Genoveva de Bravante


“Fue dichosa todo el resto de su vida”, dice su biógrafo. Era caritativa, modesta y cariñosa.

Algunas mujeres pobres iban a verla y recibían de sus manos, rudas por la privación y la aspereza de su antiguo vivir selvático, alimentos y ropa. Otras iban por conocer a la cierva, que el mismo conde solía visitar en el parque, dentro de un albergue: una cabaña pequeñita. Otras, en fin, iban por escuchar la historia de la condesa y acariciar al animalito, que al pasar por los salones, ponía con finura los pies sobre las alfombras.

Con el tiempo, la comarca entera conocía la vida y supo de las penas que sufrió la señora condesa, y toda la gente había llevado a la cierva frutas y trozos de pan. Sucedía con frecuencia, por entonces, que cuando Genoveva de Bravante principiaba a referir su historia, muchos se disculpaban porque tenían que marcharse. Se quedaban unos cuantos que procuraban disimular su aburrimiento, y se iban retirando unos tras otros.

La anciana condesa, ya sin dientes y casi ciega, solía terminar su relato sola, ante la fiel cierva que parecía escucharla atentamente.

Francisco Monterde
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 329

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Ritornello

Hete aquí que había un hombre que quería escribir un cuento.
Agotados los temas interesantes de su entorno (62 salas de cine y 14 canales de T.V. en su ciudad), tuvo que acudir en demanda de auxilio a la caverna del genio de los cuentos.

Identificado al instante por “la señal”, el anciano guardián de los temas permitió el acceso del cuentista al interior de la gruta.

—Pasa, hijo. Tengo tramas retorcidas con finales felices, desgraciados, trágicos y ridículos. Hay pergueños de historias de hadas y de políticos honestos, de amores sublimes, de viajes fantásticos, de promesas cumplidas y metas alcanzadas. Escoge nomás.

Salió de la caverna, satisfecho y sonriente. Al llegar ante su mesa de trabajo, empezó a escribir:

“Hete aquí que había un hombre que quería escribir un cuento…”

Mario Quiroz Lecón
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 323

Sombra a la medida

La pequeña Karen deambulaba gesticulando y moviendo los brazos a manera de las alas en el jardín de su casa, bajo los cálidos rayos del sol. De repente el movimiento se detuvo y su madre la encontró tendida boca abajo sobre el césped.

—¿Qué es lo que haces hija?

—Estoy viendo si mi sombra me queda a la medida.

Miguel Ángel Fernández
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 307

Una vuelta completa

Anoche, mi marido me dijo: “Vamos a darnos una vuelta”.

Empezamos por la piel. Seguimos por los pensamientos más superficiales, las inocentes ideas que estaban a flor de conciencia. Luego siguieron los recuerdos inmediatos, que se fueron haciendo cada vez más y más lejanos y profundos, hasta llegar a los remotos recuerdos infantiles, y así nos encontramos con un pozo de oscuridad que no sabíamos en que podría terminar. Confieso que nos asustamos un poco.

Entonces decidimos regresar.

Luisa Axpe
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 306

Sujetos (ó dadivavidadivavi)

La Estrella, rutilando con los flashes, bajó del auto. Compasivamente, su mirada se posó en el hombre.

—Vi dádiva en la vida de la diva —diría después un periodista.
—Vi vida en la dádiva de la diva —explicó aquel hombre.
—Vi diva en la vida de la dádiva —moviendo pesarosa la cabeza, su mujer.
—Vi dádiva en la diva de la vida —admirado y orgulloso el representante.
—Vi vida en la diva de la dádiva —escribió en su diario una muchacha.
—Vi diva en la dádiva de la vida —pensó con nostalgia su madre.
—Era apenas una moneda —dijo Ella con naturalidad— y me sobraba.

Roberto Laserna
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 304

El calendario

La tienda era antigua, de madera oscura, casi vacía. Ahora, en los grandes almacenes la vista se nos llena de colores y de mercancías, pero antes, había un prestigio donde los productos no se nos metían por los ojos, simple y llanamente la gente iba a buscar algo y todo debía estar en perfecto orden para encontrar un bies de color carmesí pálido o un encaje de Holanda de tres centímetros de ancho. Y desde entonces, desde ese entonces, desde ese orden antiguo, parecía que la mujer estaba ahí, de diez a ocho, de diez de la mañana a ocho de la noche, viendo a través de la vidriera, robando una rebanada mínima, pequeña, de cielo por la puerta, que se colaba apenas entre el marco, el poste, el eterno edificio de enfrente y el semáforo.

Se veía tan polvosa como los estantes, sólo era diferente en sus ojos, donde estaba estancado el sueño de salir a la calle y no volver a estar bajo ningún techo, de viajar plenamente en otras calles, en alguna colonia de las que hacía mucho escuchaba. Los domingos parecía que iba a retomar la vida, empezaba a contar el día por el tiempo suficiente para ir al parque o al mercado, y no por veinte pesos vendidos o faltantes en el corte.

Para ella cualquier cambio habría sido un milagro, hasta recargarse en otro sitio, en otro punto de la tienda, no donde la madera estaba lisa y se acomodaba a su brazo, pero nunca había probado a ver otro punto del cielo que el señalado, tal y como se ve en el calendario.

Aurora Mosso M
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 300

La promesa


Un día apareció en la cripta de la catedral de Lund, Suecia, un recipiente de agua bendita azul, fría, imposible de tocar. Se conjeturaron explicaciones, señales. Al mes de infructuosos intentos, un diácono dejó abierta una puerta y se metieron perros y palomas que llegaron hasta el borde de la pila. Bebieron del agua y al instante se convirtieron cada uno en un pedazo de piedra azul. Entonces los seglares derramaron con otros animales el agua sobrante y con las piedras azules construyeron, en las habitaciones de los concilios, un muro que favorecía el silencio de los cónclaves. Cada año, próximo el primer equinoccio, una noche las piedras adquieren sus formas originales y en el templo se escucha un regocijo no siempre espiritual. Varios neófitos, en las dos décadas siguientes, soñaron que el Día de los Días uno de los muros del templo se convertiría en agua pura y helada, sólo para mojar los pies de los justos que logren llegar vivos al templo, donde esperarán la consumación de los juicios, los terremotos y los incendios, en ese sitio tranquilo y helado.

Carlos Montemayor
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 297

La sirena cautiva


De repente ella se vio atrapada. Las redes molestaban su cuerpo escamoso. La llevaron a un gran acuario de cristal. Vinieron fotógrafos de todo el mundo y largas filas de personas se formaban para verla, asombradas de su belleza. Sintió pudor por sus pechos al descubierto, tratando de ocultarlos con su larga cabellera. A los niños les gustaba verla nadar, hacia arriba, hacia los lados, sinuosa, seductora, misteriosa, mágica, y era admirada por todas. Algo la empezó a molestar, sus escamas ya no brillaban como antes, se la veía triste, y creyeron que era por su cautiverio. Le trajeron algas para su alimentación, la rodearon de ambiente marino, le pusieron caracoles para que escuchara el sonido del mar. Pero sus ojos seguían tristes. A nadie se le ocurrió pensar que lo que ella más deseaba, eran unos zapatos de tacón como los que traían las mujeres que la contemplaban.

Adriana Quiroz de Valadés
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 293

Me llamo Coca Cola

Llegó un momento en que me desesperó vivir dentro de esta casa de cristal. De cristal tan grueso y posesivo como una amante gorda y miope.

Mirándome a través de los transparentes muros de mi hogar, las burlonas caras de los niños me recuerdan aquellos padres que extasiados, observan a los recién nacidos en sus incubadoras.

Tal vez las asfixiantes características de mi morada fueran soportables de no ser por el monótono cosquilleo del gas, que insolente, penetra hasta el último rincón del aposento.

Y sin embargo, a pesar de mi fastidio, el mayor temor que albergo es saber que algún día tendré que pasar mis últimas horas de vida en la abultada panza de algún mediocre burócrata, que sentado en su añejo sillón frente al televisor, se tome “su” coca-cola creyendo que yo, sí yo, soy “la chispa de la vida”

Jorge Antonio García Mora
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 292

Dos

Primero fuimos uno: uno tú, uno yo. Más tarde fuimos dos en uno: tú y yo. Y desde entonces todo fue dos; lo tuyo más lo mío: dos paisajes, dos tristezas, dos recuerdos, dos sonrisas; siempre lo tuyo más lo mío, siempre dos cosas para los dos.

Un día quisiste que fuéramos tres; dos para uno, uno para los dos.

Uno que saldría de los dos: de ti que eres uno, de mí que también lo soy. Sería también de los dos sería uno para los dos.

Pero tres no pudo ser, y nos quedamos solos tú y yo. Después ni tú ni yo: ya no pudimos ser dos. Tú, uno, te volviste sobre ti; yo, el otro, me quedé solo.

Y ahora soy sólo uno.

Gerónimo Martínez García.
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 287

Gerónimo Martínez García. Novelista. Nació en El dorado, Sin. Estudió en la Escuela Normal de Sinaloa, Economía en la UAS y realizó estudios de postgrado en El Colegio de México y en la Escuela Superior de Economía del IPN. Es autor del volumen de cuentos Cosas de la vida; la novela El mundo de Arthur Benedict; y la serie Historias policiacas del archivo del comandante Jorge Zárate Rendón (El factor VS, El caso del jugo de la eterna juventud, Cafetos rojos, Alas de cristal y Para que ellos puedan vivir). Fue secretario de Educación Pública del estado de Sinaloa.[1]

Escribir cansado

A pesar de su cansancio decidió escribir un cuento breve para enviarlo a una revista: sobre la marcha —pensó— irán tomando forma los personajes y comenzará a plantearse la anécdota final. Alisó una hoja blanca de papel y tomó el lápiz para iniciar su narración. Empezaron a ser descritas, sin que él mismo supiera cómo, unas mujeres aladas con colas translúcidas y crestas ondulantes de plumas de cristal. Tenían los cabellos luminosos, y sus labios, escarchados, esbozaban gestos que a él le parecieron amenazantes. Continuó escribiendo sin hacer caso del cosquilleo que empezaba a nacerle entre los dedos y se decidió por cambiar el aspecto de esas mujeres, que, sin embargo, continuaban definiendo sus contornos de nervaduras aéreas, de plumajes cristalinos, de límites transparentes. Él no deseaba describir a semejantes criaturas. Él quería escribir un cuento con anécdota al final. El cosquilleo se acrecentaba y le subía por la mano, por el brazo, le llegaba al hombro en forma de un dolor intolerable y el lápiz, obedeciendo a impulsos que no eran los de él, se deslizaba sobre la hoja de papel añadiendo rasgos en aquellos rostros que crecían, describiendo vapores de hielo en aquellas bocas escarchadas, delineando con palabras ajenas a las figuras aladas que desde aquella superficie blanquísima, arrojaban hacia él un rumor helado que se impregnaba en su frente y lo llenaba de miedo. Retiró el lápiz con la mano temblorosa, y un zumbido de cantos encerrados le hizo doblar la cabeza sobre el pecho, sobre el dolor de su pecho que, incontenible, lo llevaba a descender a ese espacio en el que todo era frío y en el que una mujer, sólo una, abría hacia él sus alas cristalinas y mudaba sus gestos amenazantes por una sonrisa de amor. El lápiz rodó de su mano, y él, sin queja alguna, se fue dejando caer.

Sergio González Salvador
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 285

Algo de Sergio Gonzáles en: http://www.boletinesanteriores.ujat.mx/al_dia/2006/julio_06/5_libro.html

El arcángel


Anoche, ya tarde, estuvo a visitarme un arcángel. Para que yo pudiese verlo adoptó la apariencia de una mujer. Venía fatigado y se dejó caer en un sillón del que más tarde les costaría trabajo desprenderse. Quise contarle mis cuitas, pero me bastó echarle encima una mirada para comprender que no hacía falta. Me miró con amor, o al menos con compasión. Con amor castísimo y por consiguiente un tanto heroico. Sus ojos, que tenían el color y la dulzura de la miel, alcanzaron a consolarme como lo hace la sonrisa de la mujer amada. Comprendí que él también estaba solo y que su soledad era un gesto solidario. Luego supuse que venía a obsequiarme la muerte, aunque era evidente que estaba desarmado; un olvido, o las fuerzas insuficientes del cuerpo elegido para materializarse en mi presencia podrían explicar que no empuñara la espada habitual. Dos o tres veces estuvo a punto de hablar, pero finalmente guardó silencio a mi lado, porque tampoco hacía falta que él me dirigiese la palabra. Antes de marcharse alzó la diestra y con el índice extendido me rozó el costado. Su toque fue leve y definitivo. Dejó impreso en mi alma el escozor de la ausencia.

Felipe Garrido
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 275

Consumo no convencional de tabaco

La acerca a un foco: quiere verla mejor. Luego enciende un cigarrillo, se permite una bocanada de humo y sacude las cenizas. Entonces presiona la brasa redonda contra la mejilla de la mujer, contra los labios, contra el cuello. Poco a poco  recupera su odio. Después es el escote, y los pies, el pliegue interno del codo, los párpados, hasta aplastar el cigarrillo, hasta deshacerlo. Reconoce el olor. No es la primera vez que quema una foto de ella.

Marta Nos
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 273

Incompetencia

El príncipe besó a la bella. No despertó.

Volvió a besarla. Ella ni siquiera cambió de posición para defender su sueño.

Él dudó un momento, pero luego introdujo su lengua en la boca de labios pálidamente coralinos. Ningún cambio.

Desesperado, empezó a morderle las orejas, a besar su cuello, a hacer caricias que el pudor me impide transcribir… Pero nada.

El príncipe, avergonzado, no protestó cuando di vuelta a la hoja.

Raúl Aguilera Campillo
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 272


Raúl Aguilera Campillo. Nació en San Francisco, California, el 24 de enero de 1966. Poeta. Radica en México. Estudió lengua y literaturas hispánicas en la FFyL de la UNAM. Colaborador de Casa del Tiempo, El Financiero, Mala Vida, Ostraco y Topodrilo. OBRA PUBLICADA: Poesía: Pájaro diablo, Nautilium, 1993. || La tierra es oscura (plaquette), Mixcóatl, 1996. ||Tragos o río de humo, La Tinta del Alcatraz, Toluca, 1997. || Larvario, JGH, 1998. || Un árbol duerme en tus ojos, UAEM/La Tinta del Alcatraz, Toluca, 2000.

Prosapia


“Resulta que don Lucio necesitaba ver urgentemente a cierto señor Cildañez y conocía solamente su dirección aproximada en el barrio de San Telmo. Allá fue, pues, el atildado coronel Mansilla. Las vagas indicaciones que le habían dado sobre el domicilio del tal Cildañez lo llevaron a un portón verde, con gruesa aldaba de bronce. Golpeó. Segundos después, un señor de unos cincuenta años y con cara de pocos amigos le abrió la puerta. “—¿Caballero?—“ preguntó el dueño de la casa “—¿Es usted por casualidad el señor Cildañez?—“ interrogó el novelista. A lo que el señor, indignado, replicó: “—No, no soy el tal Cildañez. Y si lo fuera no sería por casualidad, sino porque mi madre es una mujer honesta”.

Carlos Marcucci (aludiendo a Lucio V. Mansilla)
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 266

Peligrosa

Terminaba la última serie de espasmos, el bufón se acercó dando saltos hacia el oído de su señor. Requirió subir dieciséis mil y un escalones, someterse al interrogatorio de los doce pares (es decir los veinticuatro), sobornar a cuatrocientas doncellas (que aguardaban aparearse con el soberano) para que le cedieran su lugar, construir el puente de Londres para cruzar a la séptima mitad del camino, preguntar a la reina por el humor de su esposo, discutir con Perceval que lo instaba a tomar otro camino en busca del Santo Grial, recurrir a engaños para atravesar el campo de batalla de los soldados de madera, bordear extensas áreas pobladas con las demoníacas máquinas de Morgana, correr perseguido por el ejército de los números, escalar arrecifes de ceniza, mirarse a sí mismo en los espejos de hielo, desviarse para oír la voz de una flauta, acumular en su pequeña espalda multitud de vagabundos que suplicaban su ayuda, rasgar el manto de una virgen, enseñar aritmética a los pájaros de cuenta, dormir doscientas noches en cada uno de los últimos bosques del monarca, evitar los laberintos de cristal, cuidarse de no pisar la barba inmensa de su señor, esperar trescientas veces dos a que éste despertara y por fin, después del segundo banquete, la figurilla del bufón acercó los labios a la oreja tanto tiempo buscada:

—No permita que se vaya, mi señor. Es peligrosa.

—Pero si ha resanado la economía; los lirios y los cerezos ya no se secan, y la ceniza blanda se ha ido a las nubes.

—Nos lo ha hecho imaginar: no la dejes ir.

Alicia sorbió la espuma de su copa y se quedó dormida.

Edmundo Alvarado
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 261

El agujero y la profetisa


Equecrates vino de Tesalia y consultó el oráculo de Delfos. Pero entró tan repentinamente que la profetisa (“una doncella consagrada a Diana”, que apenas tenía 17 años) no tuvo tiempo de abrocharse la clámide. Lo recibió, pues, semidesnuda y se ubicó, como de costumbre, sobre el trípode. El trípode (“mesa de tres pies”) estaba colocado, a su vez, sobre el célebre agujero de donde salía la humareda (la fumata) que envolvía a la virgen mientras se convulsionaba antes de contestar. La pregunta de Equecrates fue la siguiente: “¿En qué lugar del mundo, en qué rincón o agujero estaré a mis anchas y hallaré la felicidad?”. Y la respuesta, proyectada con “voz misteriosa” desde la profundidad en que salía la fumata (la profetisa abría la boca como en las películas dobladas) fue rápida y no menos misteriosa: “Ese agujero que buscas —dijo la voz— está muy cerca de ti”. Equecrates interpretó el oráculo y raptó a la virgen. Había hallado la felicidad.

Juan-Jacobo Bajarlía
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 257

Mutación


Yo no quería venir a pedirle que se callara. Desde mi habitación alcancé a oír sus gritos y golpes y me dije que estaba en todo su derecho. A veces suceden cosas como éstas. A lo mejor usted ha tenido un sueño de aquellos de los que nunca queremos despertar, ya que al hacerlo encontramos otra vez la melancólica realidad en nuestra habitación. Nos atrevimos a entrar porque los gritos parecían por fuera de lo normal. Ha sido difícil romper la cerradura y luego invadir su habitación, pero cuando vimos el desorden tuvimos el suficiente coraje para entrar. Le repito: está en su derecho y nadie puede impedirle que grite. Usted, estoy casi seguro, cree que no puede dejar escapar de sus manos aquella imagen tan bella y placentera que acaba de soñar, pero desafortunadamente su sueño ha culminado y nosotros, algunos sin afeitar, somos la realidad junto con su pierna amputada. Su muleta está a un paso de usted, al lado de la cama.

Harold Kremer
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 256