Ubicación del Paraíso

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Contribuyó a fortalecer esta opinión y a darle mayor amplitud, el inmenso caudal de agua dulce que introducía el Orinoco en el Golfo de Paria; pues recapacitando —Cristóbal Colón— cuanto había leído, llegó a figurarse que el sitio en que estuvo el Paraíso debió ser en la eminencia que según su sistema formaba el globo terráqueo debajo del ecuador; y que de allí descendían con tal ímpetu las aguas, que formaban tan caudaloso río, uno de los cuatro que del mismo lugar salían a dividir la tierra, conforme a la exposición del sagrado texto. Por otra parte, siendo lo más probable que el Paraíso estuvo en el oriente, Paria, en su concepto, era el principio de esta región: que por la bondad de temple, frondosidad y hermosura en la tierra, igualdad en días y noches, uniformidad de los tiempos y sitio encumbrado para gozar de una atmósfera más pura y menos cargada de vapores y exhalaciones, reunía las circunstancias con que varios santos y doctores describen aquel lugar delicioso, en que colocó Dios a nuestros primeros padres.

Martín Fernández Navarrete, en Disertación sobre la historia de la náutica
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 91

Vampirismo evidente

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Yo sé que el señor de Vassimont, consejero de la cámara de los condes de Bar, enviado a Moravia por su alteza real el rey Leopoldo I, duque de Lorena, para asuntos del príncipe Carlos, su hermano, obispo de Olmuetz y de Osnabrueck, oyó cómo las gentes decían que en aquel país era cosa ordinaria y común que hombres muertos hacía algún tiempo, aparecieran en las reuniones y compartieran la mesa con personas que en vida conocieron. Y que aquel de los presentes al que el aparecido hacía un determinado signo con la cabeza, moría infaliblemente pocos días después. Admirado, quiso asegurarse, y recogió informaciones exactas de muchas personas, entre ellas de un anciano párroco, el cual aseguraba haber visto más de un caso.

Agustín Calmet, Vampirismo en Hungría
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 88

Xavier Vargas Pardo

Xavier Vargas Pardo

Xavier Vargas Pardo

¿Quién fue Xavier Vargas Pardo? Un tipo que en 1959 buscó a Gastón García Cantú en el diario Excélsior. Le llevó sus cuentos, y al historiador le parecieron buenos. Luego, el cuentista Edmundo Valadés los consideró magníficos. Finalmente, Henrique González Casanova decidió incluirlos en la Colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica en 1961. (Él era director de dicha colección.) Tales son los datos que ofrece el texto de contraportada de la reciente segunda edición de Céfero. Raúl Guerrero, el editor responsable, me ha comentado que no hay rastro alguno de Vargas Pardo en las enciclopedias y diccionarios literarios. En el FCE el título está descatalogado hace mucho tiempo. Todo parece indicar –me dice Guerrero– que los especialistas no han reparado en la existencia de este escritor michoacano. O tal vez, digo yo, sí leyeron los cuentos de Céfero y los desestimaron por juzgarlos pastiches rulfianos. Quizás eso es lo que ha ocurrido. Hay que recordar que tras la aparición en 1953 de El llano en llamas se produjo una andanada de imitaciones de los relatos de Juan Rulfo. Baste citar al respecto Cuentos del desierto, de Emma Dolujanoff, y Cañón de Juchipila, de Tomás Mojarro. “Dios mediante”, último relato de Céfero, guarda similitudes (¿o serán influencias?) asombrosas con “Diles que no me maten”, de Rulfo. Sin embargo, los cuentos de Vargas Pardo no son calcas de los cuentos de El llano en llamas. (Incluso, creo que tres o cuatro del michoacano no le piden nada a los del jalisciense, y acaso los superan.) Es una simple opinión, y sé que tendría que sustentarla mediante una lectura comparada, empeño que rebasa el margen de este trabajo. Mas intuyo que el propio Rulfo habría desdeñado los relatos de Céfero si hubiera advertido en ellos la astucia de un buen falsificador. Cuando el autor de “Luvina” leyó los cuentos de Vargas Pardo, dijo escuetamente: “Éste se las sabe todas”.

Xavier Vargas Pardo, nacido en Tingüindín en 1923 y muerto en Guadalajara en 1985, publicó en 1961 Céfero, un volumen integrado por once cuentos cuyas virtudes narrativas despliegan su máxima eficacia en el registro memorioso de la violencia y la muerte como instrumentos inexorables del destino.

El título le viene al libro del nombre del portador de la voz narrativa, Ceferino Uritzi, Céfero para los amigos, protagonista en algunos cuentos, agonista en otros, observador sagaz de lo inesperado y de lo insólito que laten en el corazón del detalle, cronista consumado y, sobre todo, testigo apasionado y ecuánime (una rara mezcla caracterológica lograda con pulso envidiable, y extendida con ingenio y perspicacia a lo largo del discurso narrativo)[1].

Carta de amor

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“Estimada Consolación:
Desde que la vi en el aguaje el martes de carnestolendas, con su cabecita llena de oropeles y papelitos colorados, desde luego me pareció tan linda cual la imagen de mi tierra Tingambato. Desde luego la quise tanto, como que no hay otra tan buena p’al asunto y agarbada como agora su mercé. Aunque me encuentro algo jerrao de tlacos, no embargante, la señora mi madre tiene unos marranos ñengos, y manque sea eso le metemos al cura por derecho. Nomás me dice en qué topa, si la pido o me la jurto, porque usté es pa’ mi la vida y no encuentro mi gorupera.
Ceferino Uritzi, que sus manos besa.”

Xavier Vargas Pardo, en Cefero
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 84

La última verdad

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“Quise escribirte reiteradamente una carta muy larga, pero mis ideas se desplomaban siempre como las casas batidas por el fuego de artillería. Dispongo todavía de diez horas, de manera que tengo tiempo para entregar esta carta. Diez horas son un tiempo muy largo cuando se espera; pero son breves cuando se ama. No estoy nervioso; en absoluto. De hecho, desde que estoy en el este mi salud ha mejorado mucho, ya no me resfrío ni acatarro; este es el único bien que me ha hecho la guerra. Pero ésta me ha regalado algo más: el saber que te quiero. Es curioso el hecho de que el hombre no repare en ciertas cosas hasta que está a punto de perderlas. A través del espacio, se separa y aleja, se tiende un puente que va de corazón a corazón. Por este puente te escribo acerca de la vida cotidiana y acerca del mundo que vivimos aquí. Si yo regresara a casa te contaría la verdad y después no volveríamos a hablar nunca de la guerra. Ahora sabrás ya antes la verdad, la última verdad. Pues ahora ya no podré escribirte más.

“Mientras haya riberas siempre existirán puentes; sólo que deberíamos tener valor para pasar estos puentes. Uno de éstos conduce a ti y el otro a la eternidad, lo que para mí, en última instancia, es exactamente lo mismo.

“Mañana cruzo el último puente, tal es la expresión literaria que se emplea para la muerte; ya sabes que siempre me gustó escribir con la preocupación estética de la palabra y el sonido. Tiéndeme la mano y mi camino no será tan difícil.”

Carta de un soldado alemán enviada desde el frente de Stalingrado en 1943 y que no llegó a su destinataria
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 85

Infierno de siete pisos

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Alá fundó un infierno de siete pisos, cada uno encima del otro, y cada uno a una distancia de mil años del otro. El primero se llama Yahannam, y esta destinado al castigo de los musulmanes que han muerto sin arrepentirse de sus pecados; el segundo se llama Laza, y está destinado al castigo de los infieles; el tercero se llama Yahim, y está destinado a Gog y Magog; el cuarto se llama Sa’ir, y está destinado a las huestes de Iblis; el quinto se llama Sakar, y está preparado para quienes descuidan las oraciones; el sexto se llama Hatamah, y está destinado a los judíos y a los cristianos; el séptimo se llama Hauiyah, y ha sido preparado para los hipócritas. El más tolerable de todos es el primero; contiene mil montañas de fuego; en cada montaña, setenta mil ciudades de fuego; en cada ciudad, setenta mil castillos de fuego; en cada castillo, setenta mil casas de fuego; en cada casa, setenta mil lechos de fuego, y en cada lecho, setenta mil formas de torturas. En cuanto a los otros infiernos, nadie conoce sus tormentos, salvo Alá el Misericordioso.

Las mil y una noches
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 83

Libro de las Mil y Una Noches
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 366

El shamán

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Un antiguo viajero que se aventuró entre los lapones nos ha dejado una descripción vívida de la terrífica acción de uno de estos extraños emisarios del reino de la muerte. Ya que el otro mundo es el lugar de la noche eterna, el ceremonial del shamán debe tener lugar después del anochecer. Los amigos y vecinos se reúnen en la choza sombría y débilmente alumbrada del paciente y siguen atentamente las gesticulaciones del hechicero. Primero conjura a los espíritus ayudantes; éstos llegan, invisibles para todos menos para él. Dos mujeres, vestidas para el ceremonial, pero sin cinturones y llevando tocas de lino; un hombre sin toca ni cinturón, y una joven no adulta, son sus asistentes. El shamán se descubre la cabeza, se suelta el cinturón y los cordones de los zapatos; se cubre la cara con las manos y empieza a girar en variados círculos. Repentinamente, con gestos muy violentos, grita: “¡Equipad el reno! ¡Listo para embarcarse!” Toma una hacha y empieza a golpearse con ella cerca de las rodillas, y la mueve en dirección a las tres mujeres. Saca del fuego leños ardiendo con sus manos desnudas, pasa tres veces alrededor de cada una de las mujeres y, finalmente cae, como un muerto. Durante todo ese tiempo a nadie se permite tocarlo. Mientras reposa en trance, debe ser vigilado tan estrechamente que ni una mosca debe posarse encima de él. Su espíritu ha partido y ve las montañas sagradas con los dioses que las habitan. Las mujeres que lo atienden, cuchichean una con la otra tratando de adivinar en qué parte del mundo se encuentra ahora. Si mencionan la montaña en que se encuentra, el shamán mueve una mano o un pie. Por fin, empieza a volver en sí. Con voz baja y débil dice las palabras que ha escuchado en el otro mundo. Las mujeres empiezan a cantar. El shamán se despierta lentamente, declarándola causa de la enfermedad y la forma de sacrificio que debe hacerse. Entonces anuncia la cantidad de tiempo que tomará el paciente para sanar.

Joseph Campbell, en El héroe de las mil caras
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 77

El informe

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—Dispense, amigo, ¿cuánto tiempo se necesita para ir desde Corbigny a Saint-Révérien?

El picapedrero levanta la cabeza y, apoyándose sobre su maza, me observa a través de la rejilla de sus gafas, sin contestar.

Repito la pregunta. No responde.

—Es un sordomudo —pienso yo, y prosigo mi camino.

Apenas he andado un centenar de pasos, cuando oigo la voz de picapedrero. Me llama y agita su maza. Vuelvo y me dice:

—Necesitará usted dos horas.

—¿Por qué no me lo ha dicho usted antes?

—Caballero —me explica el picapedrero—, me pregunta usted cuánto tiempo se necesita para ir de Corbigny a Saint-Révérien. Tiene usted una mala manera de preguntar. Se necesita lo que se necesita. Eso depende del paso. ¿Conozco yo su paso? Por eso le he dejado marchar. Le he visto andar un rato. Después he calculado, y ahora ya lo sé y puedo contestarle: necesita usted dos horas.

Jules Renard, en La linterna sorda
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 82

Jules Renard en “La Linterna Sorda”
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 375

Sentencia infernal

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Cuando volví a mi casa, sobre el abismo de los cinco sentidos, allá donde una doble llanura se desploma sobre el presente mundo, vi un poderoso demonio envuelto en nubes negras, aleteando en las paredes de las rocas; con llamas corrosivas escribió la sentencia siguiente, comprendida por el cerebro de los hombres y leída por ellos en la tierra:
“¿No comprendes que cada pájaro que hiende el camino del aire es un mundo inmenso de delicias cerrado para tus cinco sentidos?”

William Blake, El matrimonio del cielo y el infierno
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 66

La obra y el poeta

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El poeta hindú Tulsi Das compuso la gesta de Hanuman y de su ejército de monos. Años después, un rey lo encarceló en una torre de piedra. En la celda se puso a meditar y de la meditación surgió Hanuman con su ejército de monos y conquistaron la ciudad e irrumpieron en la torre y lo libertaron.

R. F. Burton, en Indica (1887)
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 61

Varón o hembra

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Tendrás en cuenta cuando la mujer saliere, de cada cual pie alza primero encima del umbral, o al subir alguna escalera; porque si alza primero el pie derecho es señal que trae hembra; si primero alzare el pie izquierdo, trae varón. La causa —según buena filosofía— es, porque el varón se engendra a la parte derecha, y siempre carga más allí que a la izquierda; y si alza primero el pie izquierdo, como más ligero para ayudar al más cargado, de ahí se colige que trae varón. Y porque la hembra se engendra a la parte izquierda, y allí carga más que a la derecha, por esto naturalmente alza primero el pie derecho.

Gerónimo Cortés, en Secretos de la naturaleza
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 53

Gerónimo Cortés en “Secretos de la naturaleza”
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 429

Humor de Calígula

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Su ferocidad se manifestaba incluso en medio de sus placeres, juegos y festines. Muchas veces daban tormento en presencia suya mientras comía o se entregaba a orgías con sus amigos; un soldado experto en cortar cabezas ejercía delante de él su habilidad con todos los prisioneros que se le presentaban… En medio de un espléndido festín comenzó de pronto a reír a carcajadas; dos cónsules, sentados a su lado, le preguntaron con acento adulador de que se reía. “Es que pienso —contestó— que puedo con una señal haceros estrangular a los dos.”

Suetonio, en Los doce Césares
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 45

Demonología matemática

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No faltaron los demonólogos que creyeron poder hacer el cómputo de los diablos existentes. Según Wier, los diablos son 7.409,127, subordinados a 72 príncipes —cálculo que a De Lancre, Tableau de L´inconstance des Mauvais Anges, muy hostil a Wier, le parece que “no puede apoyarse en otra razón que sobre la revelación de Satanás mismo”—. El desconocido autor —tal vez Fromentau— de Le cabinet du Roy, publicado en 1581, da la cifra de 7. 405,920, que resultaría del gran número pitagórico 1234321 multiplicado por 6. Según otros existen 6 legiones de demonios, cada legión comprende 66 cohortes, cada cohorte 666 compañías, cada compañía 6,666 diablos: en total, una desmesurada caterva de 1, 758.640,176.

Giuseppe Faggin, Las brujas
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 36

La muchacha del arapaho

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Una muchacha arapaho de las llanuras de Norteamérica, espió a un puerco espín que estaba cerca de un álamo. Trató de herir al animal, pero éste se escondió detrás del árbol y empezó a trepar. La muchacha lo siguió, pero el animal siempre estaba fuera de su alcance: “Bueno —dijo—, voy a subir para capturar al puerco espín porque quiero sus púas, y si es necesario subiré hasta la punta.” El puerco espín llegó a la punta del árbol, pero cuando ella se acercó para echarle mano, el álamo creció repentinamente y el puerco espín siguió subiendo. Miró hacia abajo y vio a sus amigos llamándola e insistiendo en que bajara; pero como ya estaba bajo la influencia del puerco espín y tuvo miedo de la gran distancia entre ella y el suelo, continuó subiendo, hasta que se convirtió en una mancha para aquellos que la veían desde abajo, y junto con el puerco espín finalmente alcanzó el cielo.

Dorsey y Kroeber en Traditions of the Arapaho
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 29

El ubicuo

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Al salir de la ciudad de Stravasti, el Buda tuvo que atravesar una dilatada llanura. Desde sus diversos cielos, los dioses le arrojaron sombrillas para resguardarlo del sol. A fin de no desairar a sus bienechores, el Buda se multiplicó cortésmente, y cada uno de los dioses vio un Buda que marchaba con su sombrilla.

M. Winternitz, en Indische litteratur (1920)
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 28

Drástico

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Una mujer estéril debe ser reemplazada al cabo de ocho años; una cuyos hijos todos hayan muerto, debe reemplazarse a los diez años; aquella que no da al mundo más que hijas, al año undécimo; la que habla con aspereza, inmediatamente.

Leyes de Manú
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 25

Leyes de Manú
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 378

El deseo de ser piel roja

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Si uno pudiera ser un piel roja, siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas, porque no hacen falta espuelas; hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo era una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo.

Franz Kafka, en La condena
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 22

Franz Kafka en “La condena”
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 445

La mala memoria

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Me contaron hace tiempo una historia muy estúpida, sombría y conmovedora. Un señor se presenta un día en un hotel y pide una habitación. Le dan la número 35. al bajar, minutos después, deja la llave en la administración y dice:

—Excúseme, soy un hombre de muy poca memoria. Si me lo permite, cada vez que regrese le diré mi nombre: el señor Delouit, y entonces usted me repetirá en número de mi habitación.

—Muy bien, señor.

A poco, el hombre vuelve, abre la puerta de la oficina:

—El señor Delouit.

—Es el número 35.

—Gracias.

Un minuto después, un hombre extraordinariamente agitado, con el traje cubierto de barro, ensangrentando y casi sin aspecto humano, entra en la administración del hotel y dice al empleado:

—El señor Delouit.

—¿Cómo? ¿El señor Delouit? A otro con ese cuento. El señor Delouit acaba de subir.

—Perdón, soy yo… Acabo de caer por la ventana. ¿Quiere hacer el favor de decirme el número de mi habitación?

André Bretón, Nadja
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 21

André Breton
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 533