoro o Panecio.

Con todo, la obra es valiosa por las noticias que proporciona de la filosofía antigua. Las Vidas de los filósofos no tuvieron mucha fama en la Antigüedad; en la Edad Media, en cambio, fueron fuente importantísima para el conocimiento del pensamiento antiguo. Diógenes Laercio compuso también versos en metros varios, reunidos con el título general de Pammetro; de esta colección, no llegada hasta nosotros, saca los epigramas citados en las Vidas de los filósofos[1].

¡Cuidado!

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Sileno, en el libro primero de sus Historias, dice que habiendo caído una piedra del cielo siendo Arconte Dimilo, dijo entonces Anaxágoras que todo el cielo se componía de piedras y se sostenía por la velocidad de su giro; de manera que si ese giro cesase, caería el cielo.

Diógenes Laercio
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 136

El personaje

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Que un hombre escriba un cuento y compruebe que éste se desarrolla contra sus intenciones; que los personajes no obren como él quería; que ocurran hechos no previstos por él y que se acerque a una catástrofe, que él trate, en vano, de eludir. Este cuento podría prefigurar su propio destino y uno de los personajes sería él.

Nathaniel Hawthorne
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 140

El país de las muchachas

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Hay que guardar silencio respecto a los nombres de estas criaturas. El tiempo transcurrido en sus dominios casi siempre parece más breve: la visita de Bran a la isla de las mujeres dura muchos años, pero a los hombres les parece “solamente un año”. Cuando los viajeros vuelven al hogar, uno de los hombres salta a tierra: “inmediatamente se convirtió en un montón de cenizas”.

Howard Rollin Patch
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 132

Yo nunca insulté a las meseras

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Tengo por norma no quejarme nunca en un restorán, porque sé perfectamente que hay más de cuatro billones de soles en la Vía Láctea, que es una de tantos billones de galaxias. Muchos de esos soles son miles de veces mayores que el nuestro, y son los ejes de sistemas planetarios completos, que incluyen millones de satélites que se mueven a velocidades de millones de kilómetros por hora, siguiendo enormes órbitas elípticas. Nuestro propio sol y sus planetas, incluida la Tierra, están en el borde de esta rueda, un diminuto rincón del universo. Así pues, ¿por qué tantos millones de soles en constante movimiento no acaban chocando unos contra otros? La respuesta es que el espacio es tan bastamente amplio, que si redujéramos los soles y los planetas proporcionalmente a las distancias entre ellos, cada sol, siendo del tamaño de una mota de polvo, estaría a dos, tres o cuatro mil kilómetros de su vecino más próximo. Y ahora, imagínese usted, estoy hablando de la Vía Láctea –nuestro pequeño rincón-, que es nuestra galaxia. ¿Y cuántas galaxias hay? Billones. Billones de galaxias esparcidas a través de un millón de años luz. Con la ayuda de nuestros precisos telescopios se pueden ver hasta cien millones de galaxias parecidas a la nuestra, y no son todas. Los científicos han llegado con sus telescopios hasta donde las galaxias parecen juntarse y todavía quedan billones y billones por descubrir.

Cuando pienso en todo esto, creo que es tonto molestarse con la mesera si trajo consomé en lugar de crema.

Harry Golden
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 128

Ocurrió en Etiopía

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Un hombre que tenía aproximadamente ochenta años presentó un día al rey veinticuatro hijos, todos en edad de tomar las armas; y como el rey le preguntara si no tenías más hijos que aquellos, y el anciano respondiera que sólo tenía varias hijas más, el rey le despidió airadamente, diciéndole: “¡Vete de aquí, inútil! Debiera darte vergüenza de no tener a tu edad más hijos que esos. ¿Es que faltan mujeres en mi reino?”

Francisco Bernier, en VIAJES DEL GRAN MOGOL Y CACHEMIRA
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 125