El lobo

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Logré que uno de mis compañeros de hostería —un soldado más valiente que Plutón— me acompañara. Al primer canto del gallo emprendimos la marcha; brillaba la luna como el sol a mediodía. Llegamos a unas tumbas. Mi hombre se para; empieza a conjurar astros; yo me siento y me pongo a contar las columnas y a canturrear. Al rato me vuelvo hacia mi compañero y lo veo desnudarse y dejar la ropa al borde del camino. De miedo se me abrieron las carnes; me quedé como muerto: lo vi orinar alrededor de su ropa y convertirse en lobo.

Lobo, rompió a dar aullidos y huyó al bosque.

Fui a recoger su ropa y vi que se había transformado en piedra.

Desenvainé la espada y temblando llegué a casa. Melisa se extrañó de verme llegar a tales horas. “Si hubieras llegado un poco antes —me dijo—, hubieras podido ayudarnos: un lobo ha penetrado en el redil y ha matado las ovejas; fue una verdadera carnicería; logró escapar, pero uno de los esclavos le atravesó el pescuezo con la lanza.”

Entré en la hostería; el soldado estaba tendido en un lecho. Sangraba como un buey; un médico estaba curándole el cuello.

Al día siguiente volví por el camino de las tumbas. En lugar de la ropa petrificada había una mancha de sangre.

 

Cayo Petronio Arbitrio
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 94

Las naves del infierno

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Para los negros de Benín, el Infierno estaba en el mar, desde el mar arribaban a Benín los navíos de los negreros.

Dictionarie de la conversation
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 91

El edificio

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Los ascensores saben, bajan. Nadie sabe cuántos pisos tiene el edificio serían treinta u ochenta. ¿O quizá diez veces más? Hay ascensores que se paran en cada piso, otros suben de un jalón hasta arriba. Cuando ya son muchos pisos y en las cocinas no calla nunca el tintineo de los vasos y tazas, la parte superior del edificio, con toda le gente en ella, se desprende. De estas personas no vuelve a saberse nada. Pero podemos suponer que les va bien.

Hay también escaleras, claro. Muchos prefieren las escaleras. Muchos suben los quinientos pisos sin parar. Otros suben un piso y bajan dos. Porque hacia abajo también hay escaleras. Hacia abajo hay también ascensores que suben y bajan. Nadie sabe cuántos pisos tiene el edificio hacia abajo. De todos modos son muchos, aunque no siempre. Porque cuando son muchísimos y puede haber peligro, y claro que la profundidad es más peligrosa que la altura, la parte de abajo se separa y baja con toda la gente a las profundidades más profundas. Y aunque no vuelve a recibirse noticia de esas personas, sería absurdo preocuparse por ellas. Además, ellas mismas se lo buscaron.

El edificio no sólo tiene arriba y abajo: para muchos una cosa es tan inaceptable como la otra. Así, hay pasillos horizontales en todos los pisos. Nadie conoce el largo de los pasillos. Pero corre el rumor de que los que caminan y caminan y no quieren volver sobre sus pasos y sólo desean seguir adelanteiadelanteiadelante, que éstos acaban por llegar al sitio de donde partieron.

De todos ellos los que más me conmueven son quienes desdeñan los ascensores y suben por las escaleras y sólo anhelan llegar al primer descanso y cada peldaño les cuesta trabajo, y al fin mueren cuando están a punto de llegar al escalón desde el cual hubieran podido ver el primer descanso.

 

Mariana Frenk
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 89

Anécdotas de antaño

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Afirman los “profetas del pasado”, que el siglo XXII fue particularmente interesante, pues llegaron delegados de otros mundos y se efectuaron trueques con metales y animales desconocidos.

Estudiando el estilo de las crónicas periodísticas que estaban de moda en aquellos remotos tiempos, consignaron detalles deliciosos, reveladores de una elegante mundología y de una perversa sensualidad. Especialmente los sabios comentan una información de la revista Hogar en el espacio, en donde se dice que una actriz de la citada época, famosa por su belleza, visitó la Exposición de Urano “y no pudo reprimir un sentimiento de repulsión ante las águilas bicéfalas”, pero en cambio “se extasió ante un maravilloso pegaso blanco, del tamaño de una garza pequeña que compró para su jardín”. El alimento del pegaso, que la artista con mucha gracia llamaba “trozo vivo de mitología doméstica”, consistía en rocío mezclado con éter. Se lo suministraba por las mañanas, y confesó al periodista: “Estoy feliz porque después de comer, el pegasito se posa en mis hombros, cariñoso y olfateante, ni más ni menos que como una mariposa con belfos.”

Los salones de belleza del siglo XXII eran muy curiosos. Los cabellos se rociaban con un polvo lumínico que salía de los atomizadores en forma de arco iris, y las cabezas femeninas brillaban al sol como estrellas con faldas. Además un sistema radial convenientemente aplicado en los tobillos y mulecas, producía armonías individuales que duraban de dos a tres meses, de manera que cada cuerpo de mujer efundía una música sutilísima, íntima y personal, que era como el emblema de su temperamento. Cuando las armonías se debilitaban, acudían de nuevo a los salones de belleza para recibirlas, pero tenían necesidad de ellas, como los coches primitivos de gas. Las damas cultas preferían frases de Bach con preludios de Debussy. Pero claro, los gustos eran muy variados. Abundaban las señoritas que gustaban aplicarse música exitante de salón nocturno, mientras otras, recatadas y mustias, cargaban sus almas con fúnebres armonías. Éstas últimas eran Hermanas de la Caridad del Cosmos y enviaban ayuda a planetas atrasados o bárbaros.

Alfredo Cardona Peña, en Fábula contada
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 85

El cuarto cielo

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En el Cuarto Cielo los muertos imaginan que son felices entre su familia y amigos. Cumplen allí los planes que en vida no pudieron cumplir; poseen cuanto anhelaron y les fue negado; pero para las personas que ven, los objetos que poseen y los actos que ejecutan son ilusorios, aunque tal vez no menos que los que integran nuestra vida.

Ursula Vulpius, Trost fur die mittelklassen (1908)
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 76

El sable sagrado

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El violento Susa-no, huyendo de la cólera de los dioses, va, de montaña en montaña y de valle en valle, meditando sobre su mala suerte. De pronto a orillas de un río, encuéntrase con dos ancianos, que gimen contemplando a una inda doncella: “¿Qué os acontece?”, les pregunta. “Al principio —contestole uno de los ancianos— teníamos ocho hijas; pero cada año la serpiente Koshi nos ha devorado a una, y ahora ya no nos queda más que la princesa Kushi-nadda, que no tardará en correr la misma suerte que sus hermanas —y agrega—: La serpiente es enorme y tiene ocho cabezas y ocho colas; y sobre sus escamas crecen musgos y árboles; y su tamaño es como el de ocho llanuras y ocho colinas” “Yo la mataré —contesta el Augusto Macho Impetuoso—; para ayudarme en mi empresa, comenzad a preparar ocho grandes cubas de aguardiente de arroz y ponedlas en las ocho puertas de una empalizada que circunda este campo” Así lo hacen los ancianos. La serpiente aparece y mete sus ocho cabezas en las ocho cubas; la borrachera la hace quedarse dormida. Susa-no, entonces, con su espada, le corta las ocho cabezas y las ocho colas. En su cuerpo encuentra el sable sagrado que hoy se conserva en Tokio. Luego como premio pide la mano de la doncella, se casa con ella y se la lleva a Suma, donde construye un palacio.

En el Kodziki, según la síntesis hecha por E. Gómez Carrillo
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 74

Amor verdadero

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Luego me arrodillé y, tomando el pie en el regazo, como hacen los zapateros, le quité los zapatos y los calcetines y le besé los pies. Había comenzado con orden y sin prisa, pero conforme iba quitándole las prendas crecía en mí no sabía qué furor de humildad y adoración. Quizá era el mismo sentimiento que experimentaba a veces posternándome a rezar; pero era la primera vez que lo sentía por un hombre; y era feliz comprendiendo que era amor verdadero, alejado de tosa sensualidad y de todo vicio.

Alberto Moravia, en La romana
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 73

Diablos en acción

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En el Infierno, un diablo grita al otro: “Pega, desuella, ahoga, mata, asesina sin perder tiempo, pon sin tardanza a éste en la llamas; arroja a este a los hornos y a las calderas hirvientes.” Y las mujeres vanas tendrán entre sus brazos un crudelísimo dragón inflamado, o si mejor lo prefieren, un diablo en forma de dragón, el cual los ligará con su cola serpentina los pies y las piernas, al mismo tiempo que herirá todo su cuerpo con sus crueles garras, pondrá su babeante y apestosa boca sobre las bocas de las condenadas y vomitará sobre ellas llamas de fuego y azufre con ponzoña… Y, finalmente, este dragón les causará mil dolores…, y todos los condenados gritarán azuzando contra ellas a los demonios.

Escalante, Satanismo erótico
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 67

Mujer cara

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Lais la Corintia, cuya elegancia y belleza era famosas, obtenía mucho provecho del comercio de sus perfecciones: los hombres más opulentos acudían a su casa desde todos los puntos de Grecia; pero no se les admitía hasta después de haber pagado el precio que ella misma fijaba, siendo muy exigente en estas peticiones… Un día fue secretamente Demóstenes a su casa y solicitó sus favores. Lais pidió diez mil dracmas, o un talento, lo que hace diez mil denarios de nuestra moneda. Confundido Demóstenes por el descaro de aquella mujer, asustado por la magnitud de la cantidad, se retiró en seguida, y dijo al marcharse; “No quiero comprar tan caro el arrepentimiento”

Aulo Gelio, en Noches Áticas
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 65

Tómelo con calma

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Kan Ying, en la antigüedad, era un arquero hábil. Cuando tensaba el arco, los animales se desplomaban y los pájaros caían del aire. Su discípulo, llamado Fei Wei, sobrepasaba aún al maestro en habilidad. Por su parte, Ki Tch´ang aprendió este arte de Fei Wei, quien dijo: “Aprended primero a no parpadear, en seguida veremos cómo tirar el arco.”

Ki TCh´ang volvió a su casa, se deslizó bajo el telar de su mujer y siguió con la mirada el va y viene de la lanzadera. Después de dos años de ese ejercicio, ya no parpadeaba ni aunque la punta de una lezna le rozara el ojo. Se lo contó a Fei Wei. Éste dijo: “Todavía no estás preparado. Ahora es necesario que aprendas a ver, es decir, ver grande lo que es pequeño, ver claramente lo que es invisible. Cuando logres esto, regresa.”

Ki Tch´ang, entonces, puso en su ventana a un pájaro colgado de una crin. Desde el interior de su pieza observó fijamente al bicho. Al cabo de diez días, el piojo pareció crecer poco a poco. Tres años más tarde le parecía del tamaño de una rueda de carreta, de tal manera que terminó por ver los otros objetos tan grandes como montañas. Tomó un arco de cuerno de Yen y una flecha de junco de Cho y tiró. Atravesó el corazón del piojo sin romper la crin. Fue a contárselo a Fei Wei.
Éste saltó, se golpeó el pecho y dijo: “Has alcanzado tu meta.” Después que Ki Tch´ang hubo asimilado el arte de Fei Wei, pensó que no tenía más que un rival en el mundo y planeó matar a su maestro. Se encontraron en un sitio desértico y tiraron el uno sobre el otro. Las puntas de sus flechas chocaron a medio camino y cayeron al suelo sin levantar polvo. Fei Wei agotó primero su provisión de flechas. A Ki Tch´ang le quedaba una: tiró. El otro, sin cerrarla, la paró con la punta de una espina. Ante esto, los dos lloraron, y dejando caer sus arcos, se postraron en tierra, el uno ante el otro, uniéndose en una amistad como de padre a hijo. Se hicieron una incisión en el brazo y juraron nunca traicionar el secreto de su arte.

Lie Tseu, verdadero clásico del vacío perfecto. (Tomado de EL CORNO EMPLUMADO)
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 57

Eternidad ficticia

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Bertrand Russell la ha actualizado. En el capítulo noveno del libro The Analysis of mind (Londres 1921) supone que el planeta ha sido creado hace pocos minutos, provisto de una humanidad que “recuerda” un pasado ilusorio.

Jorge Luis Borges en “Otras inquisiciones”
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 53

Jorge Luis Borges
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 127

Paradoja de Zenón

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Aquiles corre diez veces más ligero que la tortuga y le da una ventaja de diez metros. Aquiles corre esos diez metros, la tortuga corre uno; Aquiles corre ese metro, la tortuga corre un decímetro; Aquiles corre ese decímetro, la tortuga corre un centímetro; Aquiles corre ese centímetro, la tortuga un décimo de milímetro y así infinitamente sin alcanzarla.

Jorge Luis Borges
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 45

Jorge Luis Borges en “Otras inquisiciones”
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 413

El testamento

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Un hombre rico deja en su testamento su casa a una pareja pobre. Esta se muda ahí: encuentran un sirviente sombrío que el testamento les prohíbe expulsar. Éste los atormenta: se descubre, al fin, que es el hombre que les ha legado la casa.

Nathaniel Hawtrorne, en “Cuaderno de Apuntes”
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 33

Nathaniel Hawthorne en “Cuaderno de apuntes”
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 391

Coloquio de los pájaros

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El remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer en el centro de la China una pluma espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su antigua anarquía. Saben que el nombre de su rey quiere decir treinta pájaros; saben que su alcézar está en el Kaf, la montaña circular que rodea la tierra. Acometen la casi infinita aventura; superan siete valles, o mares; el nombre del penúltimo es Vértigo; el último se llama Aniquilación. Muchos peregrinos desertan; otros perecen. Treinta. Purificados por los trabajos, pisan la montaña del Simurg. Lo contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos y todos.

Farid al-Din Abú Talib Muhámmed ben Ibrahim Attar
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 29

Promesa cumplida

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Un día volvió Azora de un paseo, muy enojada y profiriendo grandes exclamaciones.

—¿Qué tenéis, querida esposa —le dijo Zadig—, que es lo que ha podido poneros así, fuera de vos?

—¡Ay! —respondió ella—, os pasaría lo mismo si hubieseis visto el espectáculo del cual acabo de ser testigo. He ido a consolar a la joven viuda Corsu, que acaba de elevar, hace sólo dos días, un monumento funerario en memoria de su joven esposo, cerca del arroyo que bordea este prado. Prometió a los dioses, en su dolor, permanecer al lado de la tumba mientras por allí corriese el agua del arroyo.

—Y bien —comentó Zadig—, he ahí una mujer estimable y que amaba realmente a su marido.

—¡Ah —prosiguió Azora—, si supieses en qué estaba ocupada cuando fui a visitarla!

—¿En qué, bella Azora?

—Estaba desviando el curso del arroyo.

Voltaire
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 28

Voltaire (en Zadig)
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 611

La incrédula

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Sin mujer a mi costado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos, y ella misma a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorprendida y agotada excusa, que ya lo había hecho.
—Lo sé —respondió—, pero quiero estar cierta.
Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme, profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizá ya innecesaria.

Edmundo Valadés
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 25

Edmundo Valadés
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 99