El enviado


Yo poseo la ciencia del bien y del mal; yo lavo la sangre y la infamia, y para probarlo puedo obrar milagros. Nerón me quiso decapitar y cayó la cabeza de un carnero. Cuando me persiguen ando sobre las aguas, si estoy en la costa; y si en el interior, me remonto a las nubes y luego bajo con el rayo que del cielo cae, emanación del fuego de que Dios está formado. Cambio de figura; me convierto en insecto o en pájaro, según me place. Una vez que me enterraron vivo, resucité radiante al tercer día.

Simón el mago
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 458

El misógino


—¿No me reconoces? Soy aquella a la que amaste tanto, decía la mendiga.

Me compadecí de la infortunada, la vestí, le di de comer. ¡Ah! Con cuanta autoridad dominaba al día siguiente a los de casa; vigilaba mis lecturas, se quejaba del olor del tabaco. Un día, expulsó a mi legítima esposa.

—¿No me reconoces? Soy tu esposa legítima…

—¡Ah, no, una vez es suficiente!

Max Jacob
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 438

Maniqueísmo

En la parte superior está la Tierra Santa y resplandeciente de la luz; en la inferior la tierra de las tinieblas. En el pináculo de la primera está el dios impasible; debajo, su hijo frente a frente de Satán, soberano señor de la materia. Las tinieblas se acercaron al reino de la luz y resultó la lucha. La luz victoriosa penetró en el seno de las tinieblas, y éstas se encerraron. Pero la luz es activa y su impulso produjo las formas múltiples y cambiantes que el Universo nos presenta. Ella es el alma de todo lo que existe, el alma universal que en cada ser se expresa de distinto modo. Ella es el verbo que habló por la boca de Zoroastro, de Orfeo, de Sócrates, de Platón, de Jesús y de tantos otros. El mal lo produce la materia; de ella vienen todas las acciones bajas, torpes, irreflexivas, criminales. El hombre es libre, pero en él la materia le impulsa a veces el pecado. Y su espíritu peca, no obstante ser parte de Dios mismo.

Mani
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 457

El principio


“—¿De dónde venía yo cuando tú me encontraste?” —preguntó el niño a su madre. Ella, llorando y riendo, le respondió, apretándole contra su pecho:

“—Estabas escondido en mi corazón, como un anhelo, amor mío: estabas en las muñecas de los juegos de mi infancia; y cuando, cada mañana, formaba yo la imagen de mi Dios con barro, a ti te hacía y te deshacía; estabas en el altar, con el Dios del hogar nuestro, y al adorarlo a Él, te adoraba a ti: estabas en todas las esperanzas y en todos mis cariños.

“Has vivido en mi vida y en la vida de mi madre. Tu fuiste creado, siglo tras siglo, en el seno del espíritu inmortal que rige nuestra casa. Cuando mi corazón adolescente abría sus hojas, flotabas tú, igual que una fragancia, a su alrededor; tu tierna suavidad florecía luego en mi cuerpo joven como antes de salir el sol, la luz en el Oriente.

“Primer amor del cielo, hermano de la luz del alba, bajaste al mundo en el río de la vida, y al fin te paraste en mi corazón.

“¡Qué misterioso temor me sobrecoge al mirarte a ti, hijo, que siendo de todos te has hecho mío, y qué miedo de perderte! ¡Así, bien apretado contra mi pecho! ¡Ay! ¿Qué poder mágico ha enredado el tesoro del mundo a estos mis débiles brazos?”.

Rabindranath Tagore
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 431

Regalo


—Mira la Luna. La Luna es tuya, nadie te la puede quitar. La has atado con los besos de tu mano y con la alegre mirada de tu corazón. Sólo es una gota de luz, una palabra hermosa. Luna es la distante, la soñada, tan irreal como el cielo y como los puntos de las estrellas. La tienes en las manos, hijo, y en tu sonrisa se extiende su luz como una mancha de oro, como un beso derramado. Aceite de los ojos, su claridad se posa como un ave. Descansa en las hojas, en el suelo, en tu mejilla, en las paredes blancas, y se acurruca al pie de los árboles como un fantasma fatigado. Leche de luna, ungüento de Luna tienen las cosas, su rostro velado sonríe.

Te la regalo, como te regalo mi corazón y mis días. Te la regalo para que la tires.

Jaime Sabines
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 425

El árbol de las joyas


… Y observó que los árboles de aquel jardín, en efecto, estaban agobiados bajo el peso de sus frutas, que eran extraordinarias de forma, de tamaño y de color. Y notó que, al contrario de lo que ocurre con los árboles de los huertos, cada rama de aquellos árboles tenía frutas de diferentes colores. Las había blancas, de un blanco transparente como el cristal, o de un blanco turbio como el alcanfor, o de un blanco opaco como la cera virgen. Y las había rojas, de un rojo como los granos de la granada o de un rojo como la naranja sanguínea. Y las había verdes, de un verde oscuro y de un verde suave; y había otras que eran azules y violeta y amarillas; y otras que ostentaban colores y matices de una variedad infinita. ¡Y el pobre Aladino no sabía que las frutas blancas eran diamantes, perlas , nácar y piedras lunares; que las frutas rojas eran rubíes, carbunclos, jacintos, coral y cornalinas; que las azules eran esmeraldas, berilos, jade, prasios y aguas-marinas, que las azules eran zafiros, turquesas, lapislázuli y lazulitas; que las violeta eran amatistas, jaspes y sardoinas; que las amarillas eran topacios, ámbar y ágatas; y que los demás de colores descoloridos, eran ópalos, venturinas, crisólitos, cimófanos, hematitas, turmalinas, peridotos, azabaches y crisopacios! Y caía el sol a plomo sobre el jardín. Y los árboles despedían llamas de todas sus frutas, sin consumirse.

Aladino y la lámpara maravillosa en Las mil noches y una noche.
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 421

Un barco cargado de…


“¿De qué viene cargado el barco, capitán?” Este contestó: “¡Oh, señor! Además de los mercaderes pasajeros, llevamos en el sollado ricas telas, sederías de todos los países, bordados en terciopelo y brocados, telas pintadas, antiguas y modernas, de muy buen gusto, y otras mercancías de valor; llevamos medicamentos chinos e indios, drogas en polvo y en rama, díctamos, pomadas, colirios, ungüentos y bálsamos preciosos; llevamos pedrería, perlas, ámbar amarillo y coral; tenemos también perfumes de todas clases y especies selectas; amizcle, ámbar gris e incienso, almácigo en lágrimas transparentes, benjuí gurí y esencias de todas las flores; tenemos asimismo alcanfor, culantro, cardamomo, clavo, canela de Serendib, tamarindo y jengibre; finalmente, hemos embarcado en el último puerto aceitunas superiores, de las llamadas “de pájaro”, que tienen una piel muy fina y una pulpa dulce, jugosa, del color del aceite rubio”.

Historia de Kamaralzamn y Budur en Las mil noches y una noche
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 420

El sueño de alguien


…si el mundo es el sueño de Alguien, si hay Alguien que ahora está soñándonos y que sueña la historia del universo, como es doctrina de la escuela idealista, la aniquilación de las religiones y de las artes, el incendio general de las bibliotecas, no importa mucho más que la destrucción de los muebles de un sueño. La mente que una vez los soñó volverá a soñarlos; mientras la mente siga soñando, nada se habrá perdido.

Jorge Luis Borges
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 417

Un Ghul


Pero aquel joven tan hermoso no era otra cosa que un Ghul entre los ghules, y de la especie más peligrosa. Y llevó a Dalal a su casa, que estaba situada en soledad, en la cima de una montaña. Luego fue a batir el campo, a salir a los caminos, a hacer abortar a las mujeres encintas, a producir miedo a las viejas, a aterrar a los niños, a aullar con el viento, a ladrar a las puertas, a chillar en la noche, a frecuentar las ruinas antiguas, a sembrar maleficios, a gesticular en las tinieblas, a visitar las tumbas, a husmear muertos, y a cometer mil atentados y a provocar mil calamidades.

Historia de Baibars en Las mil noches y una noche.
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 416

El hombre pájaro

Batir los brazos como el pájaro bate las alas, no es algo precisamente gracioso; mas, para un niño de año y medio escaso, vera un hombre mover los brazos en esa forma si tiene gracia, a juzgar por las expresiones de alegría.

¿Por qué tiene gracia?

No lo sé aún, por más vueltas que doy sobre las terrazas y sobre las colinas.

Álvaro Menén Desleal
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 409

Vidas paralelas

Amós, profeta escriba, miró el cielo y vio la barca de los muertos.

Hesíodo de Ascras, más modesto, vio una piedra, un río, un hombre trabajando.

Oseas, Miqueas e Isaías se deslumbraron ante el rostro esquivo de Dios.

Arquíloco de Pares y Tirteo de Esparta se entristecieron cada atardecer.

Mimnermo de Colofón dedicó una elegía.

Alemán de Sadres, una oda.

Ya nadie recordaba a Homero.

Protágoras era vituperado y a Polígnoto se lo consideró un joven pedante.

Mo-Ti vio entonces el junco, los pájaros, las nubes.

Mucho más tarde, Sacrobosco imaginó el Tratado de la Esfera.

Ahora ya nadie ignora que la marca del escriba es nada más que un plato volador, que los Trabajos y los Días aluden a los labriegos de Marte que día a día reconstruyen sus valles y llanuras. Y cualquier niño sabe que Mo-Ti, al mirar los juncos y los pájaros, descifra la verdad de todo el universo.

Pedro Orgambide
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 409

El separador


Cuentan que al Emir de los Creyentes Omar Ibn Al-Khattab, —que fue el califa más justo y el hombre más desinteresado del Islam— se le aopodó El-Farrukh, o el Separador, porque tenía la costumbre de separar en dos, de un sablazo, a todo el hombre que se negara a obedecer una sentencia pronunciada contra él por el Profeta (¡con Él la plegaria y la paz).

Las mil noches y una noche
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 405

Del cielo musulmán


Setenta y dos huríes, o muchachas de ojos negros, de luminosa hermosura, floreciente juventud, virginal pureza y exquisita sensibilidad, serán creadas para el uso del más mezquino de los creyentes; un momento de placer será extendido a mil años, y las facultades del hombre serán aumentadas doscientas veces, para que sea digno de su felicidad.

Gibbon
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 403

Ars longa vita brevis


Entonces conoció Gerbert lo extenso del conocer y lo corto de la vida. “Ars longa vita brevis”. ¡y la fiebre del saber le devoraba! “Para saberlo todo, no basta la vida de un hombre…”, se dijo. Y el Diablo que le acechaba, según cuenta la leyenda, halló su momento psicológico para presentársele, como lo hizo, ofreciéndole toda la sabiduría y todo el poder de la tierra en breve plazo, a cambio de su alma; y Gerbert aceptó. Llevolo entonces el maligno a Córdoba; y allí, con la ayuda del demonio de la perseverancia y del de la penetración, aprendió el enigma de la escritura árabe cuyos caracteres se trazan al revés de las letras cristianas; el álgebra, ésta cábala de la proporción; la geometría, clave de los misterios de la forma; conocimientos todos ignorados de los buenos creyentes. Luego alcanzó el arte de construir una máquina que midiera el tiempo, para poder ponderar la rapidez o lentitud de los procedimientos de la Providencia. Vio las estrellas de cerca, gracias a las artimañas infernales, escudriñando así la obra del Creador en sus detalles; y acabó, por fin, por adquirir el arte mágico de atraerse las simpatías.

Pompeyo Gener
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 397

Vendedor de senos en oriente


Era interminable la mostración de bellezas, de matices, de agilidades, cuando el vendedor de senos, se daba cuenta de que era un rico o un entendido el que quería un par de senos, si no iguales, muy parecidos el uno al otro.

—Se puede llamar al perito —acababa diciendo—, se puede llamar al perito, para que haga los cálculos de la geometría y le demuestre que son iguales.

Ramón Gómez de la Serna
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 392

De amor


Te quiero a la diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tu piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.

Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estas hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo me vaya mejor que tu cuerpo. tú vienes entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.

Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

Jaime Sabines
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 381

El argumento

Se había escapado de la escuela. Era la primera vez, y le pareció que la mejor manera de pasar el tiempo sería viendo una película. Depositó su bolso escolar en un tenducho, llegó al cine y compró una localidad barata, listo a sumergirse por noventa minutos en un mundo apasionante. Ya estaban apagadas las luces de la sala, y a tientas buscó un sitio vacío. Los mágicos letreros de la pantalla daban el título de la cinta, la que comenzó de inmediato.

En la película, un pequeño actor hacía el papel de un escolar que, por primera vez, se escapaba de la escuela. Pareciéndole que la mejor manera de llenar el tiempo era un cine, compra una localidad barata y entra en la sala cuando en la pantalla un actor de pocos años hacía el papel de escolar que, por primera vez, se fuga de la escuela, y decide ir al cine para pasar el tiempo. El actorcito tomaba asiento en el instante en que, en el film, un niño escolar, fugado de la escuela, entra a un cine para pasar el tiempo. Al frente se proyectaba la imagen de un niño que, por primera vez, faltaba a su escuela y llenaba su tiempo viendo una cinta, cuy argumento consistía en que un chico, por primera vez…

Álvaro Menén Desleal
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 372