Unicornio

60 top

Se le vino encima. Tenía dos cuernos. La embestida era de toro, el cuerpo no.

—Te conozco ——dijo riéndose la muchacha—. ¿Crees que voy a cometer la tontería de cogerte por los cuernos? Uno de tus cuernos es postizo. Eres una metáfora.

Entonces el Unicornio, al verse reconocido, se arrodilló ante la muchacha.

Enrique Anderson Imbert
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 92

Anuncios

En la oficina

Se sentó frente a la máquina de escribir con la serena disposición de todos los días: introdujo impecablemente la hoja de papel blanquísimo tras el rodillo, y procedió a mecanografiarlo con su habitual eficiencia: tlac-tlac-tlac. Completaba apenas tres líneas, cuando un febril cosquilleo corrió por todo su cuerpo: descendió de la nuca a los hombros y se proyectó, como un escozor de anhelos suspendidos, a lo largo de sus brazos, de sus manos, de sus profesionalísimos dedos que, incontenibles, aletearon sobre el teclado imprimiendo azarosamente las letras metálicas sobre la hoja de papel. El familiar compás del tlac-tlac cedió ante la irrupción de sonidos melodiosos, escalados, que perdían su consistencia percusiva para adquirir matices de cuerdas, de alientos, de coros encubiertos por notas perfectamente armonizadas. Sus compañeros de trabajo, sorprendidos, temerosos, incrédulos del prodigio que estaban percibiendo, la rodearon en silencio. Uno de ellos susurró: “es Beethoven”. “Es música de Beethoven”, algún otro balbuceó, mientras ella, irradiando la vehemencia de un éxtasis solitario, permitía que sus labios dibujaran una sonrisa de triunfo. Suspiró profundamente, al tiempo que los primeros tlacs-tlacs se dejaban oír otra vez entre la música. Dejó de teclear y se llevó las manos a la nuca. Se levantó de su silla, y sintiendo sobre si la muda sorpresa de sus compañeros, dijo, con cierta turbación: “¿No lo habían notado? Siempre me sucede esto cuando estoy sentimental. Espero que no me corran…”

Sergio González Salvador
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 88

Componiendo un paisaje

60 top
Aquí pongo el bohío, el pozo, el arroyo, el rancho de las carretas. Allá el central, el chucho, los campos de caña, este nido de lomas para que en las tardes se eche el sol. Aquí en el portal siento al abuelo para que cuente de bandoleros y de partidarios, de muertos y de botijas, de disparos despertando en la noche, de sus grandes cargas de setecientas arrobas diarias. Desde aquí le digo que su mocha (marca Liborio) nos hace falta, que recoja su paquete de andullo, ¡que venga!; y el abuelo viene. Y las arrobas se amontonan como las horas de un viejo reloj: ciento sesenta, doscientas, mil, diez mil, ¡un millón corta el abuelo! Desde aquí le digo que se acueste en su hamaca, que duerma o cuente las estrellas: éstas han salido a chorros del filo de su mocha, pero mejor duerma, abuelo, mañana lo despertaré con golpes de memoria.

René Batista Moreno
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 80

Dobles

Sentados ante el televisor, con sus intérpretes y demás auxiliares, los dos soberbios gobernantes, tras repartirse el mundo, observaron el saludo que, a varios cientos de kilómetros de distancia, intercambiaban, en un acto público, sus respectivos dobles.

Fue entonces que estallaron las potentes bombas colocadas allí, en el escondido recinto, con absoluta precisión, por sus mismo agentes, quienes ignoraban en cada caso, por tratarse de máximo secreto, que las otras personas que acudirían al lugar serían el propio patrón y sus consejeros inmediatos. No hubo sobrevivientes.

Y así, mientras en cada uno de los estados la oligarquía aclaraba para sí las cosas, sin la menor intención de darlas a conocer al país, el mundo pudo respirar en paz por una temporada, ya que los dobles —ahora originales— habían de someterse a un cuidadoso proceso de estudio y adiestramiento, para desdoblar, aquí y allá, su personalidad. Y redoblar más tarde la amenaza pendiente, una vez que los gobernantes dispusieran de dobles intenciones y de dobles sin ellas.

Carlo Antonio Castro.
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 79

Ilusión y realidad

60 top
Aunque yo la amaba con toda mi alma, o tal vez precisamente por ello, no hacía el menor caso de mi persona: ni siquiera se dignaba reparar en mi desdichada existencia. Pero un día, al pasar cerca de mí, observé con asombro que me sonreía.

“¿Viste?” —le dije a mi mejor amigo—, ¿viste…? ¡Me sonrió al pasar!” “¡Qué estúpido, qué iluso eres! —me contestó el ladrón de ilusiones—. No me sonrió… te regaló una sonrisa que le sobraba…”

Sergio Golwarz
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 70

Servicios

60 top
En el Paraíso se recurre intermitentemente a los servicios del Infierno para agudizar el placer de los bienaventurados. De vez en cuando, chirridos, llamaradas malolientes, ramalazos de sombras, desfile de fealdades y penas, todo a guisa de contraste. A su vez, el Paraíso presta algo de su felicidad al Infierno para que los réprobos, también por contraste, no se olviden de que están sufriendo.

Enrique Anderson Imbert
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 69

Del alquimista

60 top
Saben positivamente, los que de tales cosas entienden, que en la ciudad de Aquisgrán, y a fines de la Edad Media, un judío alquimista halló el secreto de no envejecerse. Fortalecido por su pócima, que le permitiría vivir en todo vigor ciento cincuenta años más que el común de los hombres, dedicó la plenitud de sus días a buscar el secreto de no morirse. Dicen que lo halló, y que desde entonces, oculto en su oscura covacha, tropezado de telarañas y surcado de grueso sudor, busca aquel veneno poderoso sobre todos que le permita, al desgraciado, morirse.

Eliseo Diego
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 66

Sin consuelo

60 top
Había hecho todo lo posible para que su vida fuera una complicadísima desdicha: él era el único culpable de todos sus infortunios. Cuando un investigador, para hacer un estudio comparativo sobre las tragedias humanas, le preguntó cuál era su mayor tormento, el más terrible de sus males, la más graves de sus desventuras, dijo el cuitado: “Creo que es la de no poder echarle a nadie la culpa de mis desgracias”.

Sergio Golwarz
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 64

Mocho

60 top

Y otra vez aquella idea, golpeándome. Yo miraba al rio dormido en las piedras, al ratón todo miedo, al majá todo hambre. Y otra vez aquella idea, golpeándome. Mamá con la mariposa de sus pulmones enferma: papá, borrándose en el corral de muertos, mis hermanos: todo vientre; y yo, buen machetero, ¡doscientas cincuenta arrobas diarias a veinticinco centavos el ciento! El repetir las mismas palabras: ¡Mamá, qué bien está usted hoy! ¡Vamos a la cama, hermanos, para que el sueño se coma toda el hambre! Y aquella idea otra vez, golpeándome. Y aquella idea se hizo todo cuerpo, los dientes apretados, el sol llorándome en los ojos, las lágrimas distorsionando los macheteros, las cañas, las carretas. Y el porrón ahora yunque. Y el ¡corta, mocha, bajo la tercera falange! Y el cielo unido a la tierra, y el sol dando tumbos contra las nubes, y la sangre sobre el verde de los cogollos. Y otra vez aquella idea, golpeándome: ¡doscientos pesos el dedo índice hasta la tercera falange!

René Batista Moreno
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 60

Padre e hijo

60 top
El padre y el hijo discutieron mucho, dolorosamente, hiriéndose, haciéndose todo el daño posible. El pasado y el futuro de ambos desfilaron en palabras lujuriosas, malévolas, sucias ofensivas, ruines e inolvidables. Pero agotados por la lucha, se perdonaron, o simularon perdonarse los ultrajes imperdonables, y mientras el padre pensaba del hijo: “No entiende, es muy joven”, el hijo pensaba del padre: “Es muy viejo, no entiende”.

Sergio Golwarz
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 61

La función

60 top

Cuando se alzó el telón, los espectadores comprobaron estupefactos que la escena representaba la sala de un teatro: de ese mismo teatro; y que la concurrencia del escenario era idéntica a la del teatro real, como si ésta se contemplara en un espejo inmenso. en cuanto a la acción, sólo consistía en que cada gesto de los espectadores encontraba simultaneidad en el actor correspondiente.

Como el primer acto se prolongará demasiado reflejando nada más que nimiedades —sólo imputables al público—, un individuo se levantó enfurecido e increpó a los actores: “¡No hemos venido para contemplarnos a nosotros mismos!”

Su sosias se acercó al proscenio y dijo con la mayor urbanidad: “Nosotros sólo hemos venido para eso”. Y volvió a ocupar su asiento para disfrutar cómodamente de la fución.

Sergio Golwarz
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 59

Controversia

60 top

La Infinita Sabiduría y la Infinita Ignorancia, que vivían desconociéndose desdeñosamente, fueron obligadas a enfrentarse por los mediocres —que esperaban gozarse con ellas—, para que dirimieran sus diferencias sobre lo trascendental.
Nunca se supo el resultado de tan curioso duelo, porque ambos usaron el silencio como único argumento.

Sergio Golwarz
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 56

Corazón artificial

En ese tiempo (año dos mil) los trasplantes de corazón eran ya una cosa muy sencilla, y los corazones artificiales se podían llevar afuera… La dama lucía en el pecho, sobre su elegante vestido azul de medianoche, una rosa de trapo. Era su corazón artificial porque estos podían adoptar todas las formas posibles.

Otto Raúl González
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 54

Materia prestada

60 top

Todo nos llama a la muerte; la naturaleza, casi como si tuviera envidia del bien que nos ha hecho, nos declara a menudo y nos da a entender que no puede dejarnos mucho tiempo el poco de materia que nos presta, que no debe permanecer en las mismas manos y que debe estar eternamente en circulación: lo necesita para otras formas, lo reclama para otras obras.

Bossuet
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 49

El profeta menor

En un principio los hombres estaban sumidos en el inconsciente colectivo. La palabra aún no se formaba el rostro de las cosas, los hijos nacían sin saber quiénes eran sus padres y jóvenes andaban los caminos de una existencia sin límites; no había pasado ni futuro. El transcurso del tiempo solo era conocido por el ignoto polvo transportado en los velos del aire, la quietud dominaba al universo, los seres y las cosas vivían en perpetuo romance.
El hombre miraba al cielo por los ojos de los árboles y era mecido por el viento con la misma armonía que se mecen las ramas. No había nombres, no había dioses, no había misterios; el sonido era un manto suave que soñaban los días y las noches.
Nadie sabía de nadie, la esperanza era oscura; estaba debajo de los párpados. No había principios, ni había fines, los brazos volaban en pos de las estrellas, los ojos y la lengua no descubrían aún la miel de su amor.
Sólo el mar; solo el mar sabía. Tenía preso en sus fondos al tiempo y a sus playas llegaban a veces lejanos rumores que estrujaban el alma, de puro miedo; como hoy.

José Lorenzo
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 47

La vanidad

60 top

Interrogué a los presos, y todos me contaron su historia: culpables, inocentes, equivocados, cínicos, arrepentidos… Había de todo, y ninguno me produjo demasiada sorpresa, hasta que uno de ellos me reveló que su triste destino se debía a la vanidad. Como no conozco tribunal humano que castigue vicio tan difundido, le pedí más detalles. “Falsifiqué papel moneda —me dijo—, y me sentí tan orgulloso de mi obra de arte, que no resistí la tentación de firmarla con mi verdadero nombre”.

Sergio Golwarz
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 43

Diálogo amoroso

60 top

—Me adoro, mi vida, me adoro… A tu lado me quiero más que nunca; no te imaginas la ternura infinita que me inspiro.

—Yo me adoro muchísimo más… ¡con locura!; no sabes la pasión que junto a ti siento por mí…

—No puedo, no puedo vivir sin mí…

—Ni yo sin mí…

—¡Cómo nos queremos!

—Sin que yo me ame la vida no vale nada…

—Yo también me amo con toda mi alma, sobre todo a tu lado…

—¡Dame una prueba de que te quieres!

—¡Sería capaz de dar la vida por mí!

—Eres el hombre más apasionado de la tierra…

—Y tú la mujercita más amorosa del mundo…

—¡Cómo me quiero!

—¡Cómo me amo!

Sergio Golwarz
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 41

El coleccionista

60 top
Con idéntica buena voluntad, con el tesón, el ahínco, y hasta con la delectación con que otros seres tratan de conquistar amigos, un individuo que conozco, colecciona enemistades de todas clases; y aunque su colección es ya respetable y se compone de muy variados ejemplares, todavía le faltan algunos.

El coleccionista de enemistades no las obtiene siempre que se lo propone, porque en mucha ocasiones, el intento que hace para malquistarse, a algunos les parece un rasgo original y humorístico, y para las almas ingenuas —que las hay—, hasta simpático, lo que contraría a quien ambiciona el odio y la aversión. Pero, afortunadamente, la mayor parte de las veces sus esfuerzos son coronados por el éxito, y su colección ha llegado a ser, si no completa, por lo menos muy nutrida.

Lo más curioso del caso es que los adiós más hermosos y perfectos que ha logrado, aquellos que colman su ambición y lo llenan de orgullo, son los odios espontáneos que nunca tuvo la oportunidad de provocar intencionalmente, tal vez por falta de tiempo o de habilidad. Sus enemigos más encarnizados, y por lo tanto, sus enemigos favoritos, son los que nunca tuvieron motivos para odiarlo: los enemigos gratuitos. “En la vida, los más grandes placeres y las satisfacciones más intensas —dice el coleccionista—, son los que obtenemos sin costo y sin esfuerzo, como una gracia del cielo”.

Sergio Golwarz
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 33

El mar en nosotros

60 top
Las condiciones de la época en que la vida no había salido aún de los océanos no han cambiado mucho para las células del cuerpo, bañadas por la ola primordial que sigue corriendo en las arterias. Nuestra sangre tiene en realidad una composición química análoga a la del mar de los orígenes, del cual las primeras células vivientes y los primeros seres pluricelulares extraían el oxígeno y los otros elementos necesarios para la vida. Con la evolución de organismos más complejos, el problema de mantener el máximo número de células en contacto con el ambiente líquido no pudo ya resolverse simplemente mediante la expansión de la superficie exterior: resultaron beneficiados los organismos dotados de estructuras cóncavas huecas, en cuyo interior el agua marina podía fluir. Pero sólo con la ramificación de esta cavidad en un sistema de circulación sanguínea la distribución del oxígeno quedó asegurada en el conjunto de las células, haciendo así posible la vida terrestre. El mar donde en un tiempo estaban inmersos los seres vivientes, está ahora encerrado dentro de sus cuerpos.

Italo Calvino
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 27

Mutabilidades

60 top
Los que tanto exaltan la incorruptibilidad, la inalterabilidad, creo que se esfuerzan por decir estas cosas en el gran deseo de vivir más y en el terror que tienen de la muerte. Y no consideran que si los hombres hubieran sido inmortales, no les habría tocado a ellos venir al mundo. Merecerían encontrarse con una cabeza de Medusa que los trasmutara en estatuas de jaspe o de diamante, para llegar a ser más perfectos de lo que son (…) Y no cabe duda alguna de que la tierra es mucho más perfecta siendo, como es, alterable, mudable, que si fuera una masa de piedra, que si fuera incluso un diamante total, durísimo e impasible.

Galileo Galilei
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 29

Tierra lunar

60 top

 
Según los cálculos de H. Gerstenkorn, desarrollados por H. Alfevn, los continentes terrestres no serían sino fragmentos de la Luna caídos en nuestro planeta. La luna en su origen habría sido, también, un planeta que gravitaba alrededor del Sol, hasta el momento en que la vecindad de la Tierra la hizo descarrilar de su órbita. Capturada por la gravitación terrestre, la Luna se arrimó cada vez más, ciñendo su órbita en torno a nosotros. En cierto momento la recíproca atracción empezó a deformar la superficie de los dos cuerpos celestes, levantando olas altísimas de las que se desprendían fragmentos que se arremolinaban en el espacio entre Tierra y Luna, sobre todo fragmentos de materia lunar que terminaban por caer sobre la Tierra. Después, por influjo de nuestras mareas, la Luna fue impelida a alejarse de nuevo hasta alcanzar su órbita actual. Pero una parte de la masa lunar, quizá la mitad, había quedado en la Tierra formando los continentes.

Italo Calvino
No. 60, Agosto-Septiembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 25