Caras de réprobos

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Es imposible describir las caras de los réprobos, si bien es cierto que las de aquellos que pertenecen a una misma sociedad infernal son bastante parecidas. En general son espantosas y carecen de vida, como las que vemos en los cadáveres, pero algunas son negras y otras refulgen como antorchas: otras abundan en granos, en fístulas, en úlceras; muchos condenados, en vez de cara, tienen una excrecencia peluda u osea; de otros, sólo se ven los dientes. También los cuerpos son monstruosos. La fiereza y la crueldad de sus mentes modelan su expresión; pero cuando otros condenados los elogian, los veneran y los adoran, sus caras se componen y dulcifican por obra de la complacencia.

Emanuel Swedenborg, en De cielo e infierno
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 90

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Como un bacilo

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Sus estudios fracasaron muy pronto: la primera vez que tuvo que analizar un muslo contraído, recién pescado de la solución de formol, se salió de la clase y no volvió a poner nunca más un pie en la sala de anatomía. Me contó después, que al ver aquel pedazo gris y arrugado de cuerpo humano, se dio cuenta por primera vez de su propia mortalidad: la idea de lo ineludible de la muerte se le plantó en aquel instante, como un bacilo, en la conciencia.

Boeli Van Leeuwe, en La piedra del tropiezo
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 88

Esto es amor

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—¿Por qué me haces sufrir?

—Porque te amo.

Le tocaba a él el turno de enojarse.

—¡No, no me amas! Aquel que ama, quiere la felicidad y no el dolor.

—Quien ama quiere solamente el amor, aún a costa del dolor.

—Entonces me haces sufrir de propósito.

—Sí, para ver si me amas.

Italo Calvino, en El barón rampante.
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 87

Reencuentro

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Las dos amigas se habían separado hacía muchos años, y en un andén cualquiera se habían vuelto a encontrar.

La una, Cristina, había tenido dolores y estaba satisfecha de sus alegrías. La otra, Lisa, que había sido siempre la cortasueños de las trenzas ilusionadas de Cristina, había tenido una vida neutra.

—Y tú, ¿qué haces ahora? —preguntó Cristina a Lisa.

—Yo —respondió Lisa —busco las lágrimas que no he llorado.

Ramón Gómez de la Serna, en Caprichos
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 78

Infalibilidad mutua

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Steele, un protestante, dice en una dedicatoria al papa, que la única diferencia entre nuestras iglesias en cuanto a la certeza de sus doctrinas es que la iglesia de Roma es infalible y la iglesia de Inglaterra nunca se equivoca.

Benjamín Franklin
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 73

Benjamin Franklin
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 42

El busto

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Debíamos imaginarlo, eso es todo. Resolver este problema exige algún conocimiento de las propiedades del mármol. He aquí el procedimiento del busto romano.
Esperaba la noche cerrada. Entonces, desplegando el lazo, cuya sinuosidad —sin olvidar las órbitas, los arcos ciliares, las fosas nasales, las orejas, los labios— componían sus innumerables perfiles, desplegando, repito, con método, más extensa que un río, más sólida que el acero, más flexible que la seda, esa cosa viviente, apta para cruzar una reja, para penetrar las murallas, para deslizarse bajo las puertas y por los agujeros de las cerraduras, atento —sin perder de vista so obra—, atento en recordar los más ínfimos nudos que deshacía y que a la vuelta, bajo pena de muerte, tenía que rehacer exactamente, el busto ingenioso y cruel, después de haber atravesado varios inmuebles nocturnos, estranguló al hombre dormido.

Jean Cocteau, en Opera
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 62

Fórmula mágica

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Dícese que uno puede volverse invisible invocando los siete planetas, la región de la tristeza, la cabellera bifurcada de las furias, el fuego azul de Platón y el árbol de Hécate.

Pompeyo Gener
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 61

Pompeyo Gener en “La muerte y el Diablo”
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 390

Sinfín

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Un hombre se forma tras una larga cola. Desesperado, comienza por eliminar al que está antes de él —sigue con todos los de la fila—. Hasta que otro hombre se detiene a su espalda…

Pedro Durán
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 58

Pedro Durán
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 41

Carta a Artajerjes

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“Yo soy aquel Temístocles que más que ningún griego acarreó a tu casa incontables daños, mientras tuve necesidad de combatir contra tu padre y defender a mi patria, pero que al mismo tiempo le hice mucho bien, cuando hallándome en seguridad comenzó él a sentirse en peligro… Vengo ahora a refugiarme en tu reino, perseguido por toda la Grecia y en solicitud de tu amistad. Si la lograre, tendrías en mí a un amigo tan leal como tu padre un enemigo valeroso. Ahora te ruego que para reflexionar sobre los asuntos de que quiero tratar contigo, me concederás el plazo de un año, y me consientas, así que transcurra, venir a tu presencia.”

Cornelio Nepote, en Vidas de Varones Ilustres
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 52

La Tepa

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La noche estaba pesada, Señor. Por los linderos se oían los ruidos. Del altar se cayó el tesanto, el que cuida la casa desde los tiempos de antes. Por mi rancho pasó, Señor, un animal que andaba como llorando. Y en la higuera vieja estaba parada La Tepa, echando sus gritos, y nadie quiso pasar por ahí. Estaba la mujer antigua chillando porque había matado a sus hijos. Que así está desde los tiempos otros esa mujer llorando, y es como encanto que sale cuando está la noche pesada y el río se quiere voltiar. El que quiere pasar ha de dar un rodeo y mirar para otro lado, para no tener un daño.

Francisco Salmerón en Testimonios del Tecuan
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 47

Cero en geometría

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Henry miró el reloj. Dos de la madrugada. Cerró el libro con desesperación. Seguramente que mañana sería reprobado. Entre más quería hundirse en la geometría, menos la entendía. Dos fracasos ya, y sin duda iba a perder un año. Sólo un milagro podría salvarlo. Se levantó. ¿Un milagro? ¿Y por qué no? Siempre se había interesado en la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones sencillísimas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había hecho la prueba. Era el momento: ahora o nunca.

Sacó del estante el mejor libro sobre magia negra. Era fácil. Algunas fórmulas. Ponerse al abrigo en un pentágono. El demonio llega. No puede nada contra uno, y se obtiene lo que se quiera. Probemos.

Movió los muebles hacia la pared, dejando el suelo limpio. Después dibujó sobre el piso, con un gis, el pentágono protector. Y después pronunció las palabras cabalísticas. El demonio era horrible de verdad, pero Henry hizo acopio de valor y se dispuso a dictar su voluntad.

—Siempre he tenido cero en geometría —empezó.

—A quién se lo dices… —contestó el demonio con burla.

Y saltó las líneas del hexágono para devorar a Henry, que el muy idiota había dibujado en lugar de un pentágono.

Cuento Mágico de Fredric Brown
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 41

La espada de Damocles

La orgía iba en aumento.

Damocles, introducido por los ujieres, avanzó con modestia, saludó al rey y se sentó en el lugar que le indicó.

Antes de tomar asiento depositó en el suelo, a un lado, un paquete envuelto con viejos periódicos, sobre los que los policías disfrazados de mujeres bonitas miraron furtivamente.

Empezó la comida.

Sirvieron a Damocles sesos de mosca y riñones de ardilla, alas de fenicóptero, pasteles de hormiga, tarta de casuario.

Le dieron de beber champaña centenario, cécubo en odres de piel de camello nonato, vinagre con perlas disueltas y polvo de diamante.

Los senos desnudos de las cortesanas se extendían sobre la mesa llana de flores.

En el momento en que Damocles llenaba sus ojos del vértigo de aquel espectáculo, el tirano Dionisio golpeó su hombro con delicadeza y le señaló el techo con el dedo índice: una espada desnuda, colgando sujeto por tan sólo un cabello.

Damocles miró la espada, alzó los hombros y se inclinó hacia el paquete depositado a su lado en el suelo. Abrió el periódico, retiró un casco de bombero, con cubrenuca de malla, y se lo encajó en la cabeza.

Después volvió a pedir asado.

Gabriel de Lautrec
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 37

Gabriel de Lautrec
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 361

Kenningar

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casa de los pájaros, casa de los vientos: EL AIRE
cerdo del oleaje: LA BALLENA
bosques de la quijada: LA BARBA
asamblea de espadas: LA BATALLA
taza de los vientos: EL CIELO
vara de las lanzas: LA PAZ
piso de las tormentas: LA TIERRA.


Jorge Luis Borges en La Edda Prosaica
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 31

La edda prosaica, vertidas por Jorge Luis Borges
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 395

Los cíclopes

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Toco tu boca con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Julio Cortazar, en Rayuela
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 30