Historia del joven celoso

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Había una vez un hombre joven que estaba muy celoso de una joven muchacha bastante voluble.

Un día le dijo: “Tus ojos miran a todo el mundo”. Entonces, le arrancó los ojos.

Después le dijo: “Con tus manos puedes hacer gestos de invitación” Y le cortó las manos.

“Todavía puede hablar con otros”, pensó. Y le extirpó la lengua.
Luego, para impedirle sonreír a los eventuales admiradores, le arrancó todos los dientes.

Por último, le cortó las piernas. “De este modo”, se dijo, “estaré más tranquilo”.

Solamente entonces pudo dejar sin vigilancia a la joven muchacha que amaba. “Ella es fea”, pensaba, “pero al menos, será mía hasta la muerte”.

Un día volvió a la casa y no encontró a la joven muchacha: ella había desaparecido, raptada por un exhibidor de fenómenos.

Henri Pierre Cami
No. 30, Mayo 1968
Tomo V – Año V
Pág. 552

Henri Pierre Cami
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 53

Suicidio

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Hay muchos modos de suicidarse. El que yo propongo es el siguiente: suicídese usted mediante el único método del suicidio filosófico.

—¿Y es?

—Esperando que le llegue la muerte. Desinterésese un instante, olvídese de su persona, dese por muerto, considérense como cosa transitoria llamada necesariamente a extinguirse. En cuanto logre usted posesionarse de este estado de ánimo, todas las cosas que le afectan pasarán a la categoría de ilusiones intrascendentes, y usted deseará continuar sus experiencias de la vida por una mera curiosidad intelectual, seguro como está de que la liberación lo espera. Entonces, con gran sorpresa suya, comenzará usted a sentir que la vida le divierte en sí misma, fuera de usted y de sus intereses y sus exigencias personales. Y como habrá usted hecho en su interior, tabla rasa, cuando le acontezca le parecerá ganancia y un bien con el que usted ya no contaba. Al cabo de unos cuantos días, el mundo le sonreirá de tal suerte que ya no deseará usted morir, y entonces su problema será el contrario.

Alfonso Reyes
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 51

La naturaleza humana

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I

Los azotes físicos y las calamidades de la naturaleza humana hicieron necesaria la sociedad. La sociedad se agregó a los desastres de la naturaleza. Los inconvenientes de la sociedad hicieron necesario el gobierno, y el gobierno se agregó a los desastres de la sociedad. Esta es la historia de la naturaleza humana.

II

Cuando se considera que el producto del trabajo y de la inteligencia de treinta o cuarenta siglos ha servido para entregar trescientos millones de hombres repartidos sobre el planeta a una treintena de déspotas, en su mayoría ignorantes e imbéciles, cada uno de ellos gobernado por tres o cuatro pervertidos, algunas veces estúpidos, ¿Qué pensar de la humanidad, y qué esperar de ella para el porvenir?

Chamfort
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 45

De espaldas hacia el frente

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Las personas razonables siempre ven las cosas en la misma forma —le dijo un día el Khan de Samarkanda a Nasrudín.

—Ese es justamente el problema de la gente “razonable” —respondió Nasrudín—; entre ellos hay quienes siempre ven una sola cosa, cuando hay en potencia dos posibilidades.

El Khan llamó a los adivinos y filósofos para que le explicaran, pero ellos creyeron que Nasrudín pasó por el pueblo sobre un burro, montándolo de espaldas, de manera que su cara miraba hacia la cola.

Cuando llegó al palacio adonde el Khan estaba sentado con sus consejeros, Nasrudín dijo:

—Alteza, por favor, pregunte a esta gente lo que acaban de ver.

Cuando el Khan les preguntó, todos dijeron:

—Un hombre que va montado en un burro con las espaldas hacia el frente.

—Ese es exactamente mi punto —dijo Nasrudín—. El problema de todos ellos es que no notaron que quizá era yo el que estaba bien y el burro el que estaba al revés.

Idries Shah
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 37

La viuda fiel

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Una viuda que lloraba ante la tumba de su marido fue abordada por un Apuesto Caballero quien le aseguró de la manera más respetuosa que, desde hacía mucho tiempo, le inspiraba ella los sentimientos más delicados.

—¡Miserable! —exclamó la Viuda—. ¡Váyase ahora mismo! ¿Es esta una ocasión para hablar de amor?

—Le aseguro, señora, que no era mi intención descubrir mis sentimientos —explicó humildemente el Apuesto Caballero—, pero el poder de su belleza venció mi discreción.

—Debería verme cuando no estoy llorando —dijo la viuda.

Ambose Bierce
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 35

Un sueño

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En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y tiene la forma de círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

Jorge Luis Borges
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 33

El grito atrapado

Doña Amelia había sufrido su cuota en la vida. Como a todos los mortales, por cada sufrimiento que se callaba o que enfrentaba con entereza y a solas, un grito se le formaba poco a poco dentro de ella, grito que iba quedando atrapado. Con la vida, muchos fueron los gritos que, agazapados adentro, empezaron a entrelazarse hasta que se volvieron uno.

Sin embargo, había momentos felices y ahora su vida giraba en torno al amado. Fue al descubrir su traición que el grito ganó la batalla. Se enroscó fieramente en sus vísceras y el dolor fue tan intenso, que terminó aniquilando su corazón. Al momento de su muerte, el monstruoso grito abandonó su cuerpo y salió de su boca como una enorme serpiente negra y fluorescente. Las paredes del cuarto se estremecieron y el grito, al fin liberado, se perdió, culebreando en el espacio.

El que ella había amado, sólo sonrió. Rodeando con displicencia los hombros de su nuevo amor, le dijo:

—Ella fue siempre extraña, creo que estaba un poco loca.

Y se fueron caminando juntos por la ancha avenida.

Ana Gallegos
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 31

Inventos

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La estampilla a contrapelo, para quien responda las cartas con demasiado retraso: basta con pegarla al sobre para que la contestación llegue a destino tres semanas antes de enviada.

El puente alto, tan alto que al pasar un bote por debajo de él, hay que ponerse de pie para poder agacharse.

La peluca horripilada, o sea con los pelos parados, para los lectores calvos de historias de fantasmas.

El automóvil Stoopnagle (nada mejor para esta época de crisis petroleras): no usa gasolina, pero tiene las ruedas traseras mucho más grandes que las delanteras para rodar siempre cuesta abajo. (A la pregunta: “Que sucede cuando en una pendiente el auto queda en posición horizontal”, el autor promete responder en otro libro titulado “Por qué la gente hace preguntas idiotas”.)

La manguera de dos puntas, para ahorrar tiempo al regar el jardín, ya que el agua llega a dos sitios a la vez.

F. Chase Taylor
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 23

El perro y el médico

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Un perro que vio a un médico asistir al entierro de un adinerado paciente dijo:

—¿Cuándo espera desenterrarlo?

—¿Por qué habría de desenterrarlo? —preguntó el médico.

—Cuando entierro un hueso —dijo el perro—, es con la intención de destaparlo más tarde y roerlo.

—Los huesos que yo entierro —dijo el médico— son los que ya no puedo roer.

Ambose Bierce
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 17

El hombre y el cuervo

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Encontrar otro mundo no es únicamente un hecho imaginario. Puede ocurrirle a los hombres. Y también a los animales. A veces las fronteras se deslizan o se confunden: basta con estar allí en aquel momento. Yo presencié cómo le ocurría esto a un cuervo. Este cuervo es vecino mío. Jamás le he hecho el menor daño, pero tiene buen cuidado en mantenerse en la copa de los árboles, volar alto y evitar la humanidad. Su mundo empieza donde se detiene mi débil vista. Ahora bien, una mañana, nuestros campos se hallaban sumidos en una niebla extraordinariamente espesa, y yo caminaba a tientas hacia la estación. Bruscamente, aparecieron a la altura de mis ojos dos alas negras y enormes, precedidas de un pico gigantesco, y todo se alejó como una exhalación y con un grito de terror como espero no volver a oír otro en mi vida. Este grito me obsesionó toda la tarde. Llegué hasta el punto de mirarme al espejo, preguntándome qué habría en mí de espantoso.

Por fin comprendí. La frontera entre nuestros dos mundos se había borrado a causa de la neblina. El cuervo, que se imaginaba volar a su altura acostumbrada, vio de pronto un espectáculo sobrecogedor, contrario para él a las leyes de la Naturaleza. Había visto a un hombre que andaba por los aires, en el corazón mismo del mundo de los cuervos. Había presenciado una manifestación de la rareza más absoluta que puede concebir un cuervo: un hombre volador.

Ahora, cuando me ve desde arriba, lanza unos pequeños gritos, y yo descubro en ellos la incertidumbre de un espíritu cuto universo se ha desquiciado. Ya no es, ya no volverá a ser jamás como los otros cuervos.

Loren Eiseley
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 12

Parábola

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El discípulo hace llegar al sabio que vive perdido en el bosque una petición para ir a verlo. Y el sabio le responde: “Claro, venga… venga a verme”. Sólo que el camino es muy largo. Sin embargo, el discípulo sale. El camino está constantemente sembrado de obstáculos y, seguramente, es el maestro el que los coloca. Pero el discípulo llega al final, supera todos los obstáculos y se presenta ante el maestro; entonces, ambos se encuentran como iguales, como pares. Porque lo que importa, en definitiva, no es el maestro sino el camino.

Henry Miller
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 5

Los críticos

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Minerva lo vio bañarse a Antinoo, y quedó tan prendada de su belleza que, armada como suele estar, bajo del Olimpo para seducurlo, y tuvo la desdicha de que el hermoso mortal, no bien la vio, se convirtió en piedra. Subió inmediatamente a pedirle a Júpiter que lo restituyera; pero antes de que esto sucediera, un Escultor y un Crítico pasaron por allí.

—Este Apolo no me gusta —dijo el Escultor—: tiene el torso demasiado estrecho, y un brazo es más corto que el otro. La posición tampoco es natural, y me atrevo a decir inverosímil. ¡Ah! querido amigo, tendrá que ver mi estatua de Antinoo.

—A mi juicio —dijo el Crítico—, la figura es tolerablemente buena, aunque más bien etrusca, pero la expresión es sin duda toscana, y por lo tanto no responde a la realidad natural. A propósito ¿leyó usted mi obra sobre “La falacia de lo aparente en el arte”?

Ambose Bierce
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 3