De los daños que provoca el alcohol

Como ocurre con muchos, empezó a beber para olvidar, hasta terminar olvidando por qué bebía tanto. Y como ocurre con algunos (felizmente con pocos) al cabo de un tiempo empezó a ver visiones, visiones que aceptó al principio como una diversión pero que después se transformaron en una pesadilla: eran pequeños seres juguetones que bailaban por horas frente a sus ojos. Hasta que un día, desesperado más allá de la sed, salió corriendo de su cuarto para someterse a la tortura benigna del hospital que le quitaría el vicio.

Cuando regresó a su cuarto, disgustado por los días de encierro pero feliz de sentirse otra vez libre, vio la botella a medio consumir y, en un gesto de repulsión, la estrelló contra la pared.

Entonces los pequeños seres saltaron agresivos buscando su garganta, sedientos de su sed.

Juan Armando Epple
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 106

Juan Armando Epple
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 217

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Derogada

Cuando la señora tomó la mano de su pequeña hija para que palpara su abultado vientre y le dijo “Aquí está guardao tu hermanito”, comprendí que mi función estaba liquidada, que el mito de mi personalidad había sido destruido. Recordé con nostalgia la reproducción de mi figura en los monogramas de biberones y pañales, sentí pena de estar aún dentro de las calcomanías que adornaban los respaldos de las cunas y derramé una lágrima por la cancelación de mis vuelos a París. Con la derrota desde el pico hasta las patas, emprendí el vuelo al África para integrarme como un elemento más de la fauna, tristemente convencida de haber perdido aquella categoría de símbolo sostenida durante tanto tiempo por mis nobles antepasados.

Guillermo Melendez
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 104

Sobre el sueño y el insomnio

Un grito entra por la ventana. Si lo dejo salir, volverá a molestarme. Rápidamente bajo las persianas y me entiendo con él. Le propongo sonar libremente en los horarios que prevé el reglamento. Él es frugal. Yo soy generosa. Sin embargo, la convivencia nos resulta imposible. A la larga, dormir toda la noche con un grito reprimido suele traer dolores de cabeza.

Con un sacacorchos, con un zapapico, lo repulgo, lo atosigo, lo fibrilo, lo desnuco, lo sancocho, lo desollo, lo abocino, lo percuto. Con un sacacorchos, con un zapapico. Veo el placer en mi propia cara, sin espejos: prueba de que es solamente un sueño. Sin embargo, cada vez que me despierto, tengo que lavar de sangre la funda de la almohada con agua fría, con agua caliente, con un sacacorchos, con un zapapico.

Si un inglés que conozco pero no reconozco azuza sus abedules contra mí, y enarbolando un gimnoto palpitante intenta amonestarme, no me amilano. En pocas palabras lo mando al infierno en su lengua de origen. Una persona culta como yo es capaz de soñar en tres idiomas.

Un baño de inmersión caliente antes de acostarse, es lo mejor para dormir tranquila, me aconseja mamá. Cómo se ve que no conoce a la loca de mi bañadera.
A veces me despierto de visiones horribles, agitada, angustiada, llorando. Para calmarme le pido a mi marido que me deje apoyar la cabeza en su cuerpo y me abrace bien fuerte con todos sus tentáculos.

Ana María Shúa
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 101

Patio de tarde


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A Toby le gusta ver pasar a la muchacha rubia por el patio. Levanta la cabeza y remueve un poco la cola, pero después se queda muy quieto, siguiendo con los ojos la fina sombra que a su vez va siguiendo a la muchacha por las baldosas del patio. En la habitación hace fresco, y Toby detesta el sol de la siesta; ni siquiera gusta que la gente ande levantada a esa hora, y la única excepción es la muchacha rubia.

Para Toby la muchacha rubia puede hacer lo que se le antoje. Remueve otra vez la cola, satisfecho de haberla visto, y suspira. Es simplemente feliz, la muchacha ha pasado por el patio, él la ha visto un instante, ha seguido con sus grandes ojos avellana la sombra de las baldosas.

Tal vez la muchacha rubia vuelva a pasar. Toby suspira de nuevo, sacude un momento la cabeza como para espantar una mosca, mete el pincel en el tarro y sigue aplicando la cola a la madera terciada.

Julio Cortázar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 506

Julio Cortázar
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 368

Julio Cortazar
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 96

Santa

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La santa que habitaba dentro de una columna dórica, se desfiguró la cara, se sacó los ojos, se cortó la lengua, se amputó los miembros: los muñones de sus brazos y piernas tenían algo hermoso de estatuas mutiladas, un halo mosquil los aureolaba. Y así entró al martirologio perlada de pus y de gusanos. Cuando creía haber ganado, definitivamente, la batalla a las tentaciones del demonio éste, en forma de enfiladas hormigas, tomó posesión plena de esa llaga que, inerme, no puso ninguna resistencia.

Tomás Espinosa
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 95

Penumbras

La semiobscuridad de una sala de cine. Momentos antes de finalizar la película de aventuras, el ocupante de un asiento se incorpora y vuelve a la fila de atrás un rostro barbado, el brillo de unos lentes, una porción de cabello negro y una mano que arroja en la falda de Clara una tarjeta; después se aleja apresuradamente. Al regresar la luz, Clara se entera de lo escrito en la tarjeta: “Eres muy atractiva, conocerte será amarte; llámame cualquier tarde, de cuatro a siete”. El nombre de Luis y un número de teléfono.

Cada sombra, cada zaguán remetido y a oscuras le producen a Clara leves sobresaltos en el camino a su casa; de vez en cuanto sonríe; piensa que no podrá atreverse a llamarlo, siente un ligero pesar. Termina el recorrido sin incidentes. Entra a la casa, su mamá está preparando la cena. De pronto suena el timbre de la puerta. Atareada, la mamá ve el reloj y exclama: “Las ocho en punto; ve a abrir, Clara… Por cierto que se me olvidó decirte que…”.

En la penumbra de la entrada: un rostro barbado, el brillo de unos lentes, una porción de cabello negro y una voz: “Soy Andrés, el nuevo huésped”.

Ella saca la cara a la luz de la calle. “número equivocado”, dice y en forma terminante cierra la puerta.

“¿Quién era, Clara?”. “Un hombre llamado Luis”. “¿Cómo dijiste?”. “ya se fue, mamá buscaba otra casa”.

Patricia Gómez Palacio
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 87

El amor y la muerte

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Una noche paseaba las calles con mi amada cuando, al pasar ante una casa de lúgubre aspecto, abrióse repentinamente la puerta y un Amorcillo dio un paso fuera de las sombras. Mas no era un amorcillo común —frágil, delicado y artístico—, sino un hombrazo pesado y fornido, con todo el cuerpo cubierto de pelos, que más parecía un guerrero bárbaro apuntándome con un rústico arco. Me disparó una flecha que me alcanzó en el pecho. Retiró después la pierna y cerró tras de sí la puerta de aquella casa semejante a un castillo hosco y sombrío. Yo caí, pero mi amada continuó su paseo. Pienso que no advirtió mi caída, pues, de lo contrario, se hubiera detenido, se hubiera inclinado sobre mi cuerpo y habría tratado de socorrerme. Más como siguió, sin detenerse, comprendí que no se había dado cuenta de mi caída. Mi sangre corrió tras ella, durante un rato, como un arroyuelo, hasta que se detuvo cuando ya no pudo alcanzarla.

Paar Lagerkvist
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 753

Pär Legerkvist
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 85

Proposiciones para un cuento de terror

La mujer de luto recibe las sentidas condolencias, dejando que las lágrimas le descompongan el sobrio maquillaje de circunstancias, y permanece en su silla hasta que todos abandonan la sala, dejándola vacía. Entonces se levanta, seca sus lágrimas, se pinta con cuidado los labios y antes de irse se inclina sobre el féretro por última vez. Una mano le acaricia la nuca, en un gesto comprensivo.

Juan Armando Epple
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 763

Juan Armando Epple
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 82

Las ciudades y la memoria

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Al hombre que cabalga largamente por tierras selváticas le acomete el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracoles marinos, donde se fabrican según las reglas del arte largavistas y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres encuentra siempre una tercera, donde las riñas de gallos degeneran en peleas sangrientas entre los apostadores. Pensaba en todas estas cosas cuando deseaba una ciudad. Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora llega a avanzada edad. En la plaza está la pequeña pared de los viejos que miran pasar la juventud; el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos son ya recuerdos.

Italo Calvino
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 73

Testamento

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En la Isla de Krios, próxima al rincón negro del Egeo, habita un monstruo tan amargo, que no pudo ser narrado en la mitología.
Ahí pierden el azul las aguas circundantes mientras en olas mortecinas se acercan a las playas, oscilaciones de arena interrumpidas por el capricho de farallones que perdieron su huella convertida hoy en lagunas.
De cuando en cuando alguna ráfaga de viento es tragada a su paso en una bocanada inmensa para no regresar nunca y se confunde, se enreda en los vapores, en el amizcle del monstruo, sopor y niebla que atrae viajeros para asfixiarlos en la hoquedad que los llevó a la aventura, en las estrellas que dejan su testimonio en halos de negrura, en el silencio empolvado de la vorágine del sueño.
El nombre del monstruo es El Bostezo.

Eduardo Monteverde
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 72

Espejo

Frecuento el espejo de la casa por las tardes. La mujer que allí encuentro es mi única amistad desde que Felipe, mi marido, me prohibió salir a la calle o platicar con los vecinos por la ventana —¡esos celos suyos!—. Me preparo para la cita como para una cita amorosa. Me lavo, me peino, me maquillo —a tientas, porque no me atrevería a acercarme al espejo con la facha que llevo mientras hago el trabajo doméstico—, y me pongo un vestido recién planchado. Ella es muda —pobrecilla— y tal vez tonta —lo adivino en sus reacciones crédulas cuando le miento, contándole las emociones del día—. A las siete llega Felipe y nos interrumpe. Él también es algo tonto porque cree que me he arreglado para complacerlo. Dice que siempre soñó tener una mujer que vive como yo, sólo para darle gusto. Preparo la cena de mal humor. Antes de desvestirme voy a espejo a darle a ella su beso de buenas noches. La pobre está siempre ahí esperándome, con su cara de desamparo. Por lo menos yo la tengo a ella; si la encierro en el espejo es para protegerla de hombres como Felipe. ¡Sabré yo que egoístas pueden ser algunas personas!

Sabina Berman
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 69

Herebeus: descubridor de América

Herebeus llegó a las costas de la nueva tierra, a los cuarenta meses de su partida en playas mediterráneas. Con la mirada alucinante, vieja, y el corazón martilleante del descubridor anónimo. Tal parecía que había transcurrido toda una vida en la destartalada embarcación, con la quilla transformada en un herbario de algas y medusas, denotando un abandono siniestro. Al décimo mes de viaje ya había consumido las dos terceras partes de los comestibles, y tuvo que dedicarse a la pesca, que por esos mares resultaba entretenimiento gratuito.

Arnaub, el compañero de viaje, menos ducho en el arte de no comer, tuvo la ocurrencia de morirse una mañana. Herebeus, sin embargo, fiel a su labor, escudriñaba el horizonte con la esperanza de detectar esa tierra ambicionada en sus orgías oníricas. Así estuvo por espacio de varios días hasta que la peste del cuerpo putrefacto fue imposible. Se lo comió lentamente, gustando el sabor salobre, sin dejar de mirar hacia el occidente.

Herebeus pisó la arena dorada y cálida con un deleite inusitado y se desplomó. Soñó y soñó, con ese sueño de náufrago fatigado. Se soñó rey de un imperio soñado; Dios de un pueblo sabio y versado en las artes del tiempo y los astros; una civilización floreciente y feliz, con esa sonrisa primordial de las civilizaciones neolíticas. Herebeus, con sus largas barbas blancas y su corto destino a flor de piel, se dejó conducir por las cimas luminosas del poder. Así soñó Herebeus que soñaba.

Y así lo encontraron los nativos, tendido en la playa, como niño travieso agotado después de sus correrías, que durmiese en los tibios brazos de la madre. Y se lo comieron, lentamente, gustando del sabor salobre.

Guillermo González
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 65

El valle de las lunas enterradas

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Seguí caminando en la obscuridad, golpeándome los pies descalzos entre áridas rocas, hasta que divisé un monte perfilado tras un resplandor de plata. Traspuse el monte y el resplandor creció. Llegué a un valle negro, entre cuyos montículos sobresalían inmensos cuernos plateados, como puntas de guadañas enterradas. Era el valle donde caían las lunas después de su carrera por los cielos. La violencia de su caída las sepultaba y de allí que a través de la negrura de borra de café del suelo, trasudara un resplandor helado, y, aquí y allá, asomara una hoz curvada como un ala de golondrina. Por su resplandor fui reconociendo todas las lunas que habían encandilado mis ojos. La menguada de mi nacimiento y la luna de sangre de mis desgracias, y la luna de hielo de la indiferencia. Reconocí lunas inmensas cuya gravitación había estado a punto de elevarme, y lunas mansas de esas que aparecen en las tardes del mar, como la vela de un navío. Y lunas malignas como aguijones y lunas olvidadas como cortaduras de uñas. El fulgor de aquellas lunas era inagotable y hacía pesar un silencio que casi me derribaba. Las amargas lunas del insomnio y las lunas cristalinas del pesar. Quise gritarles y me paralizó la lengua el peso de plomo de la inutilidad de las griterías contra la luna. La última de ellas estaba en el cielo, y descendía hacia el valle como una lenta cimitarra. Recordé lunas de melancolía y lunas de delirio y lunas pardas y lunas azules y lunas doradas. El fulgor de las lunas semienterradas se duplicaba al reflejar el fulgor de la que caía. Eché a correr, entre un bosque de plateados filos. Sentí el terremoto de la caída de la última luna y el alarido de la plata lunar que vibraba por el impacto con la tierra. Durante varias noches, soñé con espejos.

Luis Britto García
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 61

Las ciudades y el deseo

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De la ciudad de Dorotea se puede hablar de dos maneras: decir que cuatro torres de aluminio se elevan desde sus murallas flanqueando siete puertas del puente levadizo de resorte que franquea el foso cuya agua alimenta cuatro verdes canales que atraviesan la ciudad y la dividen en nueve barrios, cada uno de trescientas casas y setecientas chimeneas; y teniendo en cuenta que las muchachas casaderas de cada barrio se enmaridan con jóvenes de otros barrios y sus familias se intercambian las mercancías de las que cada una tiene la exclusividad: bergamotas, huevas de esturión, astrolabios, amatistas, hacer cálculos a base de estos datos hasta saber todo lo que se quiera de la ciudad en el pasado el presente, el futuro; o bien decir como el camellero que me condujo allá: “Llegué en la primera juventud, una mañana, mucha gente caminaba rápida por las calles hacia el mercado, las mujeres tenían hermosos dientes y miraban derecho a los ojos, tres soldados sobre una tarima tocaban el clarín, todo alrededor giraban ruedas y ondulaban papeles coloreados. Hasta entonces yo sólo había conocido el desierto y las rutas de las caravanas. Aquella mañana en Dorotea sentí que no había bien que no pudiera esperar de la vida. En los años siguientes mis ojos volvieron a contemplar las extensiones del desierto y las rutas de las caravanas; pero ahora sé que éste es sólo uno de los tantos caminos que se me abrían aquella mañana en Dorotea”.

Italo Calvino
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 60

Coincidencia

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“Un hombre, cierta vez —dijo Rex, doblando la esquina con Margot—, perdió una mancuernilla de diamantes en el ancho mar azul, y veinte años después, exactamente en la misma fecha, un viernes según parece, comió un pescado grande… pero no encontró la mancuernilla. Eso es lo que me gusta de las coincidencias”.

Vladimir Nabokov
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 762

Vladimir Nabokov
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 55

Pequeña travesura

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Una vez, para ser más precisos el 17 de junio de 4784, el capitán Koyle Clark entró en una casilla de telepantalla pública para llamar a su novia, la agente secreta Lucy Rall. Le informaron que no podía hablar con ella, porque se había casado la semana anterior. “¿Con quién?”, preguntó el exasperado capitán. “Conmigo”, contestó el hombre con el cual estaba hablando. Al mirar con más atención la telepantalla, el capitán descubrió, con ligera sorpresa, que el hombre con quien estaba hablando era él mismo.

Este asombroso misterio fue resuelto por Mr. Robert Headrock, el primer hombre inmortal de la tierra. Utilizando su supercerebro calculador electrónico, Headrock descubrió que el capitán Clark había hecho un viaje en una máquina del tiempo; que en una curva del pasado se había casado con Lucy Rall sin que su yo actual, ajeno a ese curva, lo supiera. Por medio de esta pequeña travesura se convirtió también en el hombre de la bolsa de Comercio. Cuando se llegó al punto del tiempo en que Clark había tomado la curva de la máquina de tiempo, el Clark del pasado y el del presente se volvieron de nuevo uno solo y vivieron felices para siempre. Entretanto, Robert Headrock, el hombre inmortal, envió a un periodista llamado MacAllister varios trillones de años atrás, y le hizo producir una explosión cósmica, que dio origen a nuestro sistema planetario, tal como lo conocemos.

A. E. van Voght en “Las armerías de Isher” Citado por Arthur Koestler
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 53

Llorar

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Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.

Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.

Llorar como un cacuy, como un cocodrilo… si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.

Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.

Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

 

Oliverio Girondo
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 48

Desilusión

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El reflector horada el escenario, aparece el ilusionista y ágiles, dos ayudantes colocan al centro la caja de madera mientras un rayo de luz amarillento incide el rostro de la joven bella. El ilusionista hace una caravana impecable y esgrime el serrucho con prestancia. El público aplaude. Silencio. El escenario se ilumina por completo, el ilusionista aserra inexorable, la joven cierra los ojos, aprieta las mandíbulas para aflojar después poco a poco, escurren unas gotas por el filo del serrucho, la sangre sobre el foro. El ilusionista separa con suavidad la caja aserrada y presenta al público los lados del corte, limpia los coágulos con un lienzo blanco, de seda y aparecen dos bloques de vísceras nacaradas con un fondo de pulcritud rojiza arañado, fuente minúscula, por una arteria que lanza chisguetes intermitentes.

Acude un médico, dictamina la muerte y estallan los aplausos mientras el ilusionista, luego de hacer una caravana impecable, desaparece tras bambalinas, y continúan los aplausos y cae el telón.

Eduardo Monteverde
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 44

Papalotes

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Desayunamos en el jardín como todos los domingos; Mamá, Papi, Martín y yo. La mañana está fresca, hacemos planes, reímos. A Martín se le ocurre que saquemos los papalotes japoneses: son unos pájaros amarillos, cuerpo de plástico, alas de celofán con plumas dibujadas. Se ven como un juguete más; pero la fascinación comienza al girar el mecanismo de la cola cuarenta veces para luego soltarnos a volar.

Subimos a la terraza del segundo piso. Desde ahí los aventamos. El mío gira como una golondrina, el de Martín lo sigue en pareja. Parece que van a chocar con la jacaranda. Gritamos, salvan el obstáculo hasta que aterrizan en el pasto. Ahora, me toca ir por ellos, subirlos a la terraza. La siguiente, le toca a Martín. Ya me cansé, es la quinta vez que bajo. “Que vueles para siempre”, digo al soltarlo. El pájaro de Martín flota en la alberca; yo espero que el mío aterrice. Creo que lo va a lograr pero no, ¡se levanta de nuevo! “Mami, Papá, miren cómo le dura la cuerda”, grito. Doy vueltas, mi falda vuela con el viento. Mi pájaro no cae. Todos esperamos… Sigue, sigue, no se detiene. Del azoro pasamos al cansancio. Es hora del almuerzo.

La casa ya se acostumbró al eterno vuelo. Yo no soporto más el ruido de aleteo. No puedo dormir, me despierta al pasar por mi ventana. Lloro, me angustio, dejo de comer; sólo me preocupa el detenerlo. Mi pájaro vuela sin parar. Le grito desde el balcón de mi cuarto. No me entiende. Pasa cerca de mí, trato de agarrarlo. Quiere escapar; pero mis manos lo atrapan. Se defiende con fuerza, me jala… Pasamos junto a la jacaranda, giramos; ahora nos acercamos al pasto con mucha rapidez. Mi pájaro ya no aletea. Mi último recuerdo es el extraño sabor del pasto y la sangre.

Cristina Alcayaga
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 39

Cortísimo metraje

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Automovilista en vacaciones recorre las montañas del centro de Francia, se aburre lejos de la ciudad y de la vida nocturna. Muchacha le hace el gesto usual del auto-stop, tímidamente pregunta si dirección Beaune o Tournus. En la carretera unas palabras, hermoso perfil moreno que pocas veces pleno rostro, lacónicamente a las preguntas del que ahora, mirando los muslos desnudos contra el asiento rojo. Al término de un viraje el auto sale de la carretera y se pierde en lo más espeso. De reojo sintiendo cómo cruza las manos sobre la minifalda mientras el terror poco a poco. Bajo los árboles una profunda gruta vegetal donde se podrá, salta del auto, la otra portezuela y brutalmente por los hombres. La muchacha lo mira como si no, se deja bajar del auto sabiendo que en la soledad del bosque. Cuando la mano por la cintura arrastrarla entre los árboles, pistola del bolso, y a la sien. Después billetera, verifica bien llena, de paso roba el auto que abandonará algunos kilómetros más lejos sin dejar la menor impresión digital porque en ese oficio no hay que descuidarse.

Julio Cortázar
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 251

Julio Cortazar
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 37

Julio Cortázar
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 271