Los hermanos

Despertaba y salía a saludar, de lejos, a su hermano gemelo que vivía enfrente, en una caverna como la suya; pasaban largas horas contemplándose, en la misma actitud, haciendo los mismos gestos, las mismas señas. Después se despedían y se retiraba cada uno a su refugio.

Pero un día, un enorme pterodáctilo se estrelló contra el gigantesco espejo, quebrándolo en mil pedazos que se regaron al pie de la montaña. A veces, entre los destellos que se elevan del abismo, le parece ver el rostro de su hermano.

Amós Bustos T.
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 572

Anuncios

Invención

Él era un todo en esta infinitud.

La nada era parte integrante de su verbo contínuo.

Resultábale inquietante aquella sensación de plenitud eterna e infinita, aquella plenitud intemporal. Se avergonzó de sentirse inquieto, de sentir; se avergonzó de avergonzarse y en su comprensión angustiosa, admitió la idea de crear entidades integrales. De su propia culpa surgió el Enemigo como una justificación necesaria de la no culpa, como justificación a su integridad total. Era necesario vaciar ese todo enajenante y dudó de ese todo. Dudó de sí. Y creó:

Separó de sus miembros a la nada, y se integraron los reinos celestiales, y hubo júbilo y comenzó a temblar por primera vez, el Universo, un Universo ficticio, un Universo que Dios soñó y que siempre fue antes que él y su sueño.

Holmes Ocaña González
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 569

La cantante del pueblo


Al pueblo habían llegado voces sórdidas y amaneradas, crooneres de domingo, tenores de sobresaliente papada, vedettes alcohólicas de voces arrastradas. Nadie que pusiera en su puesto la función y sacara de su asiento el auditorio y lo llevara a regiones insospechadas: desmayos, taquicardias, delirios, catarros de ilustre procedencia; sólo voces complacientes, estilistas de la canción, modistas, y truqueros de salón.

Como el pueblo era pequeño todos concurrían al salón, la velada era un pretexto para llegar a la cantina y amanecer borrachos. Era un pueblo de un conformismo insuperable; como se sabe, un día el burro echado en un pajar sopló una caña y se creyó cantante y llegó un día al extremo de cantar en un salón. Qué pueblo señor, sórdido entre los sórdidos…

Pero un domingo todo terminó. Una mujer venida de no sé donde se paró frente a la concurrencia de cerdos, chuchos e iguanodontes y comenzó a cantar, los borrachos continuaban borrachos sin advertir la presencia de la mujercita que seguía cantando sin parar, canción tras canción, como bala tras bala, hasta ganar a fuerza de insistir, atención, reparó en aquella voz que traspasaba la sombra, la misma sordidez.

La mujercita no paró de cantar sino hasta el amanecer, viendo cómo iban cayendo uno a uno los últimos sobrevivientes de aquel pueblo, atravesados por las balas de su voz.

Alfonso Quijada Urías
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 566

La mano de Elena

La aridez del terreno se extiende a mi vista. Los insectos diminutos, conmigo, crean el sonido sordo de la quietud. El sol lanza sus rayos, estrellándolos en el cuerpo de Elena. La luna riñe con la luminosidad: ternura algodonada: circo de luces. Los bosques se fueron debajo de las alfombras de arena. Lasa flores perecieron con la intrigante duda: renacer. Las oscuridades de tonalidades rojas y rosadas, sobre tapetes de lijas duras, dividen la escenografía: elevaciones y depresiones. Los cromos amarillos, en el reloj de arena, proyectan las imágenes perdidas: mi sombra se esconde entre las fotografías de telaraña. Los colores parecen y el terremoto sacude mi cuerpo. Elena levanta la mano: se ha dado cuenta que estoy con ella. Me preparo para escapar. Pero el manotazo me alcanza y caigo al piso hostil, con las alas transparentes destrozadas.

Oscar Francisco Muñoz González
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 563

El nombre

Reina aspiradora de dos vertientes: clara y oscura. Penetró hasta mis entrañas. Cuando la vi, mi cuerpo escamado no soportó la emoción de ver su imagen y disolvió su nombre entre las moléculas del aire. Dio diez mil vueltas por los conductos de mi cerebro, antes de correr entre mis venas. Soporté todo mi gusto. En las noches, cuando su nombre pasaba detrás de mis pupilas —desde los momentos sutiles hasta los más exóticos—, despedía su silueta multicolor con su aureola de humo y tabaco. Fue entonces, que a su nombre lo atacó una tos-ferina catastróficamente convulsiva, quitándome la vida con un tipo arterial.

Oscar Francisco Muñoz González
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 557

El feliz suicidio

Estaba cansado de vivir encerrado en trajes metálicos y de ver tantas cosas nuevas e inventos extraños muy futuros de moda. Entonces se quitó los grandes tubos de hule que iban de la parte superior de la escafandra a los orificios de la nariz. El aire exterior le penetró brusca y directamente a los pulmones. De repente sintió un desvanecimiento; luego cayó, inconsciente, arrojando un humo negro por los demás tubos, por el visor y los poros del traje metálico. En término de diez segundos quedó hecho una chatarra plácida y sonriente.

Pablo Santillán Ledesma
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 555

Cómo hallaron remedio para que fuesen mujeres


Buscaron un pájaro que se llama, inriri, antiguamente llamado inriri cahubabayael, el cual agujerea los árboles, y en nuestra lengua llámase pico. E igualmente tomaron a aquellas mujeres sin sexo de varón ni de hembra, y les ataron los pies y las manos, y trajeron el pájaro mencionado, y se lo ataron al cuerpo. Y éste, creyendo que eran maderos, comenzó la obra que acostumbra, picando y agujereando en el lugar donde ordinariamente suele estar el sexo de las mujeres. Y de este modo dicen los indios que tuvieron mujeres, según cuentan los más viejos. Puesto que escribí de prisa, y no tenía papel bastante, no pude poner en su lugar lo que por error trasladé a otro; pero con todo y eso, no he errado, porque ellos lo creen todo tal como lo he escrito.

Ramón Pané en “Relación acerca de las antigüedades de los indios”
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 551

Capítulo VII: Cuando hubo de nuevo mujeres en la dicha isla de Haití, que ahora se llama La Española


Dicen que un día fueron a lavarse los hombres, y estando en el agua, llovía mucho, y que estaban muy deseosos de tener mujeres; y que muchas veces, cuando llovía, habían ido a buscar las huellas de sus mujeres; más no pudieron encontrar alguna nueva de ellas. Pero aquel día, lavándose, dicen que vieron caer de algunos árboles, bajándose por entre las ramas, una cierta forma de personas, que no eran hombres ni mujeres, ni tenían sexo de varón ni de hembra, las cuales fueron a cogerlas; pero huyeron como si fuesen anguilas. Por lo cual llamaron a dos o tres hombres por mandato de su cacique, puesto que ellos no podían cogerlas, para que viesen cuantas eran, y buscasen para cada una un hombre que fuese caracaracol, porque tenían las manos ásperas, y que así estrechamente las sujetasen. Dijeron al cacique que eran cuatro; y así llevaron cuatro hombres, que eran caracaracoles. El cual caracaracol es una enfermedad como sarna, que hace al cuerpo muy áspero. Después que las hubieron cogido, tuvieron consejo sobre cómo podían hacer que fuesen mujeres, puesto que no tenían sexo de varón ni de hembra.

Ramón Pané en “Relación acerca de las antigüedades de los indios”
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 550

La “Relación” del fraile Jerónimo Ramón Pané es el primer tratado escrito en América por un europeo. El ermitaño había sido comisionado por Cristóbal Colón para recoger mitos y costumbres de los indígenas de la isla La Española, durante los primeros años de la conquista. El manuscrito original se ha extraviado y las versiones al español se realizan sobre la traducción italiana de Ulloa. La que usamos fue publicada recientemente por la editorial Siglo XXI y pertenece a José Juan Arrom.

La máquina de máquinas


Supongamos que logran crear una máquina indestructible y eterna que pueda crear otras máquinas y éstas, a su vez, otras que sin ayuda exterior resuelvan todas las actividades manuales del hombre y que, incluso, piensen por él (solucionen ecuaciones, construyan cohetes, cocinen, hagan limpieza, realicen obras de arte pictóricas y literarias, filosofen, gobiernen); aún así nada ni nadie podría evitar que la mano que la ponga a funcionar e inicie el proceso sea humana.

René Avilés Fabila
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 545

Inconformidad

Todo comenzó cuando salí del foco que me había servido de hogar. Me di cuenta que el cielo se estaba alejando, y alcancé a escuchar también las maldiciones que la luna le lanzaba al sol. En ese momento, la máquina de producir hombres sólo odio producía. Quise escupir violencia y regresar a mi foco, y pude ver, entonces, a la luna disfrazada de interruptor y cómo privaba de la luz a mi hogar. Me dio pánico meterme en él y me alojé en una pluma. Cuando me hallé a mí mismo en forma de palabras en un libro, rompí a llorar. Mi intenso llanto formó un río que arrastró al libro en su caudalosa corriente.

Tomé entonces una ciudad en mis manos y pude darme cuenta que Beethoven empezaba a perder el oído, y que las teclas del piano que Mozart tocaba, estaban rotas, como las alas de la mariposa que no dejaba de llorar. Pensativo, me quedé sentado en los pétalos de una flor. Inesperadamente pasó junto a mí un jardín. Horrorizado de tanta crueldad, corrí a refugiarme en un cuadro surrealista. Durante un tiempo, en medio del absurdo, pude sentirme bien: la indiferencia del hombre del periódico acentuaba mi tranquilidad. Una manifestación de electrones inconformes con las injusticias de los núcleos, llegó a perturbar la paz del que ya consideraba mi hogar. Con lágrimas en los ojos fui de estrella en estrella, a través del cosmos, meditando, buscando un lugar lejano donde refugiarme.

Roberto Aguilera Salinas
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 543

Carta

Querido L.: tus poemas serán publicados sin dedicatoria. Este cuento no tendrá el nombre del personaje. Nadie sabrá quien sacó tus fotos en Chicago y no nos tendremos hecho ningún daño.

Pero una cosa hay que debe ser dicha: lo que pasó entre nosotros fue muy importante. Hemos de tener cuidado para que no nos olvidemos de eso. No podemos ignorar la existencia uno del otro. Sería bastante inmoral negar la intimidad de lo que pasó entre nosotros. Fue lo más hondo que dos personas pueden compartir. Y compartimos. Compartimos también en la idea de que ese amor era maravillosamente sin compromisos y sin obligaciones. No te olvides y no trates de enseñar a nadie que lo ignoras. No me siento culpable de nada y espero que también estés arrepentido.

He también cambiado de opinión respecto al casamiento. He decidido casarme otra vez tan pronto consiga el divorcio, el mío y el de G. Tú ya lo conoces y sabes que nos merecemos mutuamente. Deséanos pues mucha suerte.

Hasta pronto.

M.

Teresinha Alves Pereira
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 535

El diablo suelto


ALESSANDRÍA, Italia, 26 de septiembre. (E.F.E.)— La caza al diablo se ha iniciado en un barrio periférico de Alessandría, después de que Armando Benzi, de 33 años, y su esposa, Susanna de Bernardis, de 42, denunciaron la presencia de satanás en su casa.

El matrimonio, visiblemente alterado, se presentó a un asilo religioso y, después a la policía, para explicar que el “demonio ha entrado a nuestra casa”. Según Susanna de Bernardis, tras tirar al suelo algunos objetos y mover muebles, la “fuerza desconocida” la golpeó en la cara y, además, “abusó de mi”.

La policía, tras escuchar la historia, en la que habría intervenido una religiosa, “para echar al diablo” ha informado del caso a las autoridades eclesiásticas.

1975

Agencia EFE
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 531

La caridad


Nunca la había practicado. Detestaba dejar una moneda en esas manos sucias y aprovechadas que se extienden en los subterráneos. Luchaba por un régimen social en el que la mendicidad no existiera.

Pero allí estaban, cotidianamente, los pordioseros, con su letanía de ballenitas y patas torcidas.

Un día —había bebido dos copas de más— tuvo un impulso inusitado y al pasar junto a una vieja repugnante, sacó un billete de cincuenta pesos y se lo puso en la mano.

—Tenga hermana… —le dijo.

Antes que tuviera tiempo de retirar los dedos, la vieja estiró su garra y lo tomó del brazo.

—¿Por qué me da tanto dinero? —le pregunto—. ¿Qué maldito pecado ha cometido? ¿Pretende conmigo salvar su alma? ¡Nada, nada! ¡Que Dios sea bendito! ¡Tome su plata…!

Y seguía la vieja lanzando improperios.

Él tuvo un momento de lucidez. Retomó sus cincuenta pesos y, agarrando a la vieja de sus trapos, la sacudió como a un muñeco.

—¡Imbécil! ¡Vieja estúpida! ¡Estoy borracho!

Y entonces la vieja, arrugándose como una pasa, hizo la señal de la cruz, recuperó el billete y, desde el suelo, exclamó conmovida:

—¡Ay, perdón! ¡Dios se lo pague…!

Enrique Wernicke
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 529

Arquitectura


Discutíamos de arquitectura. Un audaz había puesto por el suelo las últimas construcciones soviéticas; le respondía un estudiante que leía a Le Corbussier. Intervino un tercero y citó el Rickefeller Theater.

Invocamos lo racional. Y alguien nos llamó a sosiego.

Cada uno fue enunciando sus pretensiones: un hall, tres dormitorios, una sala de juego. Dos baños, cocina, antecocina y lavadero. Otro agregó calefacción. Y después, aire acondicionado, la heladera, el jardín, una pileta con trampolín…

Y de pronto nos calló el viejo don Juan:

—La casa que yo les digo… —miró en redondo y reclamó silencio, imperiosamente—: ¡Déjenme hablar!

Era el mayor, el más pobre, el más humilde de la mesa. Y yo grité:

—¡Déjenlo hablar!

Y entonces dijo:

—La casa tiene un portón. Y en el portón un timbre. Suena el timbre. Voz que grita: ¡aquí venimos a comer asado! Pero… ¡no te calientes! Traemos la carne y el vino. ¡Está todo solucionado!

Enrique Wernicke
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 523

Cariño filial


Vivía asediado por un serio complejo, se sentía distinto de los otros, una especie de monstruo disimulado en el alegre y bondadoso rebaño humano.

Lo cierto es que no amaba a su padre y, aparentemente, lo detestaba. Pero también es cierto que nadie lo quería. El tal padre era un borracho, jugador y mentiroso, que pegaba a su mujer y robaba el sueldo de sus hijos. Sin embargo, Julián no aceptaba su destino y, sobre todo, no se aceptaba así, sin cariño filial, como lo tiene todo el mundo.

—Yo no sé, hermano —me decía— pero de algún modo lo quiero. Claro que…

Callaba el fin de la frase.

* * *

Un día, el badulaque —me refiero al padre— enfermó y, con prisa inusitada, empeoró, comenzó a boquear y se murió.

El hijo le compró un mísero cajón de madera terciada, lo llevó en un furgón al cementerio y lo enterró sin una flor.

Días después, en una charla casual, me comentó:

—Por fin, ché, por fin. Se me acabó el complejo. ¡Ya descubrí cómo quería a mi padre!

—¡No digas! ¿Y cómo lo querías?

—¡Lo quería muerto! ¡Bien muerto!

Me palmeó la espalda y se alejó silbando.

Enrique Wernicke
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 521

Confesión


Yo tenía una amante fea y empezaba a aburrirme de ella. Pero durante aquel verano había llovido mucho y el jardín estaba precioso. Las plantas me consolaban, y los días se me iban sin pensar demasiado.

Cuando llegó el otoño, despaché a la fea. Quedé solo un tiempo y, luego, volví a casarme. Era la tercera vez que intentaba la convivencia formal.

No hay experiencia vital más aleccionadora que cambiar de mujer. La vida es cruel, dicen.

Bueno, ya está. Hace tres años que vivo con una muchacha más estúpida que muchas otras. Y no sé como desprenderme de ella. ¿La mato? ¿la tiro a la calle? ¿abandono todo y desaparezco?, me pregunto todos los días.

Pero también me pregunto quién ganará la octava carrera del domingo. Es que la vida es una sola pregunta sin respuesta.

Paciencia. Hay que creer en la providencia. Tal vez un día de éstos, cuando suba a colgar ropa, se cae de la azotea.

Azotea, azotea… ¡cómo no se me ocurrió antes, maldita sea!

Enrique Wernicke
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 517

Amor


Llega mi hermana corriendo y me dice:

—¡Qué has hecho! ¡Todo el mundo lo sabe! ¡Le has enseñado el amor a una pobre chiquilla ingenua y ahora la tonta se lo ha contado a su madre!

—¡Qué espanto! ¡Ayúdame hermana querida!

Ya me parece escuchar los chismes del pueblo entero, las palabras del cura condenando mi alma, el llanto de la pequeña y la absurda recriminación de mi conciencia.

—¡Debes huir! —dice mi hermana.

—¡Huiré! ¡Sí, huiré mañana mismo! Pero esta noche me he citado con ella y no puedo negar a mis esperanzas. ¡Comprende, hermana! ¡Comprende! ¡Nuestro amor necesita un nuevo encuentro!

Mi hermana medita unos segundos y sentencia con voz resignada:

—Bien, será el último…

Pero ni ella ni yo sabíamos entonces que el amor pide siempre un nuevo paso. Noche tras noche fui postergando el viaje hasta que huyó el amor.

Huyó el amor y yo me quedo.

Enrique Wernicke
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 515

La cábala


Del cielo descendió la Cábala, traída por los ángeles, para enseñarle al primer hombre, culpable de desobediencia, los medios de reconquistar su nobleza y felicidad primeras. Primero, amarás al Eterno, tu Dios. Es el Anciano entre los ancianos, el Misterio entre los misterios, el Desconocido entre los desconocidos. Antes de crear forma alguna en este mundo, estaba solo, sin forma, sin parecido con nada. ¿Quién podría concebirle como era entonces, antes de la creación, puesto que carecía de forma? Antes de que el Anciano entre los ancianos, el más Escondido entre las cosas escondidas, hubiese preparado las formas de los reyes y las primeras diademas, no había ni límite, ni fin, Así, se dispuso a esculpir esas formad y a trazarlas en imitación de su propia sustancia. Extendió delante de sí un velo y sobre ese velo diseñó a los reyes, les dio sus límites y sus formas; pero no pudieron subsistir. Dios no habitaba entre ellos; Dios no se mostraba aún bajo una forma que le permitiese permanecer presente en medio de la creación, y así, perpetuarla. Los viejos mundos fueron destruidos: mundos informes que llamamos centellas. La creación había fracasado, por ser obra de Dios y permanecer Dios ausente de ella. Así, Dios supo que El mismo era responsable de la caída y por tanto debería serlo de la redención, pues ambas ocurrían dentro del círculo de los atributos divinos.

Y Dios lloró, diciendo:

—Soy el más Viejo entre los viejos. No existe nadie que me conociese joven.

Carlos Fuentes en “Terra Nostra”
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 513

El rostro de Simón


La peste en la ciudad ha terminado. Los presos entierran los últimos cuerpos y Simón el monje les ayuda. Las banderas amarillas son arriadas mientras el monje se reúne con los prisioneros alrededor de una fogata y todos hacen recuerdos del tiempo que han pasado juntos; son amigos.

Hay un silencio final y breve. Simón les anuncia que ahora son libres. Muchos murieron, es cierto y es triste; pero los sobrevivientes ganaron algo más que sus vidas; ganaron la libertad. Beben el último trago de la bota de vino cuando se acercan a ellos el Alcaide y los alabarderos. El Alcaide simplemente ordena a su compañía armada que tome a los prisioneros y los vuelva a encarcelar. Ha terminado el tiempo de la gracia. Todos los prisioneros sobrevivientes regresarán a la cárcel hasta el término de sus sentencias.
Uno de los presos escupe el rostro de Simón.

Carlos Fuentes en “Terra Nostra”
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 506

Esta mujer


…esta mujer, ésta, descubridora del árbol vedado, desamparadora de la ley de Dios, persuasora del hombre, cabeza del pecado, arma del diablo, expulsión del paraíso, madre del pecado, corruptela de la ley, enemiga de la amistad, pena que no se puede huir, mal necesario, tentación natural, calamidad deseada, peligro doméstico, detrimento deleitable, naturaleza del mal, naufragio del varón, tempestad de la casa, impedimento de holganza, cautiverio de la vida, daño cotidiano, rija voluntaria, batalla suntuosa, fiera convidada, solicitud de asiento, leona que nos abraza, peligro adornado, animal malicioso, la mujer, esta mujer.

Carlos Fuentes en “Terra Nostra”
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 503