El amor y la muerte

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Una noche paseaba las calles con mi amada cuando, al pasar ante una casa de lúgubre aspecto, abrióse repentinamente la puerta y un Amorcillo dio un paso fuera de las sombras. Mas no era un amorcillo común —frágil, delicado y artístico—, sino un hombrazo pesado y fornido, con todo el cuerpo cubierto de pelos, que más parecía un guerrero bárbaro apuntándome con un rústico arco. Me disparó una flecha que me alcanzó en el pecho. Retiró después la pierna y cerró tras de sí la puerta de aquella casa semejante a un castillo hosco y sombrío. Yo caí, pero mi amada continuó su paseo. Pienso que no advirtió mi caída, pues, de lo contrario, se hubiera detenido, se hubiera inclinado sobre mi cuerpo y habría tratado de socorrerme. Más como siguió, sin detenerse, comprendí que no se había dado cuenta de mi caída. Mi sangre corrió tras ella, durante un rato, como un arroyuelo, hasta que se detuvo cuando ya no pudo alcanzarla.

Paar Lagerkvist
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 753

Pär Legerkvist
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 85

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El mito de las ocho

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Bertildo, Fernando, Ursicino, José Terencio, Patricio, Margarito, Mustafá y Samuel Constancio “nacieron por equivocación”, tal cual reza el manuscrito que dejaron las viejas brujas de Dvórvoda (Jessica, Desdémona y Bloody), aunque la frase suene odiosa. Algunos suponen que perecieron en la nieve, otros dicen que todavía trafican ganado en la estepa siberiana, y hasta existe algún colaborador de revistas de divulgación que no descarta la posibilidad de haberlos visto en alta mar cazando cachalotes. Si de vejez no perecieron, tal vez otras historias circulen por ahí; pero valientes y eróticos jóvenes habrán sido, si damos fe a ciertas anécdotas escuchadas con frecuencia en almacenes y peluquerías. Posiblemente eternos. De facciones obligadamente vagas. Surgidos de pociones mágicas que se desconocen, andarán sembrando el gen de la potencia, cambiando la faz del mundo con una infinidad de rasgos diferentes; naciendo y muriendo a pleno sol en la pampa, o a mil metros de profundidad en el Océano Atlántico, o volando helicópteros más allá de las nubes. Dicen que arribaron a Buenos Aires, a mediados de algún agosto, a presenciar el exterminio de ancianos; pero suena a literatura de Bioy ¡ese fabulador irredento! Dicen también que Margarito violó a una monja, que Ursicino comía ralladuras de plomo, y que José Terencio se dio a la bebida. Mil cosas se comentan, y todas improbables. Hay quienes sostienen que son ocho enanos eructadores y simpáticos, salidos de un jardín muy húmedo en el casco viejo de Yerba Buena (provincia de Tucumán). Otros hablan de gigantes equilibristas. Se los describe como mercenarios, como hermafroditas o como sementales. Se los hace desembarcar en Liverpool, organizar un festival de música pop en Australia, atentar contra la vida del papa, vender tonteras en una calle de Hong-Kong y, al mismo tiempo, morir en un campo de concentración chileno a fines de 1973. Toda biografía que se haga de ellos, por fuerza, es relativa y roza lo mitológico.

Rogelio Ramos Signes
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 742

Pumas en la escopeta (o la destrucción de Coyotes Enanos)

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Sabemos bastante de Chambergo Dimocco; no tanto como de Sarmiento, pero considerablemente más que de Hernández. A pesar de ello, desconocemos su imagen. Es natural que así sea, ya que sus retratos de madurez fueron quemados por orden de aquel interventor, de apellido olvidable y bigotes teñidos, que asoló estos desiertos. Lógico es que, por ese motivo, el lugar que le corresponde a Dimocco en archivos y bibliotecas, sea ocupado por una reproducción de Las Meninas, de Velásquez, o por La hebrea, de Modigliani, que eran sus cuadros favoritos. Además, aún hoy se sigue discutiendo el lugar donde fueron sepultados sus restos. Hay quienes se inclinan a pensar que su cadáver fue incinerado y que sus cenizas fueron desparramadas al pie de la cordillera. Gente del lugar, a la que si bien escuchamos con atención, no creemos conveniente darle demasiado crédito, apoya esta versión, argumentando que las lechugas se dan muy malas en esa zona y que ya casi no vale la pena plantar legumbres allí. Dejando de lado esas apreciaciones que rozan lo superstición, lo importante de Leopoldo Chambergo Dimocco fue que nació, vivió y murió en el país, que odió los conejos (sin un porqué a la vista) y que amó las hormigas, con las que colaboró en más de un derrumbe. A ellas les dedicó un largo poema, en forma de manifiesto, donde habla del gamexane como si del demonio hablase. Dimocco (“Leo” para sus amigos íntimos) antes que ningún otro científico del país, adoptó el desplazamiento de las termitas hondureñas como base para el primer diagnóstico climatológico; el “de la probeta” que le llaman. Posiblemente de esa primera experiencia nació su famoso trabajo “Hermanas americanas, estoy en pie para hablar de ustedes”. Se dice que fue intrépido y decidido como el que más, recordándose sus cacerías de pumas en San Guillermo, antes de la legislación protectora. Ese rasgo intempestivo de su personalidad, de dudoso buen tino, es algo que aporta muy poco a su biografía, pero indudablemente ayuda a completar la imagen de alguien que, además del espíritu contemplativo que acompaña a todo científico, fue un hombre de acción. No viene al caso recordar ahora que el gobernador fronterizo de entonces (hablamos de las primeras décadas del siglo XX) lo declarara persona non grata, y que se le negara la entrada a la provincia. Si tenemos en cuenta que ese siniestro personaje era tío del interventor que veinte años después ordenaría la quema de sus retratos; esa restricción, ¡esa verdadera neurosis familiar!, no debería sorprendernos. Todas estas incomprensiones, y algunos datos más (que hoy da vergüenza enumerar), terminaron por llenarlo de escepticismo, encaneciéndole totalmente la cabeza (y el ánimo) en cuestión de semanas. De allí en adelante abunda lo incierto. Sabemos que siguió escribiendo poesía; que inició una correspondencia copiosa con el antropólogo inglés Darcy Nidos, que nos enorgullecemos de poseer; que a pesar de la clandestinidad en que vivió, la gente lo recuerda con cariño; y que a la invasión de hormigas que terminó con la ciudad de Coyotes Enanos (todas salidas de su propio laboratorio) se la conoce con el nombre de “chambergada”, palabra que es parte de nuestro lenguaje, aunque muy pocos conozcan el origen del nombre. Ya dijimos que de Leo(poldo) Chambergo Dimocco sabemos bastante; no tanto como de Sarmiento, de quien ya el revisionismo hizo postre; pero mucho más que de Hernández, que (lejos de lo que se piensa) no simpatizó demasiado con Rosas, y escribió el Martín Fierro. Incluso sabemos más de Dimocco que de Alejandro Magno, de Atila, de Napoleón, de San Martín o de Bolívar, que ajenos a todo tipo de originalidad se rodearon simplemente de hombres. Sin embargo, ¡cosa curiosa!, desconocemos el origen del apodo Chambergo, aunque podríamos arriesgar alguna hipótesis. Baste decir entonces, en estas palabras liminares, que es muy poco lo que ignoramos (aunque lo callemos) del deslumbrante conversador Leopoldo Dimocco, alias Chambergo, y de su Glorioso Ejército de Hormigas Voraces.
Una muestra es una muestra, ya se sabe, no la tienda completa.

Rogelio Ramos Signes
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 741

Algunos datos para ubicar a Walter Martillo

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Sin excepción, todos los autores coinciden en los 88 años que tenía al momento de su muerte el fanático guerrero Walter Martillo (o Martel, o El Golpeador, o Puño Fuerte, o Walter a secas) que, luchando en Bizancio, en Persia, en el Egipto islámico y en la España posterior a Covadonga, impuso la paloma como símbolo de la guerra, y de la paz a través de la guerra; porque de armas tomar era ese mahometano latino, reverente a los mandatos de Alá y también temeroso del Dios de carne que agonizaba en la cruz.

Si muerto en el 791 lo consignan todos -incluso Goodalrick Hereford, amigo de la disputa malhabida- por nacido en el 703 deberíamos darlo, y la historia no caería en contradicciones; cosa que siempre es un saludable paso hacia adelante. Las aves cantarían al amanecer, el sol seguiría poniéndose por el Oeste y la brisa marina humedecería las playas, las axilas y las sábanas.

Pero como Goodalrick Hereford lo hace morir a la edad aceptada y en el año indicado hacia fines del siglo VIII (aunque nacido en el 770, según él) apenas habría llegado a la juventud. Sinceramente no sabíamos qué hacer con los 67 años que faltaban, o que sobraban.

Como tamaña afirmación del estudioso Hereford pusiera en apuros a nuestro cuerpo de historiadores y también a nuestro cuerpo de revisionistas y a un cuerpo muy especial de revisionistas del revisionismo, que terminan por aceptar la historia tal como se la contó en un primer momento; dimos en afirmar su teoría, por lo que el aprendiz de musulmán Walter Martillo habría nacido hacia los 67 años de edad en la parte saona de lo que luego sería la Lotaringia.

Fue hombre de extraordinaria perseverancia. Alumno y maestro al mismo tiempo, aprendió y enseñó el oficio de la guerra en las campañas previas al apogeo de Aquisgrán. Sus hombres y los hombres de sus hombres, por extraños cambios de bandería, defendieron y conspiraron contra los hijos de Ludovico Pío en el siglo IX.

35 años antes de su nacimiento dio quintillizos a su esposa y dos bellas mujercitas a su amante Marcela la Confiada. Atacó de palabra y de hecho a vándalos y ostrogodos, lo que le costó más de una cárcel en Constantinopla y otros conglomerados. Defendió sus territorios, controló las fronteras y recaudó impuestos a favor de intereses ajenos.

Llegó a todo cuanto podía llegar un hombre surgido de la nada. Fue soberano de su rey, y esclavo de sus vasallos. Ayudó a los fines de la ociosa monarquía, para luego combatirla sangrientamente. Algunos lo conocieron destruyendo comercios en el Mediterráneo; y otros, haciendo entrar por la fuerza las leyes germánicas.

A los 8 años, o a los 75 (es lo mismo), formó un ejército de mongoles nómades que lo llevaría a luchas de escaso fundamento al este de la Rusia varega; hasta perder, en esas estepas y en esas lides, las dos piernas y el brazo derecho.

Lejos de acobardarse por esas disminuciones, controló el comercio de Dalmacia desde un carro ornamentado, del que sólo emergía su cabeza de búfalo, haciéndose recordar por su pésimo carácter y por uno que otro rapto de generosidad.

A los 88 años, o a los 21 (¿qué mas da?), en medio de un rajante invierno en la costa de Malta, murió agobiado por un acceso de tos ferina, arengando a sus nietos, bisnietos y a un índigo esloveno de los Cárpatos.

Corría el año 791 y en los campos ya se olía la presencia del Señor.

Rogelio Ramos Signes
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 740

Armas de fuego, pajaritos y farmacias

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A pesar de su buena predisposición para la familia, en sus tres mejores películas Cayetano Tenango fue un villano mujeriego, pendenciero y en extremo torpe. Amigo del juego y de la bebida en la ficción; en la vida real, a no ser por los cuatro hijos y la nena, se lo podría definir como un asceta de ternura contagiosa, y dado a hacer favores. Pájaros similares a los que alimentaba en el fondo de su casa, con los mejores mijos y alpistes del mercado, eran los que luego estrangulaba en las sesiones de malevolencia que registraban las cámaras. El bigote que usaba en la pantalla era postizo, como también lo era esa sonrisa despiadada (todo un hallazgo personal) que lo diferenciaba de otros actores de su mismo calibre. Seducido por el filtro informativo de la United Press, vivió honestamente equivocado; y, por su misma equivocación congénita, negó todos los movimientos populares. Desde su contradictoria posición hizo favores a sus vecinos, y todo el mundo fue bueno para él (salvo aquellos que la televisión y el diario reprobaban). Gracias a las gestiones que personalmente hiciera, su barrio consiguió veredas de mosaicos antideslizantes y luz en las calles. Maltrató niños, violó mujeres y mató por la espalda a infinidad de honestos ciudadanos, pero (fuera de las filmaciones) no soportó armas en su casa; y si no integró la Sociedad Protectora de Animales, fue porque los productores de sus películas, temerosos de una publicidad no deseada, lo disuadieron “por el bien del negocio”. Sufrió lo indecible cuando las revistas especializadas ignoraron su trabajo, pero nunca llegó a comprender que ese tipo de películas nada aportara al cine. Se esforzó buscando un papel distinto, del que luego la crítica pudiese decir que un actor, hasta entonces desaprovechado, había dado su primera muestra de real valor. Pero, ¿para qué negarlo?, él estaba hecho para matar gente por la espalda, golpear mujeres y reírse a carcajadas mientras comía. Por ese fatalismo donde la moral y el sustento se tocan, pensó seriamente en dejar el cine, hacer una sociedad con algunos farmacéuticos amigos y poner una cadena de negocios, pero se quedó en el proyecto. Cayetano Tenango murió baleado por las fuerzas del orden, en sus dos vidas al mismo tiempo, por una simple equivocación de utilería.

Rogelio Ramos Signes
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 739

Cuento

El famoso escritor hojeó su correspondencia: Una carta le comunicaba que pondrían su nombre a un festival, otra que le plagiaron el nombre de su mejor obra, y otra más le decía que se haría otra película rusa de su novela; esta carta mencionaba otra edición pirata de esa novela cumbre y aquella otra que se haría la traducción en el idioma oficial de Biafra, de la totalidad de su obra. Se le notificaba otra vez —la enésima— su excelsitud literaria y que se organizaría otro concurso acerca de su vida y obra.

Halló el escritor famoso una carta distinta: le pedían un cuento breve y le ofrecían quinientos pesos por ese cuento si cupiera en una cuartilla, pero que le pagarían el doble si cupiera en la mitad y el cuádruplo de quinientos si el cuento breve cupiera en la cuarta parte; y así sucesivamente hasta… ¡El millón de pesos si el cuento cupiera u ocupara en una sola palabra…!
El Manco de Lepanto sonrió envanecido y avariento, tomó una hoja y firmó: CERVANTES.

Jorge Fuentes
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 762

Habitantes de este planeta

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La voracidad de la industria editorial —si no toda, sí de una gran parte de ella—, es inagotable. Acaba de publicarse en Gran Bretaña una biografía de Uri Geller, el israelita que dobla clavos y llaves, de tiene relojes y descompone televisores. El autor es Andrija Puharich, un médico que se ha dedicado por varios años al estudio de fenómenos síquicos, y que fue quien “descubrió” a Uri Geller en un club nocturno israelí. Lo persuadió de colaborar con él, convencido de que no se trataba de un espectáculo más, y para comenzar, lo hipnotizó. Cuando estaba hipnotizado, Geller relató un incidente ocurrido durante su niñez: fue herido por un rayo cegador que lo hizo desplomarse. Al llegar a ese punto de la narración, Geller dejó de hablar, y el doctor Puharich escuchó otra voz —¿por qué no? Quizá Uri es también imitador de voces y ventrílocuo— que expresó que el israelí había sido enviado por “ellos” —nunca se supo quienes era ellos— para ayudar a los hombres, pero que Uri jamás recordaría su origen. Agregó la voz que el doctor debía cuidar a Uri, pues se estaba a las puertas de una guerra mundial, que por esa razón habían revelado su existencia. Egipto planeaba una guerra, y si Israel la perdía, el conflicto se extendería al mundo entero. De entonces a la fecha, el doctor Puharich, Geller y algunos de sus amigos han estado recibiendo mensajes por diversos medios, incluyendo llamados telefónicos de origen desconocido y voces procedentes de grabadoras que de pronto comienzan a funcionar solas. También han visto en el cielo luces, columnas de humo y objetos extraños. Y los poderes de Uri Geller se han multiplicado: por ejemplo, aparecieron en Israel objetos que se sabía estaban antes en Nueva York, y otras cosas desaparecían del interior de cajas cerradas para aparecer en otra habitación. Lo que no explica la biografía de Uri Geller es la razón por la cual éste no ha podido doblar un solo cañón de los árabes, y tampoco dice si se utilizaron sus oficios para que aparecieran, en Israel, armamentos y oro que se sabía estaban en los Estados Unidos. Lo que si resulta evidente es que por medio de sus poderes síquicos —¿o de sus trucos?— y ahora por medio de este libro, ha encontrado la fórmula de trasladar el dinero a los bolsillos ajenos al suyo y de su biógrafo. Personas como Uri Geller no son visitantes extraterrestres, sino habitantes de este planeta, con los pies muy bien puestos en la tierra.

Fernando del Paso en “El Día”
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 760

Tacto

Miro hacia abajo y veo el cielo lleno de estrellas blancas, carmelitas, rosadas, rendidas de amor ante las miradas de los luceros que les guiñaban los ojos, picarescos.

Miro hacia arriba y veo… ¡No, por favor que no es el suelo! ¡Yo jamás he dicho una mentira!

Eugenio Zamora Martín
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 758

Novia inconclusa

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La modista, de acuerdo con su larga experiencia, necesitaba dos carretes de hilo blanco para terminar el vestido de la novia. Salvo en los casos en que la hermosa mujer estuviera esperando familia, la misma cantidad servía para unir los flotantes velos. Pero en el último tiempo, sin que mediara ninguna explicación, sigue comprobando que necesita un tercer carrete. La nueva cantidad de hilo se enreda entre los pliegues con un placer sardónico, como si fuera cerrando puertas en el albo laberinto dejando ciertas señales sospechosas. Por último, cuando el novio se dirige al dormitorio siguiendo la interminable huella del hilo untado con pérfido vidrio molido (el mismo que se usa en el juego de volantín cortado) comprende que es demasiado tarde para retroceder y termina ahorcado una vez que cumple con el deber establecido estrictamente por la ley en la luna de miel.

Alfonso Alcalde
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 751

Alfonso Alcalde
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 515

Falta de escuela

Volamos rapidísimo; yo sé que en espiral, aun cuando demos la impresión que es en círculos concéntricos; y rarísima vez chocamos a pesar de que somos miles en esa cruenta lucha. Lo que no comprendo, es porqué siempre un bombillo encendido nos atrae.

Sergio Ovidio García
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 747

El otro

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Íbamos despacio y ya era bien noche.

—Ve aquel hijueputa que viene allá.

—Ya lo vi, me dijo apretándome el brazo.

El otro se dejó venir. Y vi que era igualito a él: los mismos ojos, el pelito parado, la bocota, hasta el caminado.

Pero venía directo sobre él: ni siquiera se ladió. Se le metió de frente, como sombra ¡Uno sólo se hicieron!

Como despidiéndose, él me gritaba:

—¡Estoy claro, hermano!…

Yo salí huyendo. Ahí quedó él.

Juan Aburto
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 738

Carnet de viaje

Cierta noche en Munich, al salir del futbol, fui a refrescar mi garganta en la bierstuben ubicada en la terraza del hotel Der Konigshof, mientras por la avenida circulaban muchachas tan rubias como la cerveza clara que disfrutaba. Y de pronto, entre aquellas beldades, contemplé una visión inolvidable que aceleró los latidos de mi corazón: su línea perfecta, su andar silencioso, sus grandes y luminosos ojos. Por el tabernero pude saber su nombre: Mercedes Benz.

Carlos León
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 736

Diario de vida

Martes 26 de Abril de 1997.

Hoy comienza una nueva etapa de mi vida: esta mañana nací en la Clínica Victoria, de Independencia 1771.

Fueron mis padres Armando Soto, farmacéutico, y Avelina Martínez, dueña de casa. Ojalá esta vez me vaya mejor.

Juan Armando Epple
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 735

El señor y las vírgenes

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En aquel tiempo llegó el Señor, intempestivamente. Tocó el aldabón, impulsivamente. Lámparas en alto, salieron a recibirlo las vírgenes prudentes.

—¿Y las otras? —preguntó.

—Se durmieron.

—A ver.

—Sí, estaban profundamente dormidas; algunas roncaban; algunas en posturas inconvenientes.

El Señor, a sus años, no quiso despertarlas, regañarlas.

Entonces, una del encendido coro, prudentemente preguntó:

—Señor, ¿debemos tomar la píldora? Las muchachas dormidas, todas, la toman, dizque porque comen manzanas.

El Señor, mano en mejilla, reflexionó; tras largo silencio contestó:

—No, no hace falta.

 
Agustín Yáñez en “Excelsior”
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 731

Realismo

Un murmullo casi frio ronroneaba en mi derredor. Los sentía muy cerca; uno casi me tocó la cabeza, como para cerciorarse de la realidad. Yo no podía verlos; estaba atado de las manos por detrás, y vendado… Recién había recibido el tiro de gracia.

Al volver en mí tenía aún el puñal en la mano, y como hipnotizado me había quedado mirando el cuello cercenado de la víctima…

—¡A saber en qué está pensando! ¡Corten! —gritó enojado el director.

Sergio Ovidio García
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 730

Se nos fue el santo al cielo

¡Ah caray!, ya amaneció. Sí, cuando despierto es que ya amaneció infaliblemente; si mis cálculos no me fallan hoy se inicia un año. ¿Cuál?. No sé. Desde aquí no puedo saber.

¡Cómo se pasa el tiempo! Parece que vine ayer a este lugar, y por lo menos ya pasaron cinco años. Estoy igual a como llegué: quietecito, frío, solo.

Que yo recuerde, solamente al cumplir un año aquí vinieron a visitarme. Trajeron flores nada más. Después, ni eso. ¡Vale madres! Lo peor de todo es que no tengo con quién platicar; somos muchos, pero separados y no nos conocemos, ni lo haremos…

¡Ay gusanito! ¡No me hagas cosquillas!… Pensándolo bien, te doy las gracias: hiciste que se me pasara el mal humor… Oye, y ¿por qué no llamas a tus cuates y nos reunimos a festejar el año nuevo? ¿Qué te parece? Siempre me costó trabajo platicar con los gusanos, pero… ¿no quieres?

¡Carambas, ni los gusanos me quieren acompañar! Ya me volvió el mal humor… ¿Qué harán en la que fuera mi casa? Estarán durmiendo, pues seguramente se acostaron tarde. Julián tendrá puesta alguna de mis pijamas de seda que no tuve tiempo de estrenar. Le gustaban mucho; y ha de estar acostado con mi mujer… También le gustaba mucho. ¡Pobrecitos! ¿Y qué habrán hecho con mis libros? ¡Julián y Patricia eran tan brutos! ¡Ah, ya sé! Los mandaron forrar de piel, todos igualitos, para tapizar alguna pared con ellos. ¡Qué pendejos!… ¿Me rezarían un Padre nuestro alguna vez? ¡Sí, para que no fuera a resucitar! ¡Qué puntadón me aventé!…

Hace mucho frío, más que de costumbre, y yo sin poder hacer ejercicios de calentamiento…

No sé cuándo voy a salir de aquí. Después de unas lágrimas de parientes, que me pusieron más nervioso, y de acompañar a las personas que fueron a mi entierro, el paseo más aburrido y lento de mi vida, emprendí mi viaje hacia el Purgatorio; llegué, lleno de tierra por cierto, pero no pude entrar. Había una cola larguísima. Repartieron fichas y solicitudes en la ventanilla 4 y a mí me tocó la… a ver, dónde la puse… Me la guardé entre las costillas… ¡Aquí está! Es la 2846906, así que haciendo cálculos… ¡Ah chingao, ya me toca! Bueno, ¡adiós Tierrita!

Javier González Rubio I.
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 725

Si el placer se midiera por las apariencias

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A las cuatro de la tarde, la prostituta, al despertar goza de un momento de libertad. Hace un recuento con la boca seca y los ojos aún húmedos. Mirará el dinero que el último cliente dejó en su velador alumbrado por la lámpara de globo. No podrá evitar mientras bosteza, sugerirse la idea que si sumara a los 25 años de oficio todos los hombres que se han acostado con ella, podría con toda facilidad acercarse a la luna. Bastaría con colocar en una descabellada posibilidad, un sexo después del otro en un abierto desafío contra la ley de gravedad interrogando a las estrellas sobre su felicidad o desdicha pensando que el amor es una quimera o en todo caso un engañoso juego de artificio.

Alfonso Alcalde
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 715