Herejía

¿Y si el obispo tuviera razón? No, lo único razonable es conservar la fe. “—Luchamos y morimos sin saber por qué”, me susurró un día en que nos encontramos uno junto al otro en el campo de batalla. Pero eso no fue más que el principio de su herejía, porque después empezó a hablar de cómo la arbitraria mano del destino decidía nuestra suerte y, lo que es peor, de que nuestros actos no son realmente nuestros y que no seríamos más que marionetas luchando en una guerra inútil. Claro que todo eso me lo confesó en secreto, pues él era, consciente de sus deberes y los cumplió hasta el último momento. Murió valerosamente aquella misma tarde. Yo rogué por él: “Dios mío, acoge su alma y dale la paz eterna; fue la locura de la guerra la que lo hizo dudar, pero ya no sabía lo que decía”. Porque sin fe no somos nada. ¿Cómo podía haberse equivocado a tal grado? Dios existe y es tan misericordioso que lo perdonará, porque en él no había maldad sino sólo duda y la duda no es maldad, es simplemente un error. Pero me parece que hemos capturado al rey enemigo, ¡hemos vencido! Nuestra lucha no ha sido en vano, como él afirmaba. Sin embargo, ¿qué ocurre? ¡No puede ser! ¡No es justo! ¿El obispo tendría razón? La gigantesca mano del destino de que hablaba había surcado el cielo y una voz tronante dictaminó desde allá arriba: ¡Jaque Mate!

Julio Etienne
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 447

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Represión

La única forma de terminar con la subversión es ésta: Tomó en sus manos una guía telefónica y empezó a hojearla por la letra A.

José Barnoya
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 445

El triángulo rojo

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Un lugar de la ciudad: hay tiendas de modas y, bordeando las aceras, en fila, vitrinas cerradas herméticamente frente a cuyos cristales las transeúntes se detienen a ver. Las personas crecen delante del vidrio, a medida que se aproximan; mientras avanzan a fundirse con las figuras de los maniquíes en exhibición. Por un momento, una joven detiene su precipitado paso, mira de soslayo el maniquí y, luego, al descubrir su propia imagen sobre el vidrio hace el gesto de arreglarse el vestido, lo alisa sobre su cuerpo esbelto y, por último, lleva sus manos al rostro, como ante un espejo, sin dejar de contemplarse. También, junto con los transeúntes detenidos, todo lo que hay detrás y alrededor se refleja, siempre al alcance del vidrio: los automóviles estacionados y los que pasan envueltos en una especie de celaje, la acera de enfrente cargada de peatones, buhoneros, toldos y tiendas cuyas vitrinas, a su vez, vuelcan ordenadamente sus objetos a través de esos cristales que dialogan entre sí, enviándose señales de una acera a la otra. Ahora es una dama emperifollada la que se detiene frente a la vitrina. Casi se diría que su primer gesto es querer traspasar el vidrio, luego de una serie de pestañeos, después de lo cual el campo de visión se aclara para ella y aparece allí delante del maniquí en su forma nítida: cubierto por ese trajecito de mañana desenvuelto sobre la simulada y algo mustia encarnación canela del soporte de polyester. Queriendo ver más claro, ella se aproxima de tal modo que ha rozado el vidrio con su naricita respingada. En seguida advierte que lo ha empañado con su respiración, por lo cual se retira unos pasos y comienza a frotarlo con su dedo índice, hasta dejarlo limpio nuevamente, listo para recibir los cuerpos de nuevos curiosos. Allí, en el cristal los rostros se disuelven, las dentaduras se periponen, las voces se aplanan, las bocas coinciden, los senos se ensamblan sobre los pechos apenas arqueados por la dura línea de los trajes de taller. Las voces y las risas sobrepuestas al silencio de los labios que casi se cierran; las cabelleras agitadas exteriormente por un viento suave combinan sus trenzas y hebras ondeantes con los bucles rígidos que, en el interior de la vitrina, enrarece una atmósfera algo espectral. Los brazos desnudos se entrelazan de fuera hacia adentro y de dentro hacia fuera, siguiendo el movimiento de las luces, las personas, los cuerpos elásticos y firmes, los brazos mismos. Ahora hay un individuo frente al cristal. Se acerca de tal manera que su cuerpo empieza a introducirse virtualmente en el cuerpo de un maniquí que muestra un bikini rojo, sobre el cual el vientre del hombre queda incrustado con una circunspección perfectamente mantenida por el sofisticado movimiento de manos y la contorsión rebuscada del maniquí; el paletó y el pantalón del hombre forman un rectángulo gris, desvaído, a punto de disolverse sobre el cristal, y la abotonadura de la bragueta coincide ahora con el triángulo rojo del bikini.

Juan Calzadilla
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 439

El regalo

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Salió de aquella ruidosa vecindad en las calles de Allende; deseó una estrella para regalo de aniversario de bodas. Empezó a crecer los brazos, el cuello, las piernas, pero una vez que hubo alcanzado su propósito, su descomunal estatura no le permitió volver a su casa con aquel obsequio deslumbrante.

Roberto López Moreno
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 433

Las trampas

Sonaron las doce campanadas y el príncipe escapó por la ventana. Cenicienta se acercó al espejo y vio cómo su cutis perdía su tersura y daba paso a los primeros pelos; cómo su pecho volvía a quedar liso y sus caderas tornaban a su forma original. Antes de dormirse, bendijo muchas veces a su hada madrina.

Luis Arturo Ramos
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 434

Iniciación

También a él le dolió el cuerpo al penetrarla. Aunque se desmoronaron sus contornos, ella se humedeció aceptando. Mientras el aire despejaba aquel vaho caliente y sus ojos se desempañaban, el hombre metió la mano en el orificio desmigajado sin tocar la herida y allí regó el puñado de semilla… Entonces arrimó las dos manos sobre el mango de la pala dejando caer su quijada para descansar.

Aura White
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 422

La búsqueda

Subió a revisar las dos recámaras y el baño. Se recostó por largo rato en la cama matrimonial. Contempló su imagen en el espejo manchado del tocador. Pasó los dedos sobre la persiana y abrió la puerta del closet empujando los vestidos hacia un lado. Con los ojos cerrados, esperó en una de las camas gemelas del otro cuarto, pero nada.

Sentada en el penúltimo peldaño de la escalera, trató de formar figuras con los mosaicos. Corrió las cortinas que daban a la ventana del pequeño patio, con sus mecates para tender y la maceta de espejitos junto al tinaco del vecino. Se lavó las manos en el baño. Jaló la palanca del excusado. Miró la tina blanca, con su cortina de plástico escurrida de jabón, y bajó a la sala.

A pesar de saber que era inútil seguir buscando, revisó los discos en la consola. Contó las copas en la vitrina del comedor y en la cocina encendió con un cerillo las parrillas de la estufa, sólo para apagarlas luego. Salió a la calle cerrando la puerta del garaje con doble llave, convencida de que no dejaba ni un recuerdo después de treinta años de vivir allí.

María Luisa Briseño
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 421

La magnífica hogaza

No es de extrañarse que tras el ululante paso de los bomberos frente al barrial proletario, la gente se precipitase tras las sirenas. Seguramente, ya se imaginaban la magnífica y cálida hogaza del edificio; que conste que no les guiaba ningún síntoma de piromanía, ni siquiera el simple morbo de la desgracia ajena: con los 5 grados bajo cero y sin una brizna de calor en las covachas, el pinche frío no estaba para menos.

Raymundo Andrade Peralta
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 418

Awakening

Viviana levantó la cortina de sus ojos y supo que la esperaba un día de clases. Llegó a la escuela después de un turbulento trayecto en calles incómodas, llena de recomendaciones familiares y señales de auto-stop. Sumida en el vértigo del ensimismamiento, esa mañana se sintió más enamorada que nunca de su profesora de gimnasia: la clase fue un orgasmo de cincuenta minutos. Las siguientes horas transcurrieron como una aburrida teleserie plagada de anuncios comerciales. Llegó a casa al mediodía y lo primero que hizo fue descalzarse mirando al espejo. Su cuarto mudamente seguía intacto, mamá había ido al dentista y la sirvienta estaba abajo, muy lejos, calentando la comida. Viviana se pintó los labios con el lápiz escarlata que su amiga Cynthia le había prestado esa mañana, besó a su muñeca preferida y bajó al comedor. Los platillos de ese día, humeando aún al centro de una mesa enorme, no parecían menos suculentos que la boca de la mujer que los colocaba cuidadosamente y con gran destreza en pequeñas plataformas acrílicas. Viviana la miró. Vio sus dedos delgados disponiendo los cubiertos sobre el mantel, el suave dorso de las manos, el reloj vulgar apretando a la muñeca. Al llegar al lunar del antebrazo desvió la mirada hacia ninguna parte. Se quedó así por varios minutos, quieta, como concentrada en su propia distracción, hasta que el ruido de los goznes de la puerta que da a la cocina la hizo despertar, sin sobresaltos. Todavía alcanzó a ver a Pola que desaparecía detrás, confundiéndose en las sombras. Sonrió después, despacio.

Enrique Héctor González
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 405

Pesadillas

Mis pesadillas nocturnas de niño, me persiguen.

Como entonces camino en sueños por aquel mismo sendero solitario y terregoso. Con las manos en los bolsillos, chiflo una tonada. El sol de mediodía juega pleno con mi rostro.

De pronto, escucho a mis espaldas aquel ruido de tropel ya conocido. Volteo. Miro la manada de toros desbocada, que envuelta en una nube de polvo, se dirige hacia mí. Busco a mi alrededor algún árbol, un algo, para protegerme. Sólo los débiles arbustos que incluso el aire menea. Emprendo la carrera tratando de ganar distancia.

Ya siento tras de mí el vaho caliente y espeso de las bestias. Mi corazón late desordenadamente, mis piernas amenazan con no sostenerme. El polvo del camino se mete en mis ojos y boca.

Despierto en medio de la noche, sudoroso, con el mismo grito desgarrador de siempre.

Mamá solía decir que “eso” era cosa de brujería
.
Ya he sido tratado por especialistas. Algunos sicoanalistas dicen: miedo infantil no superado. Delirio de persecución. Terror a las multitudes, etc.

Pero… yo pregunto: ¿qué es esa marca que aparece algunas mañanas, en mi espalda, perfectamente, delineada en forma de herradura…?

Magda Abigaíl
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 401

La emasculación

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—Me acuerdo de que cuando yo era estudiante, nuestro profesor de griego, después de leernos Fedra, tuvo la ocurrencia de preguntarnos sí a nuestro juicio Hipólito hubiera podido demostrar a su padre, de un modo irrefutable, que jamás había atentado contra la virtud de su madrastra. Yo, que acababa de leer a Luciano, naturalmente a hurtadillas, contestéle:

—Sí, señor, hay un medio: el que empleó Combabus para probar que la reina Estratonice lo calumniaba al jurar que había querido violarla.

—¿Y cual fue? —preguntóme con ironía el dómine.

—Un medio muy sencillo y muy doloroso. Al recibir la orden regia de acompañar a la soberana durante un largo viaje, Combabus se hizo mutilar; puso en un frasco su virilidad cortada y la entregó en depósito al tesorero de palacio. Al volver, cuando el rey le dijo que la reina se quejaba de sus tentativas, mandó traer el frasco, abriolo ante sus majestades y demostró su inocencia.

Contado por Enrique Gómez Carrillo
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 379

Final verdadero de la historia de Caperucita Roja y el Lobo

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Continuó Caperucita Roja su serie de preguntas:

—¿Por qué tienes esa lengua tan grandota?

—¡Para lamerte mejor! —exclamó entusiasmado el Lobo.

Enseguida éste condujo a Caperucita —que en este instante había logrado lo que un poco más que adolescente requiere en casos similares: redondeces, oh, senos, ha, es decir, redondeces y redondeces que humm, humm— para que asumiera las habilidades del espiral, del caleidoscopio, del remolino, del tobogán, hasta llegar a la preciosísima reservada a los privilegiados de la vida.

Al término de la serie mencionada, Caperucita, con toda libertad y desenfado, le confesó al extenuado Lobo:

—No debería decirlo pero este final, que algunos desaprobarían, me satisface más. ¡Por mi abuelita que me satisface más!

Miguel Covarrubias
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 378

Censo de sueños II

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Sueño que he estado actuando en una obra de teatro como rival del protagonista. Abandono el proscenio. Él entra a su camerino y luego sale.
Dos mujeres conocidas hablan. Una de ellas muestra una pequeña herida en el párpado inferior del ojo izquierdo y pregunta como sugerencia quién podría curarla. El protagonista me señala a mí. Tomo un estuche y saco las gafas, que están rotas tanto del armazón como de los cristales.
Comienzo a quitarme de la boca pedazos de cristal. Me agacho para que caigan mejor. Cuando trato de quitarme una astilla del paladar, despierto.

Jorge Arturo Ojeda
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 373

El grito del ángel

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Tomó su mano nuevamente. Miró su rostro, su piel repentinamente antigua, disminuida. Dijo: Mujer. Y caminaron entre las ruinas hasta salir de la ciudad desecha.

No volverían a saber de su vida, del mundo destruido en la noche anterior. La noche poblada de resplandores y columnas de fuego. La noche última. El final.

Toda esa tarde el hombre había recorrido la ciudad, golpeando en cada uno de los refugios. Nadie, nada. Polvo, cenizas, humo. Nadie, nada.
Sólo quedaban ellos y sus nombres.

Dejaron atrás el horizonte, el aire contaminado, los recuerdos. Entraron en la noche y desde el pico más elevado de la cordillera, vieron cómo el mar ahogaba las costas con algo semejante a un grito, a una condena.

Y la luna seguía helándose; como una espada suspendida en ese abismo último, único
.
Sobrevivieron. Respiraron. Otra vez cubrieron sus cuerpos desnudos y llenos de dolor.

Llegaron al campo yermo y el hombre empezó a labrarlo con una rama desprendida de un árbol. Edificaron una choza de madera y de yerba. Como antes, se amaron. Como antes, el primer hijo lo llamaron Caín.

Salvador Barros Sierra
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 371

Partida

Tenía su maleta ya al lado de la puerta, pero unos pasos antes, un segundo, no más, antes de ir a tomarla escuchó el viento afuera y pensó que más tarde.
El jueves de mañana se despertó temprano, pero apenas llegó hasta las escaleras sintió el aroma tibio de las medialunas frescas y no pudo partir.
Luego el viernes, quién sabe por qué magia o qué condena, Luisa enceró la entrada y Luis miró de lejos su maleta repleta contra el brillo prohibido.
El lunes granizó, fuerte y desde temprano. Luis miró hacia la calle y pesó que otra vez, que unos meses más tarde, que quizás otro día. Retrocedió a un rincón y pensó que era un signo. Y decidió quedarse.

Teresa Gottlieb
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 369

Versión anterior

En el principio fue el estallamiento grande, la reventazón de todo, el fuego terrible que se engrandeció hasta llenar el cielo y engendrar cuanto había que engendrar. Después pasaría lo demás. Y al final se romperán los siete sellos y será el Gran Día de la Cólera cuando ha de suceder lo que ha de suceder desde el alfa hasta el omega en festín de la Bestia y del falso profeta hasta que el ángel baje del cielo llevando en la mano la llave del Abismo y una gran cadena para dominar a la Serpiente antigua y encadenarla por mil años después de los cuales tendrá que ser soltada por poco tiempo en que usará de su astucia para burlar la vigilancia y llegar al edén y hablar a la mujer del fruto del árbol que está en medio del jardín.

Guillermo Farber
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 368

Equivocación

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Nos embarcamos en el Mediterráneo. Es tan bellamente azul que uno no sabe cuál es el cielo y cuál el mar, por lo que en todas partes de la costa y de los barcos hay letreros que indican dónde es arriba y dónde abajo; de otro moto uno puede confundirse. Para no ir más lejos, el otro día, nos contó el capitán, un barco se equivocó, y en lugar de seguir por el mar la emprendió por el cielo; y como el cielo es infinito no ha regresado aún y nadie sabe dónde está.

Karel Capek
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 777

Karel Capek
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 359

Lobos

Al lobo más viejo de la manada, fuente de sabiduría e inspiración, se acercó un pequeño lobo y preguntó.

—Maestro ¿también lloran los hombres?

A lo que el viejo respondió:

—Sí, los hombres lloran, lloran mucho. Cuando son pequeños tienen sueños e ilusiones, pero lloran, lloran porque quisieran ser grandes para cumplirlos. Y cuando son grandes lloran, lloran porque quisieran ser niños para tenerlos.

Pablo El´hore Klein
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 358