Patio de tarde


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A Toby le gusta ver pasar a la muchacha rubia por el patio. Levanta la cabeza y remueve un poco la cola, pero después se queda muy quieto, siguiendo con los ojos la fina sombra que a su vez va siguiendo a la muchacha por las baldosas del patio. En la habitación hace fresco, y Toby detesta el sol de la siesta; ni siquiera gusta que la gente ande levantada a esa hora, y la única excepción es la muchacha rubia.

Para Toby la muchacha rubia puede hacer lo que se le antoje. Remueve otra vez la cola, satisfecho de haberla visto, y suspira. Es simplemente feliz, la muchacha ha pasado por el patio, él la ha visto un instante, ha seguido con sus grandes ojos avellana la sombra de las baldosas.

Tal vez la muchacha rubia vuelva a pasar. Toby suspira de nuevo, sacude un momento la cabeza como para espantar una mosca, mete el pincel en el tarro y sigue aplicando la cola a la madera terciada.

Julio Cortázar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 506

Julio Cortázar
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 368

Julio Cortazar
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 96

Determinante

La discusión se prolonga por siglos; al fin, Satán concluye determinante:

—“No… el amor no muere, eres tú, hombre, quien nunca aprenderás a amar…”—

Comienza a reír, nervioso y satisfecho

Magdalena Sofía
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 414

Insomnio

Las doce de la noche, hora en que las brujas vuelan en sus grandes escobas de varas alrededor de la luna llena. Me veo rodeada de todos los fantasmas acumulados en mis veinticuatro años de existencia, manos peludas que tratan de asir las partes de mi cuerpo que salgan de las sábanas, ruidos, voces que llaman, sombras con figura humana, temo abrir los ojos, me observan. Sé que es fantasía todo lo que imagino, pero en mi niñez surgieron a mi alma la existencia de ello, me trato de consolar con fantasías bellas, pero no por eso menos irreales, el príncipe azul, la lotería…

La una, las dos, espero con impaciencia al sueño o a la salvadora luz de la mañana que haga huir, como a los murciélagos todo lo que fue sembrado en mi alma, mi terror, y con el nuevo día lleguen otra vez las horas de sesenta minutos, los espíritus inseparablemente ligados a sus cuerpos, los árboles verdes, mi soltería, la ley de la gravedad… la belleza y seguridad de lo tangible.

Carmen García
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 440

Los globos

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Con sus blancos vestidos de piqué bordado en punto de cruz; con sus zapatos nuevos, con sus caras gordas de muñecas obedientes y con sus cuatro y cinco años apenas, estaban sentadas en la escalera del edificio esperando a sus padres, a sus nanas y a la vida.

Inocentes, sostenían unos grandes globos azules como el cielo.

Su presencia paralizaba el domingo. Eran tan frescas, tan reales que abolían la idea de la muerte.

Parecía que iban a soportar millares de domingos en la misma postura, con los mismos trajes, felices, colgadas de sus globos azules. Cielos irrompibles y eternos.

Pasó aquel domingo y por las noches sus globos marchitos perdieron para ellas su potencia de eternidad.

Guadalupe Amor
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 432

Imprevisión

En San José de los Cogollos fue donde apareció la bruja. Sólo salía por las noches, pero los muchachos —aquellos mismos que habían hecho hablar a un gato—, descubrieron su escondite y cortaron el rabo de la escoba.

Esa noche la bruja, al querer volar de un tejado a otro, se fue de picada y cayó de cabeza con las patas al aire.

La gente ríe todavía al recordar que la bruja no llevaba calzones.

José Barrales V.
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 435

Antídoto

Estiro mi cuerpo entre viejos edificios tratando de apresar los rayos de sol; el calor adormila, siento un sueño pesado y temo no abrir los ojos jamás —esto sucede a diario— como si algún elemento tóxico penetrara, junto con el día, a mi organismo. Corro peligro de caer en la inercia y el bostezo, busco de nuevo el antídoto: un buen baño de agua fría y mi mejor sonrisa ante el espejo.

Magdalena Sofía
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 429

Mutación

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Una noche, poco antes de dormirme, cuando todo caía en el silencio y yo quedaba solo en mi habitación rodeado de mis viejos muebles y de las mismas fotografías que había visto durante muchos años, noté que todas aquellas cosas, que más que servirme me habían acompañado durante mi vida, se transformaban. No se alteraba su forma ni su color ni ninguno de sus pormenores físicos; cambiaban su actitud hacia mí, rechazaban la relación amable y protectora que mutuamente habíamos llevado, y me negaban la seguridad que siempre había encontrado en ellas.

Leopoldo Sánchez Lúber
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 425

Paralisis

Cuando la parálisis avanzada lo había acostado en su lecho soñó con el demonio.

—Tomaré venganza con llamas de fuego eterno, viejo amargado y conformista: tu cuerpo de carne, tus huesos y tu sangre sufrirán tormento para siempre.

Satán siempre cumple sus promesas. Se lo había asegurado en la pesadilla. En aquel tiempo, con el cuerpo inmovilizado, el hosco y decrépito hombre solía soñar… él, que jamás creyó en los sueños ni en lo que no veían sus ojos, despertó en la noche asaltado de inquietud.

Viejas sombras se escurrieron con la luz de la bombilla.

Cuando sintió pasar sus últimos días, dispuso entre los postreros caprichos que su cadáver fuera llevado al horno crematorio. “A ver si son mis cenizas las que se condenan: ellas que ya no serán carne ni sangre de mi sangre”, solía decir con entrecortado tono de burla.

Una mañana murió, cuando el corazón —penúltimo órgano en detenerse—fue aquietado por el mal progresivo. Con la tristeza y el luto en el cuerpo de los familiares, el catafalco lo llevaba a la incineración.

El médico asintió (más bien, meneó la cabeza negándole vida): había fallecido, no le corría aliento ni sangre.

Pero el hombre vivía sobre su parálisis, absurdamente inmóvil; su cerebro frenético buscaba solución, pero ni la opacidad de sus ojos abiertos podía expresar la súplica angustiosa: “Que no lo fueran a matar, que estaba vivo”.

Llegó el momento de la cremación. Tenía la piel sensible… en el momento que sintió arder todo su cuerpo y un gran dolor lo hacía ovillo, el tiempo quedó prisionero de un segundo.

Entonces descubrió que la muerte era parálisis del tiempo.

Ramos Blancas
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 414

Día para morir

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Llueve. Con desesperación. Como si fuese una despedida. Tal vez sean lágrimas por nosotros. Hoy debemos morir.

Nuestra historia se remonta al primer paisaje que mirara el río. Nuestra historia de verdes y de pájaros, de flores y serpientes. Y sobre la tierra, nosotros. Como centinelas.

Las mujeres han pedido clemencia por nuestros pequeños.

—¡Son tan tiernos! ¿Qué valdrá sacrificarlos como a los otros? —han dicho.

Pero sus hombres tienen corazón de sangre. No habrá perdón.

Esta es nuestra última noche de vigilia. Sabremos del horror de las mutilaciones del desesperante ritmo de los golpes crueles.

La memoria es joven y los recuerdos viven. Hubo una primera vez y muchas otras para las catástrofes. Al cabo del tiempo despierta está la ambición del enemigo. Nos controla.

Soy el más viejo. El jefe. Ninguno iguala la arrogancia de mi porte. Moriré primero. Lo sé. Los míos me verán caer. Un agudo clamor lanzarán los pájaros. Yo en silencio.

No sé por qué la fatalidad de estas masacres. Ni siquiera nos odian. Pero siempre la muerte ha llegado con ellos. ¡Y hemos logrado ser amigos de serpientes y de topos! Y de las mariposas.

Otros emigran ante el peligro. Nosotros no. Penetramos la tierra para quedarnos hasta el fin. Nos han embriagado sus jugos. Somos, con ella, indisolublemente.

Nos arrojarán al río. Así lo hicieron antes. Hemos visto pasar a otros vencidos. No sé a dónde. Y no puede importarme.

Quizá no existan definitivas muertes. O, al menos, muchos seguirán viviendo; en otra isla, en otro rincón del mundo.

Hermanos: la lluvia ha cesado. Habrá sol. Cuando despunte, el brillo de las hachas ocultará el reflejo del rocío. Los leñadores vendrán sobre nosotros. Con furia terrible y fría. Y hasta alguno cantará. Pero no los pájaros.

Sofía Acosta
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 409

El mal de Hafsa

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Tu cuerpo adolece y se consume. Pero la demacración que descama tu rostro y afila tus facciones macilentes, te hace aún más deseable. Por tus ojos asoma, en negras relumbres, el fuego que corroe tus entrañas.

El agua hierve al contacto de tu carne siempre enfebrecida. Al amanecer, cuando deshielas con tu cuerpo desnudo la escarchada superficie del estanque, un denso vapor de fiebre aureola y vela tus pudores.

El agua de las termas es menos abrasadora que la linfa en que sumerges tus entrañas de fuego.

Abz-ul-agrib
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 403

Sinceridad

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Durante el desfile, precedido de elefantes y timbaleros, un apuesto y fornido muchachón dijo a su acompañante, una bella rubia con senos desmesurados:

—¡Te adoro… pero te advierto que no soy hombre!

—No importa —contestó la muchacha con una sonrisa—. Yo sí lo soy.

Ambos se quitaron los trajes y las máscaras, y se unieron en un apasionado beso. Luego, agarrados de la mano, se perdieron entre el bullicio del carnaval. La calle quedó desierta, y entonces los disfraces que los enamorados habían tirado, cobraron vida. El disfraz de hombre abrazó tiernamente el disfraz de mujer, y ambos sollozando, maltrechos, pisoteados, se prometieron solemnemente no dejarse alquilar jamás.

Alfredo Cardona Peña
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 393

El valor exacto de “pi”

Desde que era pequeño, su afición por encontrar solución a magnitudes y conceptos imponderables le acarreó problemas: su madre, católica irredimible, le dejó sin cenar la noche aquella en que él alegó la inexistencia de un dios omnipotente, ya que no podría crear algo tan pesado que no lo pudiese levantar.

Ahora estaba dedicado a averiguar el valor exacto de “pi”.

El viejo abarrotero, don Chucho, lo había corrido al descubirlo colocando, amontonado, semillas de ajonjolí sobre los mosaicos de la bodega… Pero él sólo intentaba resolver el viejo problema del trigo duplicado en cada casilla del tablero del ajedrez. Meses después encontró la cifra (18 446 073 709 551 615) calculándola matemáticamente.

Ahora estaba dedicado a averiguar el valor exacto de “pi”
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No le preocupaba el tiempo, pues había llegado a la conclusión de su inexistencia, ya que lo pasado (siglos, décadas, años, meses, horas o segundos) no existe y lo futuro (minutos, días, semestres o milenios) todavía no existe y cada nueva unidad resultante de subdividir el momento presente, puede fragmentarse en otro hoy, otro ayer y otro mañana.

Ahora estaba dedicado a averiguar el valor exacto de “pi”.

No pensaba llegar al infinito, porque está convencido de estar en él: cualquier punto es el infinito al ser inalcanzable desde otros puntos muy lejanos.

Ahora estaba dedicado a averiguar el valor exacto de “pi”.

De la escuela tuvo que salirse porque maestros y condiscípulos le hostilizaban o se mofaban de él al no comprender su “distracción”. No sabían que pensaba en la convergencia de las paralelas, en el origen de la materia y la energía y su paternidad recíproca, en la existencia de la antimateria, en…

Ahora estaba dedicado a averiguar el valor exacto de “pi”. Si el diámetro cabe tres veces y fracción en la circunferencia, la fracción podría hacerse cada vez más aproximada, hasta que se alcanzase un cociente exacto.

Hacía semanas que había llegado a la cifra de 3.141592653589792347441534376233325737865412174 y aún continuaba dividiendo; el fragmento sobrante de circunferencia era más pequeño cada vez, inconcebiblemente pequeño, tanto que se fue convirtiendo en punto, un punto que empezó a crecer por dentro y a volverse una circunferencia nuevecita, adolescente, tan conspicua que se iba semejando paulatinamente al cero, un cero que (con tantas divisiones) perdió el equilibrio y cayó hacia el lado de las cantidades negativas y comenzó a correr por ellas de los menos mil billonésimos a los menos millonésimos, de ahí a los menos milésimos, a los menos centésimos, a los menos décimos y —por fin— a los menos tres enteros. Sin sentirlo entró también al mundo de la antimateria y —aterrorizado— quiso regresar, pero infructuosamente.

Nadie escucha sus gritos. Su mujer comenta tristemente a una vecina:

—Se había vuelto muy raro, creo que loco… No sé a qué hora se iría ¡pero hace dos meses! Sólo dejó eso en la mesa.

Y señaló unas hojas llenas de números, en la última de las cuales apenas se notaba la huella tenue de un punto expansivo que, convirtiéndose en circunferencia, creció tanto, tanto, que se diluyó en el infinito.

Héctor Castañeda Bringas
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 386

Los Lamed Wufniks

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Hay en la tierra, y hubo siempre, 36 hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufniks muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben.

Esta mística creencia de los judíos ha sido expuesta por Max Brod.

La remota raíz puede buscarse en el capítulo dieciocho del Génesis, donde el Señor declara que no destruirá la ciudad de Sodoma, si en ella hubiere diez hombres justos.

Los árboles tienen un personaje análogo, los Kutb.

Jorge Luis Borges
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 380

El traje

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Rápida fue la preparación del traje flotante impermeable isotérmico impenetrable acolchado elástico autorreproductivo que podía sustituir a los demás trajes y si uno lo piensa bien, asimismo a las casitas apartamentos palacios o chalets que tan prolíficos son en documentos de propiedad, cuotas, derechos de frente y etcétera etcétera. En las microfisuras de este traje que cambia constantemente de colores y de formas, puede desarrollarse y de hecho se desarrolla inevitablemente un pulular de algas microscópicas que es lo que permite aprovechar la luz del sol y el calor del cuerpo para el equilibrio térmico la limpieza de desechos la nocturna luminosidad regulable y además produce buenos bocados de proteína carbohidratos sales minerales vinosos licores compuestos químicos todo según el temperamento y el capricho del poseedor.

Por lo tanto, bandas de adolescentes que flotan a la deriva en espumosos mares y no regresan cuando los llaman papá y mamá, cuando los llama nadie, porque papá o mamá o nadie también para ir en su persecución pueden ponerse el traje y caminar satisfechos e indemnes por vidrieras polares o ardientes desiertos o lamentables bosques de olivares o cristalinos rápidos o crujientes selvas y olvidarse de regresar a casita a casita al trabajo a la cárcel a palacio a tantos sitios que tan buenos son pero a y los trajes triunfantes los besos rápidos y el anudar y desanudar errantes vidas en esta ahora tachonada de adioses intemperie.

Luis Britto García
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 379

El mago melancólico

En el reloj, las once. Cuatro águilas reales desde sus postes observan la niebla, los filtros hierven gorgoteando.

Una a una, el mago arranca las hierbas del planeta. Deseando encontrar lo increíble hurga entre el polvo y telarañas. Camina por plazas y calles desplazando su antiguo castillo de ideales.

El mago melancólico teje esperanzas vanas. Corre despacio el agua de la vida y cuenta con cristales redondos los días y sus historias.

Hasta ayer le llamaban tiempo, y las personas se asomaban al balcón para dejarlo pasar.

Magdalena Sofía
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 376

Lavado

Cada noche, cuando me lavo las manos si lo hago con agua tibia (con agua fría nunca sucede), mis dedos escapan uno por uno, y se ponen a nadar en el lavabo y remontan la corriente de la llave, cual pequeños y morenos salmones. Al ver esto me desespero, y trato de atraparlos, siempre con infinitos e infructuosos esfuerzos pues no tengo dedos (todos están nadando) con que retenerlos: después lloro, y al oírlo mi madre entra y jalándome una oreja, me dice: “Oye bien esto, loco, si vuelves a sacar de su estanque los peces de tu tía y los enjabonas y te los quieres poner en los dedos, no te dejaré salir de tu cuarto en un mes”.

Armando Carrillo
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 375

Artes posibles

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Máquina maravillosa para hacer el arte, no esas tonterías debiluchas que llaman hoy arte, que apelan por separado a la vista, al oído, a otros sentidos o cosas así. El espectador es introducido en un tubo en donde lo aturden fogonazos, caleidoscopios, estroboscopios (vista), berridos, estampidos, cataplunes y zuáquitis (oído), bocanadas de sulfuro de carbono, pachulí, catinga (olfato), chorros de aceite de ricino y todas esas cosas químicas que tienen sabor sui géneris (gusto), pinchazos, raspaduras, cosquillas, mordeduras (tacto), heladuras, quemaduras, (sentido de la temperatura), sacudidas eléctricas, vergajazos (sentido del dolor), cambios de sitio, caídas libres, aceleraciones, desaceleraciones, giros en hélice, en tirabuzón y en rizo (sentido de la posición), constricciones, torsiones (sentido de la posición corporal relativa), violaciones (percepción sexual), penetraciones, introducciones de espéculos, insuflaciones, inyecciones de hormonas y vasodilatadores (percepción interna de los procesos orgánicos), choques inductores de entremezclamiento y confusión de sensaciones (percepción cinestésica), inyecciones de drogas (percepción delirante), y como luego de experimentada en su totalidad la experiencia artística ya para que vivir, el espectador es atacado en su instinto de conservación, fibra a fibra deshilachado, macerado, masticado y digerido. Como sucede con toda nueva forma de arte, en la que proponemos los espectadores, al principio, serán escasos.

Luis Britto García

No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 373

Bianchina

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Por Bianchina, tuve acceso sin tardar a ese Paraíso que todo hombre merece al menos una vez en su vida. De inmediato conocí el insomnio. Ese insomnio del que se quejan los enfermos, los viejos y los olvidados. Horas maravillosas de la noche, robadas al sueño, ese sepulturero aprovechador de claros de luna. Por Bianchina descubrí montones de cosas. Los beneficios de la impaciencia. La largura de los minutos. El perfume de una cabellera de niña tendida sobre la hierba en las horas del crepúsculo. El efecto milagroso de un nombre repetido al infinito. Bianchina, Bianchina, Bianchina… Las largas conversaciones tranquilizadoras con alguien que ya no está allí… A Bianchina le gustan los cuentos con locura. Descubrí con éxtasis que la vida es más real cuando se la cuenta que cuando se la sufre. Entonces yo contaba, contaba… Bianchina me escuchaba asombrada. Terminada mi historia, tenía que recomenzarla. Sin cambiar ni la más mínima palabra. Y el asombro de Bianchina seguía siendo el mismo. Comprendí, oscuramente todavía, que el amor que se siente hacia una mujer está en proporción directa con la cualidad de su asombro hacia nosotros. Y si la admiración mata al amor, porque viene del entendimiento, el asombro lo exacerba porque viene del alma.

Federico Fellini (Citado por José Luis de Villalonga)
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 365