Historia de Ts’in Kiu-Po

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Ts’in Kiu-Po, natural de Lang-Ya, tenía sesenta años. Una noche, al volver de la taberna, pasaba delante del templo de P’on-chan, cuando vio a sus dos nietos salir a su encuentro. Le ayudaron a andar durante un centenar de pasos, luego le asieron por el cuello y lo derribaron.

—¡Viejo esclavo —gritaron al unísono—, el otro día nos vapuleaste, hoy te vamos a matar!

El anciano recordó que, en efecto, días atrás había maltratado a sus nietos. Se fingió muerto y sus nietos lo abandonaron en la calle. Cuando llegó a su casa quiso castigar a los muchachos, pero éstos, con la frente inclinada hasta el suelo, le imploraron:

—Somos tus nietos, ¿cómo íbamos a cometer semejante tropelía? Han debido ser los demonios. Te suplicamos que hagas una prueba.

El abuelo se dejó convencer por tales súplicas.

Unos días después, fingiendo estar borracho, fue a los alrededores del templo y de nuevo vio venir a sus nietos, que le ayudaron a andar. El los agarró fuertemente, los inmovilizó y se llevó a su casa aquellos dos demonios en figura humana; les aherrojó el pecho y la espada y los encadeno al patio, pero desaparecieron durante la noche y el lamentó no haberlos matado.

Pasó un mes. El viejo volvió a fingirse borracho y salió a la aventura, después de haber escondido un puñal en el pecho, sin que su familia lo supiera. Era muy avanzada la noche y aún no había vuelto a su casa. Sus nietos temieron que los demonios lo estuviesen atormentando y salieron a buscarlo. El los vio venir y apuñaló a uno y a otro.

Kan Pao (265 – 316)
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 97

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Mejor no

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Un clérigo que descreía del mormonismo fue a visitar a Joseph Smith, el profeta, y le pidió un milagro. Smith le contestó:

—Muy bien señor. Lo dejó a su elección. ¿Quiere usted quedar ciego o sordo? ¿Elige la parálisis, o prefiere que le seque una mano? Hable, y en el nombre de Jesucristo ya satisfaré su deseo.

El clérigo balbució que no era esa clase de milagro lo que él había solicitado.

—En tal caso, señor —dijo Smith—, usted se va a quedar sin milagro. Para convencerlo a usted no perjudicaré a otras personas.

M.R Werner, en BRINGHAM YOUNG
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 75

Supermagos

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Después de destruir a los budistas de la India, cuentan que Sankara marchó a Nepal, donde tuvo algunas diferencias con el Gran Lama. Para probarle sus poderes sobrenaturales voló por el aire, más cuando pasó sobre el Gran Lama, éste percibió su sombra deformándose y ondulándose por las desigualdades del suelo y clavó su cuchillo en ella; Sankara cayó y se quebró el cuello

Cuento budista
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 74

Riesgo espantoso

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Entre la aparente confusión de nuestro misterioso mundo, los individuos se hallan tan definitivamente insertos en un sistema, y cada sistema se encuentra tan estrechamente vinculado a otro u otros, y finalmente, a un total, que el hecho de salir por un instante de su sistema expone al hombre al riesgo espantoso de perder para siempre su lugar propio en todo el mundo.

Nathaniel Hawthrone, en WAKEFIELD
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 66

El presagio

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He oído a Lucío Flaco, sumo sacerdote de Marte, referir la historia siguiente: “Cecilia, hija de Metelo, quería casar a la hija de su hermano y según la antigua costumbre, fue con su sobrina para recibir un presagio. La doncella estaba de pie y Cecilia sentada y pasó un rato sin que se oyera una sola palabra. La sobrina se cansó y dijo a Cecilia: ‘Déjame sentarme un momento.’ ‘Claro que sí, querida —dijo Cecilia—, te dejo mi lugar.’

“Estas palabras eran el presagio, porque Cecilia murió en breve y la sobrina se casó con el viudo.”

Cicerón, en DE DIVINATIONE
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 57

La isla afortunada

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Jambulo relata que, navegando hacia Arabia por necesidades comerciales, fue apresado por unos corsarios etíopes y asistió al degüello de sus compañeros, salvo uno que, como el, quedó en reserva para una ceremonia expiatoria que tenía lugar en Etiopía cada seiscientos años. Esta ceremonia consistía en poner a dos hombres sobre una barca apta para la navegación de altura, y los cales debían hacerse a la vela rumbo al sur. Si los dioses les eran propicios, debían encontrar en su camino una isla en la que hallarían generosa hospitalidad. Con ello Etiopía se aseguraba la felicidad por seiscientos años más. Jambulo y su compañero, después de una travesía de cuatro meses, llegaron, efectivamente, a una isla habitada por unos hombres totalmente distintos a los que ellos conocían: su altura era de dos metros, sus huesos elásticos, su cuerpo lampiño, su nariz guarnecida por una excrecencia parecida a una epiglotis, la lengua bifurcada en la raíz, adecuada para así reproducir una mayor variedad de sonidos y para conversar con dos personas a la vez. Vivían ciento cincuenta años y, una vez llegados a esta edad echábanse sobre una hierba que tenía la propiedad de provocar una muerte dulce.

Alexis Chassang
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 51

Venta de vientos

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El arte de amarrar al viento con tres nudos, de tal modo que según se vayan aflojando, el viento sople cada vez más fuerte, ha sido atribuido a los brujos de Laponia y a las brujas de Shetland… Los marinos de Shetland todavía compran vientos en forma de pañuelos anudados o de cuerdas, de las viejas que pretenden regir las tormentas; se dice que hay viejas comadres de Lerwick que viven de vender los vientos.

Sir James George Frazer en LA RAMA DORADA
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 45

Los cuervos

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… Pero tuvimos un rey, y su nahual era cuervo. Se hacía cuervo cuando quería, con los poderes antiguos de Topiltzin y Ometecutli. Se hacía cuervo nuestro rey, y se iba a volar sobre los sembrados ajenos, entre los cuervos de Sayula, de Autlán, de Amula y de Tamazula. Y veía que todos tenían el maíz que nos quitaron. Y como su nahual era cuervo, supo que los cuervos buscan y esconden las cosas. Y con los poderes antiguos de Topiltzin y Ometeculi, nos enseñó a todos para que nos volviéramos cuervos. Y un año limpiamos las tierras, que todas estaban llenas de chayotillo, de garañona y capitaneja. Limpiamos y labramos la tierra, como si tuviéramos maíz para sembrarla. Y cuando comenzaron las lluvias, ya para meterse el sol, nos hacíamos cuervos y nos íbamos volando para buscar el maíz que sembraban las gentes de Sayula, de Autlán, de Amula y de Tamazula. Volvíamos cada quien con un gran en el pico, a esconderlo en la tierra de Zapotlán. Pero como nos costaba mucho trabajo encontrar las semillas y todos teníamos ganas de comer maíz, nuestro Rey Cuervo dijo que los que se tragaran el grano por el camino, se quedarían ya cuervos, volando y graznando entre los surcos, buscando para siempre el maíz enterrado. Y muchos de nosotros no aguantaron las ganas y se tragaron el grano en vez de sembrarlo en nuestra tierra. Y ya no volvieron a ser hombres como nosotros.

Juan José Arreola, en LA FERIA
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 40

EL egoista

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Una versión recogida por sir William Jones quiere que un dios del Indostán, a quien el celibato afligía, solicitara de otro dios que éste le cediera una de sus 14,516 mujeres. El marido consintió con estas palabras “Llévate a la que encuentres desocupada.” El necesitado recorrió los 14,516 palacios; en cada uno la señora estaba con el señor.

Este se había desdoblado 14,516 veces, y cada mujer creía ser la única que gozaba de sus favores.

Simao Pereyra, S. J.
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 37

La pulga

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En el departamento del Gard —allá donde se encuentran Nimes y el Río Gard—, la empleada de una pequeña oficina de correos, señorita de edad indeterminada, tenía la fea costumbre de abrir todas las cartas que pasaban por sus manos y de leerlas.

Todo el mundo lo sabía, pero en Francia, ciertas instituciones —como los porteros y los servicios postales— son tabú. No se pueden tocar y no se tocan.

La señorita, pues, seguía leyendo las cartas, y sus indiscreciones eran causa de discordia entre los habitantes.

En ese mismo departamento, había un hermoso castillo, habitado por un conde muy inteligente.

Puede que ocurrir que un conde sea inteligente, hasta en Francia. Y aquel conde ideó un día un plan, cuya ejecución no tardó en acometer.

Ante un ujier que, a petición suya, se trasladó al castillo el conde escribió a uno de sus corresponsales la siguiente carta:

“Querido amigo:

“Sabiendo que la malsana curiosidad de la empleada postal, la señorita Emilia Dupont, no conoce límites, y que dicha persona abre todas nuestras cartas para leerlas, te envío adjunto, para curarla de una vez para siempre, una pulga viva. Te saluda cordialmente tu amigo (firmado)

Koks.”

El conde selló la carta con todo cuidado en presencia del ujier; pero no metió ninguna pulga dentro del sobre.

Cuando la carta llegó a su destino, ya tenía una.

 

Kurt Tucholsky
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 34

Silogismo de Bias

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“La mujer con quien te cases será hermosa o fea; si es hermosa, prepárate a compartirla con otro; si es fea, te casarás con una furia. No es mejor lo uno que lo otro: luego no te cases.” Ahora bien; dícese que esta respuesta puede retorcerse de este modo: “Si aquella con quien me case es hermosa, no será una furia; si es fea, estoy seguro de no compartirla con otro; luego debo casarme.”

No se cita al autor
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 25

Lal Behari Dey

Lal Behari Dey

Lal Behari Dey

 (18 diciembre 1824 a 28 octubre 1892)

 

Fue un periodista indo-bengalí, que se convirtió al cristianismo, y se volvió misionero cristiano.

Lal Behari Dey nació el 18 de diciembre 1824 a una familia de banqueros de gente de escasos recursos, en Sonapalasi cerca Bardhaman . Después de la educación primaria, en la escuela del pueblo, viajó Calcuta con su padre, donde estudió desde 1834 hasta 1844. Bajo la tutela de Alexander Duff abrazó formalmente el cristianismo el 2 de julio de 1843. En 1842, un año antes de su bautismo había publicado un folleto, la falsedad de la religión hindú, que había ganado un premio para el mejor ensayo de una sociedad cristiana local.

De 1855 a 1867 Dey fue ministro misionero y de la Iglesia Libre de Escocia .

De 1867 a 1889 trabajó como profesor de Inglés en los colegios administrados por el Gobierno en Berhampore y Hooghly . Después de haber servido en varias iglesias en el mejor momento de su carrera, se unió a la escuela colegial Berhampore como director en 1867. Más tarde se convirtió en profesor de Filosofía  en Hooghly Mohsin College de la Universidad de Calcuta y se quedó con él desde 1872 hasta 1888. Como cristiano, pero en pro del doinio británico, protestó contra toda discriminación practicada por la clase dominante contra los indígenas.

Conocido por su profundo conocimiento del idioma Inglés y la literatura, escribió dos libros en Inglés, Govinda Samanta (1874, más tarde llamado “Vida Campesina Bengalí” y “cuentos populares de Bengala” (1883), ambos ampliamente aclamados. Como Bankim Chandra Chattopadhyay , Peary Chand Mitra y Dinabandhu Mitra , Lal Behari también se sentía muy apasionadamente por los campesinos pobres y oprimidos de Bengala. En 1874 su Govinda Samanta ganó el premio de 500 rupias, en Bengala, a la mejor novela, escrita ya sea en bengalí o en Inglés, que ilustra la “vida social y doméstica de la población rural y las clases trabajadoras de Bengala”. Charles Darwin escribió una carta el 18 de abril 1881 a los editores, diciendo:

“Veo que el Reverendo Lal Behari es Editor de la Revista de Bengala y me alegrara que sepa,  de mi parte, el enorme placer y sabiduría que me dejó la lectura, hace unos años, su novela, Govinda Samanta”.

Aunque los escritos de Lal Behari fueron en su mayoría en Inglés, editó una revista mensual bengalí, Arunaday (1857) y escribió un relato bengalí, Chandramukhee. También fue editor de tres revistas inglesas, “Reformador hindú” (1861), “Viernes Revision”(1866) y “Bengala Magazine” (1872).

Fue miembro de numerosas asociaciones como la Sociedad de Bethune y la Asociación de Ciencias Sociales de Bengala.

Fue nombrado miembro de la Universidad de Calcuta a partir de 1877.

Murió el 28 de octubre de 1892, en Calcuta[1].

 

[1] http://en.wikipedia.org/wiki/Lal_Behari_Dey

La aniquilación de los ogros

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La vida entera de una tribu de ogros puede estar concentrada en dos abejas. El secreto, sin embargo, fue revelado por un ogro a una princesa cautiva, que fingía temer que éste no fuera inmortal. “Los ogros no morimos —dijo el ogro para tranquilizarla—. No somos inmortales, pero nuestra muerte depende de un secreto que ningún ser humano adivinará. Te lo revelaré, para que no sufras. Mira ese estanque: en su mayor profundidad, en el centro, hay un pilar de cristal, en cuya cima, bajo el agua, reposan dos abejas. Si un hombre puede sumergirse en las aguas y volver a la tierra con las abejas y darles libertad, todos los ogros moriremos. ¿Pero quién adivinará este secreto? No te apesadumbres; puedes considerarme inmortal”.

La princesa reveló el secreto al héroe. Este libertó a las abejas y todos los ogros murieron, cada uno en su palacio.

Lal Behari Day, en FOLK TALES OF BENGAL
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 24

El sheriff

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La noche era cálida, y por la ventana entraban ráfagas de aire fresco que movían las cortinas.

—¡Ay! —gritó Julio, cayendo al suelo pesadamente.

Su mujer , un matrimonio vecino que les hacía compañía mientras reparaban su aparato, y la sirvienta, que apoyada en el quicio de la puerta miraba el programa a hurtadillas, se levantaron asustados. Entre la cuarta y quinta costillas, por el lado izquierdo, empezaba a brotar sangre producida por el impacto de una bala de Colt.

En la pantalla, el sheriff guardaba su arma, mientras la dueña del salón se acercaba lentamente, para tomar más sol.

El señor Vicente se quedó estupefacto y no sabía qué hacer.

—Es inaudito —exclamó—. Puedo jurar que lo vi y no lo puedo creer.
Como era hombre práctico y buen ciudadano, quiso llamar por teléfono a la policía, pero cuando tenía la bocina en la mano, la soltó bruscamente.

—No me van a creer.

Se inclinó para ver mejor a Julio, pero la ahora viuda de Chávez ya había adivinado su nuevo estado. Y como no podía hacer nada por el caído, pensó también en avisar a la policía. Después lo consideró mejor y fue a llamar al médico.

—Espere, señora —le gritó el señor Vicente—. Espere. Vamos a ver que decidimos…

La señora pidió a la sirviente más café para los dos y un refresco para la vecina, y comenzaron a analizar el difícil caso.

—Bueno, ¿ y qué haremos para empezar? Julio estaba asegurado, pero este es un caso aparte. No podemos contar con ellos, ni con los otros. Tampoco el medicucho de abajo. Muy chocante. ¿Acaso la Cruz Roja? No, señora, que allí lo descuartizan para comprobar lo que usted ya sabe…

El aullar de una sirena interrumpió su conversación. Se estaban deteniendo en la casa de enfrente, y unos minutos más tarde sacaban esposado a un individuo medio calvo, vociferador, que había disparado a su esposa. A ella la sacaron después, con una mancha roja entre la cuarta y quinta costilla, por el lado izquierdo.

Tomás Doreste
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 21

El manso

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Chava miraba con odio a la figura garbosa y torera que se movía en la pantalla. Con odio y con envidia, porque si algo bueno había con el capote era precisamente el “Morenito”.

Su mujer lo miraba, sonriente:

—Anda, Chava, que no es para tanto. Después de todo tu hermana es ya mayor de edad. Olvídalo. Y mira qué difícil va a ser manejar un mansurrón como ese… —añadió, refiriéndose al bicho que acababa de salir.

Siguió agitándose nervioso en el sillón, fija la mirada en la faena. A su lado, el café se enfriaba, y el humo de la colilla subió por última vez hasta el techo. Y el odio seguía, feroz y sin sentido. Odio de honor ofendido. Odio reciente, absorbente, aniquilador. Odio asesino. Odio. Odio.

—¡Oh, Dios! —se gritó a sí mismo—. ¡Déjame cinco minutos, sólo cinco minutos, cámbiame por ese animal! ¡Quiero embestirle, acabar con él! ¡Quiero…!

Pero su frase terminó en un dulce mugido. Y se encontró en la arena, rodeado de una multitud que lo insultaba, azotando su cola con timidez, pisoteando el polvo con todo cuidado. Lástima que no se pudiera ver reflejado en los cristales de los turistas, porque su estampa era admirable. Pero no sabía embestir, porque no tuvo tiempo de aprender, y el respetable sufrió con su experiencia. Su mujer, que lo estaba viendo, desde su cómoda butaca, estaba indignada.

Y “Morenito”, todo pundonor, no tuvo más remedio que acelerar y llegar antes de lo previsto a término. Cuando el nuevo chava percibió, a través de la bruma de torpeza que lo había invadido, que el matador sacaba ya el estoque, quiso darse prisa, pero con tan poco tino que el acero lo penetró por la cruz pocos segundos antes de cumplirse los cinco minutos.

Juanita miró a su esposo con indignación.

—Pero, ¿habías visto alguna vez un manso tan repugnante? Ni morir sabe. Y Chava, mirando dulcemente a su esposa, sólo alcanzó a decirle:

—Muuuuuuu.

Tomás Doreste
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 20

La bajada

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Según el mapa, la carretera bajaba durante doce kilómetros. Ya había recorrido seis, la cara quemada por el viento y el sol, las manos agarradas con fuerza al manillar de su bicicleta, los dedos separados como patas de cangrejo, prestos a frenar en las vueltas.

De repente, se detuvo. Le pareció que el cable del freno trasero se soltaba.

Sonrió un instante al panorama de montañas que tenía enfrente. Luego se asombró al notar un súbito frío. Una verdadera sombra de hielo, a pesar de que no había viento. Buscó un suéter en la bolsa.

Y entonces vio el muro. Y detrás del muro, el cementerio.

A un lado de la carretera, una señal indicaba que se acercaba a San Sabornin.

Siguió el camino, prudente. Llegó a imaginar que algo le esperaba en esa carretera cerca de San Sabornin. Atravesó el pueblo despacio, con toda clase de precauciones. Salió del pueblo, y alcanzó la señal del otro lado.

No volvió a tomar velocidad hasta unos kilómetros más allá.

Su freno se rompió cuando alcanzó los últimos metros de la bajada. En aquel lugar era peligrosa en extremo. No pudo virar y salió al vacío.

Eso sucedía a cien metros de Cadoliva, pequeña localidad que carecía de cementerio. Los muertos eran enterrados en San Sabornin.

J. Sternberg
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 14