Un cuento

Yo no creía en el diablo, ni en el cielo ni en el infierno. Hasta aquel día en que llegó el diablo y me aventó por las escaleras. Morí. Ahora tampoco creo en el cielo ni en el infierno, pero aquí estoy en este lugar sin paredes, sin techo, sin piso, en esta silla y en esta mesa, terminando de escribir este cuento.

Alfredo Flores Richaud
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 605

Historia sagrada


En el momento en que Caín mató a Abel, todos comprendimos que Caín era, de los dos, el poeta. El ojo de la providencia sigue a Caín, desde entonces, por todas partes. En un principio, Caín quería ocultarse del testigo ocular, y huía. Pero ¡cómo huir de una obsesión sin provocarla, sin hacerla más fuerte y, también más bella! A fin de cuentas, cuando el ojo sin sueño tardaba en aparecer, Caín lo echaba de menos, se impacientaba. Sucedió lo que tenía que suceder: Caín acabó por no mirar con sus ojos sino a través del ojo que lo miraba.

Xavier Villaurrutia
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 603

El invento

El profesor Wilocphene, gran sabio y medio alquimista citado por Thorpe, en su libro famoso “invenciones raras, pero efectivas”, gustaba de hacer inventos increíbles con nombres también increíbles.
De él se cuenta que en cierta ocasión construyó “El colador de alcayatas”, un pequeño aparato de diecinueve libras que era capaz de trasladar edificios completos a grandes distancias.

Según cuenta también el referido Thorpe, el sabio reunió los útiles siguientes: un buje de cemecán, una contrapelusa de pericandil, un cobertor o zepetroco, una barra de pericardán, una aguja de coser calderos, un contrapunzón con su cuchufleta y una piedra de amolar mandarrias. A todo esto le añadió una porción de pegamento de perilinaza y salió por fin el mencionado invento.

Durante varios días estuvo el sabio con su laboratorio robándole tiempo al sueño y al descanso. Cuando hubo terminado el artefacto lo mostró a sus incrédulos compañeros y uno de ellos, el Caballero de Torremolina, riendo de oreja a oreja, ofreció su palacio para que fuese trasladado de lugar. El sabio indicó que debía ser por la noche, antes que la luna saliera y su encumbrado amigo lo aceptó.
Al día siguiente, el burgués amaneció a la intemperie.

Eugenio Zamora Martín
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 599