Cortísimo metraje

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Automovilista en vacaciones recorre las montañas del centro de Francia, se aburre lejos de la ciudad y de la vida nocturna. Muchacha le hace el gesto usual del auto-stop, tímidamente pregunta si dirección Beaune o Tournus. En la carretera unas palabras, hermoso perfil moreno que pocas veces pleno rostro, lacónicamente a las preguntas del que ahora, mirando los muslos desnudos contra el asiento rojo. Al término de un viraje el auto sale de la carretera y se pierde en lo más espeso. De reojo sintiendo cómo cruza las manos sobre la minifalda mientras el terror poco a poco. Bajo los árboles una profunda gruta vegetal donde se podrá, salta del auto, la otra portezuela y brutalmente por los hombres. La muchacha lo mira como si no, se deja bajar del auto sabiendo que en la soledad del bosque. Cuando la mano por la cintura arrastrarla entre los árboles, pistola del bolso, y a la sien. Después billetera, verifica bien llena, de paso roba el auto que abandonará algunos kilómetros más lejos sin dejar la menor impresión digital porque en ese oficio no hay que descuidarse.

Julio Cortázar
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 251

Julio Cortazar
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 37

Julio Cortázar
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 271

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El hombre que no tenía enemigos

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Una persona inofensiva, que caminaba por un lugar público, fue asaltada y severamente apaleada por un extraño con un garrote.
Cuando el extraño fue llevado ante los tribunales, el demandante dijo al Juez:

—No sé por qué me asaltó; no tengo enemigos en este mundo.

—Por eso le pegué —replicó el demandado.

—El prisionero queda en libertad —sentenció el Juez—; un hombre que no tiene, tampoco tiene amigos. Los tribunales no están hechos para hombres de esa clase.

Ambrose Bierce
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 336

Miedo

—La vibración de la luz, la impresión de un momento diabólico. ¡Pánico! Sí, esto es lo que el artista representaba en este cuadro con rápidas pinceladas el orador oficial seguía en su discurso rodeado de colores, artista y críticos, sobre todo críticos de arte.

—¡Pánico! Que sabrás de pintura —la voz provenía de la parte izquierda del salón; todos se dieron vuelta, pero ya no se veía ni escuchaba nada.

La sala estaba decorada en un exquisito gusto florentino; de las arcadas superiores pendían caireles del bajo renacimiento y más abajo aún, como una ofensa, el saco gastado y brilloso de Amadeo Polarín que permanecía sentado sobre los finos mármoles de la escalera; sus ojos trataban de romper los sobrios colores de la gente amontonada delante de su obra.

Los críticos más avezados no dejaban de elogiar la pintura de Amadeo Polarín, que seguía allí escondido y murmurando: —Son unos miopes.

Los “entendidos”: —Es el impresionismo de principio de siglo.

Un periodista: —Lástima que no está aquí el autor. ¡Miren ustedes las grietas de esas paredes, los chicos corriendo con ese miedo que nos llega a nosotros!

Un periodista de arte del diario Clarín agregó: —Es más espantoso que Guernica, por algo le dieron el primer premio.

—Fue el pintor de los últimos años que con más fidelidad interpretó el miedo en colores y formas impresionistas —dijo otro, casi gritando.

Abajo, Polarín hablaba en voz baja: —Qué torpes, ¿yo justamente interpretar el miedo? —elevándola a medida que sus nervios le aumentaban la rabia. Rabia que estalló de golpe y parándose en medio del salón: —¡Pero ustedes son ciegos! —y agarrándole la mano a un periodista prosiguió haciéndole señalar su cuadro —Ustedes, expertos en arte, que vieron grietas en las paredes, miedo en la gente, que no es más que el miedo de ustedes, pasaron inadvertidos los ojos de esta chica que está sobre la ventana. ¡Fíjese, fíjese en el celeste de estos ojos!

Nuria Pérez
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 327

De las tres hacia atrás

Calle del Obispo. Tres de la tarde. Te llamas Rambó. Muy pronto habrás de morir acribillado. No tienes soledad. No tienes espera. Las luces de la escena están que titilan. Calle del Obispo llamada desde la colonia La Antigua. Plaza de Armas. 2 de la tarde. Te sigues llamando Rambó. Tienes soledad. Tienes espera. Estás muerto. En tu corazón, ese pequeño hueco por donde se te escapa la vida. No hay curiosos a pesar de la hora, todos en la ciudad duermen. Te llamabas. Hace un rato tu cuerpo se evapora. Hay luces sobre tu cadáver.

Despojado por los buitres. Rodeado. Te examinan. Te miran. Nadie grita. Nadie chista. Es la una. La hora más triste. Te recogen. A rastras llegas a la morgue. Te abren la panza, “laringitis”. Has muerto de laringitis. Las doce.

A las once llega tu viuda. Ella toda labiuda. “Es la viuda del vivo”. No la escuchas. Llora sobre el hueco de tu pecho. Sus lágrimas son de plomo. Son de agua sus lágrimas.

—¡Valentín! —dice cada lágrima de ella cuando cae en el hueco de tu pecho.

—¡Pókit! —suenan las lágrimas de ella al caer.

Son las diez. Te velan. “Cuatro cirios han de encenderse, cuatro cirios”.

Te cae la tierra. Palada de tierra que cae sobre tu rostro. El bigote negro. El pelo negro. La nariz perfilada. La última mirada a la amante. La pistola de plata. Todo cubierto por la tierra. Las nueve. Finito. Se acabó. Te acabaste.

Calle del Obispo. Tres de la tarde. Te vuelves a llamar Rambó.

Blas Perozo Naveda
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 325

Absolución

A Barthélemy de Lesseps

Al tiempo: agresor de la libertad, cómplice de la muerte, enemigo jurado del amor. Al tiempo hijo de su pinche madre, decidí asesinarlo con un sueño bien afilado, que a la luz de la luna dejaba huir su plata en millones de brillantes fugaces.

Camino a su morada (yo cargaba en mi fardo, premeditación, alevosía y ventaja. ¿Quién sabe cuál sería el fallo de los jueces en la Historia? En realidad no me importaba la condena y el perdón…), como una astilla de las que refulgía mi daga, se me clavó entre los ojos una reflexión:

“En un segundo (célula, molécula: partícula) del tiempo, del odiado adversario, llegarían la libertad y el hombre nuevo”.

Entonces decidí absolverlo.

Ramos Blancas
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 323

El mono de la tinta

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“Este animal abunda en las regiones del norte y tiene cuatro o cinco pulgadas de largo; está dotado de un instinto curioso; los ojos son como cornalinas, y el pelo es negro azabache, sedoso y flexible, suave como una almohada. Es muy aficionado a la tinta china, y cuando las personas escriben, se sienta con una mano sobre la otra y las piernas cruzadas esperando que hayan concluido y se bebe el sobrante de la tinta. Después vuelve a sentarse en cuclillas, y se queda tranquilo.”

Wang Ta-Hai (1791) citado por Borges

No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974

Tomo X – Año X

Pág. 313

Wang Ta-Hai Citado por Borges

No. 88, Septiembre- Noviembre 1983

Tomo XIV – Año XIX

Pág. 22

Vestir una sombra

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Lo más difícil es cercarla, conocer su límite allí donde se enlaza con la penumbra al borde de sí misma. Escogerla entre tantas otras, apartarla de la luz que toda sombra respira sigilosa, peligrosamente. Empezar entonces a vestirla como distraído, sin moverse demasiado, sin asustarla o disolverla: operación inicial donde la nada se agazapa en cada gesto. La ropa interior, el transparente corpiño, las medias que dibujan un ascenso sedoso hacia los muslos. Todo lo consentirá en su momentánea ignorancia, como si todavía creyera estar jugando con otra sombra, pero bruscamente se inquietará cuando la falda ciña su cintura y sienta los dedos que abotonan la blusa entre los senos, rozando la garganta que se alza hasta perderse en un oscuro surtidor. Rechazará el gesto de coronarla con la peluca de flotante pelo rubio (¡ese halo tembloroso rodeando un rostro inexistente!) y que habrá que apresurarse a dibujar la boca con la brasa del cigarrillo, deslizar sortijas y pulseras para darle esas manos con que resistirá inciertamente mientras los labios apenas nacidos murmuran el plañido inmemorial de quien despierta al mundo. Faltarán los ojos, que han de brotar de las lágrimas, la sombra por sí misma completándose para mejor luchar, para negarse. Inútilmente conmovedora cuando el mismo impulso que la vistió, la misma sed de verla asomar perfecta del confuso espacio, la envuelva en su juncal de caricias, comience a desnudarla, a descubrir por primera vez su forma que vanamente busca cobijarse tras manos y súplicas, cediendo lentamente a la caída entre un brillar de anillos que rasgan en el aire sus luciérnagas húmedas

Julio Cortázar
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 311

Animales de los espejos

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En algún tomo de las Cartas edificantes y curiosas que aparecieron en París durante la primera mitad del siglo XVIII, el P. Zallinger, de la compañía de Jesús, proyectó un examen de las ilusiones y errores del vulgo de Cantón; en un censo preliminar anotó que el Pez era un ser fugitivo y resplandeciente que nadie había tocado, pero que muchos pretendían haber visto en el fondo de los espejos. El P. Zallinger murió en 1736 y el trabajo iniciado por su pluma quedó inconcluso; ciento cincuenta años después, Herbert Allen Giles tomó la tercera interrumpida.

Según Giles, la creencia del Pez es parte de un mito más amplio, que se refiere a la época legendaria del Emperador Amarillo.
En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz, se entraba y se salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas de Emperador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de las hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico.

El primero que despertará será el Pez. En el fondo del espejo percibiremos una línea muy tenue y el color de esa línea será un color no parecido a ningún otro. Después irán despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas. Junto a las criaturas de los espejos combatirán las criaturas del agua.

En el Yunnan no se habla del Pez sino del Tigre del Espejo. Otros entienden que antes de la invasión oiremos desde el fondo de los espejos el rumor de las armas.

Jorge Luis Borges
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 307

Jorge Luis Borges
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 143

Expectación

Era noticia de primera plana que Josué hubiera logrado derribar las murallas de Jericó a son de trompeta. Sin embargo, pasó a segundo término cuando Elías fue plagiado por un platillo volador que se lo llevó como rehén para canjearlo por cinco seres ultra espaciales que habían sido capturados en Sidón.

José Barrales V.
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 303

Lentamente por entre el campo de flores rosadas

Otra vez el campo lleno de flores rosadas y otra vez tú aquí, como aquella mañana, aunque ahora no está él contigo; hoy no, ni nunca, quizá nunca estuvo, quizá soñaste que te amó en un campo lleno de flores rosadas, quizá pensaste que su voz era suave y quizá porque era un sueño, no hiciste caso a nadie, ni siquiera a las llamadas desesperadas de su mujer… un año viviendo diferente, sintiéndote amada y necesaria, y hoy, sola otra vez frente al campo de flores rosadas que se mecen suavemente, como sus manos al acariciarte, como su voz cuando te dijo suavemente que deseaba un hijo y te enteraste que su mujer no podía dárselo y entonces tú prometiste un hijo a cambio de su divorcio. Un año… un año viviendo para él, confiando ciegamente en su promesa de divorcio, y después de todo, después de darte, de entregarte, después de escuchar mil veces su promesa de amarte siempre… un adiós… después de tu decisión… un adiós… y ahora cuando tu tienes la noticia que él esperó tanto tiempo, Ella se adelanta y… un hijo… y sabes que es verdad, que esto no es un sueño, que quizá toda la desesperación, la angustia, la tristeza de su mujer, la hizo concebir. Y ahora tú… con tu hijo en ti, dentro de ti, entre el campo de flores rosadas. Pero estás tranquila, resuelta, sabes que lo que has decidido pasará pronto, que es breve como un suspiro, que quizá es tan suave como el viento que mueve las flores rosadas… tan suave como su voz… tan suave como el filo que lentamente ahora corta tus venas, como tu sangre saliendo a borbotones de entre tus muñecas, corriendo lentamente por entre el campo de flores rosadas.

Alicia María Uzcanga Lavalle de Ibarra
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 302

La oreja del suicidado

El muerto hurgó su corazón y lo sintió henchido de amor. Buscó ansiosamente alguien a quién amar. Alguien que lo amara. Movió a la derecha, a la izquierda sus fosas oculares y se le saltaron las lágrimas cuando sintió el beso de la hermosa muerta sobre sus labios.

Bertalicia Peralta
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 298

El loco

Pues, como le iba diciendo…

Uno siempre está tratando de complacer, de ayudar a la gente; pero lo que a mí me jode es que nunca se lo agradecen a uno. Por cada favor que uno cree que les está haciendo, por cualquier motivo, sin que uno mismitico lo sepa, ya están hablando sandeces…, de que uno está loco, de que si a uno no lo deben dejar salir por las calles como a las tras personas, de que si a uno lo tienen que tener trancado como a los leones, de que si uno está con sed de sangre…, y veinte sandeces más.

Mira, yo te voy a hacer un cuento de una cosa que me pasó, para que tú puedas ver que lo que yo te digo es verdad. Claro, muchos creen que estoy demente, pero de loco no tengo un pelo.

Hace tiempo, una vez que me escapé del otro sanatorio en que estaba recluido, porque, sabes, tenía ganas de ver las calles llenas de gente, de ver los edificios, de oír el ruido de los autos y pararme ante las vidrieras de las grandes tiendas, pues tenía deseos de soñar en la calle con lo que nunca podré tener, porque me gusta subirme a los altos edificios y porque me gusta tirar a los niños desde allí, para ver como bajan volando y aterrizan, porque me gusta desnucar a las mujeres cuando están en la playa con sus diminutos bikinis, porque siento una tremenda satisfacción cuando con mi navaja de afeitar les corte el pene y los escrotos a esos hombres estúpidos…

Pues, como te iba diciendo…

Uno siempre está tratando de complacer a la gente… no sé… creí que te iba a hacer un cuento, pero se me ha olvidado…

 

Tomás Ortega Álvarez
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 295

El circo

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Aún hoy, el circo me trastorna y me aterroriza como cuando era niño. No puedo evitarme adivinar allí el esfuerzo desesperado que hace el hombre para organizar su propia vida. Todos los elementos de ésta se encuentran en él, tirados en montón, tan violentos, tan trágicos, tan tiernos. Todos sin excepción. La vida colectiva, por ejemplo. La más difícil que existe. Hecha de un trabajo de equipo, de éxitos personales, de fracasos, de celos, de fealdad y de belleza, de amor, de vergüenza, de rencores. Y la casa provisoria. Provisoria como sabemos que lo son —de allí nuestra angustia eterna— la mayoría de los verdaderos hogares. También se encuentra allí la gracia. Puesto que hay niños. Y el ritmo. Puesto que hay animales. Y el Miedo. Puesto que está el hombre. Y no olvidemos a la Muerte, siempre presente —como en todos los ritos, en todas las religiones—, en la paciente espera de sus víctimas inocentes o culpables.

Federico Fellini (citado por José Luis de Villalonga)
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X

Una viuda inconsolable

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Una mujer con gafas de luto lloraba sobre una tumba.

—Consuélese, señora —dijo un simpático forastero—. La misericordia del cielo es infinita. Habrá otro hombre en alguna parte, además de su marido, que todavía puede hacerla feliz.

—Había —sollozó la mujer—, había, pero ésta es su tumba.

Ambrose Bierce
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 292

El aplanador

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Entre los años 1840 y de 1864, el Padre de la Luz (que también se llama la Palabra Interior) deparó al músico y pedagogo Jakob Lorber una serie de prolijas revelaciones sobre la humanidad, la fauna y la flora de los cuerpos celestes que constituyen el sistema solar. Uno de los animales domésticos cuyo conocimiento debemos a esa revelación es el Aplanador o Apisonador (Bodendrucker) que presta incalculables servicios en el planeta Miron, que el editor actual de la obra de Lorber identifica con Neptuno.

El Aplanador tiene diez veces el tamaño del elefante, al que se parece muchísimo. Está provisto de una trompa algo corta y de colmillos largos y rectos; la piel es de un color verde pálido. Las patas son cónicas y muy anchas; las puntas de los conos parecen encajarse en el cuerpo. Este plantígrado va aplanando la tierra y precede a los albañiles y constructores. Lo llevan a un terreno quebrado y lo nivela con las patas, con la trompa y los colmillos.

Se alimenta de hierbas y de raíces y no tiene enemigos, fuera de algunas variedades de insectos.

Jorge Luis Borges
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 285

Jorge Luis Borges
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 213

Jorge Luis Borges
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 593

El malhechor descontento

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Un juez, habiendo sentenciado a un Malhechor a la cárcel, procedió a señalarle las desventajas del crimen y los beneficios de la enmienda.

—Vuestra señoría —dijo el Malhechor, interrumpiéndolo—, ¿sería tan amable de cambiarme la pena por diez años de prisión y nada más?

—¡Cómo! —exclamó el Juez, sorprendido—, ¡le he dado sólo tres años!

—Sí, ya lo sé —asintió el Malhechor—. Tres años de cárcel y de predicación, si fuera tan amable, me gustaría que me conmutara la predicación.

Ambrose Bierce
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 280

Dolores Plaza

Dolores Plaza

Dolores Plaza

Nació en la ciudad de México el 14 de noviembre de 1949. Ensayista, narradora, poeta y dramaturga. Estudió letras modernas, psicología y pedagogía en la UV. Periodista, investigadora literaria y docente; autora de material didáctico y libros de texto; adaptadora de novelas, cuentos y obras teatrales de autores clásicos para las series “Joyas de la Literatura” y “Novelas Inmortales”. Se han estrenado sus obras: Domadora de sueños (auto profano en dos actos, 1988), El danzón del rey (farsa, 1992), Quebranto (1992) y Yo coyote (1994). Colaboradora de Comunidad Educativa, Diario de Xalapa, El Cuento, El Día, El Imparcial, El Gráfico, El Sol Veracruzano, Excélsior, La Palabra y El Hombre, y Punto y Aparte. Premio del Concurso Estatal de Poesía y de Cuento INJUVE 1974. Premio Nacional Juan Rulfo para Primera Novela 1990 por Adiós pájaro violento.

 

Obra publicada

Ensayo: Onetti, Cuadernos de Cultura Hispánica, España, 1975.

Novela: Adiós pájaro violento, Gob. del Edo. de Veracruz, Escritores Veracruzanos, Los Voladores, 1991.

Poesía: El libro de los deseos, Negro Sol, 1982. || Monólogo del amigo, Negro Sol, 1984[1].

 

Antitiempo

Había descubierto el móvil de todas las historias, el secreto de las tramas motivantes, el centro de la intriga y la sorpresa, tecleaba y tecleaba sin descanso sobre la Olivetti, como si sus dedos actuaran en simultaneidad con las palabras que venían amontonándose en su cabeza. El tiempo no era sino un factor matemático que ordenaba la actividad, un sujeto a ésta. Ahora su actividad superaba cualquier otro límite esencial. Continuó, continuó, continuó, aislado en la fiebre de escribir y no se percató que desde hacía tres siglos, dos años, a un día, veintidós horas y cuatro minutos (exactamente diez y nueve después de haber comenzado la tarea) no había papel en la máquina y las letras se iban plasmando una sobre otras a cada vuelta del rollo vacío.

Dolores Plaza
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 256

Una buena razón

Estaba tendido de espaldas en el pis del cuarto estrecho y desarreglado, en el que se veían, además de unos cuantos muebles insignificantes, decenas de hojas de papel escritas, diseminadas por todas partes. Tenía el rostro contraído en un rictus, mezcla de frustración y alivio. Había, sobre una mesa destartalada, una máquina de escribir con una hoja aún sin terminar. Junto a la mano derecha del muerto, que asía firmemente un revólver, yacía un ejemplar de la revista “El cuento” y, en la mano izquierda, se encontraba un pedazo de papel arrugado en el que se leía: “¡Una cuartilla! ¿A quién se le ocurre?”

Jorge Anaya
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 257

El cien cabezas

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El cien cabezas es un pez creado por el karma de unas palabras, por su póstuma repercusión en el tiempo. Una de las biografías chinas del Buddha refiere que éste se encontró con unos pescadores, que tironearon de una red. Al cabo de infinitos esfuerzos, sacaron a la orilla un enorme pez, con una cabeza de mono, otra de perro, otra de caballo, otra de zorro, otra de cerdo, otra de tigre, y así hasta el número cien. El buda le preguntó:

—¿No eres Kapila?

—Soy Kapila —respondieron las cien cabezas antes de morir.

El Buddha explicó a los discipulos que era una encarnación anterior, Kapila era un brahmán que se había hecho monje y que a todos había superado en la inteligencia de los textos sagrados. A veces, los compañeros se equivocaban y Kapila les decía cabeza de mono, cabeza de perro, etc. Cuando murió, el karma de esas invectivas acumuladas lo hizo renacer monstruo acuático, agobiado por todas las cabezas que había dado a sus compañeros.

Jorge Luis Borges
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 255