Un viaje


Quisiera escribir la siguiente historia de ciencia-ficción: doce personas que no creen en la astrología son invitadas a hacer un viaje interplanetario en un cohete espacial. Al principio, sus diversas características son imperceptibles. Pero a medida que se acercan a cada planeta, el rasgo característico de ese planeta les afecta y se hace evidentísimo que uno es Libra, otro Júpiter, otro Neptuno, otro Saturno y así sucesivamente.

Anaïs Nin
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 781

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Antípodas


Poco conocen los estudiosos acerca de los “washuk”, gentes así llamadas que residen en la curva del río Sepik, en Oceanía.

Entre las cosas sorprendentes que yo he averiguado, detallo la singular tarea de Tschambuli, que hace las veces de sepulturero. Gran cavador, Tschambuli desciende de una casta familiar de enterradores y sus tumbas son tan profundas que desembocan en las antípodas sudamericanas. Es por ello que cuando una epidemia acreciente en Australia la mortandad, crece nuestra tasa de natalidad. Habrán comprendido que los cadáveres allá echados, aparecen en América recién naciendo.

Carlos A. Garramuño
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 777

Metamorfosis

Mis ojos son dos rendijas sin pestañas, la nariz está completamente achatada, la boca se encuentra unida con una goma verde acementada, mis orejas tienen dos tapones aislantes del ruido. Mi cuerpo es una enorme bola cubierta de una costra de púas. Manos y pies desaparecieron de mi exterior y me crecen por dentro. Todo este aislamiento me lo procuré a mí misma al comprobar con tristeza la realidad de la condición humana. Hoy habito una gran caja de cristal en el salón de fenómenos del Museo de Historia.

Miles de ojos curiosos se clavan en mi horror día tras día y se asombran incapaces de reconocer en mí el efecto de sus obras.

Los lunes, cuando limpian el museo y apagan todas las luces, me ruedo despacito hasta mi esquina favorita. Ahí lloro en silencio, mis uñas dejan de arañarme. Alargo los brazos hasta que se tocan con mis manos y entonces, sólo entonces, me abrazo en silencio dentro de mi entraña profunda y oscura.

Beatriz Sanromán
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 771

Marcelino Cereijido

Marcelino Cereijido

(Buenos Aires, 1933)

Es doctor en fisiología por la Universidad de Buenos Aires. Realizó su posdoctorado en la Universidad de Harvard. Se ha desempeñado como profesor e investigador en el Instituto de Fisiología de la Universidad de Múnich y en el departamento de biología celular de la Universidad de Nueva York. Es profesor emérito del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, en México. Ha sido asesor del Centro Latinoamericano de Biología de la UNESCO. Es miembro de la Comisión Dictaminadora del Sistema Nacional de Investigadores de México y del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República. Ha recibido los premios Nacional de Ciencias y Artes (1995) y el Premio Internacional de Ciencias Bernardo A. Houssay (1993) de la Organización de los Estados Americanos, entre otros. Es autor de más de un centenar de artículos científicos y de libros como La madre de todos los desastres; La muerte y sus ventajas; La ciencia como calamidad; y Ciencia sin seso, locura doble[1]

Sísifo

¡Imbécil! Fue el día de mi cumpleaños. Recuerdo que le pedía a Dios que hiciera retroceder el tiempo y me enviara por unos días a mis años juveniles. Yo le avisaría cuando quisiera que me regresara a los cuarenta y siete.

Y por ahí ando. Nuevamente haciendo el mapa de geografía, otra vez esperando a Luis que va a morir a los veinte, volviendo a llorar el desprecio de Ema, y siendo Julián que conversaba con papá en la casa de la avenida.

Y, por supuesto, a mí a esa edad ni se me pasaba por la cabeza que fuera el regreso de un hombre maduro, ni se me iba a ocurrir algo tan insólito como pedirle a Dios que me enviara a los cuarenta y siete.

Y aquí estoy ahora, congelado en este futuro hueco, en esta inmortalidad idiota, temiendo —teniendo la certeza— de que dentro de algunos años, cuando la vida de Julián esté a punto de desembocar en mí para que prosiga esta historia ridícula y se termine todo de una buena vez, a él se le va a dar por pedirle a Dios que lo envíe a los años juveniles.

Y yo sé que va a ser así, pues es lo que siempre hace Julián cuando cumple los cuarenta y siete y se pone nostálgico, imbécilmente nostálgico.

Marcelino Cereijido
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 765

De las distintas clases de mentes


Decía el filósofo Chi Hua, quien asimismo tenía experiencia como arquitecto y era misógino: la mente del ser humano se parece notablemente a las construcciones que levantan los hombres para habitar en su interior. La mente del niño es un cuarto único, amplio, blanco y soleado donde se van colocando las cosas esenciales. La del adolescente empieza a dividirse en unos pocos cuartos, pero con menos luz y algunos pasadizos. La mente del adulto está distribuida en numerosos compartimentos amontonados caprichosamente, con pasillos, escaleras rectas y de caracol, y los baña una luz artificial potente y engañosa. La del anciano ha derribado tabiques innecesarios y hay de nuevo un solo cuarto, cada vez más despojado de cosas, una mesa y una cama. En cuanto a la mente de la mujer —sonreía Chi Hua con malicia—, es como un laberinto en contínuo movimiento lleno de luces fugaces y sombras ilusorias de insignificancias que cambian continuamente de sitio.

Rodolfo Modern
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 761

Sobremesa


Un tamborinero tenía una mujer tan contraria a su opinión, que nunca cosa que le rogaba podía acabar con ella que la hiciese. Una vez, yendo de un lugar para otro, porque había de tañer en unos desposorios, y ella caballera en un asno con su tamborino encima, al pasar de un río, díjole:

—Mujer, cantad; no tengáis el tamborino, que se espantará el asno.
Como si dijera táñelo, en ser en el río sonó el tamborino, y el asno espantándose púsose en el hondo, y echó vuestra mujer al río; y él por bien que quiso ayudarle no tuvo remedio. Viendo que se había ahogado, fuéla a buscar río arriba. Díjole uno que estaba mirando:

—Buen hombre, ¿qué buscáis?

Respondió:

—Mi mujer que es ahogada.

—Señor, ¿y al contrario la habéis de buscar?

—Sí, señor; porque mi mujer siempre fue contraria a mis opiniones.

Juan de Timoneda
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 757

Físicos


Afirman que las cosas inferiores tienen dos principios físicos, a saber, el Sol como padre y la Tierra como madre, Sostienen que el aire es una porción impura del cielo y que todo el fuego procede del Sol. El mar es el sudor de la tierra y el efluvio de la tierra ardiente y fundida en sus entrañas, así como también el vínculo entre los espíritus y el cuerpo de los seres animados. Creen que el mundo es un animal grande y que nosotros vivimos en su vientre, como los gusanos viven en el nuestro.

Tomaso Campanella en “La ciudad del sol”
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 753

Encuentro

Le redijo su ropa a jirones. Ella se encontraba paralizada por el miedo así que, la arrojó exánime sobre blanco lecho.

Al mirar aquel cuerpo, en sus pupilas se retrató el asombro: Nunca había visto una criatura con tan poco pelo.

Ella, temblando aún por el frío y el miedo, siguió, con asustados ojos, el rastro que el abominable pie dejó sobre la nieve.

Eduardo Mendoza
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 749

Primera variación sobre la máquina

Supongamos que la máquina perfecta fue creada indestructible, eterna. Con capacidad para alimentarse de cualesquier manifestación de la energía. Supongamos que por siglos ha soportado todos los cataclismos que sucedieron antes y después de la desaparición de la humanidad. Supongamos que el planeta tierra ya no existe, ni el sistema solar y que la máquina viaja porquinsabeque regiones del espacio.

Supongamos que por algún extraño hilo conductor decide trabajar nuevamente y el silencio sideral se ve interrumpido por extraños ruidos de teclas y engranajes; luego, la nada… hasta que una voz metálica comienza a atronar en el espacio:

—¡Hágase la luz! Y separemos la luz de las tinieblas y llamaremos a la luz, día y a las tinieblas, noche.

Eduardo Mendoza
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 735

La letra

Escribo enanos. Cada letra es un enano que salta y agrede mi personalidad y va creciendo como… ¿cómo? No se. Pero algo pasa que no entiendo y el enano se vuelve enigmático, y sus ojos se tornan de infantiles en fanales de prodigioso niño malévolo, niño maligno, como engendro siniestro, y crece sin crecer, creciendo como si nadie pudiera detenerlo, y de alguna parte rara, rarísima que nadie se explica, toma una pluma y comienza a escribir sin hacer letras, sino líneas de dibujo; hace unos trazos que parecen letras pero no son, sino que, angustiosamente veo que de las líneas, se va formando una figura que se parece a mí, que soy yo… que…

Raymundo Rubio Vega
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 733

Mulata


He conocido una mulata que esta satisfecha de serlo. Esto no es debido a que considere que la calidad y turgencia del pecho (que le ha dado su estirpe negra) combinada con la suavidad del perfil de la boca y las narices (que le ha permitido conservar su sangre blanca) produzcan una mezcla incomparable, sino más sencillamente a que —por razón espiritual— le agrada no poder ser estrictamente definida y no poder ser, pues, clasificada en ningún género conocido de lo humano.

Luis Martín Santos
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 725

El milagro


Aquella familia, muy religiosa, comía el pollo de todos los domingos cuando de pronto, por glotonería, la hija más pequeña se tragó un hueso, se asfixió y murió en pocos segundos.

—Dios nos la dio —dijo el padre sin dejar el tenedor—, Dios nos la quita. Loado sea su nombre.

Entonces Dios, nada ingrato, decidió hacer un pequeño milagro y en un abrir y cerrar de ojos resucitó, en carne y hueso, rebosante de salud, al pollo.

Jaques Sternberg
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 724

Quiero dormir


Sonó el despertador. Me desperté. Me desperté con ese mismo dolor no soportable. Quiero seguir durmiendo. Párate ya. Quiero dormir. Ya párate. Pero el despertador siguió sonando. Entonces se paró mi corazón. Se paró mi dolor. Se paró el despertador. Se paró mi dolor. Se paró el despertador. Pero yo ya no pude dormir.

Los muertos nunca dormimos.

Mariana Frenk-Westheim
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 721

Monólogo del atardecer


Para comenzar digamos que soy Samuel Gordiani, inquilino de varias semanas en éste, el mejor hotel de la ciudad. Digamos que estoy aquí por razones puramente comerciales, que he tenido más éxitos del esperado y que hoy viernes he concluido bastante temprano en la tarde dimisión de mercadear los fabulosos productos cosméticos de la Casa Ardina. Me encuentro aquí en el tranquilo bar del Hotel sorbiendo sin mucha premura un martini preparado con auténtica vodka rusa. Digamos que estoy leyendo en el diario vespertino los últimos acontecimientos; sobre todo, digamos que tengo una comprensión sobrepromedio de la política y la economía, tanto a nivel insular como internacional, y que, de no ser por este afán de correrías, hubiera podido ser un auténtico profesor universitario. Digamos, que estoy entregado a la lectura con el entusiasmo del hombre que ha terminado todas las preocupaciones de la semana, que estoy sumamente tranquilo y escucho la música lejana de algún transmisor radial. Digamos, por fin, que usted entra al bar y sin media palabras, con pasmosa tranquilidad, saca, sin saber de dónde, su revólver Magnum 44, dispara a quemarropa, y caigo, sin decir palabras, sin despedirme, tendido en el periódico de la tarde.

Angel Maldonado
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 721

Los seres térmicos


Al visionario y teósofo Rudolf Steiner le fue revelado que este planeta, antes de ser la tierra que conocemos, pasó por una etapa solar, y antes por una etapa saturnina. El hombre, ahora, consta de un cuerpo físico, de un cuerpo etéreo, de un cuerpo astral y de un yo; a principios de la etapa o época saturnina, era un cuerpo físico, únicamente. Este cuerpo no era visible ni siquiera tangible, ya que entonces no había en la tierra ni sólidos ni líquidos ni gases. Sólo había estados de calor, Formas Térmicas. Los diversos colores definían en el espacio cósmico figuras regulares e irregulares; cada hombre, cada ser, era un organismo hecho de temperaturas cambiantes. Según el testimonio de Steiner, la humanidad de la época saturnina fue un ciego y sordo e impalpable conjunto de calores y fríos articulados. “Para el investigador, el calor no es otra cosa que una substancia aún más sutil que un gas”, leemos en una página de la obra Die Geheimwissennschaft im Umriss (Bosquejo de las Ciencias Ocultas). Antes de la etapa solar, espíritus de fuego o arcángeles animaron los cuerpos de aquellos “hombres”, que empezaron a brillar y a resplandecer.

¿Soñó estas cosas Rudolf Steiner? ¿Las soñó porque alguna vez habían ocurrido, en el fondo del tiempo? Lo cierto es que son harto más asombrosas que los demiurgos y serpientes y toros de otras cosmogonías.

Jorge Luis Borges
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 717

El ibis


El ibis dormido es funámbulo sedentario, palafito, sueño clavado en un alfiler; el estallido de las alas, cuello, ojos y ambiciones carroñeras siempre es inminente. Es un ser creado por deseos portentosos. Pieza de coleccionista, mas antiguo que las ruinas donde posa el almohadón en que consiste, permanecerá inmutable más que la piedra susceptible al modelado —por decirlo así— de aire, agua, albañiles y ociosos. Flor de pluma, venerado y execrado, pájaro divino, entre tantas maravillas nada iguala la arquitectura del hueso metatarsiano de su pie ni la sociedad secreta que infaliblemente conspira en su rodilla. Sin ellos no sería ni asombro ni dios, lloraríamos su majestad como a la ciudad saqueada, y yo no habría escrito el discurso que aquí llega a su término.

Hugo Hiriart
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 715

Génesis

Llevó Dios todos sus proyectos a la práctica. Separó tinieblas, abismos, precipicios, reglamentó mares, encausó ríos, puso simientes y en abierta expansión, dejó volar las aves.

En el sexto día todo era bueno y salió a caminar. Llegado el mediodía el sudor perlaba su frente; hizo Dios un alto en el camino para mirar el intenso azulear del día y se limpió el sudor con el dorso de la mano; dos gotas cayeron y formaron lodo con el polvo. De una nació un hombre bello y absolutamente blanco.

Más se sentía un vacío y viendo Dios que no se llenaba, preguntó:

—¿Y la mujer?

Le contestó el hombre:

—Llegará tarde, señor; se fue de compras porque no tenía nada que ponerse.

Alma Molina Peñuñuri
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 713