Paciencia forzada

Son ya muchos los días de estar considerando la magnitud insolente del invierno. Recorriendo las calles pateo el tedio. Mientras maldigo al frío me detengo para mirar los anuncios de una compañía de viajes que promete el trópico, la descansada vida y un grupo de jóvenes mujeres hawaianas que bailan cadenciosamente en una actitud perversamente púdica de “mírame y no me toques”. Siento frío, casi me congelo, luego existo.

Roberto Bañuelas
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 256

Roberto Bañuelas
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 226

Anuncios

Color dos

Cuando me reflejé en los ojos verdes de un gato, comencé a recordar todos los verdes que había visto antes… el verde de aquellas hojas —tibias por el rocío; el verde de los primeros ojos amados. El color verde de las primeras lágrimas. Y al perderme en esos recuerdos, me sumergí profundamente en el césped de mi tumba.

Irma Isabel Fernández Arias
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 343

El violador

Soy un violador, y he violado a decenas. Aunque les parezca horroroso cinismo de mi parte, les diré que yo me siento feliz por ello. Disfruto muchísimo. Sobre todo cuando alguna de ellas, se resiste un poco. Entonces es mucho mejor y considero que tiene más mérito para mí violarla. Ahora voy a actuar otra vez. Este momento lo he estado esperando ansiosamente.

Estoy con ella. Mis manos recorren su cuerpo helado y suave con dedos maestros. Ella parece tomar vida al contacto de mis manos. Lo estoy haciendo con exquisita suavidad. Con delicada maestría. ¡Que inefable placer! ¡Que seguridad la mía! Soy un artista. Ella se resiste un poco, pero al fin cede y se entrega ¡Ya está! ¡La he violado! Una caja de caudales más en mi haber.

Ricardo Fuentes Zapata
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 321

Círculo familiar

Los miembros de la familia esperaban ansiosos el desenlace: mientras en la pantalla de televisión el herido se debatía en las fronteras de la luz y la muerte, ellos volvían la mirada hacia el perro que yacía en la alfombra de la habitación, aparentemente dormido pero más bien reventado por un camión pocos minutos antes y ya en los últimos estertores y las miradas iban al azar de una a otra situación pues no podían detener el tiempo y esperaban ansiosos el desenlace, mientras en la pantalla de televisión…

Nain Nomez
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 341

Humanidad

Contempló Dios todo el esplendor y magnificencia de su obra, y comprendió que hacía falta algo, muy distinto a todo aquello. Había formado creaturas y cosas materiales, pero faltaba la espiritualidad. Reunió en un ser la esencia de la materia, lo humano y espiritual y creó al HOMBRE.

Le dio la facultad de multiplicarse, de razonar, de buscar, y de lograr cumplir la misión que le había encomendado.

Despertó el hombre de su letargo, y vio que la tierra  era extraña y enorme, y sintió por primera vez, soledad y tristeza. Después la luz del día le dio a conocer la belleza.

Era indefenso, y comprobó su pequeñez e insignificancia; buscó “algo” que le protegiera de la obscuridad, de la furia de las tormentas, de los animales y le llamó DIOS.

Se encontró con otros hombres, semejantes a él, y le miraron con recelo y desconfianza.

Sufrió las inclemencias del tiempo, y lloró muchas noches, de miedo; sólo le consoló su Dios protector.

El medio ambiente le obligó a emigrar a nuevas tierras y le siguieron los débiles y fue guía.

Cuando le quitaron la mujer que le había dado el calor de su cuerpo, sintió ira, y del instinto de posesión nació el amor.

Con el transcurso del tiempo, se sintió cansado y comprendió que la vida era breve y llena de penalidades y por primera vez renegó.

Tuvo conocimiento de la muerte, le rindió tributo, y le hizo reflexionar.

Observó el infinito, determinó su situación, e inició su obra.

Rafael Aguirre Castro
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 339

La tribu perdida

Cuando bajaron de los árboles ya eran hombres. Temerosos y torpes en el principio, la curiosidad y el arrojo los fueron haciendo agricultores, artistas, comerciantes, científicos, hasta llegaron a la luna y regresaron.

Pero ya para entonces las mujeres habían subido a los árboles. Desenvueltas y confiadas en el principio, aprendieron a cocinar, lavar ropa, barrer y sacudir, tener hijos. La costumbre hizo el resto. Y su rastro se perdió durante el último Diluvio.

Ana F. Aguilar
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 333

Soñando

Profundamente dormido, el hombre soñó que estaba despierto. Para estar seguro de que estaba dormido, recordó lo que hizo hasta acostarse. Como el sueño continuara, el hombre continuó dudando si estaba o no dormido. Luego pensó que al despertar comprobaría la verdad, pero no la comprobó, porque al despertar se vio dormido.

Carlos Alberto Pineda
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 329

Libertad

…Aisha, la esclava, nunca supo como nació en ella el deseo de libertad. La presencia inquietante, la figura de aquel cantor, evocó ante ella, mágicos, lejanos, perdidos paraísos… Burló la vigilancia del eunuco, corrió por el jardín eludiendo guardias y lebreles, ebria de vientos se detuvo al fin, jadeante, ante el cantor y ahí quedó muda y estática: El evocador, el hacedor de libertades permaneció inmóvil, sujeto por larga, dura, increíble cadena. Era esclavo.

Emma de Yánes
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 312

El culpable

Llegó muy acalorada de hacer sus compras, acomodó la carne y las verduras en el refrigerador y se sentó a descansar en la sala. Y entonces se dio cuenta, así de repente, que ya había leído tocas, absolutamente todas las novelas de Ágata Cristie. Una agobiante sensación de soledad y desamparo se apoderó de ella. Y ni a quién echarle la culpa. ¿A la editorial? ¿A los de la Librería de Cristal de a la vuelta de su casa?

Se quedó terriblemente quieta mientras en su interior bullían de súbito y al mismo tiempo más que recuerdos, evocaciones tenues y frágiles: sus miedos de niña, sus insomnios de adolescente, sus frustraciones de juventud, los encabezados de los periódicos.

Se levantó tarareando Love is Blue, se colocó con mucho arte una peluca rubia, cambió radicalmente su maquillaje, se colocó un par de guantes viejos y buscó en el buró de su marido, hasta encontrarlo, el veneno que éste usaba para lavarse los pies, como parte de un tratamiento que seguía para combatir el pie de atleta.

Pero entonces titubeó. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿A quién? Además esa noche tenía invitados a cenar. De inmediato sus ojos se iluminaron, nuevamente confiados y serenos. Se sentó y escribió a máquina una nota, por supuesto anónima, a renglón abierto y con mayúsculas sostenidas en la que le mentaba la madre, con palabras decididamente folklóricas, a la persona que recibiera la misiva. La dobló y la guardó en un sobre que dirigió a conocido financiero. Cuando fue por el pan la echó en el primer buzón que encontró. Esa noche quiso mucho a su marido.

Ana F. Aguilar
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 297

Carmen

La mujer dio vueltas y vueltas a las perillas de su aparato, al cual la imagen no quería regresar.

—¡Extraño suceso! ¡Y terrible a la vez! ¡Precisamente cuando me disponía a ver mi programa de risa!

Le dio una vuelta más, y la visión regresó. La mujer se puso contenta.

En la pantalla se veía una familia, con los ojos muy abiertos, que la observaba atenta y divertidamente.

—¡Raro! —dijo— Antes este aparato no tenía visión de colores y ahora lo tiene.

Al oír esto, la familia rió.

La mujer había dejado la mano sobre una perilla. Cuando se vio la mano, el cuerpo, y observó que ella, y toda su alcoba estaban iluminadas en blanco y negro, lanzó un grito de horror.

La familia se rió.

Diego Jáuregui Prieto
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 257

Historia de ojos

En el fondo de la pupila había algo pegado, algo así como una brusca, cuántas veces, caray, había tenido ganas de decírselo, pero no, que si el concierto es a las nueve, que si está limpia la camisa blanca, que si los zapatos deben estar brillantes, y los chiquillos correteando, mojado todo el cuarto y de repente, zás, un chorrillo de agua en plena cara o en las piernas y claro, parecía como si se hubiera orinado y entonces se reían, y se reían, , y tenía también que reírme y luego raspaba y raspaba tratando de quitar la manchita, la brusquita del fondo de la pupila, recuerdo que me había dicho “debe estar limpia, cuídala, siempre debe estar brillante”, (la lámpara de Aladino, pensé yo), y froté, mil veces froté y de pronto descubrí la rayita en el ojo, y el ojo me miraba, subyugantemente y me gustaba mirarme allí tan brillante, tan alargado a veces, tan lleno de ángulos insospechados como los de los santos antiguos, antiguos si, eso era, los cordones eran antiguos y claro, no irían con los zapatos, y el concierto a las nueve, como de costumbre uno corría, sudaba, trataba de estar listo, almidonado, duro igual que los puños de la camisa, igual que la corbata, tieso, y los polvos se pegaban a la cara y entonces había que raspar y raspar, con toda la fuerza de que disponía raspaba hasta sentir que la muñeca dolía y un placer inaudito se entraba en el cuerpo y no sentía entonces el dolor ni el vértigo en las piernas, los músculos se abrían dulcemente y me acercaba a ese ojo brillante, maravilloso que atraía terriblemente como si realmente estuviera iluminado con miles de luces, como en una cinta sin fin, todas las lucecitas alineadas como si fuera una carretera larga y oscura, oscura, larga, la noche sería igual a tantas otras noches de concierto y tus ojos serían pálidos y frescos y luego dirías qué bueno y estarías en silencio el resto de la noche, en un silencio espeso mirándome siempre, mirándome como ahora, como me has mirado desde hace un año, como seguramente me mirarás toda la vida, con ese ojo grandote, iluminado, con una brusca al fondo, mientras yo raspo y raspo y voy acercándome al ojo y la pupila expele sus brazos metálicos y estoy atrapado, igual que ahora, para siempre.

Bertalicia Peralta
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 272

Cuando se quiebra la monotonía médica…

Congelada, la paciente lleva siete meses en su cámara individual de poliestireno herméticamente sellada, en el Centro Médico de Hibernación. Cáncer, sabe usted, en un seno. Cáncer actualmente incurable… probablemente curable en el futuro, cuando despierte después de diez años de hibernación voluntariamente solicitados, la paciente encuentre, quizá, una ciencia más apta en aquello de aliviar cánceres.

Siete meses en que a diario es abierta la cámara de hibernación para practicar el rito médico de vigilarle presión, corazón, metabolismo, grado de hibernación, etc. Rito monótono, monocorde, desesperantemente igual todos, todos los días.

Hoy —¡por fin!— se quiebra la monotonía; en su sueño congelado de siete meses, la paciente presenta síntomas de embarazo.

De embarazo de treinta días.

Héctor Manuel Romero
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 264

Misión cumplida

Todo acabó cuando alguien, no importa quién, abrió una puerta que siempre estuvo cerrada.

Hubo confusiones, sorpresas aplausos, y por fin explicaciones: se había construido un laberinto gigantesco al cual se le puso por nombre TIERRA, se colocó el él al hombre con la sola misión (para diversión de los que observaban) de encontrar la salida.

Después de siglos de búsqueda (cuando sólo pocos recordaban), alguien, tal vez por error, abrió una puerta…

Javier Quiroga G.
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 257

El cambio

Por más que trató de precisar dónde sucedió no logró hacerlo.

Tal vez fue durante el verano. Era el momento más propicio: los días estuvieron soleados y la playa repleta de vacacionistas.

Desde que reparé en ello (hace apenas unos días), vivo encerrado en este cuarto por temor que al salir alguien lo descubra: la sombra que produce mi cuerpo no es la mía.

Javier Quiroga G.
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 257

De vampiros

En cuanto la vi me cautivó su serena hermosura, la paz que irradiaba su semblante, y sobre todo, el néctar rojo que veía fluir en su interior.

La asedié por meses, empleando todos los recursos a mi alcance para conquistarla, y cuando por fin mi insistencia puso término a tan larga espera… ¡Descubrí que era anémica!

Javier Quiroga G.
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 257

La cantante inconforme

Mientras se arreglaba el maquillaje para el siguiente acto, Rinalda, soprano con bellos ojos y fea voz, lamentaba con amargura las exigencias de la profesión: “Cada vez lo mismo. La maldita cosa es como una pesadilla, querido: si tienes éxito, debes volver a tenerlo, y si no lo tienes, mejor te vas a tu casa a tejer, cuidar los perros…, cuidar al marido…”

Roberto Bañuelas
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 256

Fin de semana

Nos pasamos la noche bebiendo y discutiendo la existencia de Dios. Antes del alba, cuando el licor y el tema estaban casi agotados, nuestro amigo Fausto se levantó —con el cansancio y la embriaguez a cuestas— y dijo que se iba a dormir.

Momentos después oímos cómo, desde las caballerizas, alguien partía a todo galope contra el viento de la madrugada. Nos acercamos a la ventana y vimos que el jinete era Fausto, cabalgando en dirección a las montañas.

Ha transcurrido más de un año y nada hemos sabido de él; desgraciadamente, el caballo (que no era suyo) tampoco a regresado a traer noticias.

Roberto Bañuelas
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 256

La nueva cigarra

Una cigarra, enterada de los adelantos a que ha llegado la ciencia se sometió a una delicada y costosa intervención quirúrgica en Dinamarca para cambiar de sexo. La operación tuvo éxito, sólo que por un lamentable descuido el anestesista se la fumó.

Gustavo Meza
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 255

Contrición

Señor Licenciado Agente de este Ministerio Público, vengo ante usted a confesar un asesinato para que se me castigue y condene como es de ley. El año de 1900 que muy presente tengo yo, en un barrio de Saltillo a Rosita Alvirez maté…

Gustavo Meza
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 255