El pañuelo

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La mitología malaya habla de un pañuelo, sansistab kalah, que se teje solo y cada año agrega una hilera de perlas finas, y cuando esté concluido ese pañuelo, será el fin del mundo.

W. W. Skeat
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 558

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El retrato

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Con el fin de tomar una posición natural ,me siento en la forma que acostumbro, alargo la pierna derecha, dejo la izquierda doblada, extiendo una mano y cierro la otra sobre mis muslos, me mantengo derecho y de medio perfil, fijo la vista en un punto y sonrío.

—¿Por qué sonríe usted? dice el fotógrafo.

—¿Es que sonrío demasiado pronto?

—¿Quién le ha pedido a usted que sonría?

—Le ahorro a usted pedírmelo. Sé las costumbres. No es la primera vez que me retrato. No soy ya un niño a quien se dice: “Mira el pajarito”. Sonrío solo, anticipadamente, y puedo sonreír así durante mucho tiempo. No me fatiga.

—Señor mío, dice el fotógrafo, lo que usted desea ¿es un verdadero retrato o una imagen impersonal y vaga de la cual los aduladores no podrán más que decir cortésmente “Sí, hay algo”?

—Quiero una fotografía, dije, en la que haya de todo, que sea parecida, viva, expresiva, que esté casi hablando, gritando, saliéndose del marco, etcétera, etc.

—Quienquiera que sea usted, me dijo entonces el fotógrafo, cese de sonreír. El más feliz de los hombres prefiere hacer una mueca. Hace muecas cuando sufre, cuando se aburre, y cuando trabaja. Hace muecas de amor, de odio y de alegría. Sin duda usted sonríe a veces a los extraños y otras al espejo cuando está usted seguro que nadie le ve. Pero sus parientes y sus amigos no conocen de usted más que un rostro malhumorado y si tiene usted interés en ofrecerles un retrato que yo pueda garantizar, créame usted, haga usted una mueca.

 

Jules Renard
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 556

La conclusión

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Cierto día Chuang Tzu y Hui Tzu paseaban por el puente del río Hao. Chuang Tzu dijo: “Mira cómo saltan los pececillos aquí y allá, donde quieren. ¡Esto es lo que más agrada a los peces!” Hui Tzu dijo: “¿Acaso eres un pez? ¿Cómo sabes qué agrada a un pez?” Chuang Tzu dijo: “Tú tampoco eres yo mismo. ¿Cómo sabes que yo no sé qué agrada a los peces?” Hui Tzu dijo: “Puesto que yo no soy tu y por tanto no puedo saber si tú lo sabes, también tú, puesto que no eres pez, no puedes saber qué agrada a los peces. Mi argumento aún conserva toda su validez”. Chuang Tzu dijo: “Volvamos al punto de partida. Me preguntaste cómo sabía qué agradaba a los peces. Pero cuando me lo preguntaste, tú ya sabías que yo lo sabía. Tú sabías que yo lo sabía por el hecho de estar aquí, en el puente Hao. Todo conocimiento pertenece a este tipo. No puede explicarse con ayuda de ninguna argumentación”.

Roop Kattnak
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 554

Cuento

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Se cuenta de Voltaire que una noche se alojó, con algunos compañeros de viaje, en una posada del camino. Después de cenar, empezaron a contar historias de ladrones. Cuando le llegó el turno a Voltaire, dijo:

—Hubo una vez un Recaudador General de Impuestos —y se calló.

Como los demás lo alentaran a proseguir, añadió:

—Ese es el cuento.

Ambrose Bierce
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 549

El veredicto

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La mujer del fotógrafo era joven y muy bonita. Yo había ido en busca de mis fotos de pasaporte, pero ella no me lo quería creer.

—No, usted es el cobrador del alquiler, ¿verdad?

—No, señora, soy un cliente. Llame usted a su esposo y se convencerá.

—Mi esposo no está aquí. Estoy enteramente sola por toda la tarde. Usted viene por el alquiler, ¿verdad?

Su pregunta se volvía un poco angustiosa. Comprendí y comprendí su angustia: una vez dispuesta al sacrificio, prefería que todo sucediera con una persona presentable y afable.

—¿Verdad que usted es el cobrador?

—Sí —le dije resuelto a todo—, pero hablaremos hoy de otra cosa.

Me pareció lo más piadoso. Con todo, no quise dejarla engañada, y al despedirme, le dije:

—Mira, yo no soy el cobrador. Pero aquí está el precio de la renta, para que no tengas que sufrir en manos de la casualidad.

Se lo conté después a un amigo que me juzgó muy mal:

—¡Qué fraude! Vas a condenarte por eso.

Pero el Diablo, que nos oía, dijo:

—No, se salvará.

 

Alfonso Reyes, en BRIZNAS
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 546

Los ciervos celestiales

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El Tzu Puh Yu refiere que en profundidad de las minas viven los ciervos celestiales. Estos animales fantásticos quieren salir a la superficie y para ello buscan vetas de metales preciosos; cuando el ardid fracasa, los ciervos hostigan a los mineros y estos acaban por reducirlos, emparedándolos en las galerías y fijándolos con arcilla. A veces los ciervos son más y entonces torturan a los mineros y les acarrean la muerte.
Los ciervos que logran emerger a la luz del día se convierten en un líquido, que difunde la pestilencia.

G. Willoughby Meade
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 540

Mujeres

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Siempre me descubro reverente la paso de las mujeres elefantas, maternales, castísimas, perfectas.

Sé del sortilegio de las mujeres reptiles —los labios fríos, los ojos zarcos— que nos miran sin curiosidad ni comprensión desde otra especie zoológica.

Convulso, no recuerdo si de espanto o de atracción, he conocido un raro ejemplar de mujeres tarántulas. Por misteriosa adivinación de su verdadera naturaleza vestía siempre de terciopelo negro. Tenía las pestañas largas y pesadas, y sus ojillos de bestezuela cándida me miraban con simpatía casi humana.

Las mujeres asnas son la perdición de los hombres superiores. Y los cenobitas secretamente piden que el diablo no revista tan terrible apariencia en la hora mortecina de las tentaciones.

Y tú, a quien las acompasadas dichas del matrimonio han metamorfoseado en lucia vaca que rumia deberes y faenas, y que miras con tus grandes ojos el amanerado paisaje donde paces, cesa de mugir amenazadora al incauto que se acerca a tu vida, no como el tábano de la fábula antigua, sino llevado por veleidades de naturalista curioso.

Julio Torri
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 538

No es lo mismo

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Leído en Raymond, del anglosajón Sir Lodge: “Algunos difuntos, poco repuestos de las costumbres de la tierra, solicitan, al ingresar en el cielo, whiskey escocés y cigarros de hoja. Listos a toda eventualidad, los laboratorios del cielo afrontan el pedido. Los bienaventurados degustan esos productos y no vuelven a pedir más.

Jules Dubose
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 536

Caída del cielo

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50. En el año postrero en que fue sol Chalchiuhtlicue, como está dicho, llovió tanta agua y en tanta abundancia, que se cayeron los cielos, y las aguas se llevaron a todos los macehuales que iban, y de ellos se hicieron todos los géneros de pescados que hay. Y así cesaron de haber macehuales, y el cielo cesó, porque cayó sobre la tierra.

51. Vista por los cuatro dioses la caída del cielo sobre la tierra, la cual fue el año primero de los cuatro, después que cesó el sol, y llovió mucho —el cual año era tochtli—, ordenaron todos los cuatro de hacer por el centro de la tierra cuatro caminos, para entrar por ellos y alzar el cielo.

52. Y para que los ayudasen, criaron cuatro hombres: al uno dijeron Cuatemoc, y al otro Itzcóatl, y al otro, Itzmali (t. v. Izcalli), y al otro Tenexuchitl.

53. Y criados estos cuatro hombres , los dos dioses, Tezcatlipuca y Quetzalcóatl, se hicieron árboles grandes. Tezcatlipuca, en un árbol que dicen tezcahuahuitl , que quiere decir “árbol de espejos”, y el Quetzalcóatl en un árbol que dicen quetzalhuexotl. Y con los hombres y con los árboles y dioses alzaron el cielo con las estrellas como agora está.

54. Y por lo saber ansí alzado, Tonacatecutli, su padre, los hizo señores del cielo y las estrellas.

55. Y porque, alzado el cielo, iban por él Tezcatlipuca y Quetzalcóatl, hicieron el camino que parece en el cielo, en el cual se encontraron y están, después acá, en él y con su asiento en él.

 

Ángel Ma. Garibay K. en Teogonía e Historia de los Mexicanos
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 534

Confundido

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Se dice que existió un brahamán temeroso del pecado. Una vez Dios le sonrió de improviso y le preguntó: “Dime, ¿qué puedo darle?”. El brahamán se sintió tan confundido ante la súbita gracia que dijo a Dios: “¡Oh Benefactor!”, no puedo pensar en nada. Lo meditaré y te responderé mañana. Debo consultar a mi mujer. Debo consultar a mis mayores”. Dios dijo: “Esta bien”. Al día siguiente, el brahamán se cansó de esperar. El Dios que le hacía sonreído no volvió a aparecer jamás”.

Roop Katthak
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 532

Tu nahual

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Niña, niñita mía, cabeza de tepeguaje, collar de alondras, piedrita fina, corazón de teyolote, ojos de vidrio extraño, desorejadita, sangre de machihuis, chuparrosa: si me haces mi atole de sagú y haces todos los días la acarreada de agua, si me rameas en el temazcal, si persogas a las mulas, si me bañas a jicaradas de aguatibia, si descorucas a las gallinas y apancleas los surcos y ves de revezar a los bueyes, le digo a tu nahual: anda, vete, vete y hasta mañana. Pero si no, mi hijita, con los tanganitos de los dedos te doy en la cholla un coscorrón. Con una reata de tostalía te doy una reatiza. Con una vara de membrillo o con un cuero crudío te depellejo las guinguingas mas que te raje la pelleja. Y lo más de todo, recuérdate, lo más de todo, te llevo a ver tu nahual: ay, pobre de mihijita, pobre espumilla del agua, manzanita pachichi, cocol del viento, caracol de lágrimas: qué susta te vas llevar. Porque tu nahual es un perro. Tu nahual es un huehuenche con cabeza de iscatón. Tu nahual es un cacomiztle. Tu nahual es un tacuán. Tu nahual es un chichime. Tui nahual es un cencuate. Cuídate de su cardillo, cuídate de su aventazón, cuídate de su voz. Que no te malmire. Que no te sople. Que no te sonsaque ese triste de tu nahual, ese lépero, chencha, malo, flojo, chuanacate de tu nahual. Así que pórtate bien, que mejor que ver tu nahual es ver volar a las güilotas cejagosas y ver nadar a los patos zambullidores tantas veces como años tiene el tiempo, o como truecos tiene mi corazón para que tú te escondas, niña, niñita mía, colibrí de las cometas, mariposita del agua.

Fernando del Paso, en JOSÉ TRIGO
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 530

Otras almas

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Esto hace surgir la pregunta de si hay vida espiritual en todas partes del universo. No creo que precisemos creer, como Fechner, que cada cuerpo celeste tenga un alma en su propiedad. Preferiría ser un adorador de estrellas antes de creer como Hegel que los rutilantes firmamentos no tengan más significado que un simple sarpullido en el cielo o un enjambre de moscas. Tiene que haber, sin lugar a dudas, un inmenso número de almas en el universo y algunas de ellas incluso, más próximas a la divinidad.

William Ralph Inge
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 526

Fin

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El profesor Jones trabajó en la teoría del tiempo, durante muchos años.

—Y he encontrado la ecuación clave —informó a su hija, un día—. El tiempo es un campo. Esta máquina que he hecho puede manipular, e incluso invertir, ese campo.

Oprimiendo un botón al hablar, prosiguió:

—Esto debe hacer correr el tiempo hacía tiempo el correr debe esto.

Prosiguió, hablar al botón un oprimiendo.

—Campo ese. Invertir incluso e. manipular puede hecho de que máquina esta. Campo un es tiempo el. —día un, hija su a informó— clave ecuación la encontrado he y.

Años muchos durante, tiempo del teor+ia la en trabajo Jones profesor el.

Fredric Brown
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 525

Historias universales

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En un cosmos inconcebiblemente complejo, cada vez que una criatura se enfrentaba con diversas alternativas, no elegía una sino todas, creando de este modo muchas historias universales del cosmos. Ya que en este mundo había muchas criaturas y que cada una de ellas estaba continuamente ante muchas alternativas, las combinaciones de esos procesos eran innumerables y a cada instante ese universo se ramificaba infinitamente en otros universos, y estos, en otros a su vez.

Olaf Stapledon
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 522

Aprendizaje

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Durante las últimas tres semanas de marcha había aprendido otra verdad nueva y consoladora: que no hay nada en el mundo que sea terrible. Había aprendido que, del mismo modo en que no existen condiciones en que el hombre pueda ser feliz y eternamente libre, tampoco existen condiciones en las que tenga que ser infeliz y sin libertad. Aprendió que el sufrimiento y la libertad tienen sus límites y que esos límites están muy cerca el uno del otro: que la persona en un lecho de rosas con un pétalo arrugado sufría tan agudamente como él, que ahora dormía en la tierra húmeda con un costado helándose mientras el otro se calentaba; y que cuando se había puesto estrechas zapatillas de baile había sufrido lo mismo que ahora, cuando caminaba sobre pies descalzos cubiertos de llagas… Descubrió que cuando se había casado con su esposa —por su propia libre voluntad, según le había parecido— no había sido más libre que ahora, cuando lo encerraban en un establo por las noches.

Tolstoy, Guerra y paz, XIV: XII
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 518

A buen entendedor

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La suegra de Davidson (que está haciendo mi busto y en cuya casa almuerzo hoy), exquisita anciana de 82 años, al preguntarle yo, después de comer y a punto de encender un cigarrillo, si el humo le molesta, nos cuenta que la misma pregunta le hizo antes del 70 Bismarck, en el tren, entre París y Saint-Germain, estando los dos solos en el compartimiento. Ella le contestó en seguida:

—Señor, no puedo decírselo. Nadie hasta ahora ha fumado delante de mí.

Al parecer, Bismarck hizo inmediatamente que el tren se detuviera para cambiar de compartimiento.

André Gide, en DIARIO
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 516

El gesto de la muerte

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Un joven jardinero persa dice a su príncipe:

—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.

El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:

—Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?

—No fue un gesto de amenaza —le responde— sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.

Jean Cocteau
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 515

Los alivios

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Los nombres que se usan en castellano para el W. C. o restroom o son del todo impropios (como el baño) o son del todo abominables. Proponemos un nombre, inocuo… y evocador: “los alivios”.

—¿Adónde ha ido Fulana?

—Ahora vuelve, fue a los alivios

Alfonso Reyes
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 512

Cortes celestiales

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Su Infernal majestad Chin Kuang está a cargo del registro de la vida y de la muerte tanto de los viejos como de los jóvenes, y preside el sitio de juicio en las regiones inferiores. Su corte está situada en el gran Océano, muy lejos, más allá de la roca Wu-chiao, lejos, hacia el oeste, cerca del camino penumbroso que lleva a los Manantiales Amarillos. Cada hombre o mujer que muere en la vejez y cuyo destino es nacer de nuevo en el mundo, si sus partes de bien y de mal están igualmente balanceadas, es enviado a la Primera Corte, y de allí devuelto a la Vida, el hombre transformándose en mujer, la mujer en hombre, el rico en pobre y el pobre en rico, de acuerdo a sus diversos merecimientos. Pero aquellos cuyas obras malas sobrepasen a las buenas, son enviados a una terraza a la derecha de la Corte, llamada la Terraza del espejo del Pecado, de tres metros de alto. El espejo mide diez brazadas en circunferencia y cuelga mirando hacia el este. Sobre él hay siete caracteres escritos horizontalmente: Terraza del Espejo del Pecado Para los Hombres Malos. Allí las almas malvadas pueden ver la vileza de sus propios corazones mientras estuvieron entre los vivos, y el peligro de la muerte y del infierno… Luego son enviadas a la Segunda Corte, donde se les tortura y se les hace pasar al verdadero infierno.

Del Yü Li Ch´ao Chuan
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 501

Catástrofes

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¿Qué me pasa? Ya he hablado de cierta catástrofe cósmica que nos amenaza desde el fondo del universo (“La Catástrofe”, Ancorajes, fragmento de 1937). Pues sucede que alguna distante e ignorada catástrofe repercute en este cofrecito vibratorio del corazón. Muchas veces no sabemos qué rara inquietud nos traviesa de parte a parte, como un dolor inesperado o un malestar que llega a ser físico y corpóreo. A lo mejor es que ha reventado un cometa, que ha estallado una nebulosa, que un viento de energías etéreas se ha desatado a varios millones de años-luz, y ahora está llegando a nuestra casa, como esas nubes radiantes que no visitan. No puede extinguirse una estrella sin que lo paguemos, aún sin merecerlo. Vivimos y morimos asaetados de oscuras flechas. Hay unos arqueros en las sombras que nos tienen sitiados.

Alfonso Reyes, en BRIZNAS
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 492

Soldado William Mulcahey

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Nos arrastramos hacia el nido de ametralladoras, cada hombre con una granada en la mano y listo para lanzarla, arrastrándonos lentamente, abrazando la tierra, tratando de no hacer ondear las densas hierbas. Entonces los alemanes nos descubrieron y abrieron fuego, gritando excitados.

Nos levantamos de un salto y lanzamos nuestras granadas y corrimos hacia adelante disparando nuestros rifles, nuestras bayonetas listas para la lucha… Entonces algo me golpeó de lleno y caí de nuevo entre las hierbas. Disparos nerviosos surgieron en toda la línea. Hubo maldiciones y gritos y luego, unos minutos después, todo estaba en calma excepto Pete Staford, que se arrastraba de regreso rumbo a nuestra línea apoyado en los codos y diciendo una y otra vez “¡Mi pierna está rota! ¡Mi pierna está rota!…”

Alcé la cabeza y traté de hablar a Pete, pero el suelo se ladeó hacia arriba y luego empezó a girar como una ruleta. Me recosté nuevamente entre las hierbas. “Nunca sabré cómo acabará la guerra”, pensé. “Ya nunca sabré si los alemanes ganarán o no”.

William March: Company K
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 490