Contrición

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Ya sé, con algún teólogo moderno, que el mal también es útil. Puede desembocar en el bien. Y hay una idea muy bella precisamente de ese teólogo, que dice que el arrepentimiento puede modificar el pasado y hacer que todos los acontecimientos de la vida se coordinen hacia un fin.

Lo importante es lograr que en la hora de la muerte, todos los hechos de la vida armonicen y se subordinen al acto final de conciencia. Que a través de una visión cónica, en lo más profundo se vea el primer acto de conciencia, simultáneo con el último. La contrición es la única manera de irse del mundo. Nada debe ser más triste que morirse rencoroso o sediento de vida. Podría yo decir, porque probé de todo un poco.

Juan José Arreola
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 692

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El botón

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El botón le saltó del chaleco, rodó un buen trecho por el pasillo, descendió las escaleras, atravesó el vestíbulo y se perdió en la calle.

Por aquél botón supo la policía que el asesino se burlaba espantosamente de ellos.

Francisco Tario
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 691

Francisco Tario
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 742

El pobre general

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“¡Ese pobre general!, otra vez lo han derrotado en las elecciones”, dijo la princesa de Parma, por cambiar de conversación. “¡Oh!, eso no es grave, no es más que la séptima vez”, dijo el duque, que como había tenido que renunciar también a la política, se complacía bastante en los reveses electorales de los demás. “Se ha consolado queriendo hacerle otro chico a su mujer”. “¡Cómo! ¿Vuelve a estar encinta esa pobre señora Monserfeuil?” “¡Pues claro! —respondió la duquesa—; ése es el único distrito en que no ha fracasado nunca el pobre general!”.

Marcel Proust
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 686

La apuesta

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—¿Por qué no va a ser posible tirarse por la ventana desde el décimo quinto piso de este hotel, y sobrevivir? ¡Vamos, claro que es posible!

Hacemos, pues, la apuesta, y mi amigo parece asustarse un tanto por el cariz que van tomando las cosas. Yo no espero a que se arrepienta y me lanzo por la ventana. Allá abajo, los pequeños automóviles, ocupados por hombres más pequeños, pasan sin advertir mi caída. En uno de los giros que da mi cuerpo incontrolable, veo la cara de mi amigo, pálida, desencajados los ojos.

Luego, doy de espaldas sobre las baldosas. Al ruido, tres señoras gritan y ven que me estrello; pero yo me levanto, sacudo mis ropas y con la mano saludo a mi amigo, que sigue allá, en la ventana de nuestro cuarto del décimo quinto piso.

Álvaro Menenn Desleal
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 679

Aforismos

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—Nada contribuye tanto a la paz del alma como no tener ninguna opinión.

—Era un hombre tan inteligente que ya no servía para nada.

—Hay gente incapaz de oír hasta que se le corta la oreja.

—En Brunschwig se vendió en venta pública, por una importante suma, un tocado confeccionado con los cabellos íntimos de una doncella.

Georg Christoph Lichtenberg
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 675

Luna de la maldición

Me estoy muriendo. La vida se me escapa en chorros escarlatas que no puedo contener. Igual que los demás… Me descuidé. La horrorosa visión me conmovió de tal manera que olvidé la prudencia. Debe haber visto mi sombra…, o quizás hice algún ruido. Ahora está a salvo. Yo era el único que sospechaba de él. Nadie lo creería. Parecía uno de tantos, a pesar de su reserva y de sus costumbres algo raras. Yo fui el único que recordó que él conocía a todas las víctimas. Y todas las muertes habían ocurrido en noches de luna nueva. Y las heridas… ¡Solo uno de ellos podía causar esas heridas! Pensé en las viejas leyendas… y me dediqué a vigilarlo de cerca. Y ahora confirmo mis sospechas. Pero me muero, y ya nadie lo sabrá. Aún lo distingo, aunque cada vez con menos claridad, erguido frente a mí sobre sus dos patas blancas… su repulsiva desnudez sin pelo, y su hierro tronador humeante todavía. Y ríe… ríe, con la espantosa risa roma de los lobos-hombres.

Carlos María Federici
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 676

Loco

Todos actuamos durante las 24 horas del día aun cuando no haya conciencia, estoy perfectamente convencido de esas y otras cualidades y defectos del ser humano, HUMANO, HUMANO, ese soy yo

1 2 3 4, 7 7 7 G. de Anda V. 1971 porqué 1971

Por qué esta época y no otra —parece decir con su expresión fuera de sí—
¡estoy loco!, ¡estoy loco!… NO. Sólo estoy probando la nueva pluma que acabo de comprar en Gigante.

Gonzalo de Anda Vizcarra
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 674

Regreso

—Me da gusto verte —dijo sin mirarla. He soñado tanto en este momento, que ya nada tengo qué decir.

—Momento soñado.

—Soy un poco como aquel guerrillero terrorista de Andreiev, ¿recuerdas?

—¿Y yo una… también un poco?

—Nunca comprendiste del todo mi lucha.

—¿Desertaste?

—No me dieron tiempo.

—Y… ¿tu amor?

—Debo haberlo perdido por ahí, ¿te hace falta?

—Ya no.

Con un convulso, torpe abrazo, los ojos acuosos y en silencio, reanudaron el idilio después de seis lustros de no verse.

F. Manrique
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 667

La muchacha del it

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Tenía un modo de mirar como si hubiera vivido mucho tiempo en Pekín. Hablaba siempre de ciencias ocultas y de negras quiromancias; pero sus palabras se contradecían, goteando como jugo de frutas entre sus labios carnosos.

Era fea, no tenía una silueta digna de Vogue y usaba una esencia que me privaba de sentirle tal como era, pero estaba llena de atractivos indefinibles. Los ingleses llaman a eso el “it”de una persona.

No la quería. Me había acostumbrado a ella. Un día cualquiera me dejó por un señor con anteojos de carey.

En el verano los hallé sentados en una pérgola junto a la playa. Y sentí celos. Después la vi repetir las mismas actitudes que, hacía algunos meses, me habían parecido encantadoras. También debía estar diciéndole cosas que yo conocía.

La sensación de que era la misma para todos y la certeza de que perdía el tiempo —el otro iba a tardar más que yo en comprenderla— fueron las que me impulsaron a lanzarme al agua para nadar, nadar hasta agotarme.

Yo estoy seguro de que existen los celos puramente físicos.

Carlos Vatier
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 663

Después de cinco años

El destino siempre le había deparado extrañas jugarretas. Los hados de confabulaban para tejer en derredor de ella, invisibles redes que ingeniosa y pícaramente, extendían con sabiduría ancestral en su difícil camino.

Cansada de culpar a diestra y siniestra: a las circunstancias que no le eran favorables; al nefasto medio ambiente; a las odiosas gentes que no la comprendían; a la fea casa en que vivía, en fin, enfadada hasta del inútil marido y de los hijos que tenía, decidió dormirse durante cinco años, para no despertar hasta que todo hubiera cambiado. Decidido esto, se fue a su habitación; la cerró con doble llave y se engalanó con su más hermoso camisón; rezó piadosamente sus oraciones de la noche, hasta quedarse profundamente dormida…

Transcurrieron cinco largos años, después de los cuales, llena de modorra, fue despertando poco a poco. Cuando pudo abrir los ojos, recordó la finalidad de tan prolongado sueño y embargada por la emoción, se levantó llena de ansiedad para verificar todos los cambios que deberían haber pasado. Pero cuál no sería su desilusión, al constatar que absolutamente todo seguía igual que antes.

Con los ojos convertidos en un mar de lágrimas, resignada y triste, se regresó a su recámara para arreglarse un poco. Cuando estuvo frente al espejo y se miró en él, se dio cuenta con sorpresa que no todo seguía igual; “algo” había cambiado: ahora era cinco años más vieja…

Juan José Ramyol
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 661

Fantasma sensible

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Un día, cuando se dirigía al excusado, Yuan Tche-yu fue protagonista de un hecho singular. A su lado surgió un fantasma gigantesco, de más de diez pies de altura, de tez negra y ojos inmensos, vestido con una casaca negra y cubierto con un bonete plano. Sin turbarse de modo alguno, Yuan Tche-yu conservó su sangre fría.

—La gente suele decir que los fantasmas son feos —dijo con la mayor indiferencia, dirigiendo una sonrisa a la aparición—. ¡Y tiene toda la razón!

El fantasma, avergonzado, se eclipsó.

Lieu Yi-king
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 655

El mujik y los pepinos

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Una vez un campesino fue a robar pepinos a una huerta. En cuanto se deslizó hasta el sembrado, pensó: “Si consigo llevarme un saco de pepinos, los venderé y con ese dinero compraré una gallina. La gallina pondrá huevos, incubará y sacará muchos pollitos. Criaré los pollitos, los venderé y compraré un lechoncito. Cuando crezca tendrá una buena cría. La venderé para comprar una yegua, que, a su vez, me dará potros. Los criaré y los venderé; después compraré una casa y pondré una huerta. Sembraré pepinos, pero no permitiré que me roben. Pondré unos guardas muy severos, para que vigilen. Y, de cuando en cuando, me daré una vueltecita y les gritaré: “Eh, amigos, vigilad con más atención”. Sin darse cuenta, el hombre dijo esas palabras, en voz alta.

Los guardas que vigilaban la huerta se abalanzaron sobre él, y le dieron una buena paliza.

León Tolstoi
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 652

El león, el asno y el zorro

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Un león, un asno y un zorro, en amistosa compañía, emprendieron una partida de caza. Cuando hubieron hecho una buena redada, el león instó al asno a repartirla entre ellos. Hizo el asno tres partes, e invitó al león a escoger; indignado, el león salto sobre él y lo devoró. Después instó al zorro a que hiciera el reparto. Éste reunió en un sólo montón toda la caza, no reservándose para sí más que algunos restos, y seguidamente invitó al león a que escogiera. Preguntóle el león qué era lo que le había enseñado a repartir así, a lo que el zorro contestó:

—La desgracia del asno.

Así nos instruimos, aleccionados por las desgracias de nuestro prójimo.

Esopo
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 650

El día de mañana

Después de un día fatigoso, cargando en sus espaldas las miserias de toda una vida, llegó a su casa. Ya dentro y con los ojos que veían sin ver, recorrió lentamente la habitación. Sintiendo un cansancio infinito, se dejó caer pesadamente en la silla que estaba frente a la ventana
.
Se esforzaba por pensar con claridad, pero sólo acudían a la oscuridad de su mente, recuerdos que como chispazos de luz, se fugaban con la misma rapidez con que habían llegado. Se levantó y dirigiéndose a la cómoda, saco de los cajones una vieja pistola. Dejó correr el tiempo entre recuerdo y recuerdo: “el pescadito dorado que le habían regalado cuando era niño, la única fiesta de cumpleaños que tuvo en su vida; su primera bicicleta”. Se acordó con ternura de los amores que había tenido. Llegaron también, recuerdos de tiempos difíciles: desde malos negocios, hasta los amigos que lo habían engañado. Pero lo que más le dolió al recordar, fueron los parientes, que en mejores épocas lo habían ensalzado; y ahora, en los tiempos adversos, se le habían echado encima como una jauría de perros del mal.

Encendió un cigarrillo. Cuando la penumbra empezaba a invadir la sobriedad y quietud del cuarto en que habitaba, sintió todo el cuerpo adolorido y pesado como un gran trozo de granito; el cuello lo tenía entumecido, los ojos estaban cansados y llenos de sueño. Encaminó sus pasos hacia la cama y acostándose en ella, sólo alcanzó a murmurar levemente: —¡Carajo! Estoy tan cansado ahora, que ya veremos mañana…

Juan José Ramyol
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 643

El hijo de perra

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Trabajé durante toda la semana en la construcción de una presa en el río y la noche del sábado fui a la ciudad con uno de los obreros. Con el dinero que había ganado durante la semana, jugamos a los dados en un garito y bebimos whiskey. El domingo por la noche compramos varias botellas de whiskey y contratamos a dos mujeres para que pasaran la noche con nosotros. Cuando me levanté a las cinco de la mañana del día siguiente para ir a trabajar, desperté a mi compañero y le dije que se vistiera. Se levantó, se miró durante un rato en el espejo y se bebió otro trago de la botella. Le dije que se diera prisa. Y me contestó que Dios le había estado pellizcando en los talones desde que tenía diez años, y luego cogió su pistola y gritó:

—¡Mira hacia otra parte! ¡Voy a matar a un hijo de perra!

La bala le penetró en su cabeza, en pocos segundos rodó por la cama y cayó al suelo, donde, en medio de un gran charco de sangre, quedó como un guiñapo. La mujer que había dormido en su cama, se incorporó y dijo:

—Otro pobre loco víctima de la melancolía de las mañanas del lunes.

Erskine Caldwell
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 639

Descontento

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José de Arimatea, después de la crucifixión de Jesús, se encuentra a un joven desnudo y lloroso.

—No me asombra tu gran pesar —le dice—, porque en verdad que Él era un hombre justo.

—No, si no lloro por Él —replica el joven—. Yo también he hecho milagros y todo lo que ese hombre ha hecho, ¡pero no me han crucificado!

Oscar Wilde
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 637

La mujer increada

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Lo que Hermágoras había visto antes de dormirse sobre la barriga del cerdo era una mujer que él mismo había creado sin sentidos y a quien después le preguntó: “¿Cómo será tu mundo y cómo verás las cosas?”.

Ella había respondido:

—Como sea y como vea las cosas, no te interesa. Será toda una irrealidad para ti porque mi mundo es distinto de cómo es el tuyo, de cómo vives y ves las cosas, pero es más real que ninguno para mí”.

Oswaldo Trejo
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 635

De la mujer

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¿Qué le puede faltar a mi mujer? Tiene todo lo que necesito. —Eugene Barbeau.

La mujer no ve nunca lo que se hace por ella, sólo ve lo que no se hace. —Georges Couterline.

Hay tres clases de cosas que una mujer es capaz de hacer con nada: un sombrero, una ensalada y una escena. —Mark Twain.

Hay mujeres cuya infidelidad es el único lazo que sigue uniéndolas a sus maridos. —Sacha Guitry.

Existen mujeres a quienes no les gusta hacer sufrir a varios hombres a la vez y prefieren dedicarse a uno solo: son las mujeres fieles. —Alfred Capus.

—Estuve loca por ese chico y ahora no puedo ni verlo. ¡Cómo cambian los hombres! —Henry Becque.

Ninguna mujer se casa por interés. Antes de casarse con un millonario, todas tienen la habilidad de enamorarse de él. —Cesare Pavese.

Las mujeres constituyen un sexo puramente decorativo. Nunca tienen nada que decir, pero lo hacen de un modo encantador. —Oscar Wilde.

Las mujeres sólo tienen bueno lo mejor que tienen. —Chamfort.

Su sueño era, con mucho, lo más profundo que tenía. —Sacha Guitry.

Varios autores
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 631

Andante appassionato

“Eres el cielo esplendente de mi dicha”, expresó, exaltado, por encima de la sonoridad ondulante de la orquesta. Luego, sin poder resistir más la necesidad de tenerla entre sus brazos, para llegar hasta el balcón, donde ella lo esperaba, el tenor ascendió sobre la escala que, en ese momento, él mismo cantaba.

Roberto Bañuelas
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 630

Roberto Bañuelas
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 161

Proyección

“Una vez que se hubo disipado la nube radiactiva que cubría a la Tierra, emergió, de las profundidades de su refugio, la única pareja sobreviviente al desastre, ambos pensaron: “Dios existe, es bueno”, pero cuando ellos murieron, Dios dejó de existir.”

Fernando Cortés B.
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 630

El volador

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Las noches que había luna clara me iba al campo y miraba a un hombre de pie en la cima de la más alta colina. Mientras lo observaba desde la otra parte del río, el hombre corría con gran rapidez y saltaba tan alto como le era posible, al parecer intentando un máximo esfuerzo para ascender a la mayor altura.

Una noche, mientras veía de nuevo su carrera y su salto, empezó a subir y subir; y la última vez que lo vi fue ya en la otra cara de la luna. Tenía luego temor de contar a la gente lo que había sorprendido, porque lo hubieran tomado como una gran mentira.

Erskine Caldwell
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 629