Encuentro

Me gustaría volver a encontrar a Beatriz.

A encontrarla con su hijito, que ya debe tener como catorce años.

A encontrarla con su hermana.

Con su hermana, que como Beatriz, son tan especiales de fieles a un solo hombre, aunque ya no convivan con él.

Con Beatriz, maternal, luchadora, kioskera. Cambiando de negocio, de trabajo, por necesidad.

Encontrarnos con quienes viajé a Córdoba en unas vacaciones, ablandando mi autito.

Con su hermano, compinche de ideas y venidas.

Con mi antigua y permanente rutina de compartir con ellos, mates, bizcochitos, una mesa familiar, cuando vivía solo.

Con mi mala costumbre de no retener amistades al pasar de los años. De no saber, por ejemplo ahora, por donde andan.

Encontrarme como proyecto, con cierta calma, paz o expansividad, que significan conservar lo que se quiere o se ha querido.

Con la suma de emociones, no la pérdida.

Con puertas que se pueden tocar, abrir, entornar: no cerradas o desconocidas.

Con calideces: no rabias por formas de ser, que se comprenden y disculpan para no sufrir.

Con soledades espontáneas como ésta, pero vacías o llenas de pena.

Eso les decía al principio.

Quisiera encontrarme conmigo.

David Ciechanover
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 224

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