Dragones

La oscura noche hacía resaltar la luz de las llamas, el dragón se movía lanzando fuego a derecha e izquierda. Ella estaba asombrada y temerosa, aún cuando había escuchado hablar de los dragones, nunca se imaginó que fuesen tan terribles como el que ahora observaba. Por instinto se encogió de hombros y apretó sus manos con fuerza, como si así pudiera protegerse.

Cuando vio el dragón dirigirse hacia donde ella estaba, sintió una punzada en el corazón y mientras el miedo la invadía, el dragón se acercaba, sí, se acercaba y cada vez le parecía más gigantesco.

—¡Dios mío! ¿Qué hago? —pensó. Su corazón latía más rápido una y otra vez, más rápido y cuando miró que el dragón estaba exactamente frente a ella, no pudo más y gritó:

—¡Mamá! ¡Mamá!

—¿Qué te pasa? —preguntó extrañada la madre.

—¡Un dragooónnn…!

—No hijita, no es un dragón, es un señor que lanza fuego para vivir, pero no es un dragón.

Las palabras de su madre la tranquilizaron un poco, pero no del todo; todavía, cuando siguió de largo, vio cómo el dragón sacaba humo de su nariz y arrastraba su gran cola.

Víctor Jiménez Cruz
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 61

La noche del pirata

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El corsario dejó a un lado la muleta y se quitó la pata de palo. Luego se desprendió el garfio ajustado al muñón. Más tarde se despojó del parche negreo que tapaba su cuenca vacía.

Por último, colocó en un vaso con agua, su feroz y blanquísima prótesis dental.

Héctor Sandro
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 59

Suicida

Un hombre inserta una llave en la cerradura. Se oye el sonido de un disparo que viene desde el interior. Apresurado abre la puerta, entra en su propio departamento y se ve a sí mismo, sobre el sofá, con un tiro en la cabeza y una pistola en la mano. Lleno de pánico toma el arma, se sienta y coloca el cañón junto a su oreja.
Afuera, alguien introduce una llave en la cerradura.

Pablo López de Anda
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 54

Mario de Lille

Mario De Lille

Mario De Lille

 El narrador, poeta y dramaturgo mexicano Mario de Lille Fuentes, quien entre diversos reconocimientos obtuvo el Premio Nacional de Novela “Justo Sierra O’Reilly” en 1986, por su novela Solamente yo quedo, falleció este 3 de junio en Villahermosa, Tabasco.

Originario de Ciudad de México, De Lille Fuentes (1936) estudió la carrera de Arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam) y desde los años 60 se estableció en Villahermosa, donde se desarrolló profesionalmente y se involucró en diversas actividades artísticas, principalmente en el teatro, la literatura y la promoción cultural.

Se formó como escritor en los talleres literarios de la Casa de la Cultura de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (1979-1982), bajo la tutela del poeta Fernando Nieto Cadena, y en la Casa Museo Carlos Pellicer Cámara (1985-1987), con el narrador Andrés González Pagés. 

Su aprendizaje literario le permitió ser un entusiasta promotor de talleres literarios en el estado, coordinando once de ellos en los municipios de Xalapa, 1988-1991; Macuspana, 1989-1992; en el Instituto Tecnológico de Villahermosa, 1992-1993, y la Biblioteca José Martí de la Sociedad de Escritores Tabasqueños, en 1993, entre otros. 

Fue también presidente fundador de la Sociedad de Escritores Tabasqueños “Letras y Voces de Tabasco” A.C. y desde 2002 director de la Escuela de Escritores “José Gorostiza” (filial de dicha asociación) en Villahermosa. 

En casi tres decenios dedicados a la literatura, produjo las obras Solamente yo quedo (1986), que obtuvo el Premio Nacional de Novela Justo Sierra O’ Reilly; Advertencias amorales al lector y cierto tipo de cuentos sumamente inocentes (1988); Dios te salve María, non sancta (1990), poesía; Somos por la danza de tus manos (1998), incluido en el poemario Semilla a punto de vuelo (1999), así como una pequeña obra trágico-narrativa: Di no a las drogas (1999). 

Sus publicaciones más recientes son el cuentario Breve y verídica historia de cómo los lunáticos poblamos la Tierra y sus consecuencias (2001), y como becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Tabasco en 2004 terminó y publicó la antinovela de varia invención Tropicalia, editada en 2008 por el Instituto Estatal de Cultura de Tabasco.

El pasado 23 de abril, De Lille Fuentes fue homenajeado en el marco del XXVI Encuentro de Escritores Tabasqueños en el Instituto Juárez, donde su aportación a la literatura tabasqueña y su entusiasta participación como promotor y creador de talleres literarios fueron exaltadas[1].

A Circe

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Para Edmundo Valadés
Y a la mamoria helénica de J. Ulises Torri.

¡Circe, mujer mitológica, cincuenta partes de verdad y sin cuenta de mentira! Has de recibir esta postrer carta algún día, así sea la última acción de mi existencia y para ello tenga que emprender otro viaje. Me has complicado la vida en estas fechas por mi fidelidad al espíritu de tus consejos. Primeramente al que se refería a la administración de Bienes Navales y Accesorios. Siguiendo tus instrucciones fundé una sucursal aquí en Itaca, desoyendo el secreto de la marinería tradicional de mis antepasados: “No debes unir tu nave con clavos de hierro, sino de cobre, ¡oh Julises!” Ya te habrás enterado por los periódicos de mi problema del tráfico ilegal de violetas por el paso del Triángulo de las Bermudas. Pero ¡pase!

Lo que sí, Circe, ¡bastarda fémina de escandalosa cabellera! no soporto, es: tu ancestral linaje, escamoteado en nuestra entrevista fatal, el cual demuestra —tus nietas me lo cantaron muy claro—que tú eres la fundadora de su consejo supremo y en realidad de su estirpe. ¡Ahora me explico lo de la Enlatadora Enterprise, lo de tu gusto por los acuarios y lo de tu aparente invalidez!: por algo nos recibes en tu oficina a nosotros —crédulos y mortales hombre de empresa— con ese cobertor que te cubre medio cuerpo.

¡¿De qué sirvió ir resuelto a no perderme, si de todos modos una sirena ya había enturbiado mi corazón con febriles cantos?!

Mario de Lille
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 53

Salón de belleza

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El peinado debe lucir por sobre otras cosas. Lo primero que miran es eso. Después vendrá el vestuario, el caminar, la galantería. Te lavamos bien, con champú y enjuague, luego los rollitos y el secador. ¡Pero no te muevas tanto que no dejas ponerte bien los ganchos! Ahora sí, tranquila. Quédate ahí hasta que te seques. Yo te aviso, no te preocupes. Mira que esta noche está la fiesta, el desfile, y la copa que tenemos que ganar. En seguida los brindis y a buscarte novio. Habrá de todo tipo, para que escojas el que quieras. Claro, acorde con tu categoría y de tu tamaño; acuérdate que eres chiquita. Bueno, contigo no hay mucho problema por eso. Cada vez que conoces uno mayor que tú, sales corriendo buscando mi ayuda. Ah, pero no se te puede acercar uno que te guste porque de una vez comienzas a coquetear. Siempre hay que estar pendiente de ti; si nos descuidamos Albertico y yo, te ponen una barriga, ¡¿Ja, que no?! No te pongas brava, no soy ninguna vulgar por decirte eso. Tu sabes que eres así desde pequeña, siempre quieres tener un novio que te esté sacando a pasear todas las noches, que te cante y corra detrás de ti por esas avenidas hasta que cansados se acuesten en alguna grama y entonces te acaricie el pelo… ¡que ya debe estar seco! Ahora te quitamos los rollitos y te pasamos el cepillo. Quédate quieta que no te estoy dando duro. Así, ¡Ese pelo tuyo, siempre sublevado! Uno le pasa diez veces el cepillo y nada. ¡Se enrosca, se enrosca, se vuelve a enredar! ¡¿y cómo quieres ganar esta noche?! Con esos cabellos no llegamos a ningún lado. Las demás con sus pelos lisos, sueltos, al aire, y tú con esas orejitas todas encrespadas. A lo mejor tu caminar nos salva… o tu gracia. ¡Cónchale!… pero ese pelo, ¡qué desgracia!… Por eso le dije a mamita desde un principio que me comprara un pequinés y no un puddle.

Víctor Guádez García
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 5

Retrato

Era la última sesión. Sentada frente al caballete me moría por acariciar su barba blanca. Sus pinceladas trazaban en el lienzo mis deseos. De pronto entró un hombre, se acercó al maestro con suave andar y después de una breve charla se despidió rozándole la mejilla con sus labios.

La sonrisa se me congeló. Leonardo la captó así como una mueca amarga que opacó mi retrato.

Susana Avitia Ponce de León
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 45

Desafío

La mujer aquella que iba sentada frente a mí se levantó con aires de princesa y con un meneo exagerado avanzó hacia las puertas de vagón. Cuando éstas se abrieron, taconeó por el andén acompañada de todas las miradas y mi envidia más rastrera.

Lo primero que hice al llegar a mi departamento, fue pararme frente al espejo y entender porqué yo pasaba inadvertida: ropa de mal gusto, abdomen abultado, llantitas indiscretas, busto fláccido… en fin, un balance nada favorable.

Me dio lástima mi cuerpo maltratado; a manera de restitución le prometí que, sin importar sacrificios, dentro de dos meses las miradas de todos los hombres resbalarían sobre él.

Me inscribí en los aeróbicos, al ritmo de la música pegué de brincos, pujé, sudé, como caballo y fortalecí los músculos abdominales hasta que el plazo de cumplió.

Hoy es el día… Mi cabellera, negra y ondulada, cae sobre la espalda, el maquillaje es impecable, las zapatillas moldean y alargan mis bronceadas piernas y un hermoso medallón me adorna el pecho.

Decidida, abro la puerta y salgo al pasillo taconeando con ritmo, procuro dar a las caderas un movimiento basculado e incitante y logro los primeros resultados; la del ocho se queda boquiabierta. El portero me mira incrédulo mientras salgo para recibir el sol de media tarde. Siento sobre mi cuerpo miradas codiciosas y me envanezco. No he llegado a la esquina cuando escucho el chirriar de los frenos y el golpe: de seguro dos tontos que el mirarme olvidaron que iban conduciendo.

Es increíble lo que puede lograr una mujer desnuda a media calle.

Queta Navagómez
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 44

Tester Azo

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Tester Azo es un lugar habitado por once familias de enanos que se alimentan exclusivamente de fuego y que viven dentro de unos árboles llamados kabas. Entre los pobladores conviven pacíficamente unos lagartos enormes de tres metros de largo, visibles únicamente a los ojos de los enanos. Felli P., el más viejo de los enanos, cuenta que los habitantes se dedican a esculpir unas raíces que emergen de la tierra únicamente cuando ocurre un terremoto y que, a estas raíces, dan figuras que posteriormente adoptan como divinidades. Además nos cuenta que en Tester Azo vivió hace muchísimas lunas un hombre llamado Hisherino, el cual gustaba de curar a los ciegos y caminar quince centímetros sobre el suelo y que cierto día, cuando llegó una caravana de payasos, magos, saltimbanquis y trapecistas, se enamoró de una contorsionista con la cual recorrió el mundo. Felli P. nos dice que Hisherino está citado en varios libros antiguos de historia de las religiones y que, además, desapareció misteriosamente un día de eclipse solar.

Roberto Castillo Udiarte
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 32

Harnoy

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Todos los habitantes de Harnoy piensan en voz alta y platican con las manos. En el parque central hay un quiosco que gira trescientos sesenta grados, cada sesenta minutos, donde un cuarteto de cuerdas toca romances y sonatas dos horas por la mañana, dos horas en la tardecita. Una vez por semana las mujeres escancian aceite de sábila y jojoba en el altar de Nuestra Señora de Euterpe; esta iglesia fue construida por un arquitecto que ahora se dedica a la reconstrucción de sueños y espejismos en Lasalada. Tocar el cuerpo de una mujer de Harnoy es escuchar la melodía de un instrumento musical: hay mujeres violoncello, flauta, piano, harpa, clavicordio, timbales, guitarra o saxofón, y si uno tiene la fortuna de acariciar a muchas a la vez, un podrá escuchar sinfonías completas, según… En Harnoy no existen aparatos eléctricos ni de gas: calentadores y estufas son sustituidos por el calor del encino y mezquite; radios, grabadoras y tocadiscos por la piel musical de las mujeres; lámparas y focos por la luz de la luna y el sol; la realidad suple al cine y la televisión. Se dice que los zenzontles vienen a Harnoy para aprender nuevas melodías y llevarlas a toda la península. Cuando uno ya ha partido de Harnay sabe que nunca podrá olvidar a las mujeres de Harnay, las que piensan en voz alta y platican con las manos.

Roberto Castillo Udiarte
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 27

Una viuda inconsolable

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Famoso por los ornamentos de su entrepierna fue Protesilao, marido de Laodamia. Cada vez que hurgaba en las entrañas de su consorte con aquella temible púa. Laodamia sufría un éxtasis tan profundo que había que despertarla a cachetazos, cosa que de todos modos no se conseguía sino después de varias horas de bofetadas. Entonces, al volver en sí, murmuraba: “¡Ingrato! ¿Por qué me hiciste regresar de los Campos Elíseos?”

Como parece inevitable entre los griegos, Protesilao murió en la guerra de Troya. Laodamia, desesperada, buscando mitigar el dolor de la viudez, llamó a Forbos, un joven artista de complexión robusta, y le encargó esculpir una estatua de Protesilao de tamaño natural, desnudo y con atributos de la virilidad en toda su gloria. Laodamia le recomendó: “Fíjate en lo que haces, porque mi marido no tenía nada que envidiarle a Príapo”.

Cuando la estatua estuvo terminada, la llorosa viuda la vio y frunció el ceño. “Idiota”, le dijo a Forbos en un tono de cólera, “exageraste las proporciones. ¿Cómo podré, así, consolarme? Forbos, humildemente, le contestó: “Perdóname. Es que no conocí a tu marido, por lo que me tomé a mí mismo como modelo”.

Laodamia, siempre furiosa, destrozó a martillazos la estatua y después se casó con Forbos.

Marco Denevi
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 21

Las hormigas y la hora cero

Las hormigas simulan una existencia discreta mientras preparan el hundimiento general de la tierra. Desde la noche de los tiempos, las hormigas vienen trabajando en los grandes fondos para sepultar al hombre en el más descomunal desmoronamiento de los valores éticos y materiales. De acuerdo con esto, sobre la caída del hombre, establecerán un eterno imperio de inflexibles hormigueros. Testarudas, tenaces, las hormigas solamente llevan en la cabeza el pensamiento puro del final del hombre. La tarea de cada una consiste en arrasar una docena de pulgadas de mundo. Mientras nos reblandecen, no dejan de repetirse con encono: “Ya verán estos cabrones”. Y no descansan. Mueren apenas logran cumplir su docena de pulgadas y la hormiga que no lo consigue es víctima de un rito indecoroso. Los relevos en su trabajo de muerte se verifican de esta manera: Durante verano, unos contingentes acopian alimentos mientras los otros nos siguen socavando. A veces ha parecido que el trabajo está a punto, y algunas hormigas no se explican que no haya llegado ya el día del derrumbe. Pero sucede que carecen de comunicación. Aspirando a que el mundo sea derribado todo a un tiempo, no saben cómo anda la tarea en otras latitudes. Por esta causa el cataclismo ha venido siendo aplazado azarosamente.

Se indica a todos los seres humanos que eliminen a todas las hormigas que les sea posible, especialmente a las que deambulan en puertos, aeropuertos, cabinas telefónicas, comandos de radares, etcétera, etcétera. Evitar que se comuniquen es prolongar nuestra salvación.

Por lo que resta, no se puede impedir que las hormigas prosigan resquebrajándonos.

Puede que quizás se deba confiar en que las hormigas, todas las de todas partes, jamás logren comunicarse entre sí el hecho de que ya nos llegó la hora cero.

Pero imploremos para que las hormigas no crean jamás en presentimientos. Porque si presienten que nos tienen en un hilo de tierra, nos van a hundir de una buena vez.

José Luis García
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 19

Exigencias de apariencias

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Cierta vez, aquel hombre alegre, sintiéndose marginado y como extranjero entre tanta gente gris y pesarosa, decidió hacerse tatuar un rictus de amargura y dolor en su hasta entonces sonriente boca.

Así, privado al parecer de sus júbilos, fue normalmente aceptado por la gris y pesarosa comunidad e integrado a ella, y pudo seguir siendo feliz sin moletar a los demás.

Héctor Sandro
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 18

Actuación

La filmación de la película se había estado llevando sin contratiempos, y el trabajo de todos fue ejemplo de orden, disciplina y eficiencia; hasta que, de pronto, los actores comenzaron a ponerse quisquillosos, a llegar tarde a las locaciones y a renegar continuamente de la iluminación y de la ineficacia del maquillista. Entonces fue obvio que, cansados de representar el papel de artistas razonables en el trabajo, habían empezado a ser ellos mismos.

Juan-Pablo Sotomayor Rivas
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 7

Nuevamente los vándalos

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Desde el alba hasta muy avanzada la noche irrumpían, salvajes, sembrando a su paso brutalidad, ignorancia y bastedad.

Ya no quedaban armas capaces de repeler semejante agresión.

Uno, entre muchos, descubrió que la única y más fácil defensa era mantener el televisor desconectado.

Héctor Sandro
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 5

Escritor

El chico que no habla ya sabe cómo hacer para embelesar a su abuela. Ese chico es el hijo único de su fallecida única hija, y de su yerno, fallecido también. Lo crió ella, viuda, al chico que no habla, su nieto. Es el chico que no habla quien escribe por ejemplo el breve texto que se inicia con: “El chico que no habla ya sabe cómo hacer para embelesar a su abuela.”

Rolando Ravagliatti
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 4

Las joyas de la mitología

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Estelio (457 a.C.) describe al unicornio no como una criatura sobrenatural, sino como un animal común y corriente. Contrariamente a lo que relatan las odas y los anales de la época, explica que dicho animal tiene metamorfosis como las de la mariposa. Con la diferencia de que sus estados larvarios se llevan a cabo en años. Que sus huevecillos son las perlas, su oruga el hipocampo y su crisálida el rinoceronte, del que emerge con su figura universalmente conocida. Sólo que, por un lado, como ningún hombre tiene vida suficiente para poder ver su ciclo completo, y por otro. Como todas las mujeres aprecian sus huevecillos como joyas, raros son los que pueden continuar sus transformaciones. De ahí la leyenda.

Carlos Isla
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 3