La condena

El plazo se había cumplido. Sabía muy bien cuál era su condena y tratando de evitarlo, decidió ahorcarse con su propio cordón; pero el médico intervino hábilmente a la parturienta, y el niño nació vivo.

Carlos Becerril
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 184

Ver para creer

El estuche era la obra maestra de un gran artista. En el seno pulcro, con un fondo de terciopelo negro, los diamantes bien dispuestos, algunos en figuras bellas, fulgían incitadores. En el centro, una enorme gema medio hundida, de zafiro o turquesa, contemplaba aquel tesoro y maravilla.

Tras los otros dos que en la minúscula vitrina admiraban tal prodigio, Armstrong no pudo dejar de exclamar:

—¡Quién podrá creer que esa es la tierra!

Sergio Ovidio García
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 110

Peripecia

Lo último que dijo fue: “Tu serás la culpable de lo que acontecerá; sólo puedo decirte que vas a arrepentirte…”

De pronto el cuarto empezó a temblar, la cara de Tony se distorsionó en contorsiones y muecas espantosas. Fuertes convulsiones atormentaban y sacudían su pobre humanidad. Manchas moradas empezaron a oscurecer su frente. Su voz se hizo débil, trepidó, se extinguió…

Me levanté a ajustar el televisor.

Kharis Gloria Avril
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 107

El bloqueo



Entró en la habitación. Un león estaba echado en uno de los rincones, mirándolo con ojos atentos. Giró, sin poder devolverle la mirada, sin querer correr, y trató de salir. Pero la puerta se había cerrado por fuera, no la podía abrir.

Endureció sus pasos. Caminó por un corredor lateral, sin volverse. Llegó a la otra habitación, la que tenía otra puerta hacia fuera. Una puerta de dos hojas, desvencijada, que dejaba entrar segmentos de luz. Ya estaba por abrirla, cuando la vio, algo inequívoco, penetrando entre las dos hojas: la empenachada cola de otro león. Venía del exterior, serpenteaba, golpeaba impaciente el suelo, levantaba partículas de polvo.

Sólo podía evadirse hacia la vigilia.

Despertó.

La puerta de su jaula se abría en ese momento: entraba un domador provisto de una silla y un látigo. Desesperado, tiró un zarpazo contra la otra puerta: detrás de sus rejas, el dueño del circo le apuntaba con un revolver.

César Fernández Moreno de “La vuelta de Franz Moreno”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 675

César Fernández Moreno
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 106

El número tres


La mañana, el mediodía y la noche. El principio, el medio y el fin. El padre, la madre y el hijo. Cuando es enteramente, lo es tres veces. Santo tres veces, realmente santo. Muerto tres días, realmente muerto. Tres regiones tiene el universo: cielo, tierra y agua. Tres cuerpos tienen los cielos: sol, luna y tierra. Tres veces repítese el rito y cúmplenlo tres personas. Tres años deben tener los animales que se sacrifican. Tres ayunos por año ordena la Ley, y tres oraciones por día. Tres son los hombres justos. Tres rebaños acuden al pozo. La culpa se extiende hasta la tercera generación. Tres generaciones se necesitan para vengar a los padres. Tres años sin cosecha justifican la impaciencia del labrador, y el abandono de las tierras. Tres días es tolerado el huésped. Tres veces se camina alrededor de la pira funeraria. Tres son las furias. Tres son los jueces de la muerte. Cada tres años se celebran las fiestas de Baco. Tres fueron los primeros augures. Tres, las primeras vestales. Tres, los libros de la Sibilas. Tres días toma el descenso al infierno. Tres días permanece el alma cerca del cadáver esperando su resurrección. Tres veces se repiten las palabras que protegen al viajero, inducen al sueño o calman la furia del ar. Tres veces bendijo Yavé la creación. Tres testigos nos ofrece el cielo. Tres hijas tuvo Job. Tres hijos Noé, y de ellos descendemos todos. Tres veces bendijo Balaam a Israel. Tres amigos tuvo Job, y tres Daniel. Tres emisarios del cielo visitaron a Abraham. Tres veces fue tentado Jesús. Tres veces oró en Getsemaní. Tres veces le negó Simón. Fue crucificado a la tercera hora. Había tres cruces en el Gólgota. Tres veces se reveló Jesús a sus discípulos después de la resurrección. Tres veces deseó Saulo. Padre, Hijo y Espíritu Santo. Bestia, Serpiente y Falso Profeta. Fe, esperanza y caridad. Tres lados tiene el triángulo. Uno es la raíz de todo. Dos es la negación de uno. Tres es la síntesis de uno y dos. Los contiene a ambos. Los equilibra. Anuncia la pluralidad que le sigue. Es el número completo. La corona del principio y el medio. La reunión de los tres tiempos. Presente, pasado y futuro. Todo concluye. Todo se reinicia.

Carlos Fuentes en “Terra Nostra”
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 105

Wanda

Algo había en la forma en que se lavaba los dientes, algo de violencia, de furia controlada. No era usual la manera en que la muchacha, por otra parte, vestida impecablemente, lavaba sus dientes dentro del lujoso baño del hotel. Podría pensarse en un rito, en una costumbre que iba más allá de lo cotidiano, como si quisiera borrar una historia, como si cumpliera con un deber de invocación.

El vestido blanco vaporoso, traslucía los pequeños senos; el rostro cincelado a perfección guardaba la naturalidad. Oseamente armoniosa, representaba pocos años, ¿veinte quizás?. Las manos delgadas se movían con nerviosismo, como en la búsqueda de algo, como si repentinamente temiera ser descubierta.

Ser descubierta como la intrusa que era, dentro de la sordidez diaria que la rodeaba, que la perseguía. Que venia detrás de ella desde aquella otra ciudad, a la que no regresaría más.

Como tampoco habría que volver a la miseria, a la violencia de las manos las miradas, las pequeñas monedas a cambio de unas horas, de unos cuartos de hotel, de otros hoteles. De otra manera de borrar el pasado minuto a minuto, con cada paso, con cada boleto de avión, con cada nueva ciudad. Con otras sábanas siempre inmaculadas y las mismas gastadas palabras de guardar, las mismas eternamente inmutables sonrisas, el trueno moral que se efectuaba a perpetuidad.

Había algo diferente en la forma en que se lavaba los dientes, algo que traspasaba los límites de lo normal, como si Wanda, dentro de algún ritual, intentase borrar la posibilidad la posibilidad la posibilidad la posibilidad la posibilidad…

Isabel Arvide
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 91

Ternura

(a Gogo)

Soy blanca con alma de algodón, manos pacientes cortaron pequeños trozos de tela para formar mi cuerpo, mi cara, mis manos y mis piernas; y escogieron finas hebras de estambre para mis cabellos. No sé qué modista diseñó mi traje multicolor, es un traje clásico; el traje que toda niña vistió alguna vez.

Los rasgos de mi rostro fueron trazados con delicadez. Me han creado rubia o morena, de diversos tamaños y con gran variedad de vestidos, según el ánimo y posibilidades de mis creadores. Soy conocida universalmente; he sido la compañera fiel de muchas niñas. Manitas chinas, rusas, holandesas o americanas me han acariciado. No hay niña que no me haya tenido en sus brazos o por lo menos me haya deseado. He sido el ansiado regalo de cumpleaños, Navidad o Reyes; millones de ojos me han visto tras los escaparates de las jugueterías. Vivo en el sueño de todas las niñas del mundo.

Muchas veces, las mismas manos que tanto me acariciaron me han arrojado a un bote de basura, o me abandonaron entre los objetos antiguos e inservibles que se guardan en los desvanes; ahí los ratoncitos y demás alimañas han sido mi compañía.

En mí se ha reflejado el tierno sentimiento infantil de amor maternal. Mi cuerpo blando está esta amoldado a la forma cariñosa de las manos infantiles. Conmigo se han quedado, entre mi algodón blanco, los sueños de la infancia.

Morena o rubia, grande o pequeña, de cara triste o sonriente; vestida de seda o manta, soy la misma de siempre… soy la ilusión infantil. Soy “Ternura”, la muñeca de trapo con alma de algodón… y vibro de felicidad cada vez que me estrechan brazos infantiles.

Salvador Herrera García
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 89

Epílogo


Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de línea traza la imagen de su cara.

Jorge Luis Borges
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 86

Jorge Luis Borges
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 374

Naturaleza


La vida y su suplicio es absorbida en la insensibilidad de la Naturaleza, en su silencio perpetuo, en su fuerza fatal y ciega. Y la materia va por los aires, por las planicies, se sutiliza en las sombras, se vivifica en los rayos claros; es roca, selva, torrente, fluido, vapor, ruido, movimiento, estremecimiento confuso del cuerpo de Cibeles; y la materia siente la vida universal, la palpitación del átomo debajo de la forma, se siente bañada por las claridades suaves y por el olor de los henos, siéntese impelida hacia la luz magnética de los astros y dilacerada en los ásperos movimientos de la tierra. La materia tiene la augusta conciencia de su vitalidad. Y así, bajo su impasibilidad, hay una angustia inmensa, una vida ardiente, impetuosa, un alma terrible, ¡oh, formidable Naturaleza!…

Eca de Queiroz
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 85

El prisionero

Lo habían trasladado desde Rancagua hasta esa ciudad sureña. Él pensaba que allí, tal vez, podría tener esperanzas de escapar a la sentencia por alguna influencia de su hermano, también militar. Pero el Comandante de esa Plaza era tanto o más cruel que el de Rancagua. Este convencimiento lo tenía deprimido y sin fuerzas.

En el patio, él y los otros presos, seguían el sol, lentamente, como unos girasoles pálidos, apenas vivos. Había empezado hacía poco la primavera pero el tiempo seguía frío y aún permanecían las huellas del largo invierno austral. Los primeros daban una sensación de orfandad aterradora, como si estuvieran envueltos en algo más fuerte o gélido que el clima.

Al día siguiente, a poco más de las cuatro de la madrugada, después de la ejecución, dos soldados conversan en voz baja, muy cerca del muro donde yacen dos cuerpos tendidos.

—No se porqué siempre madrugamos para un fusilamiento dice uno.

—Es verdad —responde el otro, casi una sombra— pero como aún no es noche no les vemos las caras. Apenas parecen los monos para el simulacro de tiro. Por esto me parece mejor madrugar.

—Pero no entiendo por qué ya no usamos el rifle de ordenanza en el fusilamiento. Ahora tiramos con las metralletas.

—Es que ya no fusilamos. Al usar la metralleta aplicamos la ley fuga.

—Uno de los fugados tenía un puño de tierra apretada en su mano —agrega el primero.

—Ese era campesino.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Estoy muy seguro —dice el de la sombra—. Era mi hermano.

Daniel Riquelme
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 79

El hilo negro o: ¿quién teme a sí mismo?

A pesar de los espectros cotidianos, o tal vez gracias a ellos, era feliz. O por lo menos se lo sentía. Pero un día empezó a dudar. Una vez a la semana se reunía con sus vecinas a tomar café y a charlar un poco de todo. Juanita practicaba yoga, es maravilloso, te libera de tus tensiones. Mary trabajaba como decoradora, sabes, la independencia económica te da mucha seguridad, te pone en un plano de igualdad con tu marido. Betty era arqueóloga, el estudio te enriquece, te abre caminos, te ayuda a encontrarte. Chela era mujer de hogar, tejía y cosía toda clase de prendas para su marido e hijos, ahorra uno tanto y además se entretiene mucho. Beba se dedicaba a las obras benéficas, es uno tan egoísta, un cachito de tu tiempo que le dediques a esa pobre gente. Teresita aprovechaba las clases que dan en el Seguro Social y estudiaba primeros auxilios (nunca sabe uno cuándo se le puede ofrecer) y cómo hacer flores de migajón (se ven tan lindas y son tan caras) y ella sonreía amistosamente anonadada ante tanta actividad, seguía fumando y esparcía comentarios amables e intrascendentes a su alrededor. Esa noche no le quedó otra que iniciar un diálogo con ella misma: “Y tu te sientes muy salsa, ¿verdad? Pero en resumidas cuentas ¿Qué haces? Nada. Nada creativo. Te la pasas recogiendo cosas, comprando cosas, poniendo cosas en orden. No estudias, no ganas dinero, no sabes coser, tejer, hacer pasteles, no haces gimnasia (que buena falta te hace), eres, aunque no te guste reconocerlo, un parásito, qué Womens’ Lib ni que ocho cuartos”. Se respondió a sí misma con un profundo y elocuente silencio. Realista, trató de hacer planes para dedicarse a algo productivo pero todos los caminos la llevaban al mismo punto: no sabía hacer nada, nada le interesaba en concreto, no podía desempeñar ningún trabajo que compensara en pesos y centavos dejar su casa y su hijo en manos mercenarias. Buscó entonces una explicación a su situación particular. Hurgó con manos despiadadas entre sus recuerdos de la infancia y adolescencia; retadora, evocó la educación y costumbres que sus padres le inculcaron, las angustias y sueños de su juventud; pensó en su marido y en los ideales burgueses que regían su vida actual. Amontonó traumas, frustraciones y complejos, los puso en orden, lo catalogó, todo en vano. El culpable no aparecía. Y entonces la luz se hizo en su interior. Se sonrió ante el espejo, tranquila y reconciliada con ella misma al descubrir la verdad, su verdad: “nací para vaga, de plano lo admito, lo asumo conscientemente y trascendió así mi destino”.
Y siguió siendo feliz.

Ana F. Aguilar
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 83

Cada noche


Cuando me desnudo para acostarme, con los calcetines salen algunas uñas.

La barba y la peluca se van tras el sombrero. Al sacarme los guantes quedan dentro las manos. Mis ojos caen al suelo, mis brazos se desprenden, mis dientes se mueven. Por la nariz asoma mi intestino, avanza y se arrastra por la alfombra como un reptil.

A. F. Molina
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 69

El dorso de la mano


Capítulo uno. Aquella mujer se resistía al amor, pero su único problema, Franz lo sabía, era expresarlo. Él debía conseguir esa expresión sin que Ella se diera cuenta, como si fuera un hecho casual.

Una tarde, en el cine. Ella estaba sentada a la derecha de Franz. Él pasó el brazo por sobre el respaldo de su asiento y le rozó muy suavemente la mejilla con el dorso de la mano. Ella, como sin darse cuenta, inclinó la cara hacia esa mano. ¡Le había devuelto la inusitada caricia!

Franz tuvo la sensación de haber obtenido una gran victoria. Se casó con esa mujer.

Capítulo dos. Años después, Tomás encontró, a su vez, una mujer que se resistía al amor. Pero su único problema, Tomás lo sabía, era expresarlo. Y Tomás necesitaba obtener para sí esa expresión.

Una noche, volviendo del teatro. Ella viajaba en la parte delantera del automóvil y él detrás, ambos del lado derecho. Tomás pasó el brazo hacia delante, contra la ventanilla, y le rozó muy suavemente la mejilla con el dorso de la mano. Ella, como sin darse cuenta, inclinó la cara hacia esa mano. ¡Le había devuelto la insinuada caricia!

Tomás tuvo la sensación de haber obtenido una gran victoria. Pero no pudo casarse con esa mujer. Quien conducía el automóvil era precisamente su marido Franz.

César Fernández Moreno
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 61

Burgués

…Aquel hombre había logrado convencerme: el único medio de terminar con la burguesía es la vía armada. Así que hube tomado el revólver, comencé a buscar a un burgués con el cual hacer un ensayo de exterminio.

…Cuando le apunté me temblaron las manos. Un sudor helado me recorrió la frente casi con tanta lentitud como el paso de aquellos segundos tan largos, que luego la gente había de decir: “si fue cosa de un segundo”, mientras me quitaban el revólver de la mano inerte, misma con la que había escrito “no se culpe a nadie de mi muerte”.

Ariel Lemarroy
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 57

En forma de V


En el zoológico creí ver una pareja de jirafas.

Sólo después de observar durante bastante tiempo advierto lo evidente; que es una jirafa de dos cabezas.

Mientras miro a este animal, raro por su cuello en forma de V, los demás espectadores no hacen ningún comentario ni parecen extrañarse de esta rareza.

Yo me cuido muy bien de no llamar la atención sobre ello.

A. F. Molina
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 54

A la caza del león

El espejo reflejaba el bien delineado y cuidado rostro. Las rayas y sombras delicadamente marcadas enlutaban los ojos haciéndolos ver más grandes. Voluptuosamente, semejando una intensa cópula, los labios se juntaban tratando de fijar el rojo brillante del lápiz labial. La diaria obra de arte había llegado a su fin y la coraza pictórica estaba de nuevo lista, para la constante competencia en la jungla exterior.

Con un rápido y rítmico taconeo, nerviosamente se dirigió a la puerta, a la vez que las sospechas jugaban en su cabeza con el corazón.

—Ahora es mío… ¿Me amará?… Creo que estoy bien… El perfume; espero que este conjunto le guste… Parece tonto… Espero que no se tan impulsivo como los demás…

La delicada mano había alcanzado la perilla de la puerta. sin embargo, un repentino pensamiento la hizo retroceder…

—¡Caray! ¡Qué olvido!… Debo tener más cuidado, si no, también lo perderé… ¿Dónde habré dejado los senos?

Luis Quijano Rivera
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 51

Libertad bajo palabra

Era una pintura muy interesante. De la escuela figurativa. Un doloroso realismo llameaba en el conjunto y ya en detalle cada pincelada era como una luminosa vibración de la sensibilidad del artista. Toda la imprevista constelación de colores y sombras, la aspereza y tersura de la perspectiva, el ritmo de los volúmenes sobre la diáfana desnudez del espacio se conjugaban en la figura de un hombre. Un ser humano en un instante único y múltiple de su vida donde se resumían todos los minutos, horas, días y años ya vividos y donde lo acechaban insaciables esos mismos fragmentos de tiempo que aún tenía por vivir. Un perpetuo movimiento plasmaba en la tela de diaria rutina de los actos y deseos de este hombre, el nebuloso perfil de sus añoranzas o presentimientos, su gloriosa soledad, sus temores, su orgullo y desamparo. Todo esto y más y menos se delineaba y esfumaba dentro de los límites del marco. Allí estaba cuando reía y jugaba con su hijo y bebía vino con sus amigos y hacía el amor con su mujer, sus insomnios, la campana del despertador todas las mañanas, la piedra de Sísifo de su diario trabajo. Un día este hombre supo, tal vez nada más lo presintió, que no era únicamente una pintura. Y entonces se salió del marco y caminó, seguro y confiado, por la desierta galería que se abría ante él. No pensaba o anhelaba nada en concreto, sólo sabía que era libre y que iba al encuentro de la luz callada y distante de las estrellas, de bosques y bosques de pinos, de lagos como sus sueños de adolescente pero de pronto se encontró manejando, de regreso a su casa, a las seis de la tarde, por el carril de en medio del Periférico, haciendo cálculos mentales de lo que tenía que pagar y de lo que le quedaba en el banco y deseando ardientemente llagar a su hogar dulce hogar a ver el partido de football en la T.V. Esperanzado se sonrió a solas y aceleró la marcha hasta plasmarse nuevamente en la ávida superficie de la tela.

Ana F. Aguilar
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 44