Repudio a la reina Vasti

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10. Y el séptimo día, estando el rey más alegre de lo acostumbrado, y por el demasiado beber recalentado del vino, mandó a Maumán, y Bazata, y Harbona, y Bagata, y Abgata, y César, y Carcas, siete eunucos que estaban de servicio alrededor de él.
11. que condujesen a su presencia a la reina Vasti, con la corona puesta en la cabeza, para hacer ver su hermosura a todo el pueblo y señores, pues era de extremada belleza.
12. La cual lo rehusó, y por más que los eunucos le hicieron presente la orden del rey, no quiso comparecer. Por lo indignado el rey, y ardiendo todo en saña,
13. consultó a los sabios que, según el estilo de los reyes, tenía siempre a su lado, y por cuyo consejo lo hacía todo, pues estaban instruidos en las leyes y costumbres de sus mayores.
15. Preguntóles pues, el rey, qué pena merecía la reina Vastí por no haber querido obedecer la orden que le había enviado el rey por medio de los eunucos.
16. A lo que respondió Mamucán, en presencia del rey y de los grandes: “La reina Vasti no sólo ha ofendido al rey, sino también a todos los pueblos y señores de todas las provincias del rey Asuero.
17. “Porque la repulsa de la reina llegará a noticia de todas las mujeres; por lo tanto, harán éstas poco caso de sus maridos, diciendo: “El rey Asuero mandó venir a su presencia a la reina Vasti, y ella no quiso.”
18. “Con cuyo ejemplo todas las mujeres de los magnates persas y medos harán poco caso de los mandatos de sus maridos; y así, la indignación del rey es muy justa.
19. “Si te parece bien, promúlguese por ti un edicto… para que la reina Vasti no vuelva a aparecer jamás en la presencia del rey, y se dé su corona a otra más digna de ella.
20. “Y hágase saber esto por todas las provincias de tu vastísimo imperio, a fin de que todas las mujeres, así de los grandes como los pequeños, tributen, el amor debido a sus maridos.”

La Biblia, Libro de Esther
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 57

¿Ese soy yo?

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Cuando vi sacar aquel cadáver del agua, grité:

—Ese soy yo… ¡Yo!

Todos me miraron asombrados, pero yo continué:

—¡Soy yo!… ¡Ese es mi reloj de pulsera con brazalete extensible!… ¡Soy yo!

—¡Soy yo!… ¡Soy yo! —les gritaba y no me hacían caso, porque no comprendían cómo yo podía ser el que había traído el río, ahogado, aquella mañana.

Ramón Gómez de la Serna, en Caprichos
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 93

Réprobos castigados

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Por debajo de la zona subterránea se extiende una cuenca de donde salen cuatro cabezas coronadas de llamas, que son probablemente las almas de los réprobos castigados por haberse aventurado demasiado lejos, y para los cuales el agua es como fuego; gritan de dolor cuando el dios pasa por encima de ellos.

Jéquier
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 73

Odiseo en el Hades

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Vi asimismo a Tántalo, el cual padecía crueles tormentos, de pie en un lago cuya agua le llegaba a la barba. Tenía sed y no conseguía tomar el agua y beber: cuantas veces se bajaba el anciano con intención de beber, otras tantas desaparecía el agua, absorbida por la tierra; la cual se mostraba negruzca en torno a sus pies y un dios la secaba. Encima de él colgaban las frutas de altos árboles —perales, manzanos de espléndidas pomas, higueras y verdes olivos—; y cuando el viejo levantaba los brazos para cogerlas, el viento se las llevaba a las sombrías nubes.

Homero, en La odisea
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 69

Homero, en la Odisea
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 78

Hilo maravilloso

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Tengo un regalo para ti. He encontrado en Sorrento el más maravilloso de los hilos. Con él se teje una gasa tan sutil que llega hasta el techo si se le sopla, y una podría envejecer esperando que cayese de nuevo.

Thornton Wilder, en Los Idus de marzo
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 67

Thornton Wilder
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 101

La catástrofe aplazada

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Dios aplaza la catástrofe que un día debe trastornar al universo y hacer desaparecer a los ángeles malos, a los demonios y a los pescadores; es a causa de la raza de los cristianos, en los que ve un motivo para conservar el mundo. Por lo cual no podéis ya comportaros como demonios: el fuego del Juicio Final descendería para producir la disolución universal.

Justiniano, en Aplogía
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 58

Olor del averno

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El horror de esta prisión estrecha y sombría se acrecienta por su espantosa pestilencia. Toda la inmundicia del mundo, todos los excrementos, todo el fango se vierten allí como en un vasto resumidero hirviente hasta que la terrible conflagración del último día haya purificado al mundo.

Imaginaos un cadáver inmundo y pútrido, en el fondo de una tumba: una mezcla gelatinosa de corrupción licuada. Imaginaos este cadáver abrasado por las llamas, devorado por el fuego del azufre, difundiendo el espeso y sofocante olor de la descomposición repugnante y nauseabunda. Y después imaginaos esta hediondez multiplicada millones y millones de veces por el número de millones y millones de despojos fétidos, amontonados en las tinieblas humeantes, ese inmenso fango de podredumbre humana.

James Joyce, en “El artista adolescente”
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 57

Fantasías mexicanas

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Por el angosto Callejón de la Condesa dos carrozas se han encontrado. Ninguna retrocede para que pase la otra.

—¡Paso al noble señor don Juan de Padilla y Guzmán, marqués de Santa Fe de Guardiola, oidor de la Real Audiencia de México!

—¡Paso a don Agustín de Echeverz y Subiza, marqués de la Villa de San Miguel de Aguayo, cuyos antepasados guerrearon por su majestad Cesárea, en Hungría, Transilvania y Perpiñán!

—¡Por bisabuelo me lo hube a don Manuel Ponce de León, el que sacó de la leonera el guante de doña Ana!

—¡Mi tatarabuelo, Garcilazo de la Vega, rescató el Ave María del moro que la llevaba atada a la cola de su bridón.

Tres días con sus noches se suceden, y aún están allí los linajudos próceres, sin que ninguno ceda el paso al otro. Al cabo de esos tres días —y para que no sufriera mancilla ninguno de los dos linajes—, mandó el virrey que retrocedieran las carrozas al mismo tiempo, y la una volvióse hacia San Andrés, y la otra fuese por la calle del Puente de San Francisco.

Julio Torri en Ensayos y poemas (1917)
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 56

El secreto de la felicidad

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Habiendo sabido por un ángel que Nuredin Becar era el hombre más feliz del mundo, el sultán lo mandó llamar y le dijo:

Te ordeno hacerme saber el secreto de tu felicidad.

—Oh, padre del Sol y de la Luna —contestó Nuredín Becar—, yo ignoraba que era feliz.

—He aquí —declaró el sultán— el secreto que buscaba.

Nuredin Becar se retiró, profundamente abatido, temiendo que su felicidad recién adquirida lo abandonara ahora.

Ambrose Bierce
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 52

El hijo Andrómedo

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Supongamos que Andrómeda es una galaxia decente, compuesta de anticuada materia, y que pasé en ella diez años explorando de un lado a otro, y que luego dé la vuelta y regrese a casa. Se imaginarán que por mi hazaña me acogería un estruendoso recibimiento en Nueva York. Nada de eso. Yo tendría unos cincuenta años más, pero en la Tierra habría envejecido en más de cuatro millones. Todos mis amigos habrían muerto; que nadie hablaría mi idioma, ni inglés ni húngaro; los científicos tendrían que descifrar lentamente mis notas. Viviría una nueva raza que nosotros podríamos considerar como una extraña y horrible especie nueva, pero que sería en realidad muy superior y mucho mejor que la nuestra, y lo que harían conmigo, ejemplar de una antigua, fabulosa, irrazonable y extinguida raza, es evidente: me encerrarían en un parque zoológico.

Edward Teller
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 49

Filiación de los bienaventurados

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Después de un altercado sobre política, el doctor Johnson, que era conservador, y el padre de Boswell, que era liberal, se despidieron amistosamente. Ahora están en otro, y más alto, modo de existencia: y, como los dos fueron meritorios cristianos, confío que se hayan encontrado en la felicidad. Debo, sin embargo, observar, de acuerdo a los principios políticos de mi amigo, y a los míos propios, que se han encontrado en un sitio donde no entran liberales.

James Boswell, Journal of a tour to the Herbides (1785)
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 44

Lluvia de mujeres

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Las primeras llegaron al comenzar el mes de mayo. Eran tan bellas que hicieron soñar a los hombres a lo largo de los días y a lo largo de las noches.

Poco se tardó en saber que no eran nada hurañas, y los hombres se transfirieron la nueva. Hacían el amor con tal refinamiento, que dejaban muy atrás el ardor de sus rivales terrestres. El número ya grande de solteras aumentó.

Y seguían cayendo del cielo, más deseables que nunca, eclipsando a la mujer más maravillosa. Sólo el amor contaba para los hombres, y ellas no envejecían.

Mucho tiempo pasó antes que se dieran cuenta de que eran estériles.

Así que, cuando medio siglo más tarde sus robustos amantes llegaron de Venus, sólo quedaban en la Tierra hombres decrépitos y mujeres ancianas.

Tuvieron con ellos muchos cuidados y los trataron sin brutalidad.

Pierre Versins
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 39

Se daba su lugar

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Andrea, la sirvienta, está preocupada.
—En el Socorro —explicó— el padre nos dijo que hay otra vida. Si uno supiera, señora, que le va a tocar una casa buena, como ésta, en que la tratan a una con consideración, no me importaría; pero francamente, trabajar allá con desconocidos, con déspotas que abusan del pobre…

Rita Acevedo de Zaldumbide, en Minucias porteñas del otro siglo (1907)
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 29

La partida

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Di orden de ir a buscar mi caballo al estado. El criado no me comprendió. Fui yo mismo al establo, ensillé el caballo y monté. A lo lejos oí el sonido de una trompeta, le pregunté lo que aquello significaba. Él no sabía nada, no había oído nada. En el portón me detuvo, para preguntarme:

“¿Hacia dónde cabalga el señor?” “No lo sé —respondí—. Sólo quiero irme de aquí, solamente irme de aquí. Partir siempre, salir de aquí”. “¿Conoces, pues, tu meta”, preguntó él. “Si —contesté yo—. Lo he dicho ya. Salir de aquí: esa es mi meta.”

Franz Kafka, en la Muralla China
No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 65

Franz Kafka en “La muralla china”
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 430