Viaje electrónico

Desesperados al no poder reunirse, él la llamó por teléfono, se introdujo al auricular y desembarcó junto a ella.

Todos los días siguieron haciéndolo, hasta que él marcó un número suspendido y quedó sin salida, atrapado para siempre entre cables, líneas, frecuencias y zumbidos telefónicos.

José Barrales V.
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 682

Paisaje

La lluvia opacaba los minutos siguientes. Los árboles se movían con hastío. A lo lejos, por encima de las silenciosas montañas, la Luna trataba de ocultarse definitivamente. El Sol hacía un esfuerzo para no contemplar aquello. Por todas partes se esparcía la soledad. Las piedras enloquecidas cambiaron de lugar. Los ríos perdieron su cauce y olvidaron sus recuerdos de vida. Las flores desearon no haber brotado porque nada ni nadie respetó su belleza. El viento recorrió paulatinamente el paisaje como emisario de la tristeza, que se había sentado en un monte para observar su reino. Las ardillas y pájaros se habían ido…

No se escuchaba el rugir de leones y tigres, ni el ruido de hojas caídas al paso de liebres, víboras y zorras. Las voces de los hombres se apagaron por sus mismos gritos. Todo entró en la caverna del olvido. El silencio estaba dispuesto a no dejarse vencer ahora que había derrotado al escándalo. En el cielo permanecían las tonalidades rojas porque las azules se habían perdido…

Cuando cesó la lluvia y la luna logró su objetivo, aparecieron un niño y una niña buscando, entre los escombros del mundo, una muñeca de trapo y un carrito de madera.

Javier González Rubio I.
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 680

Adivinanza

ANA UJIT es bilingüe; tiene corazón cosmopolita y dientes agudos y acerados. Tiene doble personalidad: una de día, otra de noche. De día es andrajosa y pálida; de noche, una reina oriental. Todos y nadie la conocen porque todos hablan de ella. Algunos dicen que es muy prostituta; otros la conceptúan como la reencarnación de la honestidad, la pujanza y la inocencia; pero hay quienes afirman que tiene la gran virtud de ser hospitalaria, humana y generosa. Eso no lo dice todo. Basta con que usted la vea, la toque, la sienta y la muerda, para que entre al círculo de las opiniones.

Si al lector le Interesa esto (si no, no lo haga) deberá contar palabra por palabra de abajo hacia arriba a un cuarto de milla por minuto. (Tome en cuenta todo lo escrito). Cuando llegue a la palabra número ciento cincuenta y nueve, de seguro ahí encontrará la respuesta, todo es cuestión de orden y paciencia.

Pablo Santillán Ledesma
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 676

Historia de un polígamo perdido

Ya comenzaban a circular las participaciones matrimoniales cuando invitó a su novia a la feria donde se exhibían monstruosos y prodigios. Gustaron golosinas y rieron gracejadas; giraron en círculos y volaron como pájaros.

Su regocijo los llevó a la casa de los espejos, laberinto donde se multiplicaron en formas, colores y movimientos. Él, polígamo fatal de vocación, caminó espejos adentro, abrazando a todas las mujeres iguales a su prometida.

Aunque ella logró salir después de penosas tentativas, él quedó prisionero en un juego de azogue, perdido en un harén de imágenes lucífugas.

Roberto Bañuelas
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 673

Travesura

Hasta el último momento creyó que eran unos buenos para nada, que tomar a las letras era un juego inofensivo. Los miraba jugar plácidamente, como quien mira a unos niños construir castillos en la arena. Eran inútiles, pensaba, nada harían aparte de cantar y conjugar.

Pero mientras él zampaba el fruto de esta tierra y ordenaba, ellos con una sencilla y simple letra, con la primera que encontraron en el abecedario, usándola de pico cavaron una trampa.

Pusieron punto final al declive de su vida. Así, de tumbo en tumbo que iba dando, se halló sorprendido en esta tumba.

Elías Agustín Ramos Blancas
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 669

La inventora

Te espero. Yo, que no te conozco, te espero. Imagino la escena y en lugar de imaginarla parece que la recordara.

Tú llegas. Eres pequeña, morena, apenas tienes gestos: tu mirada abarca todo lo posible y te entretienes, antes de entrar, en dejar que tu mirada invente cosas a todo lo que me rodea.

Inventas una ventana grande, por ejemplo, y yo por ella te miro envuelto en tenues hojas que tú inventas para ese momento.

Inventas palabras también.

Y yo espero. Caminas apenas, y te acercas, pero ninguna palabra podrás decir hasta que las mismas palabras se digan.

Pienso, curiosamente, en que debo besarte. Que es el atardecer, que el viento sopla suavemente, que una canción se escribió hace mucho para este momento, que debo abrazarte, que debo decir antiguas palabras, dejarme estar en esa quietud de perdidos instantes.

Espero. Caminas —en esta historia que imagino o recuerdo, no sé— y sonríes. Apenas sonríes. Y entonces inventas mi cara, mi cuerpo, mis manos, mis gestos que se acercan y te abrazan, te besan, se dejan estar bajo la tenue llovizna del atardecer.

Y yo me miro y te miro. Abrazas mi memoria y tu invento, te quedas en él, despacio dejas de inventar cosas y regresas.

Apenas si puede alcanzarte alguna de mis voces. Parto junto a tu sombra. Me miro ir. Ningún invento queda en mis manos.

Vuelo.

Te espero.

No recuerdo si fue ayer o mañana.

Espero.

Vagamente se que me detendré en el tiempo, que olvidaré el viento, que escribiré un poema.

Alberto C. Vila Ortiz
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 665

Disolución social

Antiguamente las cámaras fotográficas se revistieron de una particularidad especialísima que las llevó a la proscripción. Estos aparatos realizaban una síntesis exhaustiva de todos los conjuntos que se sometieron al juicio de la lente: todo aquello que resultara innecesario, feo, o no aportara nada a la composición, era borrado de la fotografía. El problema surgió cuando el inventor tomó una instantánea del gabinete presidencial: en la exposición sólo aparecieron 32 plumas fuente, una banda tricolor y un preservativo aún utilizable. También se inventó el delito que da título a este humilde breviario cultural.

Luis Arturo Ramos
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 632

El poeta

Era un hombre que se volvía poeta en los plenilunios. Le crecía el cabello. Los ojos se le colmaban de brillos. Una palidez marfilínea le asaltaba en la cara. Estaba sujeto a los caprichos lunares como las corrientes oceánicas. También como los licántropos. Acostumbraba escribir sus versos en las arenas de las playas para que después las mareas se encargaran de borrarlo todo. Un día no pudo ver la luna llena por las nubes que cubrían el cielo. Tampoco los ojos se le llenaron de brillos. Murió de pena con los versos atorados en la garganta. Compadecido Dios le concedió la cabellera. Quedó flotando sobre el mar. Confundida con las algas.

Luis Arturo Ramos
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 657

Hay cosas que me molestan

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Aquella mucama me sonrió al servirme el café y yo estaba necesitado de sonrisas femeninas.

Hacía tiempo que dormía solo y, aunque una sonrisa no sea necesariamente el principio de una aventura galante, sin sonrisas no existe ni el consuelo.

La maté con una botella de agua mineral.

Lo que más me extrañó fue que al quitarte el vestido no estuviera llena de ruedas, mecanismos y engranajes.

Le sacudí el polvo y me marché bastante aburrido.

A. F. Molina
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 651

Otro

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No soy yo. Pero sus conocidos me saludan en la calle.

Como en su misma mesa.

A la noche me acuesto en su cama.

Su mujer no le es infiel. Realmente somos iguales y yo mismo podría confundirme.

Ella tiene una forma extraña de gozar. Después se queda fría y duerme como un animalito.

A. F. Molina
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 648

El mejor uso

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Aquella mujer comía mucho, pero seguía adelgazando. Cuando bebía bastante cerveza, por unos instantes redondeaba su vientre. Pero enseguida se desinflaba de un eructo.

Estos avatares minaban su organismo y un día cayó vacía al suelo. Alguien la creyó un papel arrugado y, debido a su curiosa forma, la llevó a su casa y la dejó clavada a la pared con cuatro alfileres. Algunas noches la desprendía y la colocaba sobre la cama. Cada vez se fue aficionando más a esta costumbre, porque advirtió que abrigaba un calorcillo muy agradable. Además poseía unas extraordinarias dotes afrodisíacas que le daban la ilusión haber recobrado la juventud.

A. F. Molina
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 647

De la máscara

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¡AYAYAYAY! Hay que velar la velada. El Tío Pedro y la Tía Águeda, su mujer, están sentados en un rincón, mientras su hija Consuelito baila por alguna parte. Una cinta de colores vivos desciende hasta la ancha nariz del Tío Pedro y lo incomoda. Al Tío se le ha muerto, por la tarde, una muela.

Las máscaras de risas rígidas pasan saludando con sus vocecillas mecánicas. ¿Cuál es Consuelito, piensa el Tío Pedro, Consuelito disfrazada de madama? A las doce de la noche fallece el carnaval, se quitan las máscaras, se dan los premios. El Tío Pedro podrá irse en paz a llorar su pérdida, que siente, en los huesos de la quijada, como una irreparable y dolorosa ausencia.

¿Cómo ha sucedido? La cinta de colores, desprendida, se le ha enredado amorosamente a la calva. Hay un corro en torno suyo de gentes que llevan, como si dijésemos, sus caras en las manos, que gritan y ríen en un rabioso regocijo. De la selva de brazos que gesticulan se desprende, agudo, incisivo, un índice que señala inflexible al Tío Pedro. Una voz insegura dice lentamente “vamos a la cara del triunfador, quítese la horrorosa máscara”. Y unas pinzas suaves tiran, tiran poderosamente de la desnuda nariz del Tío Pedro. Sudoroso, helado, el Tío Pedro sabe que es inútil, que nadie podrá arrancarle jamás la horrorosa máscara.

Eliseo Diego
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 645

La jaula sin pájaro

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Félix no entiende cómo es posible tener a los pájaros prisioneros en jaulas.

—Del mismo modo —dice— que es un crimen cortar una flor, y personalmente sólo quiero aspirar su perfume cuando se encuentra en su tallo, los pájaros están hechos para volar.

No obstante, compra una jaula y la cuelga en su ventana, le pone un nido de borra, un plato de semillas, una taza de agua pura y renovable. Le atañe un columpio y un espejito.

Y cuando, sorprendidos, lo interrogan, contesta:

—Cada vez que miro esta jaula, me felicito por mi generosidad, podría encerrar en ella a un pájaro y la dejo vacía. Si quisiera, un oscuro tordo, un pardillo elegante o cualquier otra de nuestras aves, sería esclava. Pero, gracias a mí, cuando menos una de ellas permanece libre. Siempre pasa lo mismo.

Jules Renard
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 640

Lectores… ¡Urgen…!

En virtud de que los escritores habíamos aumentado en forma tan considerable que ya se nos dificultaba el conseguir suficientes lectores, sobrevino la crisis ante el constante alud de obras que salían de las imprentas.
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Las personas amantes de la lectura, al darse cuenta de que la oferta de impresos sobrepasaba en mucho a la disponibilidad de lectores, principiaron a dictar sus condiciones a los autores y casas editoras, obligando a éstas a ofrecer una serie de ventajas económicas.

Por ejemplo, por leer un libro de hasta 300 páginas, un peso; por dos obras, un peso cincuenta, y así hasta un máximo de ocho libros por mes, en que el lector asiduo recibía una suma adecuada, según las posibilidades económicas de los autores y la resistencia y asimilación del lector asignado.

Desde luego que la lectura obligada de ciertos libros, como los didácticos sobre ciencias exactas, discursos políticos, liturgia religiosa o recetas de cocina, conseguían un sobresueldo especial que llegaba en ocasiones al 50%. En cambio, había personas que ofrecían apreciables descuentos a cambio de leer algo del boom latinoamericano.

El sistema funcionó así por algún tiempo, por más que los escritores, en aumento incontrolado, demandaban cada vez mayor número de lectores, con la lógica consecuencia de que se impuso la ley de la oferta y la demanda: los consumidores de libros aumentaron sus exigencias, ante la inflación desorbitada en el mercado de impresos, en relación con el número de lectores potenciales.
A estas alturas, los lectores avisados habían formado ya poderosas uniones y sindicatos que demandaron mayores prestaciones, cada dos años, en la firma del contrato colectivo con autores o imprentas.

No ayudó mucho para contener la proliferación de autores, la “píldora” intelectual que significó la supresión drástica de la carrera de filosofía y letras en todas las universidades del mundo, porque a la represión oficial, como defensa, el auto-didacta, que escribía y escribía, aún sin preparación académica; exigía igualmente lectores para sus obras.

El estado trató de poner un alto a las peticiones de los sindicatos de lectores; pero éstos contestaron con paros de ojos caídos y, más tarde, con la temida huelga general, en demanda de mayor ingreso por volumen a leer, sillones de hule espuma, tiempo extra, vacaciones pagadas, anteojos o lentes de contacto gratuitos, no más de seis horas de lectura diaria, semana de cinco días y seguro social pagado por los escritores.

Ante la gravedad de la situación, aumentó la intervención gubernamental, que llamó a lectores y autores a pláticas de avenencia en el Ministerio correspondiente, pláticas que se prolongaron indefinidamente, mientras las imprentas vomitaban sin descanso nuevos libros que formaban montañas gigantescas…

Frente a tal situación, fue declarada emergencia nacional restablecer el equilibrio entre producción de libros y de lectores. Después de discusiones interminables, propuestas y contrapropuestas, el gobierno y los abogados que representan a las partes, continúan aún en pláticas en el momento en que se escribe la presente crónica.

Por mi parte, el problema no me afecta. Ya conseguí por lo menos un lector…

Pedro López Amador
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 638

Bulp

Experto geógrafo, miraba con una lupa poderosísima los círculos negros que marcan en los mapas las ciudades importantes. Llevado de una insana curiosidad, orienté el lente hacia la circunferencia que situaba en el plano a mi propia ciudad. Hubiera querido decir que, en su interior, me vi a mí mismo observando con fruición un mapa; pero no sucedió así. Decepcionado, aparté la vista del lugar para sentir, justo encima de mí, un enorme ojo que me estudiaba. Concienzudo lector de revistas especializadas, no me amilané; sabía lo que estaba sucediendo. Sin inmutarme, puncé con una varilla la abultada pupila que me escudriñaba para que, como lo había previsto, fuera mi propio ojo izquierdo el que se vaciara con un molesto y silbante silbido. Por último preferí dejarlo todo como estaba para no continuar con ese molesto juego de reacciones disparatadas que prometía nunca acabar.

Una mañana descubrí que una brillante película negra cubría por completo el mapa; atribuí el fenómeno al coqueto parche de terciopelo oscuro que, desde el día del accidente, oculta mi cavernosa cuenca izquierda.

Luis Arturo Ramos
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 636

El pavo real

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Seguramente va a casarse hoy. Debió haber sido ayer. Ya estaba listo, vestido de gala. Sólo esperaba a su novia. No vino. No puede tardar.

Glorioso, se pasea con garbo de príncipe hindú, y lleva puestos los mejores regalos. El amor aviva el brillo de sus colores y su cauda tiembla como una lira.

La novia no llega.

El pavo real sube a lo alto del tejado y mira en dirección del sol. Lanza su grito diabólico:

¡León, león!

Así llama a su novia. No ve venir a nadie ni nadie le responde. Las aves de corral, acostumbradas, ni siquiera levantan la cabeza. Están aburridas de admirarlo. Él vuelve a bajar al patio, tan seguro de ser hermoso que es incapaz de rencor.

La boda quedará para mañana.

Y, no sabiendo qué hacer con el resto del día, se dirige hacia la escalinata. Sube los peldaños con paso oficial, como si fueran las gradas de un templo. Levanta su traje de cola muy pesada y ojos que no pueden despegarse de ella.

Repite una vez más la ceremonia.

Jules Renard
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 632

La única mujer

Y yo, siempre deseoso de nuevas experiencias, entré en el prostíbulo donde ejercía la única mujer que se entregaba en forma completa y sin prejuicios. Con los primeros rayos del sol pude percatarme de su ausencia; ausencia no tan completa como para impedirme apreciar, por última vez, los minúsculos piececitos que desparecían por el orificio de mi sexo. Abandoné el lugar lamentando que la entrega hubiera sido tan literal. Ahora la siento palpitar dentro de mí como un pájaro asustado, o divertido.

Luis Arturo Ramos
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 629

De su noche de gran triunfo

65 top

Ligera, soprano ligera. Carmen María Peláez parada en el escenario para cantar su noche de gran triunfo. El empresario de bigote de aceite y zapatos charolados lo ha garantizado: Garamba, Carmen, gran gala de Beras. Carmen María, coruscante y joven, cegada por las luces del proscenio, canta. ¡Ah, canta, canta, Carmen, canta! Y Carmen muge y trina y se desgarra. Y con el último acorde estalla la cálida salva de aplausos. Carmen María se inclina, saluda envuelta en la ola cálida, se alza. Las luces disminuyen, cede el espeso muro de sombra. La boca enorme del vasto teatro vacío y el empresario, muerto de risa, que da vueltas a monstruosa araña, al monstruoso aparatito de aplausos. Carmen María quiere escapar, pero se encuentra aprisionada en la reciedumbre de los huesos. Se mira y es una espantosa anciana.

Eliseo Diego
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 623

Eliseo Diego
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 285

De la calle

Por la umbrosa única calle de aquel pueblo caminaba sin prisa, perturbando con su figura vistosa el orden vengativo de la penumbra. Esa tarde de plata había sacado más que de costumbre: iba repleta, iba libre en la noche como humo de cigarro.

Al pasar junto a una barda en construcción se le rasgó la sombra con un clavo. Comenzó a sangrar intempestivamente, la hemorragia negra invadió la banqueta y se derramó en el asfalto. Ella estaba prendida al suelo por un dolor paralizante; sus pies clavados en la acera se crispaban tratando de volar; una bombilla mortecina alumbraba con periodística indiferencia la tragedia. Cuando la sombra entera no era más que un rastro viscoso, su carne fue derritiendo para confundirse con los restos de la silueta herida. El cuerpo de la azorada víctima se escurría espesa y duramente al suelo, como si fuera chapopote hirviendo.

Al poco rato en el lugar del accidente no quedó más cosa que un charco sombrío cayendo de la acera al pavimento, y por el pavimento se deslizaba calle abajo hasta la vía del tren. Alguien reportó el oscuro suceso al Departamento de Mejoras. A eso de la media noche llegó una aplanadora que quitó el sueño un buen rato al vecindario. Al siguiente día la calle lucía un impecable asfalto, renovado y sin baches.

El ministro inauguró el pavimentado en medio de vítores, confeti y música de la banda. Bajó a pie desde el palacio de poder hasta la vía. “Una realización más de su gobierno” diría en el discurso, después de haber sido el primero que ponía sus pies sobre la asombrada piel viva de la prostituta.

Elías Agustín Ramos Blancas
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 619

La bofetada

65 top
Su bofetada redujo a polvo a aquella mujer. Eso fue lo que le llevó a la horca.

Durante su reclusión, aunque su aspecto no tenía nada de particular, le admirábamos.

No desaprovechamos ocasión para tratar de sacarle su secreto, pero no fue posible, prefirió que le colgaran del cuello a decir una palabra.

Parecía un niño pero era un macho.

Cuando ya estaba muerto, a pesar de su hombría, hubo un malintencionado que intentó hacer correr el rumor de que no había dicho una palabra porque era mudo. Hay quien tiene mala leche y no respeta ni a los ajusticiados.

A. F. Molina
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 613

Las rosas

En el sexto día de la creación, cuando el mundo había nacido, el tiempo que nació con el mundo, marcó el último momento de ese día… Dios se sentía insatisfecho, había creado el paraíso, al hombre y a la mujer en su máxima perfección… pero hacía falta algo, algo sublime y bello, más bello que el hombre, algo que ennobleciera e hiciera más hermosos el mundo y las edades.

Dios rasgó su túnica, pintó los fragmentos con rojo y blanco y amarillo, y así, en infinitas combinaciones creó la más bella flor del mundo: las Rosas. Entonces, Dios, satisfecho del hombre y de las Rosas, descansó el séptimo día.

Cuando transcurrieron las edades y el hombre pecó, el creador lo echó del paraíso y a los rosales los cubrió de espinas. Dios dijo a Adán:

—Ganarás el pan con el sudor de tu frente y si quieres acariciar mis rosas, tendrás que sangrarte tus manos con sus espinas.

… Y cuentan que desde entonces, las Rosas que embellecen la tierra, cubren su tallo con espinas.

Salvador Herrera García
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 610

El huevo cascado

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En la miseria un huevo es cena frugal y sueño tranquilo. Le cogí en mis manos y lo casqué para depositarlo en la sartén.

En lugar de la clara y la yema, salió un hombrecillo en todo semejante a mí.

Cascaba un huevo sobre la sartén y salía otro personaje, aún más pequeño, que también se me parecía, con un huevo en la mano.
Y así indefinidamente…

A. F. Molina
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 609