La raya

Ahora ya estás tranquilo. Sí, ya lo estás no cabe duda, pero, ¿fue esa la solución o fue sólo “tu” solución? Debiste haberle hecho caso a tu mujer y no ser tan excesivamente meticuloso y cuidadoso más que los tuyos, de lo tuyo. Comprendo que reaccionaras como un animal herido cuando viste que la niña rayaba tu camioneta nueva, tan orgulloso como estabas de ella, con una corcholata de lado a lado, pero, era tu hija. ¡Tu hija! Y toma en cuenta que nunca antes le habías pegado ni le habías levantado la voz más allá del continuo mimo y consideración. Te le fuiste a la mano, a la mano que conservaba la corcholata aún; ¿le pegaste muy fuerte? (“para que no lo vuelvas a hacer”) ¿qué importa si fue fuerte o quedito? Si lo peor de todo fue la forma en que vio su dura culpa reflejada en tu enojo; en tu terrible primer enojo de padre. Una pobre y débil mortal ante la desatada furia de un Zeus ciego de ira lanzando sobre su infantil personalidad el rayo que castiga, que hiere, que destruye. ¡LA MANO!

La mano se le empezó a tullir y a secar y tú ¿arrepentido? O ¿sólo desesperado de la ineptitud de los médicos que la veían? Con ella en los brazos hallaste todos los hospitales en los que le hicieron todos los hospitales en los que le hicieron todas las radiografías, todas las punciones y todos los análisis habidos y por haber y médicos iban y médicos venían. No hubo especialista capaz de evitar la gangrena y acabaron ¿jardineros? segando de tu niña la manita en flor. “Papá” te dijo llorando cuando, fuera ya de la anestesia, se dio cuenta en la mutilación. ¡Pobre amigo mío, tú ya, para entonces, estabas tan cerca de la muerte como tu mano estaba cerca de la pistola! “Papá, papacito” y su voz era amor y sus lágrimas puñales de amor: “Diles que me vuelvan a poner mi mano y te prometo que ya no te vuelvo a rayar el coche nunca más”.

Adalberto Ramírez Melesio
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 267

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