Elefante

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143-145 top
Lo cual me recuerda aquel individuo que estaba en la esquina de la calle Siete con Broadway rompiendo un papel en trocitos y arrojándolos al aire. Pasó un policía y le preguntó qué hacía. A lo cual contestó: “Pues, sencillamente, alejando a los elefantes”. Y el otro le dijo: “¡Si no hay elefantes en este barrio!” Y el fulano replicó: “¿Ve usted? Está dando resultado”.

Edna Purviance, en una carta a Charles Chaplin
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 641

Edna Purviance
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 46

Himeneo

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Cerca, había una ciudad de hermosas torres y de siete puertas de oro bien ajustadas sobre sus marcos. Disfrutaban allí los hombres con festines y danzas. En un carro bien construido conducían una joven a su marido; y por todos lados se cantaba a Himeneo; y en las manos de las servidoras el esplendor de las antorchas las precedía y las seguían coros danzantes. Unos, con sus labios delicados hacían resonar su voz armoniosa, al mismo tiempo que las flautas, y los sones se esparcían a lo lejos; otros acompañaban el coro con sus cítaras, y otros jóvenes se encantaban con la flauta, y otros se complacían en la danza y en el canto, y otros sonreían al oírlos y al verlos. Y los festines y las danzas llenaban toda la ciudad, y en torno corrían jinetes a lomos de sus caballos.

Hesiodo
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 653

Divorcio azteca

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Si acaso se vinieren a descansar (como era costumbre entre ellos en no levándose bien), hacían partición de los bienes conforme a lo que cada uno trajo, dándoles libertad para que cada uno se casase con quien quisiese, y a ella le daban las hijas y a él los hijos; mandábanles estrechamente que no se tornasen a juntar so pena de muerte, y así se guardaba con mucho rigor.

Códice Ramírez
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 654

Infernal

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Es imposible describir las caras de los réprobos, si bien es cierto que las de aquellos que pertenecen a una misma sociedad infernal son bastante parecidas. En general son espantosas y carecen de vida, como las que vemos en los cadáveres; pero algunas son negras y otras refulgen como antorchas; otras abundan en granos, en fístulas, en úlceras; muchos condenados, en vez de cara, tienen una excrecencia peluda, u ósea; de otros, sólo se ven los dientes. También los cuerpos son monstruosos. La fiereza y la crueldad de sus mentes modelan su expresión; pero cuando otros condenados los elogian, los veneran y los adoran, sus caras se componen y dulcifican por obra de la complacencia.

Debe entenderse, sin embargo, que tal es la apariencia de los réprobos vistos a la luz del cielo, pero que entre ellos se ven como hombres; pues así lo dispone la misericordia divina, para que no se vean tan aborrecibles como los ven los ángeles.

No me ha sido otorgado ver la forma universal del Infierno, pero me han dicho que de igual manera que el Cielo tiene, en conjunto, la figura del hombre, así el Infierno tiene la figura del Diablo.

Emanuel Swedenborg, en De Coelo et Inferno
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 650

Descontentadizo

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Un hombre pobre se encontró en su camino a su antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El pobre insistió en que ambos regalos eran poca cosa.

—¿Qué más deseas, pues? —le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.

—¡Quisiera tu dedo! —contestó el otro.

Feng Meng-lung
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 636

El unicornio

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El unicornio chino o k´i-lin, es uno de los cuatro animales de buen agüero; los otros son el dragón, el fénix y la tortuga. El unicornio es el primero de los animales cuadrúpedos; tiene cuerpo de ciervo, cola de buey y cascos de caballo; el cuerno que le crece en la frente está hecho de carne; el pelaje del lomo es de cinco colores entreverados; el del vientre es pardo o amarillo. No pisa el pasto verde y no hace mal a ninguna criatura. Su aparición es presagio del nacimiento de un rey virtuoso. Es de mal agüero que lo hieran o que hallen su cadáver. Mil años es el término natural de su vida.

(No se cita el autor)
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 640

Fórmula

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Triturad también una sexta parte de libra de cuerno vivo de ciervo, del que cae al comienzo del año. Así que todo esto quede mezclado en una harina muy menuda, pasadlo inmediatamente por un tamiz de mallas muy apretadas. Agregad doce cebollas de narciso sin corteza, majadas con mano vigorosa en un mortero de mármol muy limpio, y después, dos onzas de goma con harina de trigo candeal de Toscana, y otras tantas nueve partes más de miel. Toda mujer que se frote su cara con este ungüento la volverá más tersa que su espejo.

Ovidio
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 632

Aclis

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Y cerca de ellas estaba en pie Aclis, lamentable, horrible, descolorida, seca por el hambre y con rodillas duras. Eran larguísimas las uñas de sus manos; de sus narices se exhalaba un olor horrendo; y la sangre corría de sus mandíbulas hasta la tierra. Estaba en pie, rechinando los dientes, y un remolino de polvo espeso envolvía sus hombros, y este polvo estaba húmedo de lágrimas.

Hesiodo
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 586

Profano

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Hace años, viajando con un arqueólogo por el altiplano de México, encontré en el jacal de un indígena una pieza de rara belleza, que provocó en ambos una reacción muy distinta.

Ignorante como soy de las cosas del pasado… y del presente, sólo advertí lo que de modernísimo existía en aquel pedazo de arcilla, modelada con tanta elegancia por la mano del indio, y sin fijarme que estaba ante un venerable documento de la antigüedad exclamé con una frase socorrida, de profano, pero que reflejaba mi emoción ante la belleza:

—¡Que maravilla!

El arqueólogo, que como hombre de ciencia está impedido de decir palabras vanas, tomó la pieza con gesto de conocedor, le dio dos vueltas a la altura de sus ojos, y después de mirarme con una infinita piedad, exclamó:

—¡Azteca III!

Antonio Rodríguez
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 628

El creador frente a su libro

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El autor firmó la dedicatoria, escribió el sobre; aplastó, cerrando el puño, los bordes. Se sintió bien mirando el rectángulo blanco. Tachó de su cuaderno o borró o marcó sobre el margen a quien enviaba. Leyó para constatar. Todo coincidía. Sucesivamente prosiguió con otros nombres, otros sobres, otros márgenes, más libros.

Fatigado, cerró el cuaderno. Prolijo, se lavó las manos y el agua le hizo pensar que era lo más importante que había realizado esa mañana.

Ramón Plaza
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 608

La manzana de Adán

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Cuando Adán comió la manzana del Jardín del Paraíso y aprendió a crecer y multiplicarse, los demás animales aprendieron también dicho Arte contemplando a Adán. Fue astuto y hábil de su parte; pudieron aprovechar todo lo bueno que resultó de comer la manzana sin probarla ni afligirse contrayendo el desastroso Sentido Moral, padre de todas las inmoralidades.

Mark Twain en “Cartas desde la tierra”
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 607

Universo

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Soñamos viajes a través del universo: pero ¿no está el Universo dentro de nosotros? No conocemos las profundidades de nuestro espíritu. Hacia dentro va el camino misterioso. En ninguna parte sino dentro de nosotros, está la eternidad con sus mundos, el pasado y el porvenir.

Novalis
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 602

Gregario

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Un ciego estaba sentado en medio de varias personas. De pronto, todos se pusieron a reír y el ciego los imitó.

—¿Qué ha visto usted para reír de esa manera? —le preguntó alguien.

—Puesto que todos ríen, es porque con seguridad se trata de algo risible —contestó el ciego—. ¿No habrán pretendido engañarme, verdad?

(No se cita al autor)
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 598

Los generosos

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Llegó el tiempo en que se celebraba una gran fiesta, que acaecía cada cinco años. Era costumbre en Babilonia proclamar solemnemente al cabo de cinco años al ciudadano que hubiera cumplido la acción más generosa. Los grandes y los magos constituían el jurado. El primer sátrapa, a cuyo cargo estaba el cuidado de la ciudad, exponía las más hermosas acciones ocurridas bajo su gobierno. Se votaba oralmente; el rey pronunciaba el juicio. Acudía la gente para esta solemnidad desde los extremos de la tierra. El vencedor recibía de manos del monarca una copa de oro adornada de pedrerías y el rey le decía estas palabras: “Recibid este premio a la generosidad, y ojalá los dioses puedan concederme muchos súbditos que se os parezcan”.

Llegado el día memorable, el rey apareció en el trono rodeado por los grandes, los magos, y diputados de todas las naciones que venían a esta justa, donde la gloria no se adquiría por la ligereza de los caballos, ni por la fuerza del cuerpo, sino por la virtud. El primer sátrapa expuso en alta voz las acciones que podrían hacer dignos a sus autores del premio inestimable.

Presentó primero a un juez que, habiendo hecho perder un juicio considerable a un ciudadano por una equivocación de la cual no era siquiera responsable, le había entregado toda su fortuna, que cubría el valor de lo que el otro había perdido.

Presentó luego a un joven que, perdidamente enamorado de una joven con la cual se iba a casar, no sólo se la cedió a un amigo que se moría de amor por ella, sino que pagó además la dote al ceder a la niña.

Luego hizo comparecer a un soldado que en la guerra de Hircania, había dado mayor ejemplo aún de generosidad. Soldados enemigos le reptaban a su amada, y él la defendía contra ellos: vinieron a decirle que otros hircanos raptaban a su madre, a algunos pasos de allí; abandonó llorando a su amada, y corrió a liberar a su madre; volvió luego hacia aquella que amaba, y la encontró expirante. Quiso matarse, pero la madre le hizo presente que era él su único apoyo, y tuvo entonces la valentía de aguantar la vida.

Los jueces se inclinaban por el soldado. El rey tomó la palabra y dijo: “Esta acción y las de los demás son bellas; pero no me sorprenden: ayer Zadig realizó una que me ha asombrado. Habíale yo quitado mi confianza desde hacía unos días a mi ministro y favorito Coreb. Me quejaba de él con gran enojo, y todos mis cortesanos me aseguraban que era todavía excesiva mi bondad para con él; rivalizaban todos en hablarme mal de Coreb. Pregunté a Zadib su opinión, y se atrevió a hablarme bien de él. Confieso que he visto, en todas nuestras historias, algunos casos en que se haya pagado un error con una fortuna, en que se haya cedido a otro la novia, en que se haya preferido la madre a la bien amada; pero no he leído nunca que un cortesano haya hablado favorablemente de un ministro en desgracia, contra quien su soberano se halla irritado. Doy pues, veinte mil monedas de oro a cada uno de ellos cuyas generosas acciones acaban de sernos relatadas, pero otorgo la copa a Zadig.

—Sire —respondió éste—, sólo vuestra Majestad merece la copa; vos habéis cumplido la acción más inaudita, ya que, siendo rey, no os habéis enojado contra vuestro esclavo cuando éste se atrevió a contrariar la pasión que os dominaba.
Todos admiraron al rey y a Zadig.

Voltaire
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 596

Parque de diversiones

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A mí me encantan los domingos en el parque, puedo ver tantos animalitos que creo que estoy soñando o que voy a volverme loco de tanto gusto y de la alegría de ver siempre cosas tan distintas y fieras que juegan o se hacen el amor y cuidan a sus crías o están siempre a punto de hacerse daño y me divierte ver cómo comen lástima que todos huelan tan mal o mejor dicho hiedan, pues por más que hacen para tener el parque limpio, especialmente los domingos todos los animales apestan a diablos, sin embargo, creo que ellos al vernos se divierten tanto como nosotros por eso me da tanta lástima que estén allí siempre porque su vida debe ser muy tediosa haciendo siempre las mismas cosas para que los otros se rían o les haga daño y no sé cómo hay quienes llegan hasta mi jaula y dicen mira que tigre, no te da miedo, porque aunque no hubiese rejas yo no me movería de aquí ni les haría ningún daño. Pues todos saben que siempre me han dado mucha lástima.

José Emilio Pacheco.
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 591

Expiaciones

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A través de las cinco regiones de la transmigración —la existencia divina y humana, la región de los espectros, el reino animal y los infiernos— nos llevan las consecuencias de nuestras obras. A los justos, el esplendor paradisíaco los espera. Al impío los guardianes del infierno lo conducen ante el trono del rey Yama; éste le pregunta si nunca vio, durante su permanencia en la tierra, a los cinco mensajeros que envían los dioses para prevenir al hombre; las cinco personificaciones de la debilidad y del dolor humanos; el niño, el viejo, el enfermo, el criminal que expía su pena, el muerto. Por cierto los ha visto. El rey le dice: “Y cuando llegaste a la edad madura no pensaste, oh hombre, en ti mismo; no te dijiste: Yo también padezco el nacimiento, la vejez, la muerte. Quiero hacer el bien por el pensamiento, por las palabras, por los actos”. Pero el hombre responde: “No fui capaz, Señor”. Entonces el rey Yama le dice: “Esas malas obras te pertenecen; no es tu madre quien las ha hecho, ni tu padre, ni tu hermano, ni tu hermana, ni tus amigos ni consejeros, ni la gente de tu sangre, ni los ascetas, ni los brahamanes, ni los dioses. Tú hiciste esas malas obras, tú debes recoger el fruto”. Y los guardianes del infierno lo arrastran al lugar de los suplicios. Lo encadenan con fierros candentes, lo arrojan en lagos de sangre abrasadora, lo torturan sobre montañas de carbones en llamas, y no muere hasta haber expiado la última parcela de su culpa.

Devaduta-Sutta
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 589