Ecce homo

La oscuridad era muy negra, y la negrura se torna fría cuando es de noche. Casi no podía ver lo que estaba escribiendo porque la luz del bombillo del cuarto era débil. Mi pluma hacía ruido al desplazarse sobre el papel, y yo me imaginaba al planeta dando vueltas. Mis ojos se posaban en las fotografías del niño pendientes de la pared y en los libros de la estantería y en el espejo. En el espejo que me daba un miedo terrible. Estaba solo en la habitación y me imaginaba al planeta dando vueltas.

Amar… comprender, comunicar. El futuro… presente ya pasado. Los muertos… ¡sensación de no sentir!

Estaba sólo en la habitación y el mundo daba vueltas. La habitación no daba vueltas pero estaba en el mundo que sí lo hacía. Y yo estaba solo en la habitación que no daba vueltas. Solo. No podía ver lo que escribía y las lágrimas caían sobre mis manos, también fijas, también manos, que temblaban de soledad y estupidez. Las fotografías de la pared daban vueltas pero yo no podía verlo. Volví la cara mecánicamente y miré aquellos ojos en el espejo. Mi grito debió haber sido desgarrador. Eran inmisericordes y me daban mucho miedo porque no se les podía mentir. Lo sabían todo. Me tapé la cara y los ojos con mis manos sudorosas que temblaban y se me vino de nuevo a la mente la imagen del mundo dando vueltas…y la imagen del cuarto…
¡y la mía propia!

Volví de nuevo la cara pero esta vez sonriendo y muy despacio. De un salto me incorporé del escritorio, abalanzándome violentamente sobre el espejo para abrazarlo todo lleno de comprensión. Tal fue la fuerza que mi cabeza lo hizo pedazos.

Mario Roberto Morales
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 54

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Diferencias


Un hombre, al pasar ante una cantera, vio a tres operarios labrando la piedra.

Preguntó al primero:

—¿Qué hace?

—Ya ve, cortando estas piedras. El segundo le dijo:

—Preparo una piedra angular. El tercero se limitó a decir impávido:

—Construyo una catedral.

Hernando Pacheco.
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 50

Filtro amoroso


LONDRES, 10 de septiembre. (EFE). Un grupo de científicos norteamericanos esperan poder encandilar al monstruo del Lago Ness, empleando filtros de amor.

Los científicos de la Academia de Ciencias de Belmont, Estados Unidos, llegarán a Gran Bretaña aproximadamente para poner en práctica su plan.

El jefe de la expedición, profesor Robert Rines, explicó que piensan echar en el agua una mezcla de todas las esencias de amor de cada criatura animal, esperando que alguna de ellas despierte los instintos del monstruo, y lo haga salir de su escondite.

“Si Nessie realmente existe”, dijo el profesor, “su pasión será excitada y estaremos alerta con numerosos aparatos, para registrar su presencia”.

En caso de que este sistema fallara, los científicos tienen preparados otros “trucos” incluyendo toda clase de ruidos producidos por la fauna acuática.

El profesor Rines terminó diciendo: “Nuestro plan es apelar a los órganos sensoriales de Nessie, cualesquiera que éstos sean: olor, sabor, oído, tacto, visión o apetito sexual”.

Agencia EFE.
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 46

El mago Fidencio

Después de tantos años de darle vueltas al asunto ni duda cabe que todo fue a causa de esa maldita inconciencia que a diario nos traíamos. Y como no, si todavía ahora hay muchos que ni cuenta se han dado y aquí están formaditos, siempre hablando de quién sabe cuantas estupideces. Nuestra desgracia (y a la mejor ni tanta, pues de no ser por el recuerdo de lo que fuimos todos fuésemos felices) empezó aquella tarde en El Gran Circo del Mundo, único en su género según anunciaba la propaganda, cuando el increíble mago Fidencio (aún todavía no atino el porqué del nombre tan poco comercial) con una rapidez de cajero de banco sacaba con su enguantada mano blanca, conejos y más conejos de un sombrero de copa alta. Ahí estábamos totalmente embebidos en el conteo de los conejos que en un parpadeo no vimos el abracadabresco pase que hizo, del propio ilusionista, un conejo gigante que sacaba pequeños maguitos fedencios del mismito sombrero. Lo peor fue que todos celebramos a carcajada limpia el tan original acto sin preguntarnos siquiera dónde había estado el truco. El gran truco, porque desde entonces ya no son fidencios los que brotan de la chistera, sino nosotros mismos que formaditos esperamos la hora de brincar al escenario ante un público de conejos sin chiste, pues se quedan como si nada con el acto del gran mago: el conejo Fidencio.

Miguel Flores Ramírez.
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 45

El diagnóstico

Por fin, mis ojos fijaron bien su silueta. El lunar definitivamente es agradable. Sus tonos armónicos y obscuramente balanceados, hacen, resaltar, la blancura, definitiva, de su tez… sonríe.

¿Hubo una vez?

Y nuevamente los azules envolventes, y su mano se conjuga a un calor, amable.

Ya es de día. (Claroscuros desvanecentes). El ¿sueño? Ahora remarca la luz que se convierte pasivamente en objetos. Y, la ventana es azules y oros, murmullos de luz.

Todavía sonríe,…es…como un…

La cama es cuna. No, ¡más bien es nido!

Correr hacia el mar (frío). La piel está tostada y cuando las olas llegan, las piernas están firmes y lo envolvente quiere playas envolventes.

Me acaricia la frente e identifico al sol. El nido. El agua y su sonrisa se conjugan.

Estoy agradablemente identificado con las cosas… y las amo.

El doctor dice: ¡Es amnesia!

Manuel Gutiérrez Sotomayor
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 41

Manuel Gutiérrez Sotomayor (nacido en Jalisco en 1925), fue un poeta y narrador  que residió primero en Mexicali y después en Ensenada. En los años sesenta encontró en el camino de la creación artística una forma de equilibrio personal, un vehículo para la expresión artística una forma de equilibrio personal, un vehículo para la expresión de sus triunfos y fracasos […]. Su obra poética está contenida en Al enemigo del Quijote (1965) y su obra prosística abarca Ecos circundantes (1974) y A vuelapájaro (1985) colecciones de relatos con alto contenido poético […]. El afán viajero jamás se le quitó a nuestro escritor. En1990, a sus 65 años de edad, notificaba a sus amigos que “me voy con los ginatos. Quiero saber si García Lorca y Pessoa tenían razón. Luego les cuento qué averigüé. […] En su lectura-conferencia ofrecida en el club Rotario de Mexicali, el 9 de septiembre de 1965, está su ideario poético. Afirmaba entonces que “en lo personal abomino de lo que pretende ser estático. Siempre he encontrado emoción y poesía en una nueva experiencia, en un nuevo paisaje… en una nueva visión de belleza y armonía”. Y aseguraba que

La poesía está allá, en lo más recóndito de la obra (ya sea esta material o ideal) esperando despertar la emoción del que está en aptitud de captarla. Es decir, la poesía no es la pintura deslizada en un espacio dado, no es la piedra o el mármol esculpido, ni las frases o palabras que definen objetos, situaciones o formas. ¡No! La poesía está en la idea creadora revestida de sentimientos e imaginación.

Siendo una ruta hacia el espíritu que por lo general trasciende de la realidad, para encaminarse por caminos idealísticos, la poesía que trate de encontrar un mensaje valedero, debe acutalizarse. Debe encontrar y envolverse en formas estéticas que estén de acuerdo con el espacio y tiempo que le rodean, para con esas bases, se lance a forjar puentes hacia todos los tiempos, con ideales, recursos y formas que rompan cada día los límites de lo legado ayer, que rompa en todos los tiempos el cascarón endeble de las limitaciones por ser más ideal, para ser más poesía.

Me son desesperantes siempre los que, en cualesquier rama del arte, se aferran a los medios de expresión ya caducos y que, neciamente, toscamente, repiten en consecuencia ideas y formas que a través del tiempo, fuera de su mundo, han perdido ya su fuerza, su poesía.[1]

 


[1] Trujillo Muñoz, Gabriel., Mensajeros de Heliconia. Capítulos sueltos de las letras bajacalifornianas 1832-2004. Mexicali, Universidad Autónoma de Baja California, 2004.

Mercancías


Nada había, en verdad, más extraordinario que las mercancías del extranjero. La mayoría de sus joyas eran tan maravillosas como primorosamente trabajadas y además tenían un poder particular, especificado en un rollo de pergamino unido a cada una de ellas. Había babuchas que ayudaban a caminar, cuchillos que cortaban sin movimiento de la mano, sables que herían al menor gesto; todo ornado de piedras preciosas desconocidas de todos.

William Beckford of Fonthill
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 38