Patio vecino

128 top
Rubicunda, coqueta, cuelga, se agita en el tendedero, la piñata. Como quien en la horca se mofa de la muerte. Repentino palo certero; explosión. Diluvio de cañas de azúcar, cacahuates, colación, naranjas; diluvio de niños. Un trozo de barro empapelado descalabra a uno: se rompe una esferita de Navidad. Recogen al niño, no el relleno de su piñata, el torrente de sueños blancos de posada como, por ejemplo, el rostro de una niña bonita dibujado por luces de Bengala.

Patio súbitamente desolado. La piñata cercenada, se zarandea todavía hasta el último instante, en espasmos jocosos. Junto a ella, suben y pasan, vaporosos, con el confeti del aire, los sueños blancos desperdiciados.

Luis Ignacio Helguera
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 239

¿No qué no?

Pipina deseaba mucho ir al baile de la señorita Jennyfer, la hija de una familia muy adinerada, pero ya que no le habían dado invitación, ideó un plan para asistir. Al llegar al baile, vestida muy humildemente, la detiene el portero y le pregunta por su invitación. Ella, con astucia y satisfacción, responde.

—¡No entiendo, señor! ¡Primero no me dan invitación y luego me la piden! Es inaudito.

Pipina cruza la puerta y disfrutó del baile como cualquier otro invitado.

Alejandra Estavillo Ortiz
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 231

Una promesa cumplida

El niño prometió a la hormiguita, su amiga, permanecer a su lado hasta el final de su vida.

Se sentó a su costado y conversaron tanto que ya no había de qué hablar.

Poco a poco, todo se tornaba aburrido y el niño comenzó a extrañar a sus amigos del barrio. “Es cierto que las hormigas viven menos que los hombres; pero, esta parece inmortal”, pensó, viendo pasar el día.

De repente, el pequeño aplastó con su dedo pulgar a su amiga y se retiró feliz por haber cumplido su promesa.

Fabricio Prada Rojas
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 227

El espejo

Para sentirse bien, que era lo importante, inventó un espejo que reflejaba sólo el lado bueno de sí mismo y así, cada mañana se recreaba en los cuatro flancos de su engaño. El espejo fue reduciendo su tamaño hasta quedar de la dimensión exacta de una pupila: a sus ojos, siempre fue perfecto.

Patricia Vidal
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 223

Las mil y una noches

Leí de nuevo las instrucciones para comprobar que las sabía de memoria: “Es usted el feliz poseedor de una lámpara maravillosa. Para accionarla necesita concentrarse hasta que mentalmente pueda ver el desierto del Sahara y algún oasis. Para cuando llegue a ese punto, frote la lámpara y cuente hasta el número quince: entonces aparecerá el genio”. Más abajo y con letras pequeñitas: “Advertencia: por lo regular los genios son marrulleros; cuando un deseo es difícil de realizar, regresan a su escondite sin cumplir nada. Esta lámpara sólo puede ser usada una vez, por lo que le recordamos que dispone usted de tres décimas de segundo para enganchar la cadena adjunta a la tapa de la lámpara, de esa forma el genio no podrá escapar”.

Cronómetro en mano practique el enganchamiento de cadena. Respecto al deseo, vacilaba entre pedir un cuerpo al estilo Diana Cazadora, para dejar de ser la gordis de la clínica, o sacarme la lotería, o encontrar el marido ideal. Como el dinero consigue todo, me decidí por la lotería.

Logré concentrarme: vi las arenas del desierto y el oasis; froté, conté hasta quince y apareció el genio.

¡Pero qué genio!… Estaba formidable: como de uno ochenta de estatura, ojos claros y agresivos de gato en acecho, cabello negrísimo, piel bronceada, cuello ancho, pectorales estupendos. En sus muslos firmes podía estudiarse miología: cuadríceps, sartorio y fascia lata resultaban primorosos.

—Tus deseos son órdenes —dijo con voz resonante.

Hasta entonces reaccioné; olvidé la lotería, el marido, el cuerpazo…

—Pues… verás… el que estés aquí me remite al cuento de las mil y una noches y… ahora que lo pienso… sería maravilloso que tú… que yo… las mil y una noches…

El genio me adivinó la intención. Cuando iba a entrar a la lámpara, enganche la cadenita.

Hoy… al concluir la placentera noche número ochocientas cuarenta y siete, certifico que los genios de las lámparas maravillosas —aún exhaustos— cumplen los deseos a las mil maravillas.

Queta Navagómez
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 217

Eficiencia

128 top

Clave 8, botón azul francia, no funciona.

Clave 15, botón fucsia, no funciona.

Clave 24, botón verde esmeralda, se traba y cae al piso.

Ya las claves disparadas como resorte mágico, estallan en su cerebro.

Es inútil que intente retenerlas.

Él sabe que en caso de fallas no podrá ser reparado, pero como buen robot no suelta una sola lágrima.

Susana Pericoli
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 215

Retrato de D. Juan Pacheco, Marqués de Villena y Maestre de Santiago

128 top

En la edad de mozo tuvo ese Maestre seso y autoridad de viejo. Era hombre esencial, y no curaba de apariencias ni de ceremonias infladas. Hablaba con buena gracia, y abundancia de razones, sin prolijidad de palabras. Tenía la agudeza tan viva, que a pocas razones conocía las condiciones y los fines de los hombres; y dando a cada uno esperanza de sus deseos, alcanzaba muchas veces lo que él deseaba. Tenía tan gran sufrimiento que ni palabra áspera que le dijesen le movía, ni novedad de negocio que oyese le alteraba. Era hombre que con madura deliberación determinaba lo que debía hacer, y no forzaba el tiempo, mas forzaba a sí mismo esperando tiempo para hacerlo. Tuvo algunos amigos de los que la próspera fortuna suele traer; y tuvo asimismo muchos contrarios de los que la envidia de los bienes suele criar. Perdonaba ligeramente, y era piadoso en la justicia criminal. No quiero negar que como hombre humano, no tuviese este caballero vicios como los otros hombres; pero puédese bien creer que si la flaqueza de su humanidad no los podía resistir, la fuerza de su prudencia los sabía disimular.

Fernando de Pulgar
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 213

Bredan de Kish

128 top

¿No lo han perseguido los hechiceros
que han jurado su mal bajo la luna?
J. L. Borges

Lleva 30 días huyendo por un desierto vasto e interminable. Sabe que sólo hay un sitio seguro para él en todas las comarcas del mundo, porque hasta hace treinta días era un guerrero y un verdugo, y ahora los poderes maléficos de Sarck, al perseguirlo sin descanso, lo han convertido en una víctima. El universo de la magia ha dado su veredicto y los dioses de Sarck mantienen sus pulgares hacia abajo. Él desconoce sus nombres y atributos, más tiene un vago e impreciso conocimiento de sus formas y sus rostros, y esa pequeña porción de conciencia es suficiente para alentarlo a proseguir caminando, pues sabe que ante cualquier muestra de fatiga sus perseguidores se abalanzarán sobre su cuerpo, con sus espadas curvas y sus gritos ululantes. Más no está totalmente desesperado; y a pesar de casi dos días sin probar alimento ni beber líquido alguno mantiene la esperanza. Como buen guerrero de Kish sabe que su recta espada es un arma formidable y él mismo un magnífico luchador, de los pocos sobrevivientes de la batalla del Valle de las sombras, bajo los muros de la ciudad de Dhalmar. Sus hazañas son bien conocidas en todos los reinos importantes, desde Hiperbórea hasta Crom, y su espada siempre ha estado dispuesta para la destrucción y el saqueo. Por ella brujas y hechiceros han perecido, así como monstruos innombrables, dioses idiotas y guerreros de alta estirpe que han tenido la osadía de ser insolentes ante su presencia; pero aquellos fueron otros tiempos, ahora él es la víctima, el perseguido, el acosado, el que huye sin presentar combate porque sabe que los poderes que van tras él, por haber robado las joyas milenarias del templo prohibido de Sarck, son implacables, engendros a quienes sólo satisfará su muerte, y por eso debe llegar al monte sagrado de Kord; allí los poderes maléficos y él no tendrán ninguna ventaja y sus deformes emisarios contarán únicamente con su habilidad en el combate al atacarlo, porque en Kord ninguna magia funciona, sólo la fuerza bruta y el poder silencioso de las espadas.

Ya el monte sagrado está a la vista; el cansancio y la fatiga de Bredán desaparecen; ya no camina, corre, pero también lo hacen varias sombras grotescas y enormes que reptan por la arena del desierto, intentando alcanzarlo antes de que penetre en Kord y quede protegido de cualquier maleficio.

El combate se inicia…

Gabriel Trujillo Muñoz
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 201

El más extraño de los animales prodigiosos

128 top

Dentro de esa jaula de grandes proporciones, pasta tranquilamente una rara especie. Ningún letrero lo anticipa. Algunos expertos en zoología señalan que se trata de un pegaso sin alas, otros más afirman que es un unicornio sin cuerno. La gente sencilla, que se arremolina en el lugar, prefiere decirle caballo.

René Avilés Fabila
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 205

Año nuevo

128 top
A la Vita

Estaba sola. Al pasar, en una estación del metro de París vi que daban las doce de la noche. Era muy desgraciada; por otras cosas. Las lágrimas comenzaron a correr, silenciosas.

Me miraba. Era un negro. Íbamos los dos colgados, frente a frente. Me miraba con ternura, queriéndome consolar. Extraños, sin palabras. La mirada es lo más profundo que hay. Sostuvo sus ojos fijos en lis míos hasta que las lágrimas se secaron. En la siguiente estación, bajó.

Inés Arredondo
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 197

El cambio

Se desnudaron y luego se metieron ambos en la cama e hicieron el amor…

—Me gustaría verte otra vez —dijo él mientras se vestía nuevamente.

—Ya sabes dónde encontrarme —replicó ella con un encogimiento de hombros. Él dejó unos billetes sobre el buró y antes de abandonar la habitación, advirtió:

—Te buscaré a mi regreso —y salió. Ella, con un mohín de fastidio se dijo a sí misma:

—Necesitamos un cambio; ya me estoy cansando del jueguito donde tengo que hacerla de prostituta y él de un trailero que se va de viaje…

Ricardo Fuentes Zapata
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 195

Acknowledgments

128 top
(A Martín Casillas)

Mal haría yo si en estas líneas preliminares no expresara mi gratitud eterna a todas las personas que me brindaron su valiosa ayuda para hacer posible la confección de este libro. Entre ellas debo mencionar a Cholita Trespelos, de la Universidad de Marabatillo, quien me hizo el favor de alcanzarme un diccionario que reposaba en un anaquel muy alto, y no una sino varias veces. Al psicólogo puertorriqueño Víctor P. Méndez, quien me proporcionó el dinero necesario para tomarme una taza de café una noche cuando al salir de la Public Library hacía mucho frío y yo andaba sin fondos. A Papusa Fernández, la gentil estenógrafa caribeña, quien pasó varias veces en limpio mis manuscritos. Al doctor Zigfrido Stringen, sabio alemán, quien me inició en la técnica del plagio que-no-se-nota. A juanita Seisamantes, quien me proporcionó un juego de dibujos pornográficos que no llegué a utilizar debido a puritanismo innato. Finalmente, a mi adorada esposa Betty Southampton, sin cuya amorosa paciencia y denodado estímulo, jamás hubiera podido dar cima a esta obra. Nunca olvidaré las infinitas veces en que ella ensuciara sus blancas manos al hacerse cargo de la ingrata y difícil tarea de cambiar la cinta de mi Remington portátil.

Otto-Raúl González
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 193

Percebú

128 top
Percebú es el nombre de una laguna que el mar forma diariamente entre las dos y seis de la tarde en la orilla del Desierto de los cirios, 30 leguas al sur de Fello, en el Golfo de los Sargazos. El nombre original de esta laguna fue Laura, en homenaje a una hermosa mujer de ojos verdes que, en vespertinos silencios sobre la arena dorada, leía cuentos desconocidos.

Laura fue famosa por sus vestidos naranja y verde tejidos con musgo fosforescente. Se cuenta que una mañana de primavera, llegó a Percebú un aventurero de barba entrecana, después de seguir durante días una hilera de pelícanos que avanzaban en pequeños vuelos. Al llegar adonde se posaron los pelícanos, sobre una saliente arenosa, Percebú descubrió a Laura, quien leía silenciosamente en un pequeño islote, enamorándose inmediatamente, como suele suceder. Vivieron juntos muchos años hasta que una tarde de abril ella desapareció rumbo al norte y nunca regresó y que Percebú, como un homenaje a ella, se ahogó en la laguna entre el musgo, caracoles, cangrejos y peces fosforescentes.

Roberto Castillo Uriarte
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 189

Buscando la fe

De niño pedía a Dios convertirse pronto en adulto para disfrutar las delicias de una amante y de las películas prohibidas. De adulto rogaba a Dios vida eterna para la potencia sexual suya y de sus amantes. De anciano suplicaba a Dios volver a vivir una infancia llena de juegos y travesuras. Pero Dios, misericordiosamente, le concedió una tumba.

Sergio Figueroa
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 183

Parejas

128 top
Un hombre y una mujer se encuentran, se dan las manos, los cuerpos, las almas, y bailan.

Uno es en el otro y comulgan. Juntos son uno y, sin embargo, más de dos.

Aquello que los unió será lo mismo que los separe.

Se amurallan, se arman, se desgarran, se devoran, se abandonan.
Deshabitados, se pudren solos y ya sin vida. Se acompañan hasta que la muerte los separe.

Rafael Arenales
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 179

Sobre el tiempo

128 top
Kepler (Mysterium cosmographicum, 1586), fue terminante: lo curvo ha de representarnos a Dios. Esta afirmación, contenida en el capítulo II, es posible que haya quitado el sueño, cien años después, al mismo Newton, cuando éste explicaba el concepto absoluto del tiempo en su Philosophiae naturalis principia mathematica (1687): el tiempo fluye uniformemente sin relación con nada externo. Leibniz negó esta connotación por creerla excesivamente metafísica. Habrá que llegar al relativismo de Einstein para poder hablar de la curvatura del tiempo, algo así (argumento contrario sensu) como una aproximación a la idea de lo curvo expresada por Kepler.

Mucho antes, sin embargo, en The magician (1530), libro sin autor conocido, se cuenta una leyenda del siglo VI, vinculada a los conceptos de tiempo y curvatura. Nos describe la vida de un mago que juega con la cuarta dimensión sin tener conciencia de sus límites. Se ubica en cualquiera de las “dimensiones”, hacia arriba o hacia abajo, hacia el futuro o el pasado. Pero un día “pierde la receta” (acaso su lucidez mental) y queda inmerso en una zona curva del Tiempo, de la que nunca más regresará a su mundo cotidiano. Cuando lo van a buscar, lo hayan sentado en el suelo, de espaldas a un muro, con una sonrisa aterradora, siniestra. El mago ya está muerto, “perdido en el tiempo”, como dice el exégeta.

Juan Jacobo Bajarlía
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 163

Ojos que se ven llover

Esta vez el espejo no reflejó mi imagen cuando intentaba rasurarme. Mi primera reacción fue de terror, pero me consolé pensando que todo era un sueño. La noche había estado saturada de vino y música, los cuates me insistían en que me quedara, pero la labor en mi trabajo no permite ninguna falta de responsabilidad.

Volví a la cama y me vi ahí tendido, en la misma posición que duermo siempre. Todo es un sueño, me dije de nuevo. Intrigado me acerqué al cuerpo, a mi cuerpo. Le di algunas palmadas en las mejillas, lo sacudí por los hombros. Nada. Quería despertarme para que acabara esta maldita pesadilla.

Al intentar cargar el cuerpo me di cuenta que estaba muy débil. Lo arrastré por los hombros hasta el baño, lo acomodé en la tina. Con mucho cuidado abrí a regadera. El agua fría no lo hizo reaccionar. Le pude un espejo en la nariz, ningún rastro de vida. Estaba muerto. Mi angustia crecía por esta broma absurda. Quizás yo había quedado prisionero en mi propio sueño de moribundo. Lloré.

Volví a colocar mi cuerpo en la cama y con toalla lo sequé lentamente. Tomé el teléfono y pedí una ambulancia para que recogieran lo que quedaba de mí. Me acerqué a la ventana, afuera la lluvia empapaba la ciudad. Sentí deseos de caminar bajo el agua. Me vestí con gabardina y sombrero, ya nada me detenía aquí.

Antes de salir, me vi de nuevo, ahí tendido, sin vida. Lloré. Lloré mucho por mí, por mi vida, por mi muerte, la familia y mi novia. Pero a pesar de todo me sentía liberado. Me había quitado un gran peso de encima.

Sergio Figueroa
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 157

La hora del té

128 top
No encontré una bandeja apropiada en la cocina. Por eso saqué todo poco a poco: la tetera, las tazas, el azúcar, limones, galleticas dulces, y lo fui colocando con cuidado sobre el cristal grueso y limpio de la nueva mesa, en la terraza. Una mesa blanca, de hierro, a la sombra de la tarde, en la brisa que a esa hora sopla del mar.
Al fin teníamos una mesa en la terraza, para tomar el té, para comer en las noches de calor, para escribir por las mañanas, a la sombra.
Llamé a mi esposa que dormía, y le dije: vamos, ya está el té servido. Salió a la terraza medio dormida y se asustó terriblemente cuando vio aquello: ¡Oh, si el cristal no lo han traído todavía!
Y aún sin terminar la frase, todo se cayó al piso y se rompió con estrépito.

Pedro Juan Gutiérrez
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 147

Sueños de grandeza

Pudo ser un soberbio Manolete, o un extravagante Van Gogh, o un generoso Rockefeller, un excelso Rubinstein, un heroico Martin Luther King; quizás hasta un guapísimo Clark Gable. Cuando menos un poderoso Escobar en el cartel de Medellín, pero se conformó con ser el mediocre padre de mis nietos.

Noelia Cigarroa Dávila
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 135