Del Oeste

En la sobriedad de la oficina del sheriff, me entretenía jugando con mi pesado Colt 44. Siempre fui un magnífico tirador, pero jamás había disparado contra un ser humano. Sin embargo, ese día sentí indecibles deseos de hacerlo, disparar contra alguien, por lo cual sin pensarlo más levanté el arma, ya amartillada y apunté muy cuidadosamente, saboreando diabólicamente, segundo a segundo, aquel momento. El viejo sheriff me miró sin sorpresa, como si ya esperara aquello. Sus ojos azules me dieron una última mirada entre serena y comprensiva y, con voz dulcísima, me dijo: “Dispara ya muchacho”, y yo, acto seguido me volé la tapa de los sesos.

Ricardo Fuentes Zapata
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 342

Anuncios

Bíblico

Tuvieron que degollar al gallo de la pasión, porque el muy indigno la dio por pisar a la gallina de los huevos de oro.

Gustavo Meza
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 337

Lógica

69 top
A Garci Sánchez le acaesció que estando penado por una dama, subióse muerto de sus amores a un terrado que tenía, desde donde algunas veces la podía ver. Y estando allí un día, un grande amigo suyo le fue a ver; el cual, preguntando a sus criados que a dónde estaba, le fue dicho que allá arriba en el terrado. Él se subió derecho allá, y hallándolo solo, le dijo que cómo estaba allí. Respondió prontamente Garci Sanchez: “¿adónde puede estar mejor el muerto (de amores) que en terrado?”

Juan Aragonés
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 335

De la época

69 top
No amaina en algunos países europeos el alboroto levantado en torno a Uri Geller, del que se dice posee el don sobrenatural de doblar los objetos metálicos y poner en marcha los relojes estropeados. La publicación de la biografía de Geller, titulada Uri, aumentó el interés sobre el caso. Andrija Puharich, el autor del libro, no se toma la molestia en presentar pruebas. Geller, dice, es agente de habitantes de otros planetas que llevan casi 800 años sobrevolando la Tierra donde se proponen posarse en los próximos años. Uri logró comunicarse con ellos mediante un magnetófono, pero no conserva las grabaciones que los visitantes extraterrestres destruyeron. Los únicos que pueden verlos son Puharich y Geller, ya que consideran a los demás terrícolas seres malévolos. Dice el autor de la biografía que ésta fue escrita por orden de los visitantes cósmicos y que, además, prohibieron a Geller someter a prueba científica su “don sobrenatural”.

En “Tiempo”
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 334

Inexperiencia

La jovencita, “arbeiterin” de reciente cuño, se integró en las filas de la burocracia oficinesca militar, de retaguardia. Un miedo cerval hacía que mirara anhelante por la ventana, al menor ruido que llegaba de la calle… En su pueblo había oído referir casos de personas inflamadas, o enterradas en vida en los refugios de las ciudades… Los compañeros de trabajo, se burlaban descaradamente de su pánico, y le aseguraban que ya se acostumbraría a la rutina de ir al refugio, sin sobresaltos…

—Dios mío. ¡está tan lejos —suspiraba la muchacha.

Un día, muy soleado por cierto, apenas sonaron las sirenas de alarma, ya se oía el ronquido amenazador de los aviones enemigos. La linda “arbeiterin” que iba a devolver un paraguas prestado, fue la primera en escurrirse escaleras abajo, y echar a correr por la calzada hacia el refugio. Alguien le gritó:

—¡Ya dejan caer las bombas, Erika!

Y ella, conturbada, en busca de protección… abrió, instintivamente el paraguas, mientras seguía corriendo…

Alberto Bernis Carné
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 333

La moneda

Trabajó veinte años. Su cuerpo languideció por la falta de alimentos. Su piel se resecó. Su piel se resecó con el tiempo. Sintió frío, hambre, pobreza espiritual y física. Vino el fin. Con convulsiones febriles derritió las monedas acumuladas en sacos. Hizo una moneda descomunal y estática.

Llenó un jarro con agua y se tragó la moneda como una aspirina.

Holmes Ocaña González
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 327

Vía Vía

Las vías de tranvía abandonadas no mueren donde las cubre el asfalto, y hay quienes toman esas vías y las siguen bajo tierra hasta los territorios grises de la nostalgia de donde sólo se emerge convertido en murciélago. Los murciélagos que han empezado siendo seres humanos que siguieron las vías del tranvía ahora señalan su paso con un campanilleo muy particular y quienes lo oyen se ven obligados a su vez a honrar a los tranvías. No siempre el camino es el mismo. Los hay que honran  los tranvías volviéndose amarillos como con ictericia y hay otros a quienes les crece un troley y se electrizan de a ratos. Nadie se ha dado cuenta de este fenómeno salvo los interesados que se acaban de presentar ante la UTA solicitando la personería jurídica para fundar un nuevo gremio. La UTA se encuentra en un serio dilema: tranvías eran los de antes y no estos que andan con los cables pelados.

Luisa Valenzuela
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 326

Deberes

69 top
Desciende el gato de otro gato, y de un perro el perro; pero un buen mayordomo o una buena camarera no es frecuente que se reproduzcan, perpetuando la raza. Otros deberes solicitan su atención.

H. G. Wells (en “Arthur Bealby”)
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 324

Cacería

Permanece estirado, boca arriba, sobre la estrecha cama de hierro. Con los ojos apenas entreabiertos busca en las extrañas líneas del techo el comienzo de un camino que lo aleje de su perseguidor. Durante noches enteras ha soportado la tenaz persecución atravesando praderas de hierbas venenosas, vadeando ríos de vidrio molido, cruzando puentes frágiles como galletas. Cuando el perseguido está a punto de alcanzarlo, cuando lo siente tan cerca que su aliento le quema la espalda, se revuelca en la cama como un gallo negro que recibe un espuelazo en pleno corazón. Entonces el perseguidor se detiene y descansa arrecostado a un árbol esperando que la víctima cierre los ojos para reanudar la cacería.

Ednodio Quintero
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 321

La historia del hombre que quería detener el tiempo

A la memoria de DOMINGO DE LOS SANTOS

Enterado Yantruba de que el tiempo marchaba en su contra decidió destruir todos los relojes.

Incineró luego los almanaques y todas las cosas que tuvieran que ver con el asunto, salvando sólo al viejo reloj del palacio, que le serviría para controlar a Cronos.

Prohibió mencionar el día, la hora, y la fecha exacta y los ciudadanos debían contar regresivamente el tiempo.

Los días de la semana fueron, pues, domingo, sábado, viernes, jueves, miércoles, martes y lunes. Y los meses del año de diciembre a enero. El mes comenzaba el día treinta y terminaba el primero, mientras que el día se iniciaba a las seis de la tarde para concluir a las seis de la mañana, cuando vendría la noche y los ciudadanos debían acostarse.

Sin embargo, el sol salía por el Este y se ocultaba por el Oeste. Y la tierra giraba incesantemente describiendo la misma órbita a su alrededor.

Y aunque los ciudadanos habían sido obligados a usar abrigo en el verano, las rosas florecían en primavera y el otoño hacía caer las hojas de los árboles.

Por eso, Yantruba decidió ir a la casa donde moraba el tiempo.

Subió por una alfombra blanca a la montaña y en una cueva larga encontró a un viejo que debía tener todos los años del mundo y cuya barba era la misma alfombra por donde había subido el tirano.

Yantruba disparó su ametralladora al anciano que no sintió nada y seguía escribiendo en el suelo.

El déspota lo empujó a un lado para ver, sorprendido, que el viejo había escrito la fecha exacta y el nombre del propio Yantruba.

Entonces, se arrojó hacia el anciano, para ahogarlo, pero sus brazos se paralizaron, al tiempo que se oía un grito aterrador que hizo que los ciudadanos corrieran al palacio, donde encontraron a Yantruba colgando del viejo reloj, pues el minutero le había atravesado el corazón.

 

Jimmy Sierra

No. 69, Abril – Junio 1975

Tomo XI – Año XI

Pág. 309

La historia del hombre que se transformó en un bien de consumo

En el primer compartimiento, al cortarle el cordón umbilical, lo vistieron con los Diez mandamientos y las historietas de Walt Disney.

Sus tiernos pañales exhibían a Pluto, el Pato Donald y el Ratón Miguelito.

Después, el niño cayó en el paraíso de Tarzán, Los Chicos Malos, Mandrake, y Supermán.

Ya joven, su órgano sexual de transformó en un radio transistorizado y en lugar de orina expulsaba ondas hertzianas. Sus orejas se convirtieron en un par de teléfonos, mientras sus posaderas tomaron una forma cuadrada, de pantalla de 26 pulgadas, que permitía ver programas diversos de TV, enlatados, Made in USA, que bajaban por el ano. Los ojos empezaron a proyectar películas en 35 y 16 milímetros, a color, panavisión y cinemascope.

Su cabeza fue una computadora IBM, cada pelo una tecla, y el corazón un reloj Bulova, a prueba de golpes y antimagnético, con un tic{tac perpetuo de 125 latidos por segundo. Su nariz, dos chimeneas por donde salía todo el humo del mundo: Marlboro, Lucky Strike, Camel y High-Life.

Otro compartimiento le adaptó la boca para que las palabras salieran impresas en off-set, en tiradas multimillonarias de cables de la UPI y la AP y proclamas anticomunistas de la Sociedad Interamericana de prensa (SIP).

Ya para entonces, la coca cola coca-ina corría implacable por sus venas.

Y así, smiling please, luz de neón, son of a bich, koda-color, el hombre fue empujado al último compartimiento, donde lo sellaron, encartonado con una bella etiqueta y lo lanzaron al mercado en un LP Stereo, de treinta ytres revoluciones por minuto.

Jimmy Sierra
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 304

Amor renegado

La miró a los ojos… Se vio bellamente retratado en sus pupilas. Se excitó, por ello, su fogoso apetito… y decidió hacerla su esclava. Y tiranizarla, fingiendo amor. “¡Te quiero!”, dijo, porque intuía que, en ella, había que amarse a sí mismo; arrogantemente, y aún poseerse…

Lo que ignoraba era que, tal vez, ella pensara de igual modo, con un amor tan propio, tan humano…

 

Alberto Bernis Carné
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 301

El dirigible

Ya inflado, de muchos metros alargados de hinchazón, meneándose torpe, bamboleándose rítmico, detenido en el aire, suspendido como si no tuviese peso, como si fuera globo de un niño gigante que se le dominada por mies de cuerdas de tan grande el contorno. Tonto, amensado, casi podrís decirse que estúpido, péndulo del viento, domado Eolo, recipiente de soplos, elefantiásico, quizá cómico, alucinante, máquina invento del diablo, sombrilla de hule amarillo y colorado, fálico recuerdo subconsciente, incitación a retornar a la parte blanca de la infancia en los jardines con pilmamas y carreolas para no permitir los malos pensamientos del inmenso pene trepado allá arriba, inflamado mas no amenazante, verga de muestra, inalcanzable objeto protervo que paseara su cabeza de macho en brama por el límpido monte de Venus de un cielo sin  respuesta, frígido, homosexual, más allá del bien y del mal, muslo azul para que el dirigible —que esto es— pasee su restirada piel priápica que tiembla angustiada de tanto contenido flatulento, oloroso a gas y neumático que silba desinflándose en el taller de la Ford: temblor por otro lado que no importa más allá de un mareo en la casa de lámina que cuelga de los cables reteniéndola a él, amarrando la casa a él, aprisionando a ambos en las alturas para adivinanza de los niños que no saben qué fue primero si huevo o gallina, si zepelín o caseta de viajeros…

 

María Luisa Mendoza
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 299

La historia del hombre que amó todas las cosas

Primero se enamoró de la montaña, las praderas, los bosques, los largos ríos y lagos. El verdor y los árboles.

Amó, más luego, al día: su claridad temprana, su luz y la mañana.
Y en una tarde gris se acostó con el arco iris y la luz del relámpago.

En la noche invernal durmió con mil mujeres.

Amó, también la paz, el sol, la lluvia suave, el tenue ruiseñor. Los niños, las palomas, los pétalos, la flor.

Quiso al aire y a mar, la luna, los colores y al hombre fraternal.
Besó la brisa pura, la piedra, los caminos, al sacristán y al cura.
Siguió amando las cosas apasionadamente, sin discriminar, con el pecho inflamado de amor universal.

Hasta que un día quiso amar a una serpiente de cascabel y tendió sus brazos al hermoso reptil que, luego de ahogarlo, lo devoró sin prisa, sencillamente, con la calma de aquel que nunca conoció la palabra amor.

Jimmy Sierra
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 295

Visión de reojo

La verdá, la verdá, que me plantó la mano en el trasero y yo estaba ya a punto de pegarle cuatro gritos cuando el colectivo pasó frente a una iglesia y lo vi persignarse. Buen muchacho después de todo, me dije. Quizá no lo esté haciendo a propósito o quizá su mano derecha ignore lo que su izquierda hace o. Traté de correrme al interior del coche —porque una cosa es justificar y otra muy distinta es dejarse manosear— pero cada vez subían más pasajeros y no había forma. Mis esguinces sólo sirvieron para que él meta mejor la mano y hasta me acaricie. Yo me moví nerviosa. El también. Pasamos frente a otra iglesia pero ni se dio cuenta y se llevó la mano a la cara sólo para secarse el sudor. Yo lo empecé a mirar de reojo haciéndome la disimulada, no fuera a creer que me estaba gustando. Imposible correrme y eso me sacudía. Decidí entonces tomarme la revancha y a mi vez le planté la mano en el trasero a él. Pocas cuadras después una oleada de gente me sacó de su lado a empujones. Los que bajaban me arrancaron del colectivo y ahora lamento haberlo perdido así de golpe porque en su billetera sólo había 7.400 pesos de los viejos y más hubiera podido sacarle en un encuentro a solas. Parecía cariñoso. Y muy desprendido.

Luisa Valenzuela
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 293

El primer sabor

Un día probamos el sabor del fruto prohibido. Fue la llave que nos abrió las puertas de todos los secretos. Cubrimos nuestra desnudez. Inventamos la palabra. Saboreamos lo dulce y lo amargo. Pudimos elegir entre el bien y el mal. Aprendimos a reír y a llorar. Supimos que ganaríamos el pan diario con nuestro trabajo. Sufrimos las fatigas del día y gozamos del descanso de la noche. Fue de nosotros el dolor, la angustia y también la alegría.

Hemos probado y conocido todo. Sin embargo, no olvidamos aquel primer sabor. Así, a veces, hastiado de todo lo que sabemos y probamos, le digo a Eva:

—Dame otro bocado de manzana.

Salvador Herrera García
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 289

Cuadro de costumbres

69 top
Mientras le estrujan las ubres la vaca medita y asocia recuerdos como éstos; el éxodo de un pueblo mortificado por los aviones que pasas volando rasante con las agujas de las balas clavando la familia humana. Le parece ver casas destripadas, ollas con tizne, una guitarra absurda, cuellos sueltos, una salida de cama, la palmatoria. También llega la policía a la casa del bandido y destripa su colchón buscando el producto del robo. Es probable que en alguna parte del país se esté proyectando una película en que grupos de obreros descarguen barras de oro en el Banco Central. También una madre en el colmo de la alegría toma su seno derecho entre el pulgar y el índice y lo calza en la boca de su hijo que succiona su contenido sin saber que mezclados con la leche van fragmentos de la vida, sucesos que parecían olvidados para siempre y que se licuaron hasta tener un sabor dulce, entibiados por la ternura de la propietaria del alimento.

Alfonso Alcalde
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 279

Contradicción

Esa noche el domador hacía maravillas. De pronto, miró al piso de la jaula y de un salto ¡cayó sobre el lomo de la fiera!

El público, atónito, estalló en aplausos… y el domador ahí; la fiera dando zarpazos… y el domador ahí; la fiera rugiendo enfurecida… y el domador ahí.

No se bajó hasta que se fue la cucaracha.

Eugenio Zamora Martín
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 272

El puñal

69 top

A Margarita Bunge

En un cajón hay un puñal.

Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.

Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.

Otra cosa quiere el puñal.

Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es de algún modo eterno, el puñal que anoche mató a un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.

A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tanta impasible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.

Jorge Luis Borges
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 27

El artista

Una tarde nació en su alma el deseo de modelar una imagen del “Placer que dura un instante” Y marchó por el mundo buscando bronce. Porque sólo en bronce podía ver sus obras.

Pero todo el bronce del mundo entero había desaparecido y en parte alguna podía encontrarse bronce, fuera del bronce de la estatua del “Dolor que se sufre toda la vida”.

Y él mismo, con sus propias manos, había fundido esta estatua y la había colocado sobre la tumba del único ser que amara en su vida. Sobre la tumba del ser muerto que había amado tanto, colocó esta estatua que era su creación, para que allí fuese como un signo del amor del hombre, que no muere, y un símbolo del dolor del hombre que sufre toda la vida; y en el mundo entero no había más bronce que el bronce que el bronce de esta estatua.

Y cogió la estatua que había creado y la colocó en un gran horno y la entregó al fuego.

Y del bronce de la estatua del “Dolor que se sufre toda la vida” modeló una estatua del “Placer que dura un instante”

Oscar Wilde
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 266

Difuntos

69 top
Dicen que son llamitas. Dicen que cuando hay luna y no hay estrellas y el cielo se pone color ceniza, no es raro ver llamas errantes. Se detienen en los pinos, en las ruinas de algunas casas, en los brocales de los pozos sin agua, en el fondo de las cañadas secas; dicen que son almas de difuntos, atados a la tierra por lazos malditos. Dicen que se arremolinan como los pelos de las mujeres cuando les da el viento; como si un viento implacable les agitara y que se extinguen en el aire cuando se les reza una oración y se saca el cuchillo y se le pone en cruz sobre la vaina.

Manuel Cofiño López
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 261

Admonición

69 top
Que los ruidos te perforen los dientes como una lima de dentistas; que te crezca en cada uno de los poros una pata de araña; que sólo puedas alimentarte de barajas usadas; que al salir a la calle hasta los postes te corran a patadas; que un fanatismo irresistible te obligue a posternarte a los botes de basura y que todos los habitantes de la ciudad te confundan con un meadero; que cuando quieras decir mi amor, digas pescado frito; que tus manos intenten estrangularte a cada rato, y que en vez de tirar el cigarrillo seas tú el que te arrojes en las escupideras; que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto para que los espejos, al mirarte, se suiciden de repugnancia; que tu único entretenimiento consista en instalarte en la sala de espera de los dentistas, disfrazado de cocodrilo, y que te enamores tan locamente de una caja de hierro que no puedas dejar, ni un solo instante de lamerle la cerradura.

Oliverio Girondo (transcrito por Gustavo Sainz)
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 257