Censo difícil


La sociedad de Investigaciones Metafísicas de Inglaterra ha formado hace poco un censo de los fantasmas cuya aparición “está demostrada por declaraciones de testigos”. Incluye 457 espíritus de ambos sexos, con la indicación de la fecha, el tiempo y el lugar en que fueron vistos. Un censo análogo se realizó en 1933. Entonces se registraron tan sólo 404 fantasmas.

Revista “Tiempo”
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 798

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Libertad

Creció con la obsesión de ser por siempre libre. Nunca quiso comprender que los seres humanos nacemos sin conocer la verdadera libertad; así probó todos los oficios; recorrió todos los caminos, buscando la libertad ansiada.

Intentó volverse gota de rocío, pero luego sería nube, después lluvia y en el mar quedaría prisionera. Se arrepintió de querer ser viento, cuando supo que estaría unida siempre a los huracanes; si se convertía en pájaro, perdería la libertad dentro de una jaula dorada.

Tomó la decisión de convertirse en Mariposa; fue tan fuerte su deseo que le salieron alas multicolores y bellas; entonces se sintió dueña de sí misma, y volando de flor en flor se sentía, al fin, libre…

Más, no se acordó de los coleccionistas, y un día sus alas toparon con una pared. Cuando estaba ya moribunda, preparada para una vitrina del Museo de Ciencias Naturales, comprendió.

Salvador Herrera García
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 793

La mano izquierda

Ayer me levanté temprano. Sabes que ni siquiera pude dormir bien. Quise ver el reloj. Creo que eran las cinco. Desayuné. Después de todo, eso nada tiene que ver con el Concierto Pianoforte de Beethoven o con el Dueto de la Creación de Haydn.

Mi perro, tu los conoces muy bien, casi chocaba su aliento con el mío. El tiempo avanzaba. Sabes lo que le temo a eso y mi cuerpo lo sintió.

Estaba solo. Vinculado a la vida del perro. Él quiso olvidarme. No lo hizo. El piano negro se lo impidió. Sentí deseos de tocarlo…

Sabes lo mal que me siento cuando toco ante el público. Recuerdo que hubiera sido mejor dedicarme a la composición o a la armonía. Pero el público me emocionaba. Mi madre dice que soy sensible. Solamente recuerda el día en que ingresé al conservatorio: Eugenio Morán… extraña capacidad (y luego, más adelante) genio musical.

Traté de mirar al piano todo el tiempo. Casi podía oír ¡qué extraño! La Sinfonía Patética. Era un sonido soberbio. Y pensé: así tocaré esta noche…

Bajé la cabeza y vi mis brazos apoyados en las piernas. Los levanté un poco. Mi mano derecha quedó colgando en el vacío. Miré la mano izquierda. ¿Sabes?, casi había llegado a olvidar que me la habían amputado.

Rosa Laura Montoya
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 789

La última camiseta


Pertenezco al género confesional. Soy un hombre que siempre busca confidente. Muchas veces a una persona que acabó de conocer le arrojo el tonelaje como un camión de volteo. Quiero morir sin que haya quedado oculta una sola de mis acciones. Entre sacerdotes de la infancia y médicos de la juventud, y amigos y amigas de todas las épocas, está mi vida hasta en lo más vergonzoso. Todavía me queda esta última camiseta… hasta el hueso, pues.

Juan José Arreola
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 784

Un personaje en apuros

Las aventuras del personaje concentraban la atención de Leoncio en las páginas de la novela. El personaje huía de varios hombres armados que lo perseguían por callejuelas oscuras, saltando tapias, introduciéndose entre matorrales salvadores. Leoncio se aferraba al libro, excitado, haciendo suya la angustia del personaje. Los hombres acortaban a cada instante la distancia, con un tremendo esfuerzo pues el personaje demostraba ser hábil, pero lograron por fin cercarlo contra una pared para concluir su propósito. Leoncio no pudo reprimir su ansiedad y gritó:

—¡Deténganse!

La escena quedó inmóvil. El personaje miró a Leoncio y dijo:

—Es la primera vez que alguien interviene, pero mejor cállese: así la cuestión no funciona,

Luis Fayad
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 783

El tiempo, ese conocido


¡Es igualito a mi coche”, pensó. “La misma marca, el mismo modelo, el mismo color”. “Y hasta la dama que lo maneja se parece a mí”. “Pero más gorda y, por supuesto, más vieja”. Durante un largo trecho, a pesar de los vaivenes del tráfico, ambos autos siguieron casi paralelos. Y siguió manejando, tensa, divertida, preocupada, cavilando sobre semejanzas, coincidencias y parecidos, admirándose que el verdor de los árboles aún le causara tanta alegría, recordando que ya casi se le había acabado el gasto.

Tal parecía que nunca fuera a llegar a su casa, las calles se extendían interminables a su paso, claras, grises, angustiosamente familiares, como años ya vividos o años por vivir, era el mismo camino de siempre, el más directo, el que tenía menos topes y cruceros peligrosos y las esquinas se abrían de pronto como vibrantes presagios y en el horizonte se acumulaban nubes amenazadoras o nubes simplemente, nubes que se desvanecían cuando se les miraba. Por fin llegó. Al bajarse del auto se dio cuenta, vagamente que estaba cansada y que traía un raspón en la salpicadura. Entró a su casa, esperaba oír los gritos de su hijo de 4 años reclamando su acostumbrada dona pero todo estaba en silencio. Entró al baño y mientras se lavaba las manos se enfrentó, serena y confiada, al espejo. Su propia imagen la llenó de ternura, casi de respeto, se sintió indulgente, plena de tolerancia y buena voluntad. “El joven avisó que se quedaba a cenar con unos amigos”, gritó la sirvienta desde la cocina. Y ella, sin contestar, sonrió agradecida desde la luminosa profundidad del espejo.

Ana F. Aguilar
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 781

La misiva y la rotonda

“IMPRESIONANTE, en sumo grado, resultó el desfile en honor del Traidor. Todos los países que sostienen amistosas relaciones y vínculos de solidaridad con el nuestro, enviaron sus respectivos embajadores y cónsules, mismos que depositaron gravemente sus ofrendas florales e hicieron guardia en el hemiciclo al Canalla”…

Tal es el recorte, que te envío, de una de las crónicas periodísticas de este país en el que elevan estatuas a los déspotas, conmemoran los natalicios de los tiranos y erigen rotondas a todos los hombres vascas de la humanidad.

Sus calendarios giran festejando la quema de la biblioteca de Alejandría, la traición de Judas o la matanza de Cempoala. Sus vacaciones se inician con el aniversario de la inauguración de los primeros hornos cremáticos y los bombardeos sobre Hiroshima y Nagazaki. Sus días de júbilo nacional conmemoran el inicio de la Inquisición, Gestapo, C. I. A. o F. B. I. Es famoso su carnaval con ocasión de la conmemoración del primer bombardeo sobre Viet-Nam…

Aunque también tienen sus días de duelo nacional: Luto por la abolición de la esclavitud; banderas a media asta con paños negros, al llegar un año más de la proclama de los Derechos Humanos; campañas a duelo lamentando el atentado contra Don Corleone o la desintegración de la Mano Negra.

Algo que te dirá más que todas mis diapositivas y films será lo siguiente: sus instituciones religiosas y docentes ostentan nombres tan sugerentes como: “Central Universitaria Cayo Julio Calígula — Instituto de Investigaciones Científico-Pacíficas Harry S. Truman — Centro de Relaciones Interhumanas Adolfo Hitler — Catedral del Iscariote — Arquidiócesis de Nerón — Templo 666”…

Hace unas horas me hallaba sacando unas fotografías al grupo esculpido en bronce en honor del Verdugo Desconocido.

Antes de marcharme atenderé la recomendación del departamento de turismo, misma de los cicerones y habitantes todos, de visitar la Rotonda.

Me dicen que la atmósfera que rodea a aquellos inquisidores, traidores, filicidas, déspotas y canallas que en ella figuran, es de lo más emotivo e inolvidable de este mundo…

Los souvenirs son una sorpresa más.

Martes en el aeropuerto.
Saludos.

Florentino Chávez
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 779

La niña

Las sonrisas de la niña invadían el salón de clases. Habitaban en su boca, confiadas en asomarse a la menor provocación. Sentíanse orgullosas de dientes tan blancos, de tez tan sonrosada.

En el rostro enjuto de la instructora, la expresión agria y reprobatoria iba en aumento:

—¡Niña, mostrando los dientes de esa manera acabarás con ellos, se te caerán a pedazos, será la tuya una boca desdentada!

Las sonrisas se escondieron sobrecogidas. El gusto salobre que lamía la niña las asustaba.

Mientras tanto, la instructora dio por terminada la lección, tomó su negro bolso y satisfecha, se encaminó a casa. En la penumbra de su cuarto, puso sus muecas a flotar en un vaso.

Gloria de Hirose
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 773

Historia de Joni


Dice R. Yohanán, durante toda su vida, este justo estuvo preocupado por el texto: cuando el Señor hizo regresar a Sión (a los cautivos), estábamos como aquél que sueña . Y se preguntaba: ¿acaso setenta años pasan como un sueño?.

Un día que Rabi Yohanán iba por un camino encontró a un viejo que estaba plantando un algarrobo, y le dijo: este árbol produce frutos al cabo de setenta años, ¿crees que vivirán lo suficiente para poderlos comer? El hombre le contestó: cuando era niño había en el mundo millares de algarrobos que mis antepasados plantaron para mí, del mismo modo los planto para mis descendientes. Acto seguido, Joni se sentó al pie de un árbol y se quedó dormido; a su alrededor se formó una cueva de manera que la gente no podía verle, y así durmió setenta años. Al despertar, vio que un hombre recogía los frutos del algarrobo aquel y los comía, y le preguntó: ¿sabes quién planto ese árbol? —Mi abuelo, —contestó. Y entonces Joni exclamó: pues sí, setenta años trascurren como un sueño.

El Talmud en (Taanit 23.a)
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 765

El amor ideal


Después de largos años de paciente y afanosa búsqueda, J. dio por fin con esa novia, esa mujer única a la que un hombre jamás debe dejar pasar.

Ella tenía los colmillos largos y agudos; él tenía la carne blanda y suave: estaban hechos el uno para el otro.

Poli Délano
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 762

La lluvia

Si no fuera por esa lluvia sistemática que contribuía tanto a su tristeza.

—Todo es cuestión de tiempo, de días que deben de transcurrir, de ese olvidar la costumbre (la costumbre de vivir juntos, de caminar al ritmo de sus pies, de hablar con el sonido de sus palabras, de mirar el mundo a través de sus ojos, la costumbre da cada comida y cada cena y cada noche y cada desayuno de todos los días, de todas las formas de la compañía, de todas las horas).

La lluvia implacable que no le permitía salir, que no permitía la lectura de todos los libros pendientes de lectura, la presencia de las gentes a quienes no se ha tenido tiempo para ver, de las infatigables aventuras que listas a la puerta esperan ser emprendidas sólo por la lluvia de esa tarde, de esa tarde de ausencia (la ausencia acostumbrada cotidianamente, la ausencia nombrada tres veces al día junto al abandono y la soledad y el tedio y la tristeza y la cama vacía.

La ausencia perseguida agotada, convertida en juguete de favorita explosión lacrimógena)

La ausencia, ese no tenerte para compartir.

La angustia, la soledad, ese evaporarse por minutos.

El rencor acumulado mes a mes, desde antes de hallarnos, desde antes de tantas carencias.

Durante toda la semana una fina lluvia la había venido inundando con la certeza de que se iba a morir de abandono y olvido, la había llorado de lágrimas minerales apenas diferentes de las verdaderas por el sabor, menos agridulce, descomponiéndole el maquillaje de niña bonita señora propia joven recién divorciada sensata y creativa, con el que cubría su rostro antes de abandonar su cama de infinitos naranjas para enfrentarse, de la mano de la muerte, a ese mundo tan hostil, tan diferente, tan nuevo…

Isabel Arvide
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 760

Oedipus

Bajo la superficie de la tierra el calor era sofocante. El tren que acababa de pasar había dejado una niebla dulce y aceitosa que nunca se disipaba del todo. Le dolían las piernas y se apoyaba pesadamente en el muro liso y tedioso. Sintió que se acercaba el siguiente tren. Un viejo, renqueando torpemente subió con él al atestado vagón mientras lo miraba con una insolente sonrisa. El viejo era corpulento y cargado de espaldas.

El tren se deslizaba velozmente a lo largo de los túneles negros, como un gusano hambriento, y en su interior las fuentes sudorosas se tambaleaban acompasadamente. Se sentía inmerso en un silencio amorfo. Observó que el viejo hacía guiños descarados a un joven tímido que estaba cerca de la puerta. ¡Cómo lo odiaba! Desvió la mirada hacia una muchacha de tez blanca que sostenía fuertemente contra su pecho un bolso negro pasado de moda. Pensó en su madre.

Tardes azules, sonrientes de lluvia. “Ella”, apenas una muchacha.
El tren fue aligerando su carga en cada estación. El viejo lo miraba con tristeza. Le dio la espalda. Jugó con la idea de arrojársele encima y tundirlo a golpes.

Cuando por milésima vez se abrieron las puertas, el viejo saltó fuera murmurando algo muy cerca de su nuca. Lo vio renquear por el andén y se volvió a mirarlo. Pero súbitamente, un instante, un instante antes de que el tren echara a andar, el pederasta subió resueltamente de nueva cuenta.

Se sobresaltó al tenerlo a su lado tan cerca y el corazón le comenzó a palpitar con fuerza.

Pensó en las tardes azules y en los espejos de lluvia, luminosos.

El gusano se volvió a detener, fatigado. Las puertas se abrieron por enésima vez y ahora descendió detrás del viejo. Vio su sudorosa nuca embarrada de canas.

En el andén casi solitario unas cuantas gentes esperaban soñolientas el tren de regreso que se aproximaba rápidamente. Y de repente una resolución hinchó sus pulmones. “¡Ahora!” Antes que el viejo volviera a verlo lo cogió por el cuello, carne suave y débil, y lo lanzó al paso del monstruo.

Subió rápidamente las escaleras, tropezándose con unos muchachos que se precipitaban hacia el andén. Algo le golpeaba las sienes rítmicamente. Se asfixiaba y los globos de los ojos le dolían. Casi ciego descendió por las escaleras mecánicas y salió a la calle. Vio a lo lejos el tumulto que se había formado y al monstruo anaranjado detenido en su carrera. Y sin prisa dio vuelta a la calle. Caminó un largo trecho y aspiró con deleite el fresco perfume de las estrellas.

Comenzaba a llover.

Alfonso Méndez Audirac
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 766

En un manantial


Un loco bebía agua de roca en un manantial.

—¿Qué haces? —le preguntó un individuo.

—Aprisiono el agua entre mis dedos —dijo el loco.

—Sólo a un loco como tú se le ocurriría eso —contestó el hombre con burla.

—¿Y tu que haces? —interrogó a su vez el loco.

—Voy a ver qué cogen mis dedos —repuso crispando las manos como garras.

Y se retiró apresuradamente.

Al pasar por el mismo lugar, interrogó de nuevo al loco.

—¿Sigues aprisionando el agua entre tus manos?

—¡Sí! —afirmó el loco sin mirarlo.

—¿Lo has logrado? —interpeló el hombre.

—¡No!, pero mis manos están limpias…

Moisés Plata Becerril
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 759

Soy

Vimos a un viejo que caminaba, lentamente, por una llanura sin fin ni principio, llevando en sus manos, en sus labios y en su cara, al silencio de la Montaña.

Viajaba de siglos. Era un viaje de muchos años, sin fin.

Lo perseguimos y, así, después de mucho vislumbrarlo, le dimos alcance y le preguntamos que quién era, que qué hacía, que qué…

… Y nos contestó: “Soy el sueño de un dios. Fui creado por la venganza y la maldad. Mi fin es el fin de todos. Sucumbiré al ser alcanzado, y al morir, moriréis, vosotros”.

“Soy…”

Juan Pablo Pardo Vázquez
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 757

Poeta maldito


Mi madre me negó su ternura; la juventud, la alegría; la guerra, el heroísmo; el hombre, la amistad, la tierra me negó sus frutos; el psicoanálisis, la cordura; la morfina, el olvido; el pecado me negó su dulzura. Fui el último poeta maldito, hoy entré en la burocracia.

Carlos Valdés
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 754

Otros mundos

Mi madre y mi padre tenían su mundo: “Ahora no, déjanos a papá y a mí solos”. Mis hermanos mayores tenían su mundo también: “Vete, tú no sabes aún de estas cosas”. Los menores se encerraban en el suyo: “¿No te das cuenta? Ya eres muy grande”. Nunca supe cómo era el de aquel que un día me preguntó: “¿Vendrás conmigo, esta noche, a mi departamento?”. Mis amigas: “No tengo tiempo, si quieres puedes venir pero tengo tanto que cocinar, limpiar, cuidar nenes, que apenas puedo conversar”. Después, él: “Por favor, no interrumpas, los libros requieren concentración, si no fracasaré ¿qué me espera si los abandono?”. “Querida, debes ir tu sola, tengo mucho trabajo”. Y …

“Oiga, usted, la que está junto a la reja ¿no me oye?. Venga a ponerse el uniforme”.

María Teresa Florez
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 753

La barda

Los problemas se habían sucedido uno tras otro. Toda la vida. Pero tenía una voz clavada. Una frase metida. “Detrás de la barda”. Detrás de la barda está. ¿Buscas flores? Detrás de la barda a veces hay. ¿Buscas amor? Detrás de la barda a veces hay. ¿Buscas a alguien? Detrás de la barda a veces hay. ¿Buscas un paisaje? Detrás de la barda a veces hay. ¿Buscas la felicidad? Detrás de la barda a veces hay. Se encontró frente a la barda. Nunca había sido hombre de decisiones. Y esta vez tampoco podía tomarla. Pero se aventuró. Y la brincó. Es cierto. A veces hay flores. Y amor. Y gente. Y árboles. Y vida. Y paisajes. Y todo. Pero por causa del destino, se volvió hacia la barda que había dejado atrás. Y la vio. Regresó a su mente la frase. “Detrás de la barda”. Entonces pensó: ¿Cuál es el correcto? ¿Este lado, o el otro?

José del Río
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 747

Un alfarero


El alfarero modelaba el barro.

—¿Qué haces? —le preguntó Dios.

—Un hombre.

—¿Llevas mucho tiempo trabajando?

—¡Mucho!

—¿Mucho?

—Años —repuso el alfarero.

—Te faltará tiempo.

—Tal vez, y Tú. ¿Qué haces?

—¿Yo?…

Dios no contestó; se puso a trabajar con el alfarero.

Moisés Plata Becerril
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 745

Rey y reina rituales


En esta habitación vive el Rey. La Reina vive en una habitación vecina, oscura, llena de olores de resinas. El Rey sale únicamente de día, la Reina sale de noche, a la siniestra luz de la luna, y no se ven nunca. La Reina lleva un velo sobre el rostro de plata. El Rey, en la habitación vecina, la ama febrilmente.

Pero los separa un tabique, y no se ven nunca.

Ricardo Lindo
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 742

La vampira


YACARTA, Mar. 18, (AFP).- Una bella indonesia de 25 años que practicaba el vampirismo especialmente sobre sus esposos, enviudó ya cinco veces, se supo hoy aquí.

La vampiresa que vive en un pueblo al sur de Sumatra, se había casado cinco veces y todos sus maridos murieron luego de un mes de matrimonio víctimas de una “misteriosa anemia”.

Los padres de la joven y múltiple viuda consultaron al curandero local que terminó diagnosticando que la mujer estaba habitada por un “Nagasjatingaron”, especie de vampiro que chupaba la sangre de los desgraciados esposos.

Agencia France Press
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 741

Misa y vals


Tomás, el mejor amigo de Franz, había muerto muy joven. Varios años después, invitaron a Franz a una misa en su memoria. Franz no era religioso de esa manera, pero tales ritos solían dar una tregua a su rutina.

Sin embargo, por esta vez quedó al margen de la misa. El recuerdo de Tomás se negaba a hacerse presente. Franz sólo podía ver y analizar los vulgares frescos de la iglesia, las mecánicas actitudes de las beatas. Todo fue un leve ejercicio de voluntad, un deseo de exhibir su presencia en la misa por el amigo. Cuándo terminaría. Terminó.

Franz salió a la calle, remordido por su real ausencia de la ceremonia, por la renuncia de su sentimiento al recuerdo de Tomás. Por su absurda impaciencia en volver a la rutina que había abandonado durante media hora.

Iba canturreando una melodía, un viejo vals dulzón. Llegó a la esquina, subió al trolebús apagando el cigarrillo junto con los últimos compases de la pegadiza melodía. El trolebús arrancó potentemente. Franz se sintió aliviado, dichoso.

Nunca más volvió a recordar esa melodía. Nunca llegó a darse cuenta que era ella la que había extinguido sus remordimientos. El vals favorito de su amigo muerto.

César Fernández Moreno
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 739

Ángeles infernales


Los jóvenes motociclistas, injertos de las máquinas y fieras, demuestran en la práctica que ningún adelanto tecnológico será capaz de lograr la evolución final del antropoide. Los manubrios de la motocicleta le sirven de rienda en la carrera y de apoyo en sus fatigas existenciales. Dinámicos legionarios del aburrimiento citadino, se deslizan en el asfalto para exhibir sin recato el poderío de sus juventudes breves.

Carlos Valdés
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 735

Flor

Créame teniente…, fue por eso que quise estrangular al sargento.

Flor era hermosa, a pesar de los años y los ojos tristes y esa leve cojera, apenas notoria. Tenía la misma belleza tierna que cuando llegó, hace tiempo, durante ese invierno que nos trajo nieve y el cerro estaba blanco hasta los faldeos y muchos árboles del bosque se quemaron bajo el blancor traicionero.

Ella estaba siempre a mi lado. Nos sentábamos por las tardes a la sombra del sauce, charlando de cosas simples como el color del follaje y su cambio permanente, el aire que se hacía más tibio a medida que se acercaba la primavera, el vuelo ágil de los gorriones construyendo sus nidos, el canto del canario que presentía con certeza la estación de las flores. Entonces nuestros recuerdos corrían paralelos, similares, y ella parecía entender mi vida en el sur como campesino, pegado a los negros terrones, tomándoles cariño… Y después los años en el norte, en las salitreras, donde me endurecí por dentro y por fuera, para terminar aquí, un día cualquiera, jubilado de la acción; pero no de mis viejos sueños.

Flor era capaz de entender mi esperanza depositada los domingos en las patas de los caballos; cuando seguí a Rey de Bastos durante tres temporadas porque Andrés me dijo que alguna vez tenía que ganar; que el caballo prometía, estaba nuevo, recién empezando. Y yo déle jugarle y jugarle, con la ilusión más fuerte después que lo vi un día en los corrales, alto, apuesto, ágil, lleno de nervio… Pero no ganó nunca; apenas dos veces tercero. Se retacaba justo en los últimos metros. Le tomé devoción al pingo; parecía que era yo emprendiendo tanta carrera y quedándome cerca de la meta, sin llegar jamás.

A flor le gustaban los niños, y se alegraba cuando venían a verme, los miraba, sonriendo sus ojos con aprobación, y a veces les hacía cariño tiernamente; menos a Luchín, al que le tomó ojeriza desde que lo vio matar lagartijas en el patio y desprenderles las colas para que se movieran como gusanos sobre las baldosas.

Y ella no me abandonaría nunca. Lo supe luego de aquellas semanas en que pasamos hambre porque no llegaba la plata de la jubilación.
Había huelgas del correo y revoluciones no sé donde, a pesar de que el tiempo estaba tan bonito y en las noches sentíamos bajar la brisa fresquita de la cordillera, o salíamos a mirar el bosque, el cerro, las estrellas, y la luna que tanto excitaba a Flor…

Cruzó anoche el portón, pasadas las doce, pese a que le advertí lo del toque de queda, teniente… Y salí a llamarla para que entrara, pero la patrulla pasó en ese mismo momento disparando a cualquier cosa que se moviera, silencio como cinta de plata luminosa dándole en medio de la frente para dejarle un agujero en forma de estrella…

Por eso quise matarlo, teniente, porque me dijo, muy autoritario el sargento: “Bueno iñor, que tanto alega si es sólo una perra”.

Edmundo Moure Rojas
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 730