El enfermo y el bombero

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Había una vez un enfermo en una casa incendiada, a donde llegó un bombero. “No me salve”, dijo el enfermo. “Salve a los que están sanos”.

“¿Tendría usted la bondad de explicarme por qué?”, preguntó el bombero, que era un hombre bien educado.

“Nada más fácil”, dijo el enfermo, “Los sanos deben ser preferidos porque son más útiles para el mundo”.

El bombero quedó meditando ya que era un hombre de cierta filosofía “De acuerdo”, dijo al fin, mientras se hundía parte del techo. “Pero puesto que estamos conversando, ¿cómo definiría usted el deber de los sanos?”

“Nada más fácil, replicó el enfermo, “El deber de los sanos es ayudar a los enfermos”.

Como antes, el bombero se quedó meditando, ya que no había ninguna prisa en ese hombre ejemplar. “Yo podría perdonarle estar enfermo”, dijo por fin”, mientras se caía parte de la pared. “Pero no ser tan necio”. Con esas palabras alzó su hacha de bombero, porque era singularmente justo, y hendió sobre la cama al enfermo.

 

Robert Louis Stevenson
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 25

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Robert Louis Stevenson

Robert Louis Balfour Stevenson

(Edimburgo, Escocia, 13 de noviembre de 1850 – Vailima, cerca de Apia, Samoa, 3 de diciembre de 1894) fue un novelista, poeta y ensayista escocés.

 Stevenson, que padecía de tuberculosis, solo llegó a cumplir 44 años; sin embargo, su legado es una vasta obra que incluye crónicas de viaje, novelas de aventuras e históricas, así como lírica y ensayos. Se le conoce principalmente por ser el autor de algunas de las historias fantásticas y de aventuras más clásicas de la literatura juvenil, La isla del tesoro, la novela histórica La flecha negra y la popular novela de horror El extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde, dedicada al tema de los fenómenos de la personalidad escindida, y que pueden ser leída como novela psicológica de horror. Varias de sus novelas continúan siendo muy famosas y algunas de ellas han sido varias veces llevadas al cine en el siglo XX, en parte adaptadas para niños. Fue importante también su obra ensayística, breve pero decisiva en lo que se refiere a la estructura de la moderna novela de peripecias. Fue muy apreciado en su tiempo y siguió siéndolo después de su muerte. Tuvo continuidad en autores como Joseph Conrad, Graham Greene, G. K. Chesterton, H. G. Wells, y en los argentinos Bioy Casares y Jorge Luis Borges.[1]

Los dos fósforos


Una vez hubo un hombre que viajaba por los bosques de California, en la estación de la sequía, cuando el viento soplaba fuerte. Había cabalgado mucho tiempo y estaba cansado y enojado, y se apeó del caballo para fumar una pipa. Buscó en los bolsillos y vio que sólo tenía dos fósforos. Raspó el primero y éste no se encendió.

“Lindo estado de cosas”, dijo el viajero. “Me muero por fumar y no me queda más que un fósforo, que tampoco podré encender. ¿Habrá en la tierra un ser más desdichado que yo? Sin embargo”, pensó el viajero, “tal vez pueda encender este fósforo y fumar mi pipa y tirar en el pasto la ceniza. El pasto podría encenderse porque está seco come un leño y acabaría por prender fuego a ese roble que está a unos pasos y después a ese pino lleno de musgo que ardería hasta la copa, y la llama, esa larga antorcha, sería blandida por el viento y arrasaría todo el bosque. Oiré el rugir del viento y del fuego y tendré que espolear mi caballo para salvarme de la muerte y el incendio me perseguirá por los montes.

Veré este grato bosque ardiendo día tras día y la hacienda calcinada y los arroyos secos y los granjeros arruinados y los niños sin hogar. ¡Qué terrible destino el de este momento!”.

Raspó el segundo fósforo, que tampoco encendió.

“Loado sea Dios”, dijo el viajero y guardó la pipa en el bolsillo.

Robert Louis Stevenson
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 11

El vecino y el viajero

“Fíjese bien”, dijo el vecino. “Este mercado es el más grande del mundo.”

“Creo que no”, dijo el viajero.

“Quizá no sea el más grande del mundo, pero es el mejor”, dijo el vecino.

“Creo que usted está equivocado”, dijo el viajero. “Lo puedo asegurar.”

Esa misma tarde lo enterraron.

Robert Louis Stevenson
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 182