Mujer iluminada


La mujer encinta de nueve meses pasados es trasladada en camilla presurosa al quirófano. Todo el equipo de enfermeras, anestesistas, instrumentistas y doctores salta atropelladamente sobre ella como si su bulto fuera un gran balón de futbol americano o una piñata partida. No puede dar a luz; cesárea necesaria. Sobre las batas y las cabezas con gorro de los especialistas, entre las piernas de la embarazada, pasan, en rápida exhibición, bisturíes, tijeras, jeringas, fórceps. Finalmente la herida, la portezuela de emergencia, el ziper en la carne azorada. Y en seguida, con tremendo impulso alimentado de la retención insoportable, el nacimiento abrupto, luminoso. Todo el equipo, repelido: manos en los ojos, deslumbramiento de ceguera. Para los que esperan afuera: ni niño ni niña. La caverna sólo ha parido luz.

Luis Ignacio Helguera
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 127

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El oidor


Le Grand Homme avancait régulièrement,
la tête haute, l´air vague. Ses adsmirateurs
s´arrêtaient pour le regarder…
J. Renard
“Le Vigneron dans su vigne”

Cuando el oidor llegó a las puertas del cielo, echó una mirada a su ropilla negra y, componiéndose la capa como cuando entraba a la Audiencia por la puerta principal del Palacio, llamó con visible autoridad, con el aldabón de bronce.

No se abrieron las puertas, sino una rejilla en la cual apareció, indiferente, la cabeza de San Pedro.

—¿Qué deseáis, hermano? —preguntó el apóstol un poco fatigado, como quien acostumbra repetir muchas veces la misma pregunta.

—Soy un oidor de la Real Audiencia.

—Detallad. ¿Qué cosa es la Real Audiencia? ¿De qué país venís? ¿Qué queréis exponer?

El oidor estaba asombrado. Acababa de morir con gran pompa; el virrey y su corte habían asistido a sus exequias; el Arzobispo habíale dado la absolución; las campanas de todos los templos habían doblado por su alma; los alabarderos rindiéronle honores militares; la Universidad ideó epitafios en latín que se colocaron en el imponente Túmulo, y en los cuales ocupose la crítica, poniéndoles reparos de sintaxis. Dio explicaciones: dijo que era un alto personaje de la Nueva España.

—Esperad un momento —dijo San Pedro, mientras hojeaba las grandes páginas de un atlas Portulano—. A ver: Sicilia… las columnas de Hércules… la Española… el Mar Caribe… la Pimeria… ¡he aquí la Nueva España!

El oidor adivinaba que ya era esperado en el cielo; suponía que dos golpes de alabarda saludarían su llegada; que un paje lo conduciría a través de espléndidos aposentos hasta llegar al que se le había preparado, mientras que era introducido al trono de Dios, en donde se desarrollaría un magnífico recibimiento, con arcos triunfales, sacabuches, atabales y fuegos de artificio.

Sin añadir palabra, San Pedro metió la llave en el cerrojo y abrió la puerta. El oidor penetró, erguida la cabeza, con paso solemne. Fuera del portero, ningún ser humano había allí; nadie lo esperaba; no resonó el golpe de alabarda; el paje no se presentaba, ni distinguíanse por todo aquello escaleras, galerías ni aposentos.

Algo sospechó de pronto. Y para no hacer un mal papel que hubiera deslucido la alcurnia de su persona, acomodose lo mejor que pudo, y requiriendo recado de escribir, púsose gravemente a redactar sus memorias.

Genaro Estrada
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 117

Los remeros

Cuando desperté estaba dentro del tubo. Al primer movimiento sentí en mi cuerpo la opresión de las amarras que me sujetaban al asiento. No estaba solo, éramos tal vez cien los que ocupábamos un lugar, en los dos grupos que se formaban a cada lado del estrecho pasillo donde caminaban los uniformados.

En mis compañeros había una resignación de galeotes, prisioneros en extraño navío. En la inmovilidad y la impotencia, mi mente exploraba las posibilidades de una fuga.

Una voz, sin entonación dijo:

“En breve aterrizaremos en el aeropuerto de la ciudad de Chihuahua…”

Constanza Hernández Cedillo
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 105

Toño Salazar


Toño Salazar volvió a París tras larga ausencia. Los viejos poetas que había admirado en su juventud ya no existían. Las calles recordaban sus nombres. Lo mismo le pasó en México, de donde también faltó muchos años. Y me dijo: —Mis amigos se han convertido en calles…

Alfonso Reyes
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 97

El dacapitador


Durante el reinado del segundo emperador de la dinastía Ming, vivía un verdugo llamado Wang Lung. Era un maestro en su arte, y su fama se extendía por todas las provincias del imperio. En aquellos días, las ejecuciones eran frecuentes, y a veces había que decapitar a quince o veinte personas en una sola sesión. Wang Lung tenía la costumbre de esperar al pié del patíbulo con una sonrisa amable, silbando alguna melodía agradable, mientras escondía detrás de la espalda su espada curva, para decapitar al condenado con un rápido movimiento cuando éste subiera al patíbulo.

Ese Wang Lung tenía una sola ambición en su vida; pero su realización le costó cincuenta años de intensos esfuerzos. Su ambición era decapitar a un condenado con un mandoble tan rápido que, de acuerdo con las leyes de la inercia, la cabeza de la víctima quedara plantada sobre el tronco, así como queda un plato sobre la mesa cuando se retira repentinamente un mantel.

El gran día de Wang Lung llegó por fin, cuando ya tenía setenta y ocho años. En ese día memorable tuvo que despachar de este mundo a dieciséis clientes para que se reunieran con las sombras de sus antepasados. Como de costumbre, se encontraba al pie del patíbulo, y ya habían rodado por el polvo once cabezas rapadas, impulsadas por un inimitable mandoble del maestro. Su triunfo coincidió con el duodécimo condenado. Cuando el hombre empezó a subir los escalones del patíbulo, la espada de Wang Lung relampagueó con una velocidad tan increíble, que la cabeza del decapitado siguió en su lugar, mientras subía los escalones restantes sin advertir lo que le había ocurrido. Cuando llegó arriba, el hombre habló así a Wang Lung:

—¡Oh cruel Wang Lung! ¿Por qué prolongas la agonía de mi espera, cuando despachaste a todos los demás con tan piadosa y amable rapidez?

Al oír estas palabras, Wang Lung comprendió que la ambición de su vida se había realizado. Una sonrisa serena se extendió por su rostro; luego, con exquisita cortesía, dijo al condenado:

—Tenga la amabilidad de inclinar la cabeza, por favor.

Arthur Koestler
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 89

Pesca de sirenas

Hundir el barco hasta el fondo del mar, si es preciso, hasta que la quilla repose sobre la negra arena del fondo, en medio de la oscuridad y del silencio. Se corre el riesgo de que el navío no vuelva más a flote. Pero si vuelve, en su arboladura, enredadas en las jarcias, habrá sirenas.

Marco Denevi
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 85

Ícaro

Cuenta la leyenda que al salir volando del laberinto, Ícaro se acercó tanto al sol que la cera que sostenía sus alas se derritió y él cayo al mar ahogándose. Lo que en realidad pasó fue que, hechizado por el fulgor del astro, Ícaro decidió fundirse con él. Ahora, convertido en un rayo solar, llega hasta el sitio más recóndito del laberinto para guiar a los que se han perdido y, algunas veces, hasta les presta sus alas para que puedan salir.

Bernardo Esquinca Azcárate
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 71

Autismo

De niña, siempre me gustaba ver pasar el Tiempo. Por las ventanas frente a mi casa, con los cambios de sus decorados, de sus cortinas; (las caras, —de cuando en cuando— distintas y asomadas al balcón de las décadas), yo veía asombrada como el Tiempo velozmente pasaba, sin casi advertirlo.

Notaba también que el Tiempo pasaba, por los cambios de las modas en el ropero; en la sonrisa centelleante de mi alegría o en la dulzura de mi tristeza; en las puertas que se abrían y se cerraban al paso de amores y de decesos; en la música que aherrojaba instantes y emociones.

Veía pasar al Tiempo, en las personas que ocupaban diferentes alcobas en mi casa.

Y de repente ya no lo vi más. Se detuvo para siempre en la figura aborrecible y testaruda de una viejecilla que insiste en asomarse frente a mi espejo.

Judas María Velazco
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 53

¿Sueños?

Un hombre sueña que se mira en el espejo. Sueña también que su reflejo sueña que se ve en el espejo. Si en vez de despertarse el hombre, se despertara el reflejo, ¿qué pasaría? Este hombre quedaría atrapado, dormido y soñando en la página de este cuento.

Bernardo Esquinca Azcárate
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 43

Las meigas


Estas dos mujeres, que aparecen cara a cara en la entraña lunar de la fotografía, han guardado silencio por un instante conciliador. Buscan establecer una comarca propia para reconocerse, para saberse ambas aprendices, ambas detentadoras de un antiguo poder.

Nadie parece turbarlas en el borroso interior que la fotografía apenas logra mostrar; nada parece interponerse entre ellas y el asumido deseo de mirarse, una a otra, largamente, ahora que el instante es un blando destello que se prolonga entre las dos, una extraña ramificación del árbol mayúsculo bajo el que se hallan detenidas, mirándose en silencio.

Sin embargo, una duda empaña la taimada contemplación: si cada de estas blancas mujeres, previsiblemente enlutadas, fuese la exacta réplica de la otra, ¿qué sería de nuestro mundo?

Jorge Esquinca
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 37

Frecuentación de la muerte

María Estuardo fue condenada a decapitación el 25 de octubre de 1586, pero la sentencia no se cumplió hasta el 8 de febrero del año siguiente. Esa demora (sobre cuyas razones los historiadores todavía no se han puesto de acuerdo) significó para la infeliz reina un auxilio providencial. Dispuso de ciento cinco días y ciento cinco noches para imaginar la atroz ceremonia. La imaginó en todos sus detalles, en sus pormenores más ínfimos. Ciento cinco veces salió una mañana de su habitación, atravesó las heladas galerías del castillo de Fotheringhay, llegó al vasto hall central. Ciento cinco veces subió al cadalso, ciento cinco veces el verdugo se arrodilló y le pidió perdón, ciento cinco veces ella le respondió que lo perdonaba y que la muerte pondría fin a sus padecimientos. Ciento cinco veces oró, apoyó la cabeza en el tajo, sintió en la nuca el golpe del hacha. Ciento cinco veces abrió los ojos y estaba viva. Cuando en la mañana del 8 de febrero de 1587 el sheriff la condujo hasta el patíbulo, María Estuardo creyó que estaba soñando una vez más la escena de la ejecución. Subió serena al cadalso, perdonó con voz firme al verdugo, oró sin angustia, apoyo sobre el tajo un cuello impasible y murió creyendo que enseguida despertaría de esa pesadilla para volver a soñarla al día siguiente. Isabel, enterada de la admirable conducta de su rival en el momento de la decapitación, se pilló una rabieta.

Marco Denevi
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 29

La iluminada


La que se encamina al mar con una lámpara encendida, ignora la presencia del faro. Su ignorancia es flor de invierno, voluntaria. Armada con la débil lumbre de su lámpara, ella va hacia el mar. No la distraen las voces del puerto, los guiños cómplices de sus hermanas, ni la tibieza inesperada de unas manos que la alcanzaron, anhelantes, en la penumbra del callejón. Pues la que va al mar, abriéndose paso con la llama incierta de su lámpara, sabe que ha de salvar nuestras vidas.

Jorge Esquinca
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 23

Blanco


—Ven, acércate más, mírame bien. Estoy aquí, otra vez, para darte contigo. No me dejes así, tan pura, tan blanca, con ansia de tus pensamientos.

—No sé si pueda, me da miedo.

—Vísteme. Piénsame cubierta con el vestido negro que me inventas, mánchame con las ideas vertiginosas de tu mente. Trázame de nuevo.

—Tengo miedo de no hacerlo bien, tengo miedo al fracaso.

—Lo harás bien, lo sé, Acércate y penétrame en silencio, que sólo se oiga el ruido de tu cuerpo llenándome de ríos, pintándome de formas.

—¿Y si me quedo corto?, ¿si te falto?, ¿si me paso?

—Pon los ojos, la mirada, el universo, en tus manos y tócame. Dame la locura de tu gracia, dame la fluidez del sentimiento.

—¿Y si no puedo?, ¿si no te amo lo suficiente para volcarme, pervertirte, transformarte?

—Entonces vendrá otra a seducirte como lo hago yo ahora.

Se posará frente a ti y volverá el rito. Mirará, como yo, tus inseguridades, tus miedos, y te atrapará para que la inundes con tus desvaríos, para que le digas, te abras, le cuentes.

—No quiero tocarte y luego ver en ti mi fracaso. No quiero verte después y dejar de quererte. No quiero que seas mi espejo negro. Tengo miedo a ya no desearte.

—Dame tu alma dorada, tu mente infinita. Arriesga tu vida, el puño, la letra. Transfórmame, querido escritor, que quiero dejar de ser hoja blanca.

Edmée Pardo Murray
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 15

Del bestiario mexicano

I

En el norte de México acostumbran poner a los gallos en lo alto de un templete, para que no se los coman los coyotes. Desde su mirador, el gallo va y viene, y mira de reojo al coyote que se va acercando con un airecillo bondadoso:

—Buenos días, hermano gallo.

—Buenos días, hermano coyote.

—¿Qué haces ahí trepado?

—Ya lo ves, tomando el sol.

—¿Por qué no bajas un rato a “platicar” conmigo?

—No me atrevo, ¡no vaya a pasarme “alguna cosa”!

—¿Qué puede sucederte? Si desconfías de mí, acuérdate de que ya el León, el Rey de la Selva, acaba de dictar una ley ordenando que ningún animal le haga daño a otro. ¡Anda, baja, no tengas miedo!

—No me atrevo…

—¡Pero si la nueva ley te ampara!

—No creas, hermano: hay cabrones que ni la ley respetan.

II

—¿Adónde con tanta prisa hermano chango? ¿Por qué corres así?

—Voy a esconderme, hermano tejón.

—¿Por qué?

—El Rey de la Selva acaba de ordenar que maten a todos los elefantes.

—Sí, ¡pero tú eres mono y no elefante!

—Cierto, pero, mientras lo averiguan, me chingan.

(Y siguió corriendo)

Alfonso Reyes
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 9