Cuernos

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El Seductor regaló a Eva sus dos cuernos, después de haberla seducido y ella los ofreció a su vez a Adán. De aquí la idea de llevar los cuernos que se atribuye al marido engañado.

Frederik Koning
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 47

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De gnomos, unicornios y niños

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Mi unicornio azul
ayer se me perdió
S. R.

Habíanlo secuestrado.

Fueron los gnomos. Sí: esos mismos que llegaron a la ciudad en el otoño del 43 sin que nadie supiera. Gnomos azules, negros y amarillos; rojos, verdes y ocres apoderándose de la ciudad a través de las azoteas, las ventanas, quicios, cerraduras, llaves de cristal, llaves de oro, libros místicos, libros mal escritos, máquinas de escribir sin acento, acentos sobreesdrújulos en las palabras graves, palabras de ensoñación, palabras de aburrimiento… En los sitios más inimaginables habitaban los gnomos y se reproducían en orgías de estruendo y sobriedad.

Entonces en un llamado telefónico exigían no avisar a las autoridades y fijaron las condiciones para la devolución: entregar treinta monedas en la avenida de la Desolación, justo en el segundo del vésper: cualquier error arriesgaría la vida de mi unicornio azul.

Y cumplí. Cumplí en silencio y pleno de mi terror. Entregué las monedas sin demandar contrarrecibo, sin reproche alguno, aceptando sus condiciones de niños perversos cuya única tarea vital en este universo es envejecer y embromar al mundo.

Pero ellos no cumplieron entonces. Tomaron el dinero del rescate y desaparecieron justo cuando concluyó el vésper para dar inicio a una noche sin luna.

Cuando regresé a casa, él estaba allí; rodeado por mis dos hijos que lloraban de alegría y trataban de curarle de todas sus heridas y sufrimientos. Mi unicornio azul, allí, a mitad de la sala, sin su cuerno de marfil, otra vez entre nosotros.

Eduardo Osorio
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 46

Canica de coyote

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Una de las ventajas de tener por nahual al coyote es que con ello se puede adquirir una bolita cristalina que los afortunados poseen dentro del cráneo, en el preciso centro de la frente. A esta canica sólo es posible encontrarla y extraerla cuando el animal (o cristiano) todavía vive porque cuando muere, también desaparece. No todos los coyotes poseen esa canica, sino sólo aquellos destinados a ser el nahual de un individuo con poderes mentales especiales, en esa esfera transparente reside la astucia del coyote; la videncia de los hechiceros, en su posesión. Es por ella que los ojos brillan como rayos en momentos tan breves que casi no existen, si alguien se ha preguntado cómo es que los coyotes se burlan cínicamente de algún hombre perdido y desarmado, es que pueden mirarlo inerme por medio de su ojo de vidrio. Por el contrario, si un hombre anda armado, los coyotes ni siquiera se le acercan. A esta canica se le atribuyen también virtudes poéticas, tan peligrosas que pueden producir licantropía u otros padecimientos peores; a ello se debe que de repente puedan verse hombres aullándole a la luna, y no a que yo quiera burlarme de ustedes.

Francisco Álvarez
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 29

Flor

Mi abuelita me dijo:

“Nunca te dejes hacer cochinadas. Los hombres que vienen del Norte, dicen que les abren las bocas a las mujeres, meten lengua y tentalean por todas partes. Nunca dejes que te metan la cochina lengua, qué es eso, es pecado, te digo lo siguiente porque sé de Toño, tu novio. Está de buen ver, pero acuérdate, entre más bien parecido el hombre es más pecador. A ti no se te ocurra abrir la boca , llegas luego con una panzota que para qué te cuento. Te puedes desgraciar para toda tu vida, ni quien te quiera sin tu valor. ¿Pusiste cuidado a lo que dije?”

Por eso no entendí cuando me empezó a crecer la panza. Nadie me hablaba. Yo no pequé. Me acuerdo que cerré la boca con todas mis fuerzas y no dejé que Toño me agarrara cosas, ni nada. No abrí la boca. Nada más abrí las piernas para que él se entretuviera y no le pasara por la cabeza la idea de meterme su cochina lengua pecadora a la boca. Toño me dijo: “Deja meter mi olotito para que parezcas flor”.

Ahora no entiendo a mi abuelita. Ni ella me entiende a mí; tampoco entiendo a Toño, se me ha retirado y yo con tantas ganas de ser una flor.

Gloria Velázquez
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 27

La prisión

Acusado de homicidio y abigeato Asunción Vega fue finalmente detenido una noche de lluvia torrencial, cuando se disponía a ultimar a un cobarde que se atrevió a desoír su historia. El juez que entretuvo el caso lo condenó a sesenta años inconmutables, y desde entonces. Asunción Vega no hizo más que pensar en fugarse de la prisión. Una mañana de febrero logró evadirse dejando a un centinela muerto. Por años vivió escondido, pasando con nombres falsos, moviéndose de noche para evitar ser visto, sin poder hacer alarde de sus fechorías ni de dar muestras de valor en las cantinas. Cansado del presidio de la fuga de un día decidió entregarse. Habiendo recobrado su nombre y su identidad, otra vez se sintió libre.

Nicasio Urbina
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 26

Los ojos

El hombre entró en la habitación con pasos lentos, se acercó a ella, arrastró una silla hacia él, se sentó y comenzó a mirarla fijamente. Aquella idea de tanto tiempo empezaba a torturarlo nuevamente. Pasaron unos minutos, la impaciencia se adueñó de él; se llevó las manos a la rodilla y cerró fuertemente los puños. Una gota de sudor rodó desde la sien hasta la barbilla mientras se mordía con desesperación los labios; por un momento trató de calmarse mirando a través del cristal de la ventana, pero fue inútil. Su mirada volvía irremediablemente al sitio donde se encontraba ella; aquellos ojos rasgados, de color indefinido, con su mirada enigmática no hacían otra cosa que mirarlo sin descanso. ¿Qué podrían tener aquellos ojos que le hacían perder el control sobre sí mismo?

Él se levantó suave y con ligero temblor; ya no podía dominar sus deseos. Se acercó a ella con la respiración cada vez más agitada, tragó en seco y sintió que un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Con mano temblorosa le acarició la mejilla, fue acercando sus labios cada vez más a los de ella, sus ojos comenzaron a tornarse delirantes, se abalanzó y sus manos locas no sabían ya a dónde ir. Desesperadamente su cuerpo se movía; un gemido entrecortado rompió con aquella escena.

El hombre se dejó caer en el asiento y estalló en sollozos; se llevó las manos a la cara mientras la miraba: inerte, destrozada. Sólo sus ojos quedaron como mudo testigo, aquellos ojos enigmáticos, de color indefinido, aquellos ojos que conformaron su mejor obra de arte.

Dayámi Gil Sardiñas
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 19

El diablo

—¡El diablo! —gritó el hombrecillo.

Todos lo vieron. Ahí estaba él, con piel ajada y quemada, ojos saltones, negra barba en pico, cuernos de cabra, sonrisa malévola, capa roja que dejaba al descubierto sus piernas peludas.

Viejos, jóvenes y niños bajaron inmediatamente la mirada. Lupe suspiró; la abuelita sintió un escalofrío; Pancito se rascó la nuca; los demás sólo movieron la cabeza de un lado a otro.

—¡Lotería! —exclamo Marianita, al mismo tiempo que asentaba un frijol en la carta.

Lucero Alanís
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 15

El juicio

El juicio se internó por un inexplorado territorio dialéctico de argumentos y contraargumentos, de criterios y anticriterios, donde los códigos morales fueron anatemizados acaloradamente por unos y defendidos con furia por otros. Todos se creían poseedores de la verdad, de modo que poco era de extrañar que el debate desembocara en una ardorosa confusión. Así, llegado el momento del veredicto, nadie supo quién era más culpable: el maniático que ocultaba su impudicia debajo de la gabardina, o el juez, que exhibía llanamente su pudor…

Günter Petrak Romero
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 9

Soledad

Allí estaba la soledad haciéndome compañía. Tenía tanto tiempo de perderla, que decidí vigilarla toda la noche con una lámpara encendida. Pero recordé que la soledad le teme a la luz y apagué la lámpara.
La sentí sonreír y cobijarse a mi lado; se regocijó en el gran abismo que había en mi cama, colmó su sed con mis lágrimas y me robó el sueño de esa noche.
Hizo que fumara más de la cuenta, que me robara el silencio, que me robara el silencio, que tuviera pensamientos pecaminosos, que pensara en la muerte, que mi cuarto fuera más oscuro, que renegara de ser mujer, que recordara lo olvidado…
Desde entonces, he decidido estar sola.

Blanca Stella Brunal
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 7

Origen

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Zeus, que lanza rayos por medio de las manos de Vulcano, se percató que había dado destino a todos los mortales, menos al soberbio Edipo.

—¿Y qué querrías tú?, dijo el diós queriendo rectificar, por concesión, su olvido.

—¿Yo? ¡Pura madre!

—¡Concedido!

José Jesús Fonseca
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 3