Anti-utopía

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La utopía, la absoluta Anti-utiopía, sería para Münster la cárcel perfecta, situada en una isla, con guardianes eternos y en la cual se aplicarían eternas penas de reclusión, los días serían absolutamente iguales, los presidiarios repetirían los mismos actos todos los días, la comida sería siempre la misma, la evasión estaría excluida de toda posibilidad, y no habría tampoco lugar a la liberación por la muerte. Al mismo tiempo guardianes y convictos estarían esperando siempre un hecho que se escapara de la medrosa rutina, y esta espera se convertiría en parte esencial del rito. De allí surgirían para Münster la idea de la libertad, y el impulso del progreso.

Pedro Gómez Valderrama
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 571

Anuncios

Se reciben pupilas

Con sorpresa, que se convirtió en satisfacción, vi el anuncio. Decidí entregar las mías, gastadas ya. ¿Me darían, allí mismo, el repuesto?
Lo supe pronto. Salí con una sola pupila, de veinte luminosos años, en condiciones magníficas.

No he notado la falta de la otra. A la pupila que hoy tengo, no le importa que sea tuerto…

Carlo Antonio Castro
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 569

Dina, Holda, Herodiaze


Al concilio celebrado en Ancyra el año 314 se atribuyó así un canon que traducido, dice de esta suerte: “Hay que añadir, además, que ciertas mujeres criminales, convertidas a Satán, seducidas por la ilusiones y fantasmas del demonio, creen y profesan, que durante las noches, con Diana, diosa de los paganos (o con Herodiade) e innumerable multitud de mujeres, cabalgan sobre ciertas bestias y atraviesan los espacios en la calma nocturna, obedeciendo a sus órdenes como a las de una dueña absoluta.

Recogido por José Luis Martínez en “La Luna”
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 205

Parto con dolor

—Doctor —dijo el enfermo—, ¿podré tomarme unos tragos?

—Mire —dijo el médico, llenando de humo la habitación—, hay casos en que la sulfametoxipiridazina, como toda sulfa, produce con el alcohol cierta cristalización. Claro que también hay casos en que no ocurre nada.

El enfermo reclinándose evidentemente molesto, ahuyentó el humo con una revista y prosiguió su embestida.

—Oiga, doctor, ¿y qué pasa con esto de las cristalizaciones?

—Bueno, lo que ocurre es que se forman unos cálculos.

—¿Unos cálculos?

—¿Sí, cálculos, unas piedrecillas que se expulsan por ahí y, créame, con más dolor que si estuviera pariendo un ropero de tres cuerpos.
Por la tarde lo visitaron sus amigos y la señora del enfermo sirvió galletitas saladas y aguardiente de Chillán.

—¿No te tientas con un traguito? —le dijo a su esposo levantando la botella.

El enfermo había reflexionado bastante y su conclusión era ésta: hay una sola manera de saber si uno es de aquellas personas en quienes el alcohol cristaliza con la sulfametoxipiridazina, una sola.

—Bueno, vieja, sírveme un poco. Total…

Por la noche el enfermo tuvo los primeros síntomas. Decayó. Una semana después comenzaron las contracciones muchísimo antes de los nueve meses reglamentarios, entre fiebres y alaridos, comenzó a nacer un hermoso y sano ropero.

Cuando ya había visto la luz el segundo cuerpo, llegaron los vecinos y los curiosos. Si bien el ropero vivió, el enfermo, no dando abasto su organismo, hubo de quedarse —para tristeza de todos— en el parto.

Poli Delano
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 171

El personaje

No recordaba exactamente cuando, sólo que desde siempre se había sentido incómodo, inadaptado.

Adivinaba en el rostro de todas las personas que se cruzaban en su camino un mudo reproche.

Inútilmente había buscado un lugar en el que pudiera encajar. Se había casado y procreado hijos. Sin embargo, se sentía al lado de su familia como un perfecto desconocido.

Trató de conseguirse una amante, ya no para convencer a los demás de su existencia, sino para convencerse a sí mismo, pero todas las mujeres lo miraban como a un personaje de otra época.

Quiso, desesperado, introducirse a un espejo, imaginando ser el reflejo de algún personaje real, y lo único que consiguió fue un golpe en la nariz.

Hasta que en el colmo de la desesperación, el personaje saltó del libro y echándome en cara mi mediocridad, se perdió en la noche en busca de otro escritor.

Lucio Grullo
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 199

Historias Universales


En un cosmos inconcebiblemente complejo, cada vez que una creatura se encuentra ante diversas alternativas, no escoge una, sino todas, creando, de ese modo, muchas historias universales. Y ya que en este cosmos existen muchas creaturas, y cada una de ellas está continuamente ante muchas alternativas, las combinaciones de tales procesos son innumerables y a cada instante esos universos se ramifican infinitamente en otros universos y éstos, a su vez, en otros, sucesivamente.

Olaf Stapledon en “Ficcao”
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 195

Angustia con verbos

Duerme.

Despierta, suspira, bosteza, orina, defeca, enjabona, cepilla, enjuagua, desayuna.

Sale, camina, espera, trepa, viaja, baja, corre, entra, trabaja.

Mira, pregunta, lee, estudia, habla, discute.

Paga, firma, debe.

Piensa, suspira, deja, regresa.

Besa, saluda, habla, juega, interroga.

Come, bebe, fornica, suda.

Entresueña, duda… ¿Huye?

Rodolfo U. Carcaballo
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 188

Peregrino

Yo caminé día tras día por la Calzada de los Cuervos.
Desde el mismo fondo de la noche me asaltaban las dudas y me abrazaban las palabras, pero no me detuve ni un instante. Seguí hollando el camino con mi pie descalzo, aunque sabía que más allá de su final me esperaban ansiosas otras noches de angustias.

Crucé vados y selvas; escribí sobre mis manos, con tinta de lágrimas y sangre, mil nombres que estuvieron alguna vez junto a mis horas, pero se me borraban con el llanto. Yo quise saber más, mucho más… Siempre más de la nostalgia. Por eso anduve toda la noche y caminé sin cesar hasta el absurdo, pero esas horas tediosas y rendidas navajaban mi rostro; ¡esas malditas horas que yo he querido siempre penetrar y vencer!

…No logro detenerme. No puedo detenerme. La cadena es interminablemente larga y difícil. Alguien ha dicho con acierto (no sé si filósofo o sibila), que su eslabón postrero está muy lejos, quizás un tanto más allá del infinito. Pero yo no hago caso. Persevero en mi empeño inútil de vencer a las horas. De seguir buscando en este gran peregrinar, cada minuto, por toda la interminable noche de este sueño.

Eugenio Zamora Martín
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 183

El usurero


Un loco entró a la casa de un avaro; éste contaba sus monedas y las acumulaba y las acumulaba en pilas.

—Mi buen señor —dijo el loco— vengo a empeñarle un sueño.

—¿Un qué? —dijo el avaro, guardando sus pilas de monedas en forma apresurada.

—¡Un sueño! —repitió el loco.

—¡Sal de aquí! Tu debes estar loco —respondió el avaro.

El loco salió tranquilamente, pero retornó en seguida.

—¿Y ahora qué quieres? —preguntó el avaro, mientras contaba sus monedas.

—¿Cuánto me das por mi sueño?

—¿Otra vez? —gritó el avaro, volviendo a guardar sus monedas.

El loco volvió a salir, y de nuevo regresó.

—¡Señor! Mi sueño le interesa…

—¿Me interesa? ¡Vaya! ¿Por qué?

—En mi sueño vi donde guardaba usted su dinero, y también la forma de robarlo. Además, en mi sueño, descubrí el lugar seguro donde podrá esconderlo sin peligro.

—Bueno, acepto, tu sueño, ¿Cuánto quieres?, ¡Pide!

—Pero… ya no lo empeño —repuso el loco socarronamente…

—¡Te lo compro! —dijo con desesperación.

—Tampoco lo vendo —concluyó con una sonrisa de malicia.

Al día siguiente; volvió a la casa del avaro.

—¿No sabe usted? —le explicaron—. Anoche enloqueció.

Moisés Plata Becerril
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 179

Moisés Plata Becerril
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 372

Del ascensor a la puerta

Nada me aprovecha más que abrir ceremoniosamente la puerta del ascensor a un rengo. Eso dignifica. Qué gusto verlo descender y ascender mientras camina combando la pierna. Si el rengo es de la pierna izquierda. Dios no lo permita, soy un puro estropajo de alegría. Porque entonces me coloco a su izquierda y respetuoso de los defectos ajenos le cedo el paso con una sonrisa de epopeya.

El pícaro sonríe, pero agacha la cabeza como si le avergonzara salir primero y acelera su comba hacia la salida. Esto ya, decididamente, no lo puedo permitir y casi a la carrera llego a la puerta de salida. A esta altura al rengo le he sacado tres o cuatro metros de ventaja y ostentosamente abro la puerta y ostentosamente la dejo abierta y el rengo (un poema, un compás no haría mejor esa comba) acelera y acelera hasta creer alcanzar esa puerta que yo sostengo, que voy a soltar no bien el rengo confiado me lo quiera agradecer con su tempestuosa sonrisa de rengo. Y rengo, pierna combada, sonrisa, renguera, todo resulta atropellado por la puerta soltada, acelera como corresponde.

Los miércoles repito esa operación a la inversa (puerta de entrada ascensor).

Ramón Plaza
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 171

¿Qué buscaba?

Fuera de ella no hacía otra cosa que pensar comer y ver, tomar el sol. Dentro de ella una sensación de animal rebelde, que a veces dormía quieto, por meses, por años. ¿Qué buscaba? El sol, lo sentía dentro y giraba y por todas partes pedacitos de su piel. ¡No! nunca llegó a esa parte donde sabía que no había regreso.

Antonia Mora
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 175

Lázaro


Elevándose por encima del viento, su voz dijo, tres veces, las necesarias palabras: Lázaro, sal.

Alzado del túmulo, cubierto aún por el sudario y ligadas las manos con el cordón de los muertos, sumiso y ciego, salí a la noche de Betania. Su voz, ahora dulcísima agregó: desatadle y dejadle ir.

Rescatado de la sombra silenciosa, el aire de la noche parecíame embriagador; no sabía yo qué había pasado por mí y conmigo, pero todo mi cuerpo, agradecido y espléndido, como recién vuelto del amor, latía a la vida.

Esa noche mi hermana lo ungió de nardo, no hubo noche más feliz para mí. Pero ha pasado tanto tiempo. ¡Jesús, príncipe del día! ¿Por qué me abandonaste en esta tierra hostil, que no me deja cambiar, ni envejecer, que no me deja morir?, y me pregunto, preguntándote, por qué y para qué yo, Lázaro, fui el elegido y el olvidado.

María Esther Vázquez
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 150

El último juego


Ahí estaba esperando el momento de tomar la decisión. Esta vez todo estaba preparado. Iba a contemplar por fin, el último momento antes del gran viaje. Por mucho tiempo se había preguntado cómo serían los instantes entre dos mundos, entre dos realidades distintas. El espejo que minutos después serviría para contemplar su obra, se encontraba colocado frente a la chimenea. Tenía la seguridad de que un suicidio bien ejecutado podía ser una obra de arte. Se vio por última vez. Su rostro había envejecido durante los últimos días. Apenas pudo pasar la saliva que resbaló despacio por la garganta. El día estaba nublado. Este era el final de todos los juegos. Tomó la pistola y la llevó hasta la boca. Miró el cañón y lo introdujo hasta cerca de la garganta. Mano firme, el dedo empezó a apretar despacio. Se volvió a ver el espejo; para su sorpresa, no reflejaba nada. Quiso detenerse, pero el dedo ya había apretado el gatillo.

José Enrique Patlán
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 161

Vedettes

La luz de las lámparas bañaba aquellos cuerpos casi desnudos, maniquíes sudorosos cuyas piernas bailaban rítmicamente al compás de aquel interminable y ensordecedor murmullo.

Detrás de sus miradas decididas, se podía adivinar fácilmente sus pensamientos.

—Tendré dinero, fama, gloria… Es necesario que triunfe.

De pronto vino la oscuridad… El silencio absoluto… La cara de la marioneta desplomada estaba distorsionada, su actuación había acabado y casi imperceptiblemente alcanzaba a escuchar la voz del tercer protagonista en aquel escenario:

—Seis… siete… ocho… nueve… ¿Fuera!

La obra brutal terminó en el primer round.

Luis Quijano Rivera
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 147

Una moneda


Un hombre tenía entre sus manos una moneda; la miraba atento, mientras rodaba en el malabarismo que le imprimía con sus dedos.

Me atreví a preguntarle: ¿Qué tiene su moneda?

—Esta moneda encierra mi futuro —y me la mostró.

La moneda era rara, en una de sus caras tenía el símbolo de la ilusión; en la otra el signo de la prosperidad.

—¿Por qué guarda su porvenir? — inquirí de nuevo.

—Porque soy indeciso, la lanzaré al aire y ella me lo dirá.

Frotándose las manos con entusiasmo, lanzó la moneda con tal fuerza, que la vimos subir, subir… despidiendo destellos de luz.

La cara del hombre se fue descomponiendo…

La moneda nunca bajó.

Moisés Plata Becerril
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 143

El truco

Se me apareció un prestidigitador y me dijo: si me das quinientos pesos te puedo enseñar un truco con el que asombrarás a tus amigos.

Aunque yo le debía confianza, por el hecho de haber surgido ante mí de la nada, el precio me pareció excesivo y así se lo hice notar. Sin embargo, no quise dejarlo ir sin conocer cuál era el truco. Más que nada para saber con qué podrían asombrarse mis amigos.

“Este”, me dijo, haciendo crujir en sus ágiles dedos un billete de quinientos pesos.

José Antonio Bernal
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 132

Der traum ein leben


El diálogo ocurrió en Adrogué. Mi sobrino Miguel, que tendría cinco o seis años, estaba sentado en el suelo, jugando con la gata. Como todas las mañanas, le pregunté:

—¿Qué soñaste anoche?

Me contestó.

—Soñé que me había perdido en un bosque y que al fin encontré una casita de madera. Se abrió la puerta y saliste vos.— Con súbita curiosidad me preguntó : —Decime ¿qué estabas haciendo en esa casita?

Francisco Acevedo en: Memorias de un bibliotecario (1955)
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 130

Como quien dice


—Como quien dice, estoy jodido…

Se levantó lenta y perezosamente de la cama; sus ojos sintieron que toda la luz del sol penetraba por ellos. El agua fría del baño mojó su rostro amodorrado por el sueño.

—Como quien dice, estoy jodido…

El proceso para vestirse, tan rutinario como respirar, se vio afirmado por la búsqueda, un tanto desesperada, de un calcetín negro con rayas blancas verticales de arribabajo o abajoarriba.

—Como quien dice, estoy jodido…

El desayuno lo tomó como siempre, rápido y a medias. El huevo duro quedó tirado sobre la mesa adornada con un mantel rojo desteñido, formando, junto con la leche achocolatada, la imagen perfecta para una pintura. Luego, cuando sacó la cabeza para salir a la calle, pensó: como quien dice, estoy jodido…

Y era cierto, acababa de despertar y se había dado cuenta que estaba vivo.

Francisco Bertrand
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 129