Penetración

Te prometo, hijo mío, oír tus recriminaciones una vez que hayas completado tu período de gestación.

Enrique Novelo B.
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 107

Mi cara

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—Hijo mío, hijo mío…

Por fin encendió una lamparita y vi su cuerpo. Pero su cara quedó en la oscuridad.

Yo le dije “Mamá”.

Me pidió que la abrazara. Y sentí sus uñas clavarse en mis hombros: pronto noté la humedad de la sangre.

—Hijo mío, hijo mío, bésame.

Me acerqué y la besé. Y sentí sus dientes clavarse sobre mis labios: la sangre corrió por mi cara húmeda.

Se separó de mí un instante y pude ver su vientre. Dentro de sus entrañas había un ternerito que dormía. Y la cara del ternero era mi cara.

Arrabal
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 659

Arrabal
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 723

Arrabal
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 10

La protección inútil


Lo sé muy bien, soy de una timidez enfermiza, estar en el mundo me es hierro, me es guijarro. Hasta el agua, casi siempre mi aliada, resbala seca y hostil contra estos labios que la quisieran almendra y encaje; al atardecer, bajo la luz ambigua que todavía me permite errar por la ciudad, el perfil de las nubes, ese perfil suavísimo, lacera brutalmente mi piel y me obliga a huir gritando, a refugiarme bajo los portales. Me aconsejan que viaje en subterráneo para mayor seguridad, o que me compre un sombrero de alas flotantes. De nada vale que me hablen con el tono que suscitan los niños, yo miro hacia lo lejos donde sin embargo hay una golondrina esperando para afilar sus tijeras en mi cuello. Los consejeros municipales han llegado a votar créditos para mi protección, la gente se preocupa por mí.

Gracias, señoras y señores, me gustaría retribuir tanta gentileza con ternura y civilidad: desgraciadamente ustedes estarán siempre allí y eso es acantilado a pique, máquina para moler la sombra, insoportable exageración de una bondad armada de garras de coral. Cada vez me parece más penoso complicar la existencia ajena, pero no queda ninguna isla desierta, ninguna arboleda de mala fama, ni siquiera un corralito para encerrarme en él y, desde allí, mirar a los demás bajo la luz de la alianza. ¿Tengo yo la culpa, oh tierra poblada de espinas, de ser un unicornio?

Julio Cortazar
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 693

Los cuatro fuegos


Fursa, nos dice Beda, fue un asceta irlandés que había convertido a muchos sajones. En el curso de una enfermedad fue arrebatado por los ángeles en espíritu y subió al cielo.

Durante la ascensión vio cuatro fuegos que enrojecían el aire negro, no muy distantes uno del otro.

Los ángeles le explicaron que esos fuegos consumirán el mundo y que sus nombres son Discordia, Iniquidad, Mentira y Codicia. Los fuegos se agrandaron hasta juntarse y llegaron a él; Fursa temió, pero los ángeles le dijeron: No te quemará el fuego que no encendiste. En efecto, los ángeles dividieron las llamas y Fursa llegó al paraíso, donde vio cosas admirables. Al volver a la tierra, fue amenazado una segunda vez por el fuego, desde el cual un demonio le arrojó el alma candente de un réprobo, que le quemó el hombro derecho y el mentón. Un ángel le dijo: Ahora te quema el fuego que has encendido. En la tierra aceptaste la ropa de un pecador, ahora su castigo te alcanzará.

Jorge Luis Borges
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 690

Defensa


No su señoría —risas—, no arrojé a mi pobre y anciana tía al precipicio en su frágil silla de ruedas para satisfacer mis repulsivos instintos. Tampoco lo hice por la millonaria herencia que estaba a mi nombre. Es sólo que no soporto ver a una asquerosa y repugnante vieja estropajosa sufrir sin motivos. El ruido también fue bonito…

Mauricio-José Schwarz
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 689

En la cabina telefónica


Entré a la cabina para telefonear y al ir a marcar el número vi que las cifras no estaban señaladas en la rueda, pero de todas maneras a riesgo de no llegar a acertar nunca, lo intenté. Fue mi mujer quien hablaba y estaba de buen humor. Al despedirme le pregunté si todo iba bien en casa: “Estoy a tu espalda”, me dijo. Volví la cabeza y era cierto.

A. F. Molina
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 688

Hambre


Desperté con un apetito atroz e inaplazable; me dirigí a la cocina: el refrigerador estaba vacío; de una alacena obtuve un libro con decenas y docenas de sabrosísimas recetas; de inmediato lo herví en la olla de presión y luego puse la mesa dispuesto a darme un suculento banquete con sus páginas.

René Avilés Fabila
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 685

La valija


Sucedió que fuimos a comprar una valija y la única buena era demasiado cara.

—No importa —dije— compramos una del mismo tamaño aunque no sea de cuero; esa por ejemplo.

—Pero es muy fea —dijo mi mujer.

—Se le pone una funda.

—¿Y adentro? ¡Es ordinaria!

—Adentro se le hace un forro.

Pero mi mujer, que es una lógica impecable, dijo:

—Si hacemos una funda para afuera y un forro para adentro, ¿para qué compramos una valija?

Tenía razón y decidimos no comprar nada.

Caminamos unos pasos y ella se entreparó, me tomó del brazo y produjo esta hermosa conclusión:

—Si no hay valija en el medio, el forro tampoco se necesita.

—La funda, vista por dentro, puede quedar fea —aventuré yo, aplicando su premisa anterior; pero Isabel dijo:

—A la funda se le hace costura inglesa y queda reversible, con lo cual ya no hay ni forro ni funda, sino otra cosa, algo único y doble a la vez; aunque ye digo —agregó pensando intensamente— nuestra intención es llevar la ropa con la cual viajamos ¿no es así?

—Claro —dije yo.

—Y bueno, Fabián —se me quedó mirando— si la ropa sola ya es demasiado problema, ¿a qué complicarse la vida llevando otras cosas, y dobles, para peor?

Por ser fiel a esa lógica, es que traigo así, sobre los hombros. Yo sé. Parezco un ropavejero, un desgraciado, pero es por ser fiel a mi mujer. ¡Es tan inteligente!

Carlos Maggi
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 680

Reflejo

Prav, entra al cuarto de baño. Se enfrenta al espejo.

Observa largo tiempo el reflejo de su imagen.

Saca de un costado de su cintura el revólver.

Apunta al espejo. Dispara. El cristal no se rompe, sólo despide fragmentos de piel, sangre, esquirlas de hueso.

Felipe Guadarrama Barragán
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 668

La visita

Yo estaba leyendo en mi cama cuando ella apareció en el umbral. Lucía muy hermosa con su vestido antiguo, sus largos cabellos sobre los hombros y los ojos castaños iluminados por el perenne deseo; fue mi primera impresión, y en seguida el pensamiento rápido de que no habría podido entrar en la casa, pues todo permanecía cerrado, y ni siquiera el ladrido del perro habíame advertido su presencia. No soñaba, puedo asegurarlo; me encontraba tan lúcido como ahora. Pero ella clavó en mí sus bellos ojos atormentados y comenzó a hablar con esa voz sensual y enronquecida, mezcla extraña de súplica y apremio. Me dijo que volvía para siempre; que la perdonara; que me amaba con absoluta certeza; que había puesto fin a todos sus extravíos. No atiné a responder y sonreí, derrotado… Se acercó al lecho, nos besamos, se encendió la pasión con el voraz fuego de antaño y nos sumimos en la quemante desesperación del placer. Miré hacia el espejo colgado en la pared, y me dí cuenta con estupor que su imagen blanca y voluptuosa no se reflejaba en la clara superficie. El artero terror a lo efímero me golpeó desde las caricias. Comprendí todo de súbito, dolorosamente; Emma había abandonado sólo por un momento el ficticio mundo de la novela para escarnecerse por mi endémica infidelidad, para vengarse con las armas del rencoroso Amor del injusto y trágico destino a que la encadenó Flaubert en el alma innumerable de sus lectores.

Edmundo Moure Rojas
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 655

Batalla de alas


El hombre insiste en demostrarle a los espectadores que puede convertirse en el primer hombre pájaro. Para ello se sube al árbol más alto de la isla y comienza a mover agitadamente sus brazos. Lograr alzarse por los aires significa demostrarle a aquellas cabezas lejanas e inquietas que la magia no difiere nada de lo evidente, que la imaginación está en cada rincón de liana, que los intentos de pájaro son a la vez hombre y pájaro en un solo cuerpo.
Sin embargo, a él le interesa cruzar los cielos en busca de las aberturas, sucumbir ante un ademán de nube que puede mantenerlo suspendido en una recta quebrada de sol.

Mira hacia abajo. De nuevo las cabezas en la playa, de nuevo el mar que se une en el anillo del cielo. Se estira con un impulso de pie y entonces abre sus brazos al máximo y comienza a aletear. Cada aleteo es una estatua perdida, el intento que se esfuma, la caída lenta y sigilosa que lo estrella por tercera vez en la arena. Ya en el suelo el público lo rodea, le da palmadas, su fracaso ha sido evidente, por más que intentara mezclar magia y lógica lo único que ahora queda es el consuelo del público, los gestos amorosos de centauros y sirenas que como habitantes solitarios de la isla habían estado presenciando los intentos fallidos del hombre pájaro.

Antonio López Ortega
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 638

Cansancio de siglos


Como si fuera una gata de Angora, Sarah se arrebujó entre las cobijas con indolencia. Se sentía cansada aquella noche. Bostezó, aplastando con su cuerpo los enormes almohadones de pluma de ganso. Sobre la tela blanca, suave, absolutamente lisa de las sábanas, quedó marcado el contorno de sus brazos, sus muslos, su cabeza: una pequeña hondonada en la enorme cama en forma de corazón. En el suelo, una agresiva piel de leopardo hacía guardia sin protocolos; más abajo, la alfombra: mullidísima; y sobre ésta, junto al voluminoso corazón, una mesa de noche que de tan blanca hubiera servido a los oficiantes de la liturgia en el paraíso. Sonó el teléfono y Sarah alargó el brazo. Por un momento se sintió con ánimo de no contestar, de rehuir cualquier nuevo esfuerzo. Pero era demasiado tarde: su voz, expuesta, por enésima vez al aparato, se despeñaba por el vacío acostumbrado.

(A martha Navarro)

Alberto Dallal
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 629

El huésped

Mi intolerable soledad súbitamente encontró alivio con la compañía de un nuevo amigo.

Se instaló en mi departamento sin pedirme permiso.

Es un cantante; ahora vivo con él. Casi todo el tiempo canta y alegra mi existencia.

Sin embargo, me preocupa pueda morirse de hambre.

¿Cuánto tiempo podrá permanecer escondido, ese pequeño y nunca visto huésped mío, feliz y optimista grillo?

Kharis G. Avril
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 627

El remedio

Porque sufría de insomnio en las noches y de sueño invencible durante el día, tuve que aceptar el brebaje que me ofreció, hace tiempo, un desconocido que inopinadamente metió su cabeza en mi ventana.

Aquella pócima me deparó inmediato alivio. Hoy duermo y vigilo con regularidad impecable y nadie podría tomarme por un individuo excéntrico. Mi dicha sería completa si no hubiese comenzado a adevertir, con inquietud creciente, el irresistible deseo de proferir obscenidades vergonzosas ente letreros que derraman absoluto silencio.

Sergio García Ramírez
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 626

Los ecalitos


Nunca he sabido si era debido a una enfermedad o a una simple disposición natural. El cuerpo de los ecalitos, por poco que les rocen, enrojece (menos las manos y los pies).

La señal les dura una hora, a veces mucho más.

Los cazadores que vuelven del bosque parecen flores, hojas, semillas.

El cuerpo de las mujeres es nacarado, rosa, con reflejos admirables.

No me cansaba de estampar, con el pulgar y los dedos, figuras rosadas y otros cuerpos rosados de hadas y de muñecas. Gracias a ese pequeño talento, ellas me amaban. Les gustaba, sumisas y traviesas, abandonarse entre mis dedos.

Henri Michaux
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 619

Mis calcetas

Me desperté hoy como día a día me despierto: Con el despertar de Ernesto: un súbito graznido, un sentarse sobre la cama rotundo, un canturreo idiota mientras busca entre las sábanas sus calcetas y hasta que se las pone. Se duerme vestido. Llega noche a noche cansado, harto de llegar noche a noche cansado, se tira sobre la cama, dice que se pondrá la pijama en cuanto recobre un poco de fuerzas, se duerme. Durante la noche pierde las calcetas. Se soba el pie derecho con la planta del izquierdo y viceversa. Se despierta de golpe, sacudido en un solo movimiento del sueño, se sienta sobre la cama con un graznido (mis calcetas mis calcetas), revuelve las sábanas cantando no sé qué tierna canción de un negrito y una negra jacarandosa hasta que encuentra y se pone las calcetas. Yo, entre una pestaña y otra, lo observo, me digo: me desperté hoy como día a día me despierto: con el despertar de Ernesto: un súbito y eso y lo demás hasta llegar a cansarme de describir paso a paso el despertar de Ernesto: y decir simplemente que me desperté hoy como día a día me despierto: con el despertar de Ernesto: un súbito y eso y lo demás y me voy sumiendo nuevamente en mi sueño que trata de un hombre que se despierta graznando vestido y sin calcetas.

Sabina Berman
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 615

Aviso


RENO, Nevada, 30 de mayo. (AP) —El siguiente anuncio apareció hoy en un diario de Reno:

“Padre indignado ofrece en venta un automóvil deportivo modelo 1964, color rojo fuego. Con demasiada frecuencia, la policía de caminos, el alguacil y las autoridades municipales han comprobado qué fácilmente desarrolla 170 kilómetros por hora”.

Agencia (AP)
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 697