El bloqueo



Entró en la habitación. Un león estaba echado en uno de los rincones, mirándolo con ojos atentos. Giró, sin poder devolverle la mirada, sin querer correr, y trató de salir. Pero la puerta se había cerrado por fuera, no la podía abrir.

Endureció sus pasos. Caminó por un corredor lateral, sin volverse. Llegó a la otra habitación, la que tenía otra puerta hacia fuera. Una puerta de dos hojas, desvencijada, que dejaba entrar segmentos de luz. Ya estaba por abrirla, cuando la vio, algo inequívoco, penetrando entre las dos hojas: la empenachada cola de otro león. Venía del exterior, serpenteaba, golpeaba impaciente el suelo, levantaba partículas de polvo.

Sólo podía evadirse hacia la vigilia.

Despertó.

La puerta de su jaula se abría en ese momento: entraba un domador provisto de una silla y un látigo. Desesperado, tiró un zarpazo contra la otra puerta: detrás de sus rejas, el dueño del circo le apuntaba con un revolver.

César Fernández Moreno de “La vuelta de Franz Moreno”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 675

César Fernández Moreno
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 106

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Un granito de arena


Franz recorre la gran avenida. Hoy va a encontrarla a Ella, por azar pero definitivamente. Está seguro.

¿No es ésta? ¿Por qué no lo mira? ¿Por qué da esos pasos decisivos que la escamotean a la vuelta de la esquina?

Pero ahora sí la reconoce: es aquella que viene por la vereda de enfrente. Franz atraviesa corriendo la avenida.

No, tampoco era. Vuelve a cruzar, velozmente: teme que aquel señuelo le haya impedido toparse con Ella en la vereda recién abandonada.

A medida que pasan las cuadras, sigue descubriendo mujeres cada vez más parecidas a Ella. La última es casi idéntica, un prenuncio, una certeza de que la próxima será Ella para siempre.

Franz pasa frente a un edificio en construcción. Es un día de viento, y un granito de arena se le entra en un ojo. El dolor le hace cerrar los párpados por un segundo, mientras sigue caminando.

Ya está. Ya pasó.

César Fernández Moreno, de “La vuelta de Franz Moreno”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 659

César Fernández Moreno
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 546

Sucede al poner discos


Sucede al poner los discos que un disco determinado en vez de echar música hacia afuera comienza a chuparse los sonidos circundantes el pim pam pum de tu corazón el brooooom de las motos en la calle el clui clui clui de los pajaritos en el árbol que se ve por la ventana.

Ahora con terror salta hacia el aparato no sea una raya en el disco que se ha apoderado de tu momento no sea que una raya te condene a perpetuarte en el cielo en este instante no sea que una ra no sea que una ra no sea que una ra no sea que una ra no sea que una ra no sea que una ra no sea que una ra no sea que una ra no sea.

Luis Britto García
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 687

Propiedades de un sillón


En casa del Jacinto hay un sillón para morirse.

Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón que es un sillón como todos pero con una estrellita plateada en el centro del respaldo. La persona invitada suspira, mueve un poco las manos como si quisiera alejar la invitación, y después va a sentarse en el sillón y muere.

Los chicos, siempre traviesos, se divierten en engañar a las visitas en ausencia de la madre, y las invitan a sentarse en el sillón. Como las visitas están enteradas pero saben que de eso no se puede hablar, miran a los chicos con gran confusión y se excusan con palabras que nunca se emplean cuando se habla con los chicos, cosa que a éstos los regocija extraordinariamente. Al final las visitas se valen de cualquier pretexto para no sentarse, pero más tarde la madre se da cuenta de lo sucedido y a la hora de acostarse hay palizas terribles. No por eso escarmientan, de cuando en cuando consiguen engañar a alguna visita cándida y la hacen sentarse en el sillón. En esos casos los padres disimulan, pues temen que los vecinos lleguen a enterarse de las propiedades del sillón y vengan a pedirlo prestado para hacer sentar a una u otra persona de la familia o amistad. Entre tanto los chicos van creciendo y llega un día en que sin saber por qué dejan de interesarse por el sillón y las visitas. Más bien evitan entrar en la sala, hacen un rodeo por el patio, y los padres que ya están muy viejos cierran con llave la puerta de la sala y miran atentamente a sus hijos como queriendo leer-en-su-pensamiento. Los hijos desvían la mirada y dicen que ya es hora de comer o de acostarse. Por las mañanas el padre se levanta el primero y va siempre a mirar si la puerta de la sala sigue cerrada con llave, o si alguno de los hijos no ha abierto la puerta para que se vea el sillón desde el comedor, porque la estrellita de plata brilla hasta en la obscuridad y se la ve perfectamente desde cualquier parte del comedor.

Julio Cortázar
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 685

A patadas


Hay días en que yo no soy más que una patada, únicamente una patada. ¿Pasa una motocicleta? ¡Golf! …en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una calva? … Allá va por el aire hasta ensartarse en algún pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina? Instalado de una sola patada en alguna buhardilla.

¡Al traste con los frascos de las farmacias, con los artefactos de luz eléctrica, con los números de las puertas de calle!

Cuando comienzo a dar patadas, es inútil que quiera contenerme. Necesito derrumbar las cornisas, los mingitorios, los tranvías. Necesito entrar —¡a patadas! ¡a patadas!— en los escaparates y sacar —¡a patadas!— todos los maniquíes a la calle. No logro tranquilizarme, estar contento, hasta que no destruyo las obras de salubridad, los edificios públicos. Nada me satisface tanto como hacer estallar, de una patada, los gasómetros y los arcos voltaicos. Preferiría morir antes que renunciar a que los faroles describan una trayectoria de cohete y caigan, patas arriba, entre los brazos de los árboles.

A patadas con el cuerpo de bomberos, con las flores artificiales, con el bicarbonato. A patadas con los depósitos de agua, con las mujeres preñadas, con los tubos de ensayo.

Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo, fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas… a los pececitos de color…

Oliverio Girondo
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 675

Casa di Amore e Psyche


Pero qué maravilla, qué maravilla, decía la señora norteamericana ensombrerada. Qué maravilla Ostia Antica, qué maravilla las ruinas, qué maravilla las columnas, qué maravilla el blanco resplandeciendo bajo el sol, qué maravilla, qué maravilla. Como la palabra maravilla describiera igualmente los sarcófagos, los hórreos, las termas, los templos. Qué maravilla. Qué maravilla todo. Qué maravilla todo menos la Casa di Amore e Psyche. Aquí la norteamericana se calla por completo. Su verborragia turística y monotemática desaparece. Las flores de su sombrero se marchitan. En la Casa di Amore e Psyche no hay lugar para las palabras. Qué maravilla.

Eduardo Gudiño Kieffer de “La hora de María y el pájaro de oro”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 667

Para un álbum


Me obsesiona esto —y tanto, que con frecuencia olvido que ya lo conté, y vuelvo a contarlo—: Cuatro amigos van al mar, vacaciones, muchachos de veinte años; uno de ellos lleva cámara fotográfica; se apartan a unas peñas, lejos de la gente, y mientras los otros tres se asolean el de la cámara prepara el rollo. Mañana perfecta, limpia, ligeramente ventosa. Mar espumoso, greñudo.

—A ver —dice aquel—, párense, les tomo una foto.

Se levantan los tres, se enlazan riendo en el borde de las peñas, el artista los busca con la lente. —Ya —dice, dispara, oye un estruendo, alza la cara y de agua le bañan los pies y nunca nadie volvió a ver a los tres muchachos, no aparecieron jamás, y en la fotografía, se ve la ola enorme, cóncava, oscura, garra, cúpula espantosa.

Ricardo Garibay
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 663

Un nervioso


Mis nervios desafinan con la misma frecuencia que mis primas. Si por casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los barrotes de la cama, a los quince minutos me despierto, indefectiblemente, sobre el techo de mi ropero. En ese cuarto de hora, sin embargo, he tenido tiempo de estrangular a mis hermanos. De arrojarme a algún precipicio y de quedar colgado de las ramas de un espinillo.

Mi digestión inventa una cantidad de crustáceos, que se entienden en perforarme el intestino. Desde la infancia, necesito que me desabrochen los tiradores, antes de sentarme en alguna parte, y es rarísimo que pueda sonarme la nariz sin encontrar en el pañuelo un cadáver de cucaracha.

Todavía, cuando llovizna, me duele la pierna que me amputaron hace tres años. Mi riñón derecho es un maní. Mi riñón izquierdo se encuentra en el museo de la Facultad de Medicina. Soy políglota y tartamudo. He perdido, a la lotería, hasta las uñas de los pies, y en el instante de firmar mi acta matrimonial, me di cuenta que me había casado con una cacatúa.

Las márgenes de los libros no son capaces de encauzar mi aburrimiento y mi dolor. Hasta las ideas más optimistas toman un coche fúnebre para pasearse por mi cerebro. Me repugna el bostezo de las camas desechas, no siento ninguna propensión por empollarle los senos a las mujeres y me enferma que los boticarios se equivoquen con tan poca frecuencia en los preparados de estricnina.

En estas condiciones, creo sinceramente que lo mejor es tragarse una cápsula de dinamita y encender, con toda tranquilidad, un cigarrillo.

Oliverio Girondo
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 657

Vocación


Negro negrito, mi muchachito.

De mascafrutas por los potreros, palangana de peppermint por el tren, cantador de himnos por las capillas.

Panzudo y simpaticón, de risa y yes a flor de bemba.

Alegría de la abuela: uno para el otro y nada más en el mundo.

—¿Qué vas a ser cuando grande?

—¡Un blanco, Mista, un blanco!

Abel Pacheco
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 653

La alternabilidad en el poder


Todavía subsisten algunos ancianos que se acuerdan de aquel político que no pensaba en otra cosa que en la alternatividad en el poder.

Sostenía que en cada elección que se efectuara, debía cambiarse la orientación del gobierno; que todas las elecciones, sin excepción alguna, debía ganarlas el partido de oposición.

Sólo en esa forma funcionaría la democracia.

Cuando algún gobierno no lo hacía tan mal y ganaba las elecciones, este hombre se desesperaba, y soltaba con la lengua y con la pluma el Apocalipsis de San Juan con aditamentos; y sufría horriblemente, temiendo por el futuro y hasta por el presente de la Patria y de sus instituciones.

En cuanto un gobierno tomaba posesión de las riendas del Estado, este político se inscribía en el partido de oposición, para trabajar en sus ideas de alternabilidad. No le importaban las posiciones ideológicas, y así pasó de la izquierda a la derecha, fue comunista y conservador y comunista sucesivamente, siempre en nombre de la alternabilidad.

Todo iba muy bien mientras iba solo. Pero un día —cosas de la Providencia que dicen algunos— el Espíritu Santo descendió sobre él y le dio un don que no tenía: el de la elocuencia. Quiero decir que se puso tan convincente, que toda la gente del partido de gobierno, excitada por su ejemplo, se enroló con el en el partido de oposición; centenares de miles de ciudadanos hicieron lo mismo. No hay idea de la cantidad de gente que se pasó al otro, y así siguieron, inscribiéndose en el partido de la oposición al día siguiente de que los gobiernos comenzaban a trabajar.

Entonces los partidos de oposición ganaban todas las elecciones y la alternabilidad en el poder se cumplía para satisfacción de su adalid. Pero como la gente de da cada gobierno se pasaban a la oposición en el nombre de la alternabilidad en que todos creían, se llegó a una fórmula muy bonita de alternabilidad, dentro de la cual la misma gente gobernó aquel país durante décadas.

Alberto Cañas
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 652

Gallina


¡Como para no sorprenderse! Marta entró con una gallina negra debajo del brazo. Pero Marta, vos estás cada día más loca, para que traes esa gallina. Y Marta te respondió simplemente: hace mucho que no comemos gallina. Contra la lógica femenina no se puede hacer nada, pensaste, y sin embargo tu lógica masculina te obligó a decir hubiera sido mejor comprarla muerta, pelada y eviscerada, no cuentes conmigo para eso que tengo sueño y me voy a dormir. Y te fuiste a dormir y recién ahora, con doce campanadas lúgubres, te despertarás pensando quién va a matar a ese animal estúpido. Y te incorporás diciendo Marta, quien va a matar a ese animal estúpido. Pero Marta no está a tu lado. Marta, dónde te has metido, mujer. La luz de la luna llena entra por la ventana abierta de par en par. Te levantás para cerrarla y luego buscar a Marta en el interior de la casa pero no, no necesitarás buscarla porque allí, en el centro del jardín, entre las inocentes margaritas, está tu mujer degollando al ave temblorosa y alzándola muy alto para que la sangre caiga sobre sus párpados, sobre su frente, sobre sus mejillas, para que penetre entre sus labios entreabiertos, para que se deslice sobre su cuello, sobre sus hombros, sobre sus senos; allí está Marta cubriéndose de plumas negras, Marta primero canturreando e imitando torpemente un vuelo hacia cualquier parte, hacia todas partes, hacia ninguna parte, hacia un desconocido lejano sabbat del que no participarás nunca.

Eduardo Gudiño Kieffer, de “La hora de María y el pájaro de oro”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 651

El infierno tan temido


Rodearon la cama de la dulce viejecita que iba a expirar. Se había preparado para la dulce muerte durante luengos años, haciendo penitencias, rezando novenas y repartiendo escapularios y consejos inútiles. Pero a última hora —en sus últimas veinticuatro horas— dio en inquietarse por la seguridad que adquirió de que iba a salir de allí directamente al infierno.

En vano los hijos y los sobrinos, y los nietos y las sobrinas trataron de disuadirla hablándole de lo bondadosa, caritativa y religiosa que había sido su existencia. El cura tampoco tuvo éxito, pese a la absolución muy merecida que le impartió por cuatro pecados de pajarito. La dulce anciana pasó sus últimas horas aterrorizada por la idea de que estaba condenada a un infierno de llamas, diablos con cuernos y torturas inenarrables.

Murió plácida y tranquilamente como todos sus deudos lo esperaban. Y se encontró de pronto en una sala enorme, marmórea, solemne y austera, presidida por un ser indefinido aunque bastante antropomorfo que le hizo seña de que se acercara.

Necesitaba salir de dudas y logró preguntar:

—Dígame una cosa señor: ¿Esto es el infierno?

El otro soltó algo que era reminiscente de una carcajada.

—¿El infierno? Pero si de allí es de donde usted viene, señora.

Alberto Cañas
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 646

Historia de dos embajadas


La conoció en un país que no era el de ninguno de los dos, en la embajada de otro país que tampoco era el de ninguno de los dos. Franz fue presentado a un círculo de gordas y viejos. Ella estaba perdida, ausente, aislada en una silla lateral.

Aquella noche se amaron como ninguno de los dos había amado nunca.
Poco después, en otra ciudad ajena a los dos, fueron juntos a una embajada que esta vez era la del país de Franz. Ella estuvo brillante y alborotó con su gracia transpacífica a un círculo de viejas y gordos. Repantigado en un sillón lateral. Franz burbujeaba de orgullo y bebía en silencio su whisky.

Cuando salieron, Franz quiso decirle qué feliz era de tenerla por mujer. Pero fue ella la que habló primero, y le dijo qué feliz era de tenerlo por hombre.

Poco después, se separaron para siempre.

César Fernández Moreno de “La vuelta de Franz Moreno”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 642

Papillons. Clises

Una tarde de septiembre, en los Hermanos Cristianos, le tocaron por primera vez el trasero al pobre Ceferino. No poco se le arrebolaron las mejillas y semanas después, enjabonándose, recordaría en detalle las circunstancias. El resto de las tardes de ese otoño del año treinta y dos se las pasó anticipando avergonzarse bajo los chopos enhiestos del colegio.

A los dos años, contemplando un abanico, descubrió ser niño sensible que amaba el arte. En esa época comenzó sus mariposas: blancas, rosas, moradas; de antenas largas; de vuelo pausado. Pintó mariposas todo el bachillerato poseído cada vez más de su talento. Ejemplares de este género hoy adornan los bares Miraflores, Concha y Mamey.

Trabó amistad, en un oficio de tinieblas del año cuarenta y seis, con otro joven sensible, de largos dedos, ávido lector de poesía. Se vieron, a menudo, largamente, durante los diez años que siguieron: se hicieron confidencias ideológicas, se escandalizaron de las modas femeninas, se tropezaron codos en la oscuridad de los teatros. Fue este periodo difícil en que el insomnio dominó las noches del pobre Ceferino, en que sus manos —al arte dedicados— manosearon el cuerpo sin descanso. Es de entonces su obra predilecta: amenazadoras mariposas antropoides de angustiados ojos verdes. De título “Papillons”, el cuadro cuelga todavía a la adusta cabecera de su madre.

Pasó el tiempo y, a los treinta y nueve, sufrió el pobre Ceferino triste desengaño al manifestarle al amigo —ansia en la voz, bragueta abierta— ignoradas intimidades palpitantes. Fueron esos inconsolables días de ira y soledad oscuras a cuyo fin comenzó a impartir dibujo lineal en un instituto a jóvenes de trece a quince. Son las mariposas de entonces espectrales sombras pardas de afilados dientes pequeñísimos que guarda e artista, con celo inusitado, en la seguridad de su recámara.

A medio vestir, doblado ante el decidido dedo enguantado del proctólogo, le sorprendió el verano del cincuenta y nueve. Desde entonces se le ha ido la vida cuesta abajo. La enfermedad ocular que le enceguece, malas digestiones y hemorroides le han afeado el ánimo y mermado los vuelos de su espíritu. El pobre Ceferino, en franca cincuentena, ya no pinta “papillons” y se repugna con el acné de sus discípulos. Dicen los que lo saben, que le han visto esta semana, a la mesa de un café del puerto, observar con ojos estrábicos el abultado pantalón de un camarero.

A. Hacthoun
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 641

Distracciones


Jamás se había oído el menor roce de cadenas. Las botellas no manifestaban ningún deseo de incorporarse. Al día siguiente de colocar un botón sobre una mesa, se le encontraba en el mismo sitio. El vino y los retratos envejecían con dignidad. Era posible afeitarse ante cualquier espejo, sin que se rasgara a la altura de la carótida; pero bastaba que un invitado tocase la campanilla y penetrara en el vestíbulo, para que cometiese los más grandes descuidos; alguna de estas distracciones imperdonables, que pueden conducirnos hasta el suicidio.

En el acto de entregar su tarjeta, por ejemplo, los visitantes se sacaban los pantalones, y antes de ser introducidos en el salón, se subían hasta el ombligo los faldones de la camisa. Al ir a saludar a la dueña de la casa, una fuerza irresistible los obligaba a sonarse las narices con los visillos, y al querer preguntarle por su marido, le preguntaban por sus dientes postizos. A pesar de un enorme esfuerzo de voluntad, nadie llegaba a dominar la tentación de repetir: “Cuernos de vaca”, si alguien se refería a las señoritas de la casa, y cuando éstas ofrecían una taza de te, los invitados se colgaban de las arañas, para reprimir el deseo de morderles las pantorrillas.

El mismo embajador de Inglaterra, un inglés reseco en el protocolo, con un bigote usado, como uno de esos cepillos de dientes que se usan para embetunar los botines, en vez de aceptar la copa de champagne que le brindaban, se arrodilló en medio de salón para olfatear las flores de la alfombra, y después de aproximarse a un pedestal, levantó la para como un perro.

Oliverio Girondo
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 637

Aficiones


Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los sociólogos, de los solistas, de los sodomitas, de los solitarios. No quise saber nada con los prostáticos. Preferí el sublimado a lo sublime. Lo edificante a lo edificado. Mi repulsión a los parentescos me hizo eludir los padrinazgos, los padrenuestros. Conjuré las conjugaciones más concomitantes con las conjugaciones conyugales. Fui célibe, con el mismo amor propio con que hubiese sido paraguas. A pesar de mis predilecciones, tuve que distanciarme de los contrabandistas y de los contrabajos; pero intimé, en cambio, con la flagelación, con los flamencos.

Lo irreductible me sedujo un instante. Creí, con una buena fe de voluntario, en la mineralogía y en los minotauros. ¿Por qué razón los mitos no repoblarían la aridez de nuestras circunvoluciones? Durante varios siglos, la felicidad, la fecundidad, la filosofía, la fortuna, ¿no se hospedaron en una piedra?

¡Mi ineptitud llegó a confundir a un coronel con un termómetro!

Renuncié a las sociedades de beneficencia, a los ejercicios respiratorios, a la franela. Aprendí de memoria el horario de los trenes que no tomaría nunca. Poco a poco me sedujeron el recato y el bacalao. No consentí ninguna concomitancia con la concupiscencia, con la constipación. Fui metodista, malabarista, monogamista. Amé las contradicciones, las contrariedades, los contrasentidos… y caí en el gatismo, con una violencia de gatillo.

Oliverio Girondo
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 635

Langostas


La langosta come carroña, come carne podrida.

Hay que matar un perro, dejarlo que se pudra, meterlo entre la nasa y tirarlo al mar.

Los negros sacan nasas repletas de langostas y con risa maliciosa las mandan lejos.

En los grandes salones de caviares, de trufas, de cosas nunca vistas y menos saboreadas, los blancos elegantes comen las langostas.

Abel Pacheco
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 633

Instrucciones para subir una escalera


Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y más adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquier otra combinación produciría formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se la hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombres entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie.)

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

Julio Cortázar
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 631

Misa y vals


Tomás, el mejor amigo de Franz, había muerto muy joven. Varios años después, invitaron a Franz a una misa en su memoria. Franz no era religioso de esa manera, pero tales ritos solían dar una tregua a su rutina.

Sin embargo, por esta vez quedó al margen de la misa. El recuerdo de Tomás se negaba a hacerse presente. Franz sólo podía ver y analizar los vulgares frescos de la iglesia, las mecánicas actitudes de las beatas. Todo fue un leve ejercicio de voluntad, un deseo de exhibir su presencia en la misma por el amigo. Cuándo terminaría. Terminó.
Franz salió a la calle, remordido por su real ausencia de la ceremonia, por la renuncia de su pensamiento al recuerdo de Tomás. Por su absurda impaciencia en volver a la rutina que había abandonado durante media hora.

Iba canturreando una melodía, un viejo vals dulzón. Llegó a la esquina, subió al trolebús apagando el cigarrillo junto con los últimos compases de la pegadiza melodía. El trolebús arrancó potentemente. Franz se sintió aliviado, dichoso.

Nunca más volvió a recordar esa melodía. Nunca llegó a darse cuenta que era ella la que había extinguido sus remordimientos. El vals favorito de su amigo muerto.

César Fernández Moreno, de “La vuelta de Franz Moreno”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 625

La carta

Monsieur Le Editeur:
Después de haber recorrido todas las editoriales de la calle de la Harpe y de haber recibido infamantes ofertas de empleo de cajista o entintador, me veo en la necesidad de enviarle esta carta ya que no ha sido posible que V. me reciba. Ayer, como muchas otras ocasiones, todo el día estuve esperando que la puerta de Vuestra Excelencia se abriera para mí; entretanto me extasié viendo las espirales de las golondrinas en el cubo de la escalera, escuchando sus gritos breves; cerca del mediodía me fui a la orilla del Sena a soñar que un joven poeta veía uno de mis libros en los estantes de los libreros de viejo, y que celebraba el hecho como un gran hallazgo. ¡Oh, un libro de Pierre Falcon!. Este es uno de mis sueños favoritos. Al regresar estuve platicando con un albañil, que por cierto dice que él conoció a la Cosette de Víctor Hugo, que la vio ya no del brazo de Marius, porque éste caminaba adelante —su fortuna vino a menos— y que arrastraban su miseris y cinco hijos allá por la subida del Sacre Coeur.

No tenía ánimo de ir a la casa pero en fin, fui. Mi mujer no me soporta y no sé porqué; rara vez la interrumpo en los lavaderos públicos, sólo a la hora de los alimentos.

Sabe, Sr. Editor, mi mujer es sobrina de Teresa Lavasseur, la compañera de Juan Jacobo, cómo pudieron abandonar a sus hijos en la Inclusa. Isabel me pedía que hiciéramos lo mismo, pero no, eso sí que no lo toleraré, abandonar a mi Madeleine nunca.

Pues sí, Sr. Editor, mis libros merecen el olor de la tinta, la luz del día, la fiesta de la primera edición; no son conceptuales didácticos dogmáticos torres de marfil como los de Octave Paix, no señor, le aseguro que no se harán “jilgueros” en sus bodegas.

Hágase cargo, Sr. Editor, mi mujer me dice que porqué no soy como los demás, borracho y chulesco, que porqué no le opongo un frente definido, que porqué no soy como los personajes de “Gervasie” que comparten una mujer que los mantiene; porque así como soy ella no sabe a qué atenerse. Mi mujer es muy lista, cómo puede decirme eso ella que se crió en las chimeneas de los bajos fondos.

La hija de la portera a quien V. —formador de de conciencias y opiniones— retiene en su oficina en prolongadas sesiones de instrucción, entregará a Su Excelencia mis escritos.

Suyo
Pierre Falcon

(Por la transcripción, Juan Manuel Gómez)
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 628

Politics

Jones se fajó duro en la política.

Discurso, visita, reunión, asamblea  y en todo lado, en inglés, en español, en entusiasmo, en todo, la voz de Jones tonante y convencida.

Frunciendo la bemba, gesticulante pronunciaba el nombre del candidato.

Y ganaron…

No es que fuera por Jones, pero ganaron.

Como era de esperar, lo nombraron Jefe Político.

Ahora sí, que ahora sí. Ya no más hambre, ya no más robo, ya no más desesperanza, ya no más país-paisaje.

Se iba a hacer Patria.

Con carretera, con venta justa de copracacao-banano-plátanomaíz-maníyuca.

Tempranito, con garúa fresca, feliz salía a la línea y se subía al tanque de agua del ferrocarril para ser el primero en ver llegar a los tractores, el médico, la cañería, la luz eléctrica.

Día a día, mes a mes, a Jones se le fue helando la sonrisa.

Pantalón baloon, saco a rayas, panamá terciado, se fue a la ciudad.

Quería ver al líder.

Quería ver al líder sonrisa, líder abrazo, líder “tomauntrago”.

El sabría explicar el atraso de los tractores.

El recuerdo de las puertas cerradas hizo que a Jones, como a los tractores, no se le viera más nunca en su pueblecito pan bon.

Abel Pacheco
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 621

Vaca


Dicen que tiene una mirada tonta pero no, no es así, los que dicen eso mienten o no saben ver: es una mirada serena, larga, dulcísima, esa mirada que carece de un color definido y que por eso mismo tiene todos los colores. Mirada bovina, sugieren algunos con un tonito peyorativo que es mejor ignorar o pasar por alto ya que uno sabe que en realidad son incapaces de comprender, y uno vuelve a casa todos los días para encontrar esa mirada que es vehículo y a la vez envoltura protectora, uno vuelve para sentirse consolado, calmado, sereno, alimentado; uno vuelve todos los días todos los días todos los días desde hace más de diez años; uno vuelve todos los días hasta que un día es el último día, cuando la mirada no está, ha desaparecido, se ha ido; cuando uno busca desesperadamente su calorcito acostumbrado y no lo encuentra, cuando uno empieza a sentir frío y al final, sobre la mesa de la luz, ve la carta y abre la carta y lee la carta y la carta dice ve voy con Carlos, por lo menos él me trata como a una mujer, no como a una vaca.

Eduardo Gudiño Kieffer de “La hora de María y el pájaro de oro”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 615

Mujeres volátiles


No se, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso si! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Oliverio Girondo
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
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