Patio de tarde


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A Toby le gusta ver pasar a la muchacha rubia por el patio. Levanta la cabeza y remueve un poco la cola, pero después se queda muy quieto, siguiendo con los ojos la fina sombra que a su vez va siguiendo a la muchacha por las baldosas del patio. En la habitación hace fresco, y Toby detesta el sol de la siesta; ni siquiera gusta que la gente ande levantada a esa hora, y la única excepción es la muchacha rubia.

Para Toby la muchacha rubia puede hacer lo que se le antoje. Remueve otra vez la cola, satisfecho de haberla visto, y suspira. Es simplemente feliz, la muchacha ha pasado por el patio, él la ha visto un instante, ha seguido con sus grandes ojos avellana la sombra de las baldosas.

Tal vez la muchacha rubia vuelva a pasar. Toby suspira de nuevo, sacude un momento la cabeza como para espantar una mosca, mete el pincel en el tarro y sigue aplicando la cola a la madera terciada.

Julio Cortázar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 506

Julio Cortázar
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 368

Julio Cortazar
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 96

Memoria


En las calles donde antiguamente se levantaban las mansiones de los Reales de la Universidad, construcciones viejas cuyas torres de cantera contrastaban con la oscuridad de los álamos, de rincones indefinibles se desprendía una música que sobre el empedrado duraba lo que diez tañidos de campana. Quienes vivieron allí —ahora todo está desolado y silencioso— recuerdan con tristeza aquella música.

Muchos juran que era el canto de un niño; juran otros que era la voz de una mujer que dejaba entrar en su lecho a niños fatigados. Pero los más respetables aseguran que el ruido de las calles se mezclaba con los últimos ruidos de la demolición de las casas antiguas y la confusión producida era la música que escuchaban en aquellos tiempos y de la que hoy recuerdan, con añoranza, su quietud e inmensa dulzura.

Carlos Montemayor
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 559

Andrés, El Joven

Andrés paseó de nuevo su mano por la cara, en forma detenida y, luego de asegurarse infinidad de veces al rectificar con ese mismo movimiento, anotó en una hoja el número de arrugas; después se deshizo del papel, decidido a negarse la evidencia: Andrés no aceptó que la ancianidad es una meta intermedia, alcanzada por él desde hacía ya mucho tiempo, y por esa soberbia amó aún mucho más aquella juventud perdida, aquellos tiempos en que las manos supieron encontrar superficies sin arrugas. Podría imaginar todo aquello, podría recordarlo, pero, después de reproducirse mentalmente todas esas escenas, sabría vivirlas de nuevo y no nada más por hacerlas brotar de la memoria.

El no era un viejo, él burlaría todos los aspectos naturales que así lo mostraban ante sí mismo y ante el mundo; los nombres de las mujeres a las que supo amar en otras épocas, serían de nuevo repetidos, y por supuesto aplicados a mujeres nuevas, tiernas en edad y para él desconocidas. Cerraría los ojos, traería a su mente algo para ser utilizado como clave, y volvería a abrirlos, sin recordar nunca más que había sido, durante algunos días, un viejo despreciable con el vigor viril únicamente en forma de obsesiones.

Así lo hizo: pensó en el movimiento continuo, en sus poderes ilimitados y buscó, siempre, la antigua mecedora de los ritos.

Manuel Capetillo
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 572

La huida

Aterrado por la idea de la muerte corrió a ocultarse tras la sombra de lo impenetrable, traspuso las barreras de su mundo, llegó a los límites de lo inexistente, jamás detenía su marcha, jamás escuchó las voces cansadas del fracaso, o los conmovedores cantos de la condescendencia.

Corrió tanto que sus pies se deshicieron, sus manos desaparecieron mezcladas en el viento, su rostro fue esparciéndose en la luz hasta que puso fin a todo y se sentó a reposar en las rocas del infierno.

Belinda Arteaga Castillo
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 571

Mazatl

Tezcatlipoca, hermana de Quetzalcóatl, hija de Tonacatecutli y Tonacacíhuatl, está enamorada de su hermano, siente que es superior a ella y trata de competir con él en todo.

Tezcatlipoca ojos negros, profundos como la noche, boca jugosa de fruta madura, pelo negro, largo y sedoso de india nahoa, talle breve y piernas morenas y bien plantadas. Ella espía constantemente a su hermano Quetzalcóatl y con un inconciente atavismo de amazona, lo sigue, hasta los cielos que Quetzalcóatl purifica con su presencia de indio-dios y también desciende a los infiernos de la envidia y amor que siente por aquél de su misma sangre.

Quetzalcóatl compadecido, contempla esta lucha por él y contra él y la ayuda a elevarse hasta el templo de Teotlatlauhco, mansión roja del dios del fuego, a cuya entrada está con ojos permanentemente abiertos Cuetzpalin-lagartija y en cuyo interior Ócelotl-jaguar está tirando zarpazos eternamente a Cozacuauhtli-buitre, pues están condenados a vivir peleando sin alcanzarse jamás. Tezcatlipoca convierte ahí sus pensamientos en cenizas y sale acompañada de Ócelotl-jaguar que, gracias a la espiritualización de ella, se ha convertido en el hermano Mazatl-ciervo, de porte altivo y nobleza nunca vista.

De ahí la pasa al Teocozauhco-mansión amarilla del sol, donde la misión es únicamente de contemplación a la divinidad, ahí permanece muchos siglos de ochenta años, en meditación, hasta que es trasportada al Teoixtac-mansión blanca de la estrella de la tarde, de donde sale convertida en la esplendorosa y reluciente luna y en las noches en que Tezcatlipoca está en cuarto menguante, nada más alcanzamos a ver las astas del bello Mazatl-ciervo que nunca la ha abandonado.

Flor María Novoa Zazueta
(bibliografía del códice Borgia)
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 567

Te comería a besos

Ella dijo: —Te quiero tanto que te comería a besos. —Pues cómeme, repuso él. —¿De verdad, me dejas? —Claro que sí, dijo él, dejándose querer.

Entonces ella comenzó a besarle delicadamente el rostro, mientras sus manos de dedos largos le acariciaban el cuerpo, hundiéndole en un sopor de extraña felicidad. La boca grande y roja tomó la boca masculina, y con finos mordiscos le fue arrancando el labio superior, el inferior, la lengua. Después siguió con las mejillas. Luego, con poderosa y larga succión, sorbió los ojos. Sin prisas, expertamente arrancó oídos y le comió el cuello; para posteriormente clavar sus fuertes dientes y afiladas uñas en el tórax, hasta alcanzar el corazón.

El hombre sentía confusamente que la vida se le iba; pero no podía moverse, sumergido como estaba en un río resplandeciente de crueldad y delicia.

Siete horas más tarde, sólo quedaba el esqueleto perfectamente limpio de él.

La mujer, monstruosamente hinchada, cayó en un pesado sueño.

Jorge Mejía Prieto
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 563

El Hipo

Ingirió de un tirón y sin tomar aliento un vaso de agua fría. Tomó mil medicinas amargas. Vio en su cama una calavera macabra. Pero, su Hipo no cesaba.

Contempló el cuerpo desnudo de una diosa sin par: su Hipo persistía. Trató de quitarse la vida: su Hipo desvió el arma.

Comprimióse los globos oculares, poniendo un grito en el cielo. Irritose la úvula hasta obtener un reflejo, muy lleno de náuseas. Practicó una expiración forzada y prolongada, con la boca cerrada y la nariz pinzada. Su Hipo continuaba.

Administróse barbitúricos, de los que sedan y sedan. Inhaló CO2, respirando por la vía bucal a través de un tubo de cristal. Dióse un lavado de estómago. Inyectóse novocaína: su Hipo no cedía.

Leyó la definición de Hipo: “Es una contracción espasmódica crónica del diafragma que se acompaña de una obstrucción brusca y sonora de la glotis”. Su Hipo persistía.

Díjole el cirujano: “Su caso es prolongado e irreductible. Tengo que practicar la cocainización y aplastamiento del frénico”. Al oír este fúnebre canto, curóse el paciente como por encanto.

Ángel Consuegra Marín
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 561

Reencuentro

—Señor, escúchame: estoy llorando de arrepentimiento, soy el demonio, permite que el amor de tu misericordia me exculpe, reconozco el error de la vanidad, dame cabida en tu benigno seno…

Y Dios condujo a la sombra del mal por entre los brillos del perdón.
En ese momento los dos se redujeron a nada y los hombres olvidaron el abismo de la fe.

Belinda Arteaga Castillo
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 553

Círculo

Metió el dedo gordo del pie en el hoyo y estuvo jugando largo rato, como hacía siempre que estaba solo y sentía la desnudez del mundo sobre sí, la extensión blanca hacia lejos, hacia nunca, hacia no se sabe donde. Sólo escuchaba como una canción en el viento el balanceo del agua lejana, misteriosa, el cielo besado velozmente por aves que parecían aviones en cámara lenta, negros puntos que de ponto hacían una zambullida y devoraban peces sobre el mar.

se desnudó/miró su cuerpo
observó fija, meticulosamente los pies, los huesos de los tobillos, las rodillas con cicatrices antiguas, las piernas, los vellos de la ingle, su pecho delgado y firme, lo comparó mentalmente con otros cuerpos y se dijo que tenía uno verdaderamente presentable

sólo las manos
no parecían ajustarse
eran pequeñas, toscas.
era / cuando menos / lamentable
—…”la túnica del grabado consiste…”—

la voz, de pie ante los cuadros la sacudió violentamente, sus ojos percibieron la luz esparcida sobre fondos claros y oscuros, colores brillantes y opacos que dibujaron sobre su cerebro otras formas, otras coloraciones, otros mitos profundamente fijos en su conciencia

sintió los codos de alguien rozándolo, alguien más respiraba sobre su nuca, el calor fue esparciéndose y acogotándolo, empañó los cristales de las ventanas dibujando más formas imprecisas

miró

hasta no sentir nada más sino ese dedo gordo del pie en el hoyo dando vueltas lentamente mientras el agua crecía en un círculo infinito.

Bertalicia Peralta
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 551

Lejos de Macondo

En esa tarde las nubes se adhirieron a los cerros, y desde entonces ha estado a punto de llover. Los sombreros y rebozos fueron puestos sobre las cabezas, la obscuridad hace pensar en lo intempestivo de la próxima tormenta, pero todo ocurrirá dentro de miles de años.

Manuel Capetillo
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 547

Interdicción de crecimiento

“Mi cicerone me condujo enseguida hacia una grieta de la cual se afirmaba que era el famoso “foso de los leones” del profeta Daniel; en el borde de la grieta me señaló también su tumba. Estaba construida, según la tradición mahometana con adobe y tenía la forma de un ataúd de aproximadamente ocho metros de longitud. A mi pregunta porqué el ataúd era tan enorme, me contestó el guía con toda seriedad que Daniel había crecido en su tumba y que había sido necesario alargarla de tiempo en tiempo.

—¿Crece aún el profeta? —pregunté.

—¡No, eso lo han prohibido los rusos!.”

Gustavo Carlos Baron de Mannerheim
en: Memorias del Mariscal Mannerheim
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 544

Los que empedraron el camino

Era una editorial de buenas costumbres, hija de una familia decente y respetable. Su único capital, heredado desde el Apocalipsis y acrecentado a través de generaciones, era inteligencia y buena voluntad. Anhelaba la paz entre los hombres —el entendimiento y la tolerancia— y eso que no era época de Navidad ni había estadistas en su staff.

Decidieron entonces organizar un Concurso. El público respondió como un solo hombre, todos, absolutamente todos los que sabían leer y escribir en ese país quisieron participar: profesionistas, hombres de negocios, amas de casa, empleados, estudiantes, obreros, maestros; los de derecha, los de izquierda, los del centro, los de arriba, los de abajo; la clase media, los ricos nuevos, los viejos pobres, el poder juvenil, los burócratas, los extranjeros; los satisfechos, los añorantes, los ofendidos, los ociosos, los ilusos, los rebeldes. Todos se pusieron a escribir y enviaron sus múltiples y variadas contribuciones al Concurso.

Simultáneamente algo inusitado empezó a acontecer en todo el país. La gente estaba menos irritable y tensa, esto saltaba a la vista en las calles, las tiendas, las oficinas públicas. Todos parecían más relajados. Y los psicólogos, psiquiatras y demás directores espirituales empezaron a quedarse solos. El servicio de correos triplicó sus turnos y las papelerías se volvieron el negocio más próspero. La gente tomó un aspecto muy curioso: se veían vacíos, limpios de inhibiciones, resentimientos, obsesiones y deseos frustrados. Las estadísticas señalaron una baja notable en los actos de violencia pública y en el ámbito privado disminuyeron a lo mínimo las reyertas conyugales y demás fricciones de índole familiar.

La editorial estaba en el apogeo de su actividad y de su gloria profesional, no importaba el trabajo y el sacrificio que esto implicara mientras así vieran colmados sus más caros anhelos espirituales. Sin embargo, una extraña descomposición empezó a hacer presa de ella. Tal parecía que todas las angustias y tensiones, recuerdos y vivencias de que se habían librado los participantes del Concurso los habían asimilado de tal modo los encargados del mismo que los hicieron suyos durante la lectura y clasificación de los trabajos. Y ahora, más que en carne en alma propia, un solitario grupo humano sufría las consecuencias; el peso fue demasiado y el flujo y reflujo de imágenes más que incontenible era insoportable. En realidad no renunciaron en masa, se los llevaron a todos a una casa en el campo. La editorial cerró el Concurso y entregó el premio, como donativo, a la Asociación Nacional de Salud Mental. Los habitantes del país se fueron olvidando del mal hábito de escribir. Y la pátina del tiempo y el polvo hicieron el resto.

Ana F. Aguilar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 506

La prostituta

El cigarro se apagó entre sus dedos tensos y melancólicos. La prostituta sacudió los recuerdos que la aligaban a la virginidad, a los días miserables y solitarios de parir rezos y contar miedos. Sonrió con la conformidad de los vencidos y los ojos miserables y violados mil veces relataron historias llenas de tristeza y odio. Fúnebres cuentos para niños malvados.

Recorrió la noche en busca del final, a través de mustios pasados. Sintió miedo de parecerse a la madre que jamás la besó, de tener en sus labios el sabor de otros tan bestiales como los de su padre o de merecer el amor de un hombre.

Un frío anhelo llenó su pecho, anidó en su vientre, fecundó sus manos. La navaja cortó inflexible los hilos de su vida, la sangre bañó su ropa, descendió por la calle, se mezcló con el agua y con la tierra, eternizó los núcleos de energía.

Cuando llegó el final la mujer-vacía-muñeca-rota-niña-estúpida tenía en los ojos un manantial de estrellas y en los labios una dulce y postrera identificación de dicha.

Belinda Arteaga Castillo
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 525

Preludio y fuga

La demostración que hice de mi poder extraordinario al poder elevar en posición horizontal, a cualquier persona elegida entre los espectadores que concurrieron al teatro aquella mañana, estaba a punto de constituir para mí el inicio de una carrera triunfal, pero la voracidad enfermiza que padecen los empresarios, de explotar a un artista que puede ser notable, rompió mi concentración cuando me propusieron contratos por sumas más altas que aquella de la cual cayó la persona que se prestó al experimento. La caída causó su muerte y la sentencia que me condena a muchos años de prisión.

Durante seis meses, noche a noche, he practicado la levitación desde mi camastro hasta el techo de la celda… Uno de estos días, cuando a la hora del descanso nos lleven al patio, me escaparé.

Roberto Bañuelas
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 491

El día perdido

Hoy fui a devolverle su paraguas a una amiga de por mi rumbo, no estaba, lo dejé con su sirvienta pero ésta no me reconoció, lo tomó de mis manos con desconfianza y vio a través de mí como si yo fuera transparente, me eché a caminar por la calle desconocida y familiar, dos, tres cuadras, luego una a la derecha, cruzo la avenida y doy vuelta a la izquierda pero allí no está mi casa, son la calle y los árboles de siempre, los mismos perros, el mismo aire, tal vez ya no sea la misma, sigo caminando y paso frente a la casa que no es mi casa, todo se ve en orden, el tapete del baño se seca en la ventana, llego al parque, lo atravieso, alguien me llama y volteo, es una vecina que se equivocó y se disculpa sonriente y apenada, Ana había dicho y ese es mi nombre, la conozco, vamos a la misma clase de cocina. Entro a la tienda de la esquina para comprar una lata de chícharos y salgo con una cajetilla de Raleigh, no me entendieron. Extiendo mis manos y la luz del sol hace brillar mi argolla de matrimonio, hago el intento pero no puedo recordar a mi marido, tan lindo y tanto que lo quiero, todavía esta mañana, a la hora del desayuno… es inútil, mejor sigo caminando. Definitivamente hoy no soy yo.

Ana F. Aguilar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 515

Rosalía se encuentra confundida, también Rodolfo.

Expone José Antonio:

—Duffy alberga inconscientes motivos sobre todo cuando los incidentes se producen en forma podríamos decir casi-contraria, ¿no es así?

Rodolfo:

—Creo empezar a comprenderte aunque atendiendo a la verdad debo decir que lo que expresas llega a ser captado por mí en una medida imposible de tomarse en cuenta.

Llueve. La navegación submarina queda suspendida y se da la orden de proceder a la eliminación de los intentos aéreos que hubieran estado programados. Así, los dos amigos interrumpen absolutamente todas sus transmisiones (¿se oye bien?), mientras que Rosalía parece meditar en el interior de un submundo más bien embebido de los elementos comunes al primitivismo —próximo a olvidarse— y por lo mismo separa las ropas transparentes, adheridas, arrancándolas centímetro a centímetro. Después, se cubre como conviene, al acercarse José Antonio y Rodolfo en sendos aparatos, poco más que imperceptibles con objeto de no ser atrapados por las autoridades, y considera si Duffy es un inconsciente.

—No, no él mismo, haz un esfuerzo, se trata de los motivos que alberga —le aclara José Antonio, y lo hace con amabilidad, aplicando algunas virtudes interiores. Rodolfo alcanza, entonces, un estado de absortez casi completo.

Manuel Capetillo
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 513

De caelo et inferno


Los hombres de Eneldos (todos los ancianos del Norte), versados en el temor divino, afirmaban que se requería una intensa preparación piadosa para llegar al Paraíso, porque ahí todo es Distinto y Terminado y Puro. Un hombre sin preparación que llegara a estar en él —descartando que quisiera encontrar seres eternos, voces de luz, lugares infinitos, vírgenes que vez tras vez renueven su sangre limpia, suave— encontraría que cada movimiento de las cosas, cada línea del mar o de la arena, cada ruido del viento o de la noche, desaparecen ante cosas por completo desconocidas, privadas de un sentido o referencia humana, cuya sola presencia, perfecta, indescifrable, haría que ese hombre muriese de silencio, de sed, de miedo principalmente, de un terrible medio y bien podría tomar al Paraíso por el Infierno. Gregorio de Niza impugnaba la pobre visión de este mundo.

Carlos Montemayor
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 511

Recuerdo


Llegaría a pensarte así más tarde: un cráneo incompleto, adivinado a través de las estrías de luz que formarían tu rostro. Líneas que rodean las cuencas de los ojos, la nariz, la boca, lo que de ellas queda. Líneas ondulantes en los hombros, huidizas en el cuello.

Llegaría a pensar en ti como en una silueta proyectada sobre los barrotes de una reja. Sombra incompleta, hecha de mi parcial recuerdo.

Porque sólo me dejaste un sobre azul, lleno de voces, que yo leí bajo el sol.

Así te vas.

Guardaría en mis manos el calor y la humedad de las tuyas.

Pero el eje de tu cuerpo sería duro, negro, y las estrías continuarían a todo lo largo, frías e inmóviles. Como si nadaras en el mar iluminado por la luz de un faro.

¿Te lo imaginas? Una imagen tuya hecha de rayas, de espejos largos, de gotas infinitas. Recorrería con mis manos los intersticios, las hundiría en ellos. Mientras tanto, tu carne se me iría olvidando: su color, su perfume, su tristeza.

Porque una caja de madera me dejaste.

Te recobraría cuando la luz y la sombra se hicieran una: los barrotes desaparecerán, mis dedos se posarán en ti.

Cuando emerjas de tu día y tu noche y yo pueda mojar mi piel en tu mar. Soltarás el miedo que llevas entre los dientes, para tomar este beso.

A recordarte así he llegado: cráneo curvo, semiluminado: los ojos vacíos, la cara estriada de luces y sombras.

Irene Prieto
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 508

Receta casera


Haga correr dos rumores. El de que está perdiendo la vista y el de que tiene un espejo mágico en su casa. Las mujeres caerán como las moscas en la miel.

Espérelas detrás de la puerta y dígale a cada una que ella es la niña de sus ojos, cuidando de que lo oigan las demás, hasta que les llegue su turno.

El espejo mágico puede improvisarse fácilmente, profundizando en la tina del baño. Como todas son unas narcisas, se inclinarán irresistiblemente hacia el abismo doméstico.

Usted puede entonces ahogarlas a placer o salpimentarlas al gusto.

Juan José Arreola
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 507

Sueño Borgiano


Soñé que salía de otro —populoso de cataclismos y de tumultos— y que me despertaba en una pieza irreconocible. Clareaba: una detenida luz general definía el pie de la cama de fierro, la silla estricta, la puerta y la ventana cerradas, la mesa en blanco. Pensé con miedo ¿Dónde estoy? Y comprendí que no lo sabía. Pensé ¿quién soy? Y no me pude reconocer. El miedo creció en mí. Pensé: esta vigilia desconsolada ya es el Infierno, esta vigilia sin destino será mi eternidad. Entonces desperté de veras: temblando.

Jorge Luis Borges
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 503

Aire respiratorio seco ¡envíen lágrimas!


—Es una cosa extraña —dice el Coronel No. 4,323—. El ver con sombreros a los reclutas. No pueden entender, por más que se les explique, el uso que deben hacer del sombrero en su cabeza.

Cuando estaban haciendo el ejercicio matutino y pasaba el Gobernador, querían saludarle; el fusil iba por un lado y el sombrero por el otro. Se les dijo que de ningún modo saludasen a nadie y ahora cuando van por la calle y ven algún Grande, se encajan más el sombrero y no hacen caso.

Se les mandó también que no se moviesen ni desarreglasen cuando están formados, pero el otro día se dejaron estropear por el automóvil de la esposa del Coronel No. 4,323, sin querer apartarse de la fila, por más que el chofer de ésta les gritó: ¡Fuera de ahí imbéciles!

Una semana después, en una corta ceremonia, diez viudas inalterables recibieron diez medallas, diez diplomas y diez “pensiones de gracia”. Veinte lágrimas de gratitud pusieron fin a la corta ceremonia.

Dámaso Ogaz
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 500

The Canary murder case II


Es terrible, mi tía me invita a su cumpleaños, yo le compro un canario de regalo, llego y no hay nadie, mi almanaque es defectuoso, al volver el canario canta a chorros en el tranvía, los pasajeros entran en amok, le saco boleto al animal para que lo respeten, al bajarme le doy con la jaula en la cabeza a una señora que se vuelve toda dientes, llego a casa bañado en alpiste, mi mujer se ha ido con un escribano, caigo rígido en el zaguán y aplasto al canario, los vecinos claman por la ambulancia y se lo llevan en una tablita, me quedo toda la noche tirado en el zaguán comiéndome el alpiste y oyendo el teléfono en la sala, debe ser mi tía que llama y llama para que no vaya a olvidarme de su cumpleaños, ella siempre con mi regalo, pobre tía.

Julio Cortázar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 499

Año magno


Uno de los delirios de Platón fue, que absuelto todo el círculo del año magno (así llamaba a aquel espacio de tiempo en que todos los astros, después de innumerables giros, se han de restituir a la misma positura y orden que antes tuvieron entre sí), se han de renovar todas las cosas; esto es, han de volver a aparecer sobre el teatro del mundo los mismos actores o representar los mismos sucesos, cobrando nueva existencia hombres, brutos, plantas, piedras; en fin, cuanto hubo animado e inanimado en los anteriores siglos, para repetirse en ellos los mismos ejercicios, los mismos acontecimientos, los mismos juegos de la fortuna que tuvieron en su primera existencia.

Padre Feijoo
citado por Jorge Luis Borges
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 492