Por mi dama

“¡Por mi honor y por mi dama!”, gritaron los caballeros al unísono y, lanza en ristre, se precipitaron el uno sobre el otro en jadeantes cabalgaduras.

El impacto fue terrible. Ambos hijosdalgo rodaron a la vera del camino, sin vida.

—¿Y por qué dama os batíais, mi noble adversario?, —preguntó uno.

—Por la excepcionalmente hermosa Doña Dorotea del Val Triste, virtuosa entre las doncellas. ¿Y vos?

—¡Por Doña Dorotea del Val Triste! ¡Defendeos, villano!

Y el chocar de las fantasmales espadas de los paladines de Doña Dorotea aún se escucha en la actualidad.

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 404

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Jus primae noctis

El señor feudal era un hombre alto, delgado y anguloso, de modales refinados. Los recién casados lo miraron azorados, con un pavor no exento de respeto.

“Vengo a reclamar mis derechos”, dijo el señor suavemente. “La primera noche me pertenece”. Los aldeanos no se atrevieron a replicar. El caballo blanco sin jinetes que se encontraba junto al del barón piafó. El soldado que lo sujetaba de las riendas le acarició el pescuezo para calmarlo.

El señor feudal sonrió. “Vas a venir conmigo al castillo, pichoncito”, dijo, “verás que te va a gustar”. Acto seguido obligó a su corcel a dar la media vuelta y se alejó en dirección del fuerte señorial, no sin antes haber hecho una seña a sus guardias.

Los soldados sujetaron al novio y lo montaron en el caballo blanco. La novia se quedó llorando en la aldea.

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 404

El mejor regalo

Bajando la loma estaba el rancho de los montaraces. Allí todos trabajaban: las mujeres caponando la viña que crecía en el valle, los hombres talando montes y apilando leñas.

El menor de la familia iba a la escuela. Desde que le regalaron el rosillo no faltó un solo día.

Los domingos recorría el monte bajando lechiguanas. Y se quedaba mucho rato, sentado, a la sombra, gustando la miel. Después, sosteniendo la cabeza entre sus manos, trataba de descubrir una chicharra que entre las hojas de un molle se quejaba en voz alta, del sol.

Al tiempo talaban el monte.

Fueron sus días más tristes.

Él trabajó en la desmontada. Mientras los mayores destroncaban y quemaban, él juntaba chamizos y apilaba leñas.

Así, hasta que cayó el último árbol.

El día del pago su padre entregó a los hombres el dinero convenido. Y dirigiéndose a él, le dijo:

—Y a usted; por haber trabajado tan bien, le haré el mejor regalo que pida.

El niño, oyendo aquel ofrecimiento, levantó la cabeza, y mirando el campo sin ningún árbol, contestó:

—Padre, quiero tener de nuevo el monte.

Roberto Bertolino
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 399

Abismo

A veces cuando le veo a los ojos me digo: “Sí, esa es la mujer que yo busco, justamente ella, , qué más” sí, es que en sus ojos veo fielmente ese abismo, esa profundidad que busco en las mujeres; enseguida pienso en decirle algo, declararle mi amor, pero lo malo es que ella me toma de la mano, me la acaricia, yo tiemblo, siento que mi virilidad se inquieta, que sus labios se dirigen a los míos, y por fin pues me quedo, allí, en ese lugar donde siempre he estado, esperando verla pasar al interior del museo y viendo siempre frente a mí ese cuadro de la virgen que me deja mudo pensando en esa mujer que ahora está allí, y que no está y que en vez de hablarle de dirigirme a ella me quede realizando sueños eróticos y veo entonces lo que está sucediendo realmente, que todos los días cuando entra la secretaria me hundo en el abismo de sus ojos y sólo contesto:

—Buenos días.

José Gilberto Hernández Ramírez
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 387

Un cuento


La gente miraba primero con curiosidad, luego con asombro, más tarde con burla, por último con desprecio. Hasta que él no resistió ya y mientras esperaba su coche en el estacionamiento y un grupo de doce personas se reunía en torno suyo, gritó —¿Qué me ven?— e iba a añadir el consabido y ya bastante anacrónico: “¿Tengo monos en la cara?”, cuando se volvió hacia el espejo de la florería y los descubrió: unos metiéndose en sus cejas, otros trepando con la cola en ristre por su nariz, algunos más sentados con expresión ausente entre sus bigotes.

José Emilio Pacheco
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 385

Anti-parábola


Jesús llega a un pueblo donde había hecho varios milagros, entra en un suntuoso palacio y halla un hombre con los cabellos coronados de rosas rojas y los labios húmedos de vino.

—¿Por qué vives así? —le pregunta.

Y el joven, después de mirar a Jesús y reconocerlo, le respondió:

—Un día, era yo un leproso y Tú me curaste. ¿De qué otra manera iba a vivir?

Luego, Jesús sale a la calle y encuentra a un joven que mira a una mujer con ojos de concupiscencia. Jesús le dice:

—¿Por qué miras a esa mujer de ese modo?

El joven responde:

—Un día que yo era ciego, Tú me diste la vista… ¿De que otro modo iba a mirar?

Oscar Wilde
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 383