Indeciso

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Cuando sopla el viento dulcemente sobre el mar glauco, mi espíritu tímido me tienta: la tierra no me atrae; pero cuando el blanco mar retumba, cuando la onda marina se encorva espumeante, cuando se agitan las olas sin número, vuelvo los ojos hacia la tierra y los árboles, y rehuyó el mar; la tierra me parece más segura, y me place la espesa selva donde el soplo del viento hace cantar a los pinos. En verdad que el pescador lleva una vida dura; una nave es su casa, su trabajo está en el mar, y los peces son presa engañosa. Yo disfruto del dulce sueño bajo el plátano frondoso, y me gusta escuchar el cercano murmullo del manantial que, sin asustar mi oído, lo alegra con su humor.

Mosco
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 91

Mago Celta

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Soy un milagro cuyo origen se desconoce. Estuve en el arca con Noé y Alfa; presencié la destrucción de Sodoma y Gomorra. Estuve en África antes de la fundación de Roma, y vengo ahora a los despojos de Troya. Estuve con mi señor junto al pesebre del asno; fortalecí a Moisés con las aguas del Jordán. Llegué al firmamento con María Magdalena; pasé hambre por el Hijo de la Virgen; obtuve la musa del caldero de los Keridwas. Fui un bardo arpista de Lleon en Llochlyn. Estuve en la banca en la corte de Kynvelyn, encadenado durante días. Fui un maestro para todo el mundo y estaré hasta el Día del Juicio sobre la faz de la tierra…

Taliesin
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 97

Origen del alma

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Como decía Hippasos, el pitagórico acousmático era el instrumento inteligente de Dios, del Dios que había creado el mundo, el alma, unidad de la unidad de lo múltiple, expresión y principio de toda medida, de todo ritmo, de toda armonía, constituía la vida del universo y al mismo tiempo, el ritmo, la medida, la armonía de la vida universal. De esta alma del Mundo venían las almas particulares de los seres vivos.

Juan B. Bergua
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 86

Inferno V

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En las altas horas de la noche, desperté de pronto a la orilla de un abismo anormal. Al borde de mi cama, una falla geológica cortada en piedra sombría se desplomó en semicírculos, desdibujada por un tenue vapor nauseabundo y un revuelo de aves oscuras. De pie, sobre su cornisa de escorias, casi suspendido en el vértigo, un personaje irrisorio y coronado de laurel, me tendió la mano invitándome a bajar.

Yo rehusé amablemente invadido por el terror nocturno, diciendo que todas las expediciones, hombre adentro, acaban siempre en superficial y vana palabrería.

Preferí encender la luz y me dejé caer otra vez en la profunda monotonía de los tercetos, allí donde una voz que habla y llora al mismo tiempo, me repite que no hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz de la miseria.

Recordado por Jorge Luis Borges
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 76

Triunfo social

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El criado me entregó el sobretodo y el sombrero y, como en un halo íntima complacencia, salí a la noche.

“Una deliciosa velada –pensé—, la gente más agradable. Lo que dije sobre las finanzas y la filosofía los impresionó; y cómo se rieron cuando imité el gruñido del cerdo.”. Pero poco después: “Dios mío, es horrible –murmuré—. Quisiera estar muerto.”

Logan Pearsall Smith
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 66

Secreto

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El hombre que renuncia a la omnipotencia y canta su dolor, experimenta una felicidad espiritual que está unida a un duelo profundo. Su lamento por la pérdida irremplazable que él mismo se ha causado, expresa el sufrimiento de toda la creación y encuentra de esta manera su consuelo. Esta nota trágica reside en todo el arte mágico. La sombra de Engidu dice a Gilgamesh lo siguiente: “Si te revelo la ley de la vida, que he mirado, te sentarás en tierra y llorarás.”

Walter Muschg
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 64

Como salvar a un nene

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La sirvienta de un arquitecto vino a informar a su patrón que un mal señor Augerau quería verlo cuanto antes.

—Le dices que espere un momento— contestó el arquitecto, pues estaba desayunando.

Media hora más tarde, el arquitecto recibió al señor Augerau. Este le pidió el plano de un edificio que había construido tres años antes.

— Señor –le preguntó el arquitecto—; ¿puedo saber para qué quiere el plano?

El Augerau le explicó que su hijo, de tres meses de edad, había caído por el recogedor  de basura y que el plano le sería muy útil para horadar en el sitio donde se suponía que el bebé podía haberse detenido, y así rescatarlo.

El arquitecto preguntó por qué no había llamado a la patrulla. El señor Augerau le dijo que les había enviado un mensaje, y que contestaron cuatro días más tarde aconsejándole que se dirigiera al dueño del edificio, pero éste indicó que no podía hacerse nada sin el plano de la casa, y por esa razón se había permitido escribirle pidiéndole una cita. Añadió que se había adelantado antes de obtenerla, en vista de lo urgente de la situación.

—En efecto –dijo el arquitecto—, es muy urgente, y es seguro que el bebé tendrá hambre.

— ¿Hambre? No lo creo –afirmó el señor Augerau, pues le hemos hecho llegar varios litros de leche pasteurizada. Algo habrá tomado para aguantar hasta la llegada de los albañiles.

—¿No cree que el niño pueda haberse herido en su caída? Se interesó el arquitecto.

—Los periódicos dicen que no —contestó el señor Auguerau

—En tal caso, no hay que preocuparse –decidió el arquitecto—. Yo también soy padre de familia, y precisamente debo llevar a mi mujer y a mis hijos al campo. Sólo estaré con ellos un día y regresaré el miércoles. Mientras, diré que busquen el plano del edificio, y el jueves podrá llamar por teléfono a mi secretario. Es lo mejor que podemos hacer.

El señor Augerau dio las gracias y se fue mucho más tranquilo.

 
Jorge Luis Borges
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 60

El robo

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El sueño en si tuvo poco de singular, desde luego, que le robaban unos prismáticos, el traje de jugar golf y la boquilla de ámbar. Lo que sí ofrece ya cierto interés es que al recorrer la casa, a la mañana siguiente, pudo comprobar con desconsuelo que en efecto se los habían robado

Francisco Tario en TAPPIOCA INN
No. 14, Año 1965
Tomo III – Año II
Pág. 64

La tortura de Satanás

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Cuando al fin pude llegar a la alcoba de Satanás, me sorprendí. Las paredes lucían algo como una pana roja, y los bordados de oro eran frecuentes y hasta aburridores. La cama tenía un colchón sin duda mullido, y las sábanas estaban tan almidonadas que no me dejaron ver ninguna de las formas de una mujer de cara perfecta. Pese al resplandor rojizo que se filtraba por las ventanas, allí nadie sudaba ni sentía necesidad de ventiladores o de bebidas refrescantes. Satanás era rubio, casi albino y hermoso.

—Pero, ¿no sufrís? – protesté sin temor, porque yo no tengo nada que temer. Se incorporó, abandonó su cigarrillo en un cenicero y me dijo que sí, que sufría. Al rato se fue si un apuro, dueño de su tiempo.

Decidí preguntarle a la mujer.

Ella permaneció de espaldas, se desperezó, me mostró una axila entalcada que parecía una telaraña, y cuando ya creía que se había quedado dormida, me respondió:

—Nada… Tener que ser Satanás

Tomás de Mattos
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 53

Contra adúlteros

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Que si una mujer, muy pagada de su familia y de sus cualidades, es infiel a su esposo, el rey la haga devorar por los perros en un lugar muy frecuentado. Que condene a su cómplice, el adúltero, a ser quemado en un lecho de hierro, calentado al rojo, y que los ejecutores alimenten sin cesar con leña, hasta se queme el perverso.

SIN AUTOR en LEYES DE MANU
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 42

Enigmas interiores

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Vivimos en un mundo en que todo debe ser explicado. El tribunal interroga y la policía, mal organizada, observa desde afuera nuestros enigmas interiores. En Giorgio de Chirico, los accesorios, los muros, las arcadas, las sombras, las estatuas ecuestres, las legumbres, todo es sospechoso. Imagino una pesquisa policiaca dentro de una tele suya, como si fuera en la recámara de un poeta. Sería preferible callar o dejarse guillotinar. En mi recámara, el menor objeto es un testigo que declara en mi contra.

Jean Cocteau
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 40

La divina ecuación

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Fue un trabajo abrumador, para dejarlo sin aliento.

Diez años estuvo metido en la biblioteca, sin salir, llenando hoja tras hoja, volviéndolas a leer, viajando por el prodigioso mundo de matemáticas que creaba lentamente.

Al llegar al décimo año, vio perfilarse la silueta del resultado. La última ecuación. La perfecta solución La prueba matemática de la existencia de Dios.

Tuvo que contar con numerosos factores, edificar un modelo exacto y teórico del universo, reunir un millón de coordenadas, atarlas todas en apretados manojos, quemar todo y pesar sus cenizas. Pero ahora conocía la última ecuación, escribía, la demostraba. Sencilla como era, cubría un millar de hojas. Trabajó veinte horas diarias. Y en tres meses de trabajo agotador, dio fin al trabajo, descubrimiento final del genio humano.

Trazó la última línea, dibujó amorosamente la última letra, la subrayó, y dudó un momento, antes de poner la palabra “fin” en mayúsculas.

Y entonces la voz todopoderosa, majestuosa y aplastante tronó de todas partes y de ninguna. Pegó un salto, asustado.

—Está bien, —le dijo la voz— me has encontrado. Ahora te toca a ti esconderte. Voy a contar un millón de años. Y no hagas trampa.

Gerard Klein
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 36

Historias verdaderas

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Alrededor de la ciudad hay trescientas sesenta y cinco fuentes de agua, otras tantas de miel, quinientas de perfumes, aunque éstas son mucho más pequeñas, siete ríos de leche y ocho de vino… Pero lo que hace más agradables los festines, es que cerca del lugar donde se efectúan hay dos fuentes, una del Placer y otra de la Risa, de las cuales beben todos los comensales al principio del banquete… Todas las mujeres son comunes y nadie tiene celos del vecino.

Luciano
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 32

El alud

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No tenía brazos, no tenía piernas; le habían arrancado los ojos y la lengua y vertido aceite hirviendo en los oídos. El tirano, durante un festín, así lo había decretado. Pero el corazón no cesó de latir, y un día que abrieron la mazmorra se lanzó escaleras abajo, como un tonel en donde hubiesen depositado todos los sufrimientos del mundo, como una rueda ensangrentada, como un tronco empujado por la tempestad, y así, rodando, rodando, atravesó la ciudad, entró en el mercado, y atropellando manzanas y ladrones, puestos de flores y mendigos, fue a detenerse a los pies del pueblo. Su sola presencia hizo que se escuchase el rugido de mil leones. Los ojos vieron, las piernas corrieron, las lenguas pronunciaron maldiciones, los brazos se agitaron las manos agarraron puñales, y la multitud, como una incontenible masa de fuego, asaltó el palacio y colocó en su trono a la libertad.

Alfredo Cardona Peña
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 28