El rey

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Había una vez un rey… que a pesar de haber extendido su reino por todo el mundo, o precisamente por eso mismo, llegó a sentirse lleno de tedio y de vejez desolada. El mundo le pareció cuadrado y su vida, de cuadritos, en blanco y negro.

Pero un buen día le comunicó a su consejero que dos peones suyos, embarazados de ocho casillas, habían parido dos hermosas y felices damas, como si de lentos sapos encantados hubieran florecido ágiles princesas encantadoras.

Hasta entonces, y de golpe, el rey comprendió que su vida sólo había sido una larga, complicada y tediosa partida de ajedrez y que aunque había conseguido la victoria, de cualquier manera la partida había terminado y otras manos celebrarían por él.

Luis Ignacio Helguera
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 177

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El niño y la pelota

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a Carmen Guijosa

Perseguía el niño la pelota de colores: subió la pelota al toldo del coche azul; cayó en un charco y luego se sacudió el agua rodando por las calles empedradas. El viento la volvió a impulsar y ascendió a la montaña. Fatigado el pequeño fue tras ella.

La pelota dio un gran salto arrojándose al vacío. El niño también.

Judith Solís Téllez
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 176

Viaje de ida

El hombre miró el horizonte haciendo sombra con las manos sobre los ojos. Había perdido la noción del tiempo y el sólo hecho de subir la pequeña colina para atisbar le enfadaba. Esta vez, como siempre, encontró su mar azul sin una mancha. Así que después de mirar un rato comenzó el descenso. Tenía la barba hasta el pecho como un verdadero náufrago, la ropa hecha jirones y al andar apoyaba el cuerpo en una vara. En ese instante una imagen vieja y olvidada lo hizo detenerse. Recordó su pasión por las aventuras y se vio entonces muy joven, sentado en un sillón de mimbre, absorto en la lectura de un libro sin final; donde aparecía un náufrago con la barba hasta el pecho y la ropa hecha jirones, que, apoyado en una rama, descendía de una colina.

José Luis Somoza Jiménez
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 171

Tragedia

A su vigilia gravitada en muerte…
J. L. Borges

Sadhbi está sentada en el suelo, frente a mí. No, más bien yo frente a ella. En su regazo el hijo, de apenas un año, no cesa de gemir. Sadhbi extiende su mano izquierda con la palma hacia arriba: me pide algo entre sollozos. Dice frases que no entiendo, en su lengua extraña para mí. Señala en derredor, mostrándome las ruinas, el polvo de todo cuanto estuvo y ya no está, o está, pero bajo otra forma, ocupando un espacio que no es.

Entonces me llega el hedor, y de pronto comprendo las palabras de Sadhbi: de allí, entre aquellos escombros, sacaron ayer el cadáver de su esposo: ella se ha quedado sola con ese pequeño, que no cesa de gemir de hambre.

Me cuenta cómo la tierra se estremeció durante un minuto —un siglo, una eternidad— y las paredes se quebraron y reventaron los techos y todo se derrumbó sobre los habitantes de Zanján…

Y por eso este hedor de muerte, el pestilente efluvio de cuerpos ya casi putrefactos.

que por fin me despierta
y el alivio de mi casa firme sobre sus cimientos, acá, lejos…

pero siento la humedad de lágrimas en mis mejillas; me sobresalto al preguntarme cómo he podido entender las frases dichas en lengua extraña, y más aún al oírme decir esas frases en esta misma lengua, y hallarme sentada junto a los escombros de donde ayer sacaron el cadáver de mi esposo, y aspirar ese hedor de carroña, mi mano izquierda extendida con la palma hacia arriba, en el regazo mi hijo que no cesa de gemir de hambre, y frente a mí, esa mujer desconocida soñando que me ve.

Felicia Hernández Lorenzo
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 163

Manufactura

Mientras las campanadas marcaban las doce, un joven escapó por la ventana del castillo.

A la mañana siguiente, la princesita llamó a sus heraldos y —tras entregarles la prenda por la que sería reconocido—, les encargó la misión de buscar por el reino al plebeyo con el que había compartido las horas de esa noche fantástica.

Fue una labor extremadamente difícil para los emisarios, sobre todo si se toma en cuenta que el preservativo no estaba lubricado.

César Navagómez
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 161

Caperucita

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Con petiverías, pervincas y espicanardos me entretengo en el bosque. Las petiverías son olorosas, las pervincas son azules, los espicanardos parecen valerianas. Pero pasan las horas y el lobo no viene, ¿Qué tendrá mi abuelita que a mí me falte?

Ana María Shúa
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 155

Falta de calcio

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Aquella mujer se dejó llevar por el deseo compulsivo de comer yeso. Falta de calcio, pensaba. Hasta que un día empezó a crecer alto, muy alto y en medio del pecho le apareció, abierta, una ventana.

Leticia Herrera
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 531

Leticia Herrera
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 154

Erosión

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El objeto era, en sí mismo, una amenaza. Pero la maldición caería sobre todos si alguien osaba destruirlo. Así que decidieron acariciarlo.
Lo acariciaron sin pausa, con esmero. Lo pasaron de mano en mano, y volvieron a acariciarlo, una y otra vez, día y noche, noche y día.
Hasta que se gastó.

Marta Nos
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 151

Monólogo del escote

Era un escote peligroso para la mirada. No atrevido, provocativo más bien. Un imán que atraía la vista. Yo la estaba viendo a los ojos y cuando menos lo pensaba ya mi mirada había cambiado de dirección y los pensamientos también. Comencé a ponerme nervioso porque de un momento a otro esperaba la penosa situación de que ella abrochara algún botón (esto suele suceder cuando una mujer se da cuenta que sus senos tienen más importancia que su conversación. Entonces no queda más que disimular: “Qué bonito está tu pendiente”. “El color de tu suéter me gusta”).

Estaba más que indefenso, hipnotizado por esa afrodita del siglo veinte. Y luego, el calor sofocante de mayo. Imaginé esos montes rosados detrás de la fina cortina de tela blanca. Se veían firmes y orgullosos. El olor de ella era salvaje, pero su piel debía ser dulce. Me preguntaba si alguien la habría tocado ya (las mujeres deberían saber que el cachondeo les suaviza la piel y les deja los labios húmedos y brillantes. No hay necesidad de cremas y plastas de aguacate. El contacto con otra piel mantiene en forma la propia. Pero los tabúes, el “que pensarás de mi” o el “qué te crees que soy”, me impedían expresarle mi teoría).

¡Oh mujer bella y virginal en el abrazante mediodía de mayo! Bajo esa mirada inocente se escondían muchas noches de insomnio con las manos entre las piernas. ¿Por qué fingir? El fruto se caía de maduro y quien mejor que yo para comerlo

Ya no la escuchaba, su voz se precipitaba dentro de mí como una cascada de lava volcánica. Todo desapareció, el centro del universo eran sus pechos. Y ella agitaba su pelo y hablaba del calor (creo) mientras mi imaginación le traspasaba la ropa.

Tenía que hacer algo y rápido. Cualquier cosa a mi favor. Decirle que la amaba y que lo haría por siempre, que me casaría con ella, que le daría fortunas inmensas… pero ya no tuve tiempo. Se despidió quemándome el cachete con sus labios rojos y se marchó radiante, con la felicidad de quien se sabe deseada. Su piel dorada se alejaba dejándome inmóvil, absorto en la calentura del verano, con la cabeza a punto de explotarme como una olla express.

Bernardo Esquinca
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 145

Uno de dos

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A Ignacio Aguilar Marcué


Mientras como una guayaba pienso en él (o sea, en ti) y un sabor muy parecido al aroma de tu piel (o sea, a la de él) me despierta. Porque él debería saber (o sea, tú) que desde anoche que escuché tu voz (o su voz) caí en un sueño sin tiempo, sin luz y sin fondo. Él (siempre tú) me hipnotiza y tú me despiertas.

¿Quién de los dos va a hacerme suya?

Silvia Castillejos
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 143

De sabios es mudar de opinión

Cuando joven despotricaba contra el progreso y decía que muchas especies desaparecerían aún antes de habérseles registrado. Era entomólogo y nunca pudo describir una especie nueva.

De viejo aplaudía y se ufanaba del progreso. Alcanzó relevante notoriedad reseñando las especies extintas.

Juan Carlos Raya P.
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 133