El hacedor de lluvia

143-145 top
En cierto pueblo había un hombre que hacía llover a voluntad. Un día, borracho, desató una tormenta y murió ahogado.

Álvaro Menén Desleal
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 500

Álvaro Menén Desleal
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 103

Anuncios

La venganza

67 top


En el colegio un jorobadito hace sus estudios en camaradería con un simpático y gallardo joven, quien en un baile, para burlarse de él, le coloca sobre la deforme espalda una mariposa de papel. El jorobado, conteniendo su cólera, la guarda en su cartera.

Transcurre el tiempo.

El jorobado inicia a su amigo en ciertas revelaciones de la vida ulterior. Le hace dudar. Le muestra que el espíritu necesita de su liberación, alejado de la materia venal y torpe. Entonces le da a leer el libro de Goethe. Werther.

Y su amigo se suicida.

Antes de que vayan a llevarse el cadáver para el camposanto, el jorobado se acerca al féretro, saca de su cartera la mariposa de papel y la coloca entre las manos cruzadas del cadáver.
Ernesto T. Lefevre
No. 67, Octubre-Diciembre 1974
Tomo XI – Año XI
Pág. 61

Ernesto T. Lefevre
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 490

Preocupaciones de una sibila

61 top


Si vaticino que el imperio desaparecerá, corro el riesgo de perecer con él. Si vaticino que el imperio será eterno, corro el riesgo de no morir jamás. Por eso cada vez que los peregrinos me preguntan por la suerte del Imperio, permanezco silenciosa, observando atentamente la lejanía. Los peregrinos no insisten. Prefiero dejar ese problema en manos de los Dioses.

Ricardo Lindo
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 170

Ricardo Lindo
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 479

De La


—Quiero un piano —dijo, pestañeando nerviosamente— en el que de ser posible todas sus notas sean la.

El propietario del establecimiento, hombre prematuramente envejecido, reflexionó unos segundos, hizo unos apuntes breves y, volviéndose hacia el cliente que aguardaba, repuso:

—Lo siento mucho, caballero. Ya no nos queda más que de fa.

Francisco Tario
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 532

Alternativa

La máquina del tiempo se detuvo y salí al aire primaveral de las postrimerías del siglo diecinueve. Mi misión era impedir a toda costa el nacimiento de Siegfried Schmidt, el peor tirano de siglo veinte.

No me proponía ejercer ninguna clase de violencia; simplemente iba a localizar a un jovenzuelo llamado Johann Manfred Schmidt para regalarle treinta mil marcos de la manera más discreta posible. Tal suma le permitiría aliviar su precaria situación económica y trasladarse a Berlín para completar sus estudios, como siempre había sido su deseo, evitándole así el conocer a la que de otro modo llegaría a ser su esposa y la madre de Siegfied.

Después de haber cumplido satisfactoriamente con los detalles del plan delineado regresé al siglo veintiuno.

“¿A qué viene esa sonrisa bobalicona; Horscht?”. Me preguntó el doctor Steinitz amargamente cuando salí de la máquina del tiempo. “Has fracasado. Adolph Hitler apareció en la historia a pesar de tu intervención.”

Lo miré extrañado. “¿Adolph Hitler? ¿Quién demonios es ese Adolph Hitler?”

Manuel R. Campos Castro
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 529

El compatriota


Jadiya es guapa. Tiene, del Magreb, el color de la tierra en verano y el azul de las nubes. La risa de sus ojos cautiva al pájaro insolente. Y en la mirada, un mar de ternura. Sencillo el ademán. Recatada.

Está en París desde hace años, terminando medicina. Sus compatriotas obreros, desterrados por el tiempo: ella los conoce bien. Milita junto a ellos.

El domingo pasado, bajando del Metro, fue abordada por un obrero emigrante que intentaba distraer su soledad.

“Eres guapa, hermana mía”.

Sonríe Jadiya.

“Dime, hermana, eres árabe, ¿verdad?”.

Jadiya asintió con una leve sonrisa.

“Entonces hermana, gacela bajo la luna, vente a tomar un café con tu hermano del Magreb… Es largo el domingo, tan triste… Y además los otros no hablan… ¡Ale! Vente, vamos a hablar de nuestro país…”.

En el alma de Jaliya, se atropellan las palabras y las imágenes: emigración… soledad… nostalgia… culpabilidad… ligar… exilio… melancolía… violencia… racismo común… Charlar. ¿porqué no?

“De acuerdo, gracias por tu invitación”.

En el café intercambian impresiones en torno al trabajo, al exilio, las vacaciones… Después se suceden algunos silencios embarazosos.

El hombre saca del bolsillo un billete de diez francos y se lo mete en el escote a Jadiya. A la sorpresa sucede una carcajada. El hombre, avergonzado, se disculpa. Jadiya lo tranquiliza, le da un beso y se va…

Tahar Ben Yallun
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 524

Poco singular


El sueño en sí tuvo poco de singular, desde luego: que le robaban unos prismáticos, el traje de jugar golf y la boquilla de ámbar. Lo que sí ofrece ya cierto interés es que al recorrer la casa, a la mañana siguiente, pudo comprobar con desconsuelo que en efecto se los habían robado

Francisco Tario
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 517

La cabeza

El otro día, saliendo de la escuela, vi una cabeza rodar por el Paseo de la Reforma hasta detenerse contra un árbol.

Al principio no presté mayor atención. Luego, me di cuenta de que, a medida que giraba, la cabeza iba cambiando de aspecto: a veces era rubia, de cabellos largos y sedosos; otras veces llevaba el pelo negro cortado a la Vogue. También podía ser pelirroja, castaña, de cabello rizado o con calvicie prematura. De vez en cuando usaba sombrero, boina, gorra militar; barba, bigote, patillas. Alguna vez la vi, solemne, portando una peluca del siglo XVII, o quizá se trataba de un yelmo, no lo sé; lo que si puedo decir con certeza es que al golpearse contra el árbol era punk: tenía el pelo pintado de verde y un arete que le unía la oreja izquierda con la nariz.

Creo que también el Paseo de Reforma fue cambiando mientras rodaba la cabeza. Tampoco eso lo podría asegurar, porque cuando todo ese pelo verde se detuvo yo era demasiado viejo como para recordar cada detalle.

Gerardo Beltrán
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 515

¡Que salga el autor!


Estaba por concluir aquel hermoso día de verano. El ocaso empezaba a mover lentamente sus tramoyas en el escenario del horizonte. Se preparaba así el gran espectáculo del crepúsculo. Los tres jesuitas que se paseaban a aquella hora por los espaciosos jardines del convento, se reunieron en el patio mayor, como si hubiera convenido de antemano el encuentro. Y el gran espectáculo dio principio. El ingenuo nácar , el amarillo limón, el azul desvaído, el ocre profundo, el añil severo, el verde tierno, el café rotundo, el marfil puro, el púrpura definitivo y el anadrio violento bailaron su danza de nubes y de ilusiones efímeras. Y se aproximó el final calmo y supremo.

Se adivinaba caer ya un lento telón de terciopelo negro. Los monjes sonrientes batieron palmas incesantes. Uno de ellos, sin poder dominarse, gritó: ¡Que salga el autor! ¡Que salga el autor! Contagiados los otros, insistieron. Y ya en coro pedían a gritos ¡El autor! ¡El autor!… ¡Que salga el autor! Los tres pensaron lo mismo y volvieron a corear: ¡Queremos la presencia del autor!

Varios truenos resonaron en lo alto y se vio una danza de relámpagos, uno de los cuales fulminó a los tres entusiastas jesuitas. Ya en otra dimensión, allá donde todo es armonía, los tres escuchaban la voz de Dios: ¿Queríais estar ante mi presencia, hijos míos…?

Otto Raúl González
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 515

Puntual llegó la muerte

Serena, puntual llegó la Muerte al pie de la cama en que agonizaba el señor “X”.
Disponíase a cerrarle los ojos, cuando de súbito, se presentó la Mediocridad y le dijo: espera, permite hacerme cargo de este hombre por algunos años más.
Si ese es tu deseo —contestó resignada la Muerte— así será.
Desde ese día, el otrora moribundo señor “X”, es comentarista deportivo en la televisión.

Jorge Antonio García Mora
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 510

Desde la ventana

En la ventana hay un hombre, tiene un rifle en las manos. Años atrás soñó con cacerías, aire libre, con animales salvajes. Pero ahora está en el centro, en la ciudad.

Tiene un odio extraño y angustioso, tiene un rifle entre las manos. Se siente solo, horriblemente solo. Mira con obsesión a la gente indiferente, a la calle, el vacío.

Él sin saberlo apunta y dispara al azar, después se vuela los sesos.

Benjamín Vidales Reyes
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 509

Burócrata


Cuidadosamente rodeado de ideas prudentes, inaccesible a los excesos, escudado por la dura barrera de las teorías mediocres, dicta, burocráticamente, opiniones definitivas.

Carlos Díaz Dufoo
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 507

Carlos Díaz Dufoo
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 664

Acéfalo


Dicen que no hace más que caminar por el mundo. Casi siempre remoza las huellas de sus pisadas, que forman increíbles hondonadas a extramuros. Da gusto esta costumbre suya. Indica que es respetuoso y metódico, y que no pretende borrarnos de la faz de la tierra. Nuestra gratitud es inconmensurable.

Es iluso esperar que nos ahorre las tremendas trepidaciones que producen sus pisadas. ¿Qué sentido tendría el mundo si él pusiera término a su rutinario y acompasado deambular? Démonos por bien servidos que permanezca fiel a esa costumbre suya: tan inmemorial, tan auspiciosa. Nuestra supervivencia reside en la buena voluntad de sus pies. Su torso y sus hombros se pierden allá arriba en el cielo. Nadie jamás ha podido ver su cabeza.

Rogelio Llopis Fuentes
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 498

La eterna sombra


Amablemente, con todo respeto, le rogaba, le insistía a mi madre que se marchara, que se fuera, que ya no estuviese más a mi lado; pero ella no se iba…

—¿Cuándo acabará por irse, madre? Ya cantó la alondra, el sapo y el gallo, querido, venerable vejestorio. Ya se casaron y murieron sus demás hijos; ya tuvo nietos y bisnietos, y descendientes cuya progenie pasó hace siglos por la vida. Váyase ya, es su hora. Mire, que yo no quiero reírme de usted: es tan paca, tan apagada, mi risa, incapaz de cualquier estruendo. Mi risa y mis insultos son indignos de usted, querida madre. Por favor, márchese…

Pero mi madre no se va. Está siempre junto a mí para salvarme, para salvarme de mi maravillosa perdición.

Xorge del Campo
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 497

El crápula


Ya vas, barrabás, no se me entuma, mi osterizer, vamos a girarla, las chamacas ahí son suaves, huelen a perfume caro, no como las aceitosas que te levantas, éstas son carne de primera, puro filete, enfúndese en su tacuche, póngase sus canadá, y a lo mejor hasta colchonazo ligamos. Recuerde mi carnal que la lujuria es la mejor compañera del hombre, y éstas tienen una cara de que te lo voy a dar, están como el alka-seltzer, pura efervescencia, con sus burbujas de placer, no más de pensar en ellas me da la calorina, no sea rajón, mire que siempre he sido sujeto de palabra, verdad de Dios, qué tiene de malo echarse un horizontal, hasta le van a salir chapitas, no es que sea yo un crápulo, que nomás ando de sonsacador, pero mire, de qué le va a servir quedarse aquí nomás llorándole a la comadre, si ella ya está acomodada en su cajón, y como ya se enfrió, ni se va a enterar.

Adriana Q. de Valadés
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 501

Espejo


Cuando usted sale de su casa obsesionado con la idea de comprarse un espejo, se puede decir que ha dado por vez primera un gran paso en su vida. Pero si a más de dicha decisión descubre que no sea un espejo cualquiera, sino uno especial que se adapte a su temperamento, a su carácter y a su figura, se podría decir que usted sabe lo que quiere de la vida. Y si después de recorrer toda la ciudad, de pronto se descubre en un viejo barrio judío discutiendo el precio de un insignificante y carcomido espejo, usted pensará que la vida y el destino han sido pródigos al brindarle esa oportunidad. Y si al llegar a su casa con el espejo se va directamente al baño, lo cuelga, lo cuadra y luego se mira durante un largo instante en él, tratando de encontrar su imagen que no aparece por ningún lado, entonces usted tendrá que aceptar la realidad de su muerte.

Harold Kremer
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 504

Crimen ejemplar


Empezó a darle vuelta al café con leche con la cucharita. El líquido llegaba al borde, llevado por la violenta acción del utensilio de aluminio. (El vaso era ordinario, el lugar barato, la cucharilla usada, pastosa de pasado). Se oía el ruido del metal contra el vidrio. Ris, ris, ris, ris. Y el café con leche dando vueltas y más vueltas, con un hoyo en su centro. Maelstrom. Yo estaba sentado enfrente. El café estaba lleno. El hombre seguía moviendo y removiendo, inmóvil, sonriente, mirándome. Algo se me levantaba de adentro. Le miré de tal manera que se creyó en obligación de explicarse:

—Todavía no se ha desecho el azúcar.

Para probármelo dio unos golpecitos en el fondo del vaso. Volvió en seguida con redoblada energía a menear metódicamente el brebaje. Vueltas y más vueltas, sin descanso, y el ruido de la cuchara en el borde de cristal. Ras, ras, ras. Seguido, seguido, sin parar, eternamente. Vuelta y vuelta y vuelta. Me miraba sonriendo. Entonces saqué la pistola y disparé.

Max Aub
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 496

París


Hijo de Hécuba y de Príamo, me crié libre y fuerte en una montaña. Todos hablaron de mi hermosura y por ella, viejas locas me persiguieron más de una vez.

…Cierto día fui llamado como juez para un concurso de belleza como los que se hacen la playa de Miami. Mi palabra decidía y era la última.

Mucho tengo que agradecerle a Venus que, en realidad, no me trajo sino conflictos. Me dio a Helena, famosa en toda Grecia por su hermosura. No pude gozarla mucho porque pronto vino a provocar mi rapto la famosa guerra de Troya de la que tanto han hablado los historiadores. Siempre pensé que armaron demasiado escándalo por una cosa tan pequeña. Luchamos lo indecible para que después de nueve años de continuos combates, ya Helena estuviera jamona.

Neftalí Beltrán
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 491

El espectro

Igual que en la sesión. No puedo moverme, abrir los ojos o emitir sonido alguno. Me intimida la oscuridad. Me aterroriza hasta la muerte la cercanía de ese espantoso espectro blanco que me ha seguido hasta aquí… junto a la cama. Lo adivino, está ahí, acechándome; y no voy a permitir que se me acerque. ¡Moriría en un estallido de elementos!

Escucho voces lejanas de alguna dimensión sin sonidos. Penetran como zumbidos sordos por mis pabellones auditivos y estallan en mi cerebro.

El espectro intenta aprovecharse de mi cuerpo aletargado, pero me resisto a su maligna cercanía. Adivino que se acerca; ya está aquí. Me hace daño, me duele la piel, los pulmones, el corazón… siento en contacto sobrenatural.

Abro instantáneamente los ojos. ¡Impenetrable oscuridad en la que sólo la mancha blanca destaca amargadoramente sobre mí! Quiero gritar pero mis músculos vocales se niegan a obedecer las órdenes de un cerebro dormido.

Un líquido pegajoso me inunda. Se escurre voluptuosamente sobre mi vientre, entre mis muslos, suavemente. Impregna mi piel, me envuelve… Una lascivia incontrolable dilata mis fluidos.

¡Estas malditas sesiones me impresionaron demasiado! Esto es sólo un sueño, estoy delirando…

Cada partícula en mí es sensible, receptiva, atómica. No siento frío en mis manos, ni lágrimas en mis sienes… no quiero despertar.

Hago un esfuerzo superior y abro mis ojos levemente. ¡Este espectro me envuelve con su materia fantasmagoral! Le admito, me entrego, mi cuerpo se estremece en espasmos agónicos… ¡Grito con todas las fuerzas que aún subsisten en mí!

Una gran fuerza me arroja violentamente fuera de la cama. Se enciende la luz. Mi madre se acerca a mí. Escucho su voz, humana, clara: —¿Qué te sucede?

Me dolía la nariz. Me estrellé en el suelo, boca abajo. ¡Qué bueno estar en este mundo!

Elizabeth Curiel Acosta
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 487

Duermevela


Un cuerpo claro se desplaza limpiamente en el cielo. Usted enciende sus motores y despega vertical. Ya en plena aceleración, corrige su trayectoria y se acopla con ella en el perigeo.

Hizo un cálculo perfecto. Se trata de un cuerpo de mujer que sigue como casi todas una órbita elíptica.

En el momento preciso en que los dos van a llegar a su apogeo, suena el despertadr con retraso. ¿Qué hacer?

¿Desayunar a toda velocidad y olvidarla para siempre en la oficina? ¿O quedarse en la cama con riesgo de perder el empleo para intentar un segundo lanzamiento y cumplir su misión en el espacio?

Conteste con toda sinceridad. Si acierta le enviamos a vuelta de correo y sin costo alguno, la reproducción del cuadro que Marc Chagall ha pintado especialmente a todo color para los lectores interesados en el tema.

Juan José Arreola
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 485