Miradas

Al mirar arriba, vio el Cielo. Entonces pensó en el Infinito, en la Eternidad. Se sorprendió. Se asustó. Se burló de su pequeñez infinita y eterna. Al mirar abajo, vio la Tierra inmensa y amable; el Mar, el Fuego. Se dio cuenta de que, aún en su medio, era insignificante; más insignificante aún que el punto que traía en una pata el gusano que comía una hoja verde a sus pies. Cerró los ojos. Ahí se dio cuenta de su inmensidad.

Gilberto J. Signoret
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 224

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Regreso

Era una sensación tan extraña, tan excitante, nunca en su vida había experimentado algo así. Él lo atribuía a los enormes deseos de ver a su familia, sus padres, sus hermanos. ¡Un año sin verlos! Siempre que viajaba de la capital a su tierra natal le embargaba una ansiedad nostálgica por volver a su lugar de origen.

Ahora era igual, a pesar de los desagradables incidentes que había tenido: la pérdida de su valija en la estación y después el coche que se le había echado encima al bajar del autobús. Se recordó cerrando los ojos instintivamente, y luego, ver al camión dar un viraje violento, pararse a un lado de la carretera, y al chofer bajarse apresuradamente con un gesto de contrariedad angustiada. Pero él no se detuvo, deseaba llegar a casa de sus padres lo más pronto posible y eran cinco kilómetros de la carretera al pueblo. Llevaba un buen trecho caminando y la sensación, una sensación voluble, creciente, invadía a cada paso que daba hasta la última célula de su organismo; sentía la brisa en todo su cuerpo, como si su cuerpo y la atmósfera formaran una sola unidad inseparable, veía lo que le rodeaba, los árboles, sus hojas, las flores, las aves, los pequeños insectos, toda la materia que le circundaba era percibida por él en un aforma imposible de describir a su razón. Sentía que podría entrar hasta la esencia de todo ello. Se detuvo, miró hacia arriba, la luz del sol no lo lastimaba y sentía su esencia bullir libremente dentro de sí mismo. Su cuerpo estaba muy ligero, tuvo una instantánea sensación de flotar. Echó a andar y miró hacia adelante,… el camino le pareció muy largo. Siguió avanzando en un mar de sensaciones indescriptibles producidas por la percepción de las formas que salían a su paso; formas, colores, y estructuras se entrelazaban en un flujo envolvente que inundaba sus sentidos. Sentía que tenía que avanzar, no podía quedarse parado. Se halló de pronto ante un riachuelo, después de un gran esfuerzo se recordó a sí mismo cuando niño bañándose allí, atraído por el agua transparente, el agua —que después ya mayor ejercía sobre él una particular atracción—, no era aprehensible, se amoldaba a todo continente y era clara, lúcida. Se sumergió en el agua y sintió cómo éste invadía todo su cuerpo, como disolviéndolo. Trató de moverse, pero no sintió sus brazos, no tenía brazos, no tenía cuerpo, sólo agua, ¡él era ahora agua!

Sin embargo, si yo había quedado reducido a algo, “algo” indefinible, no había sensaciones, ni dolor, ni placer, ni frío… ni angustia. Trató de pensar, su pensamiento se estaba transformando en una extraña percepción comprensiva total y saliente de la esencia de todo lo que le rodeaba. Después… movimiento como si estuviera a punto de iniciar un camino muy largo… infinito.

Santos Díaz Beltrán
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 209

El asilo

De repente me topo con Ángeles en los mercados, canasta al brazo, colectando mendrugos, frutas, huesos todavía con pellejos y grasa. Sus perros, como de alambre y hojalata, se tienden y enroscan a nuestros pies.

Les pregunto sobre el viejo de Dios, si todavía vive; si todavía arroja escupitajos en un bote oxidado.

Me dicen: ya nada más está sentado, envuelto en frazadas, tiritando al rayo del sol. Me dicen: Vaya a verlo. Me insisten en el día y la hora. Les doy largas. Les respondo: No es muy tentadora la idea de ir a oírle los trabajos que pasó para crear los mundos. Me da la misma impresión que una gallina al poner su huevo, por el alboroto que arma… O la forma tan audaz y temeraria que empleó para sofocar la rebelión de los otros ángeles… Ellos están de acuerdo. Asienten con sus cabecitas medio calvas y sólo comentan: Ya chochea… —Pero —añaden—: ¡Si usted viera el brillo de sus dos ojillos perdidos entre miles de arrugas cuando amenaza con crear nuevos seres. ¡Oh, es algo terrible, de no soportarse!… Así: de no soportarse… Cuando esto pasa —me dicen, bajando la voz—, lo izamos con todo y silla. Lo llevamos a su cuarto. Damos dos o tres vueltas a la llave. Y ahí permanece, a pan y agua, durante una semana. O más. Hasta que no se llena de hipos y suspiros y comienza a gimotear muy suave, muy lastimeramente, (con decirle que estos perros se espantan), nombrando a un tal: “¡Adán!… ¡Adán!… ¡Adán!…”, lo sacan…

Florentino Chávez
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 207

La presa

Su ojo se abrió repentinamente (el otro era un hueco, como su corazón) en medio de la noche (de la noche tan horrible y desolada como él) y un grito se escapó de su garganta (el alma vomitaba fuego y las manos temblaban debajo de la cobija) como los rugidos de las demás fieras, en sus jaulas (como las manos y él, enjaulados tras los barrotes) haciendo que la maraña de cabellos largos y negros (largos y negros como las desoladas noches) se agitaban de aquí a allá, tal y como se agitaban las fieras al oírlo llorar, oprimido y vacío, estallando de ira, de resentimiento (de amor o capricho o deseo reprimidos) brotando de los pulmones expandidos (tanto que la joroba parecía explotar) el grito desesperado que iba a resonar en la paja y a morir en la lejanía (en la lejana alma de alguien) surgiendo de abajo, de adentro, del fondo (de la profundidad siniestra del alma destrozada) del alma enana del fenómeno enjaulado, en el Circo, como las demás fieras (con alma, cuerpo y noche) oprimida y temblorosa, que parecía llorar sola y retar a la noche con las lágrimas de su único ojo, con su única mirada (el hueco, como el corazón, era muerte) antes de salir a la pista a bailar y rugir al son de falsa música oriental (falsa como su destino) y ver a la gente reírse de su dolor. Antes de amanecer en otro mundo.

Gilberto J. Signoret
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 203

De suicidios

Las más grandes y populosas urbes del mundo se hallan, al fin, sumidas en un silencio profundísimo; inusitado: Ni ruido de herramientas en sus casas, ni sonidos de pasos o de máquinas en sus calles. Como si sus paredes y muros, esquinas y jardines se hallaran a prueba de ruidos. Como si algo, algún aparato potentísimo, desde cierto lugar, absorbiera todo lo que perturbara el profundo y hondo silencio de sus edificios y arterias…

Según estadísticas, el porcentaje más alto de suicidios es causado por el profundo silencio circundante.

Florentino Chávez
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 200

Uno

Uno tiene la mirada fija en los ojos del gato. Por eso no se da cuenta de lo que pasa a su derredor. No repara en las sombras que giran, ni en los pechos que se parten como tierra seca, ni en los íncubos y súcubos que se destripan unos a otros. Uno está abstraído, envuelto por el mirar del gato y no ve cómo se inclinan los árboles hacia el pantano, ni cómo se retira la Luna en rayos deformes y torcidos, ni cómo se hace la noche en torno suyo. Uno está tan dominado, que no nota que la piel empieza a caerse en jirones pesados, ni que el rostro se escurre con la lluvia como si fuera de barro, ni que el alma empieza a quedarse sola y desnuda.

Uno está tan aletargado, que no percibe el olor a podredumbre.

Uno esta tan lejos del mundo, que no siente el cuerpo deshacerse.

Uno está tan muerto, que no se da cuenta de que está siendo removido para que la tumba aloje a otro cadáver. Otro.

Gilberto J. Signoret
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 199

Plegarias y pesticidas resultaron inofensivos

Era colectivo ya el abatimiento, imposible salvar la gran cosecha de arroz. Plegarias y pesticidas resultaron inofensivos: la voluntad divina no se plegaba, el billón y pico de gorriones devastando las siembras de las zonas bajas de China, se hallaba más que inmunizado.

Los empantanados arrozales quedaron a la merced de las hordas hambrientas, hostigo y nubes manchadas de pájaros. Acudían enjambrados a devorar aquella cosecha anual de la que dependían setecientos millones de vidas. Larga es la paciencia, largo fue el letargo de aquel pueblo.

Sin ser profeta, sin ser lánguido sabio multisecular, chino de lacios pelos colgando ralamente de las fosas nasales, podía vaticinarse ya la muerte por inanición de más de veinte millones de habitantes. Urgía, para la república, apremiante solución. Regimientos de gorriones se lanzaban a pique sobre el grano esencial de aquella tierra de lodo, arrasaban ya las primicias de la cosecha.

Li Mah ordenó el jueves 22 de marzo que todos los obreros, campesinos, estudiantes, profesionales, políticos, profesores, literatos. Toda la gama humana mayor de cinco años, se congregara en los preñados arrozales de toda la vasta extensión de la China, que todos al unísono y sistemáticamente comenzaran a patear la tierra, simultáneamente dando briosas palmadas. Li Mah ordenó que el pueblo se pusiera a cantar, a chillar con ingente fervor nacional, descoyuntándose en una alharaca de los mil demonios. Fueron veintitrés horas de enardecida algarabía, rítmica, acompasada, persistentemente coordinada. Los gorriones, aterrados, alzaron el vuelo desde el primer instante, comenzaron a circular sobre los campos, esperando la ocasión para bajar de nuevo a desangrar las tierras feraces de alimento. Trinaron, chillaron también, se congregaron en el desespero, hasta que poco a poco se fueron aislando, desbaratándose las piñas de los pájaros, empezaron uno a uno y luego a montones cayeron sobre la enchumbada, tierra risueña de China.

José Kozer
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 197

Instantánea

Tengo perfectamente enfocado al Moisés en mi Yashica, mas veo cómo se levanta de su asiento; veo cómo se incorpora, cómo arroja lejos las tablas de Sainaí, cómo se le hunden lentamente los cuernos en la frente y cómo, poseído de sí, tomando un cincel, se pone a esculpir a Miguel Ángel

Florentino Chávez
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 194

Boceto de una vida más

El padre de Pilar, notario, once hembras, empedernido nazi, cruz gamada en la casa, execrante mandamás, hércules de la tacañería. Premura de las once hijas por casarse, invalidar yugo paterno. Localización: España, Falangista, en la guerra, le incumbe juzgar a una mujer: en el casco militar se echan dos tipos de boletas con el impreso CULPABLE, INOCENTE. La mujer, comunista a rabiar, declarada en libertad. Por cierto, un hermano suyo, apolítico, condenado a treinta años de forzado. Dieciocho días después, el padre de Pilar contrae nupcias con la enjuiciada. La mujer se pone a parir niñas, una tras otra, inmisericorde. Se ha plegado, acata al marido que no quiere otro hombre en casa. Años más tarde, treintitrés nietos varones vendrán a derrocarlo.

José Kozer
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 192

Historia del pequeño quinto rabino

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Los Omonios vieron caer un rabino de los cielos. Seguros de que era un enviado sobrenatural, lo coronaron rey. Su reinado fue el más justo de la historia de la humanidad. Terminó con los ladrones, con los asesinos, con las prostitutas, con toda suerte de corrupciones.

Antes de sus primeros tres años de reinado, trescientos hombres habían perdido la mano derecha por ladrones, veinte mujeres habían muerto en la pira por brujas y por rameras y ciento y cuatro caballeros habían sido arrojados al mar encerrados en sacos llenos de gatos y de perros, por diversas faltas. Hubo necesidad de ampliar las cárceles y duplicar el número de policías.

Antes de terminar su reinado, la comunidad de los Omonios estaba prácticamente extinguida.

Ricardo Lindo
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 188

Old inn

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Pido una cerveza. El camarero, muy cumplido, me trae agua sucia. Pido un arenque (para que no se ofenda el camarero por una reclamación). Acto seguido, el camarero me trae una medusa: entonces me ofendo yo, y le exijo que venga el jefe. El camarero se va, volviendo inmediatamente con una chistera. “Soy el jefe”, me dice. “Con la chistera puesta, soy el jefe. ¿Usted qué desea?” “Una cerveza”, le digo. Pero él me contesta: “No se trata de ninguna cerveza” “Un arenque”, le digo: “Tampoco se trata de arenques. Este no es ningún restaurante. Es un burdel. El más hermoso burdel de toda la plaza. Nuestra especialidad: jovencitas inteligentes de gran experiencia: rubias para los negros, morenas para los rubios. ¿Le gustaría una morena?” No tengo valor para negarme. Le indico que sí con la cabeza. El jefe se va. Y vuelve sin chistera, con un sombrero de plumas. Se sienta a mi lado, intima conmigo produciendo una risa confianzuda. “Soy Dorita”, me dice.

Hans Jurgen Heise
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 187

El tirabuzón

El tirabuzón se hundió en el corcho, girando lentamente. Atravesó la garganta y llegó un poco más allá del cuello. Luego subió vertiginosamente, dejando el cuerpo líquido, transparente. Entonces se hizo un vacío insólito, insospechado: había terminado mi ceremonia de iniciación al miedo.

Quetzalcóatl Vizuet
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 184

La búsqueda

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Rabí Janoj de Alexander relató la siguiente historia:

—Había una vez un hombre necio, que de tan necio respondía al nombre de Golem. Cuando se levantaba por la mañana le resultaba muy difícil reunir sus ropas, al punto que temía desvestirse por las noches para dormir. Cierta vez se le ocurrió una idea: mientras se desvestía, tomó papel y lápiz y fue anotando donde dejaba cada una de sus prendas. A la mañana siguiente, tomó la hoja y leyó: “El gorro —aquí está” — y se lo puso en la cabeza. “Los pantalones, —aquí están”, —y se los enfundó. Y así siguió hasta que estuvo vestido. Finalmente exclamó: “Y yo, ¿dónde estoy?” y comenzó a buscarse a sí mismo, sin encontrarse.

—Todos nosotros nos parecemos a ese hombre —concluyó el Rabí.

Del Tesoro Jasídico
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 180

La ciudad y un fósforo

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En un punto del desierto hay una ciudad de espejos. Los espejos son tan pequeños y están distribuidos de tal modo, que basta encender un fósforo para que la ciudad resulte profusamente iluminada. La noche más oscura desaparece bajo el poder de un fósforo.

Hay caravanas enteras enceguecidas al encontrar la ciudad a plano sol. Caminaron al azar, tanto más tenebrosas por dentro cuanto mayor era la claridad a su alrededor, hasta ser devoradas por las mudas extensiones de arena.
Esta ciudad es un cuento.

Ricardo Lindo
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 179

Elegía

Tú una mame. Una tzetzal. Una otomite. Una pame.

Tú el cerro de la estrella y la laguna de lagartos…Palenque en tus hombros. Ocoxingo en tus rodillas. La isla de Jaina en tus pestañas. El Tajín en tus vértebras. Uxmal como una arracada en tus orejas. Bonampak descansando en tus senos. Mitla en tus negros cabellos. Tula asentándose en tu ombligo. Monte-Albán recortando tu rostro. Y ve: La gran Tenochtitlán refulgiendo en tu frente… ¿Y con todo eso, amor mío, aún piensas dedicarte a la pintura?

Florentino Chávez
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 174

Por los alrededores

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“De noche me acuesto, sabe usted, y luego me paseo por los alrededores de mi casa”

“¿Usted querrá decir que primero se pasea, y luego se acuesta?”

“¿Por eso de la cronología? ¡Ni hablar! Hago exactamente lo que digo. Primero me meto en la cama, y luego doy una vuelta alrededor de mi casa. Empiezo por meter el hocico al aire, para ver si hay estrellas o nubes. Después viene la vueltecita. Tomo el viento. Me aseguro. Haciendo un gran esfuerzo, voy dando vueltas cada vez más largas, de acuerdo con un plan determinado. Tampoco podría decirse que busco una cosa concreta. Basta con la palabra: peligro, para demostrar lo que quiero. Aparto el ramaje, doy un rodeo a los arriates, a las trampas de tiro automático, a los lugares en que sospecho trampas de tiro automático. Dando vueltas cada vez más largas, poco a poco pierdo de vista a la ventana. Usted comprenderá lo que quiere decir esto: de repente, desaparece lo que pretendíamos salvar de una catástrofe espantosa”

“¿Y así es como consigue dormirse?”

“¿Dormirme? Mientras trataba de luchar con la penumbra, se me había extraviado la casa. Y ahora, la noche es más espesa que nunca”

Hans Jurgen Heise
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 163

Preocupaciones de una sibila

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Si vaticino que el imperio desaparecerá, corro el riesgo de perecer con él. Si vaticino que el imperio será eterno, corro el riesgo de no morir jamás. Por eso cada vez que los peregrinos me preguntan por la suerte del Imperio, permanezco silenciosa, observando atentamente la lejanía. Los peregrinos no insisten. Prefiero dejar ese problema en manos de los Dioses.

Ricardo Lindo
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 170

Ricardo Lindo
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 479

Carta de amor

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La ausencia momentánea hace bien, pues vistas de cerca, las cosas parecen demasiado iguales para que podamos distinguirlas. Hasta las torres, vistas así, parecen enanas, mientras que lo pequeño y lo cotidiano, cuando lo tenemos delante, crece en demasía. Lo mismo ocurre con las pasiones. Los pequeños hábitos, a los que la cercanía, cuando los sentimos encima, hace revestir forma pasional, desaparecen tan pronto como su objeto inmediato escapa a nuestra vista. Y las grandes pasiones a las que la cercanía del objeto convierte en pequeños hábitos, se agigantan y cobran de nuevo su forma natural por el efecto mágico de la lejanía. Eso es lo que sucede con mi amor. Basta con que te alejes de mí, simplemente cuando te sueño, y en seguida me doy cuenta de que el tiempo sólo ha servido para lo que el sol y la lluvia sirven a las plantas: para crecer. Mi amor por ti, en cuanto estás lejos, se revela como lo que es, como un gigante en el cual se concentran todas las energías de mi espíritu y toda la fuerza de mi corazón. Vuelvo a sentirme hombre, porque siento una gran pasión, y la variedad en que nos embrollan el estudio y la cultura moderna, y el escepticismo con el cual necesariamente tildamos a todas las expresiones subjetivas y objetivas tienden a hacernos todos pequeños y débiles, y quisquillosos e indecisos. Pero el amor, no por el hombre fuernachiano, ni por el intercambio de materias de Moleschott, ni por el proletariado, sino el amor por la amada, el amor por ti, vuelve a hacer hombre al hombre… Enterrado en sus brazos, resucitado por sus besos, es decir, en tus brazos y por tus besos, y que los brahamanes y Pitágoras se guarden su teoría del renacer y los cristianos su doctrina sobre la resurrección.

Carlos Marx, a su mujer.
Jenny Wetsphalem, en 1856

 

Carlos Marx
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 163

Carta de navegación

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Aquí está el mar. Échensele tres cucharadas de pimienta, un poco de sal y revuélvase bien. Cuélese antes de servirse, pues a veces hay dentro algún galápago, o bien una botella de náufrago con un desesperado mensaje en su interior, de modo que el cliente puede atragantarse. En tal caso se dan dos posibilidades:

a) que el cliente os acuse a la policía, pérfido organismo vestido de verde que se ocupa de torturar a los criminales.

b) que el cliente muera, en cuyo caso debéis meterlo en una caja de madera de sicomoro y cantar con lágrimas en los ojos: “Adiós cliente querido”.

Ricardo Lindo
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 153

Como su padre

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Cuando Rabí Noaf sucedió a su padre, Rabí Mordejai, en la jefatura espiritual, sus discípulos observaron que en muchos casos no obraba como su antecesor, y le interrogaron al respecto.

—Obro —respondió— exactamente como solía hacerlo mi padre. El no imitaba a nadie. Yo tampoco.

Del Tesoro Jasídico
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 150